N.Y. Uva. Autor: Ivan Tobracz

All I can say is this: His name is Mijail Collado von Dansky, this is not his real name.

En realidad, bien podía haberse llamado Max, Alex o Leo. O también Diego. O Gonzalo. Al fin y al cabo, su padre es español.

Su madre es la extranjera. No recuerdo muy bien ahora de donde venía ella, pero si hay algo de que sí estoy seguro es que no se trataba de ningún país mediterráneo o exótico, en el sentido “palmeral” de la palabra, sino más bien de uno de esos lugares centroeuropeos, aparentemente grises y aburridos, y ciertamente planos, tipo Luxemburgo, Pomerania o el noroeste eslovaco.

Dicho esto, podemos afirmar que es una suerte que se llamase Mijail. Siendo diplomático de carrera, al servicio del gobierno de su Majestad el Rey de España, esta doble nacionalidad le da un toque espía que le debería de recomendar explotar algún día para seducir a mujeres generosas en curvas y aventuras. O no. Pues también y ante todo mi amigo Mijail es un responsable padre de familia.

No quiero indagar más allá en su vida personal, pero el caso es que es precisamente este sentido de la responsabilidad el umbral de esta historia.

En aquella época trabajábamos juntos, y ambos vivíamos pues con nuestras respectivas familias en una ciudad de provincia – y bastante provinciana – del norte de España. Por esta razón, cada vez que Mijail viajaba a alguna urbe de mayor tamaño, solía aprovechar el desplazamiento para “auto-imponerse” unos recados, consistentes generalmente en la compra de artículos supuestamente difíciles de encontrar allí donde vivíamos (un libro o documental en idioma original, buenos cómics, materiales electrónicos de última generación o, cuando el viaje, la maleta, aduanas y el presupuesto lo permitían, un millésime, entre otros vicios…). Es más, en alguna ocasión, contagiaba a los demás con esta costumbre, o nos encargaba tal o cual encomienda. Recuerdo que, en un viaje que había hecho solo, me encargó que recogiese un modelo de maletín concreto para su Leica en una tienda especializada entre el Soho y Little Italy, regentaba por unos paroxísticos y  tirabuzonados comerciantes ortodoxos.

Y es precisamente a Nueva York, unos meses más tarde, donde quiero que me lleve mi memoria. Estuve allí con Mijail en uno de esos viajes relámpagos: tras aterrizar un miércoles por la noche en Washington D.C., te pasas los dos siguientes días encerrado entre reuniones, almuerzos y demás compromisos en la capital administrativa del país y en su homóloga económica  – y, al parecer, cultural – para acabar metidos en un vuelo de regreso a Europa el sábado por la tarde-noche.

Como habíamos cumplido con nuestras obligaciones maratonianas en un par de días, teníamos pues el sábado casi enteramente libre para visitas y turismo.

Ambos habíamos estado ya en alguna ocasión en la city, por lo que ninguno sentíamos la necesidad de volver a visitar los obligatorios Metropolitan, MOMA, Squares (Times S., Empire S. B., Madison S.G., etc.), Central Park y barrios del uptown y del downtown de Manhattan.

Ambos sabíamos contar hasta cien y la diferencia entre una perpendicular y una paralela, horizontal y vertical, y teníamos claro que Broadway no puede ser sino otra cosa que un error.

Y ambos éramos lo suficientemente amigos como para no tener que sentirnos obligados a pasar el día juntos, visitando lo que el otro quería visitar y comiendo lo que el otro quería comer.

Así que ambos acordamos separarnos por unas horas y volver a encontrarnos por la tarde para una última copa en la isla antes de subirnos al amarillento taxi que nos llevaría al aeropuerto de JFK.

Estábamos en Nueva York, la ciudad que nunca duerme y donde, contradictoriamente, mucha gente aspira al famoso sueño americano. La ciudad multirracial, en la que todo se puede encontrar. Así que Mijail tenía que marcarse una misión de alto rango: comprar para sus niñas de dos y tres años unos bañadores preventivos y protectores contra los rayos ultravioletas. El país no es el mayor amigo del protocolo de Kyoto, y la ciudad resulta bastante contaminada, por lo que la hazaña parecía coherente.

Estábamos en Nueva York, pero en realidad no habíamos salido de Manhattan, y si bien algunos de los barrios de la isla me parecían simpáticos, no acababa de entender por qué todo el mundo a mi alrededor me hablaba de ella como el lugar más interesante dónde vivir. Su oferta artística y profesional es interesante, sí. Por supuesto. Aunque habría que matizar: tratándose de la capital económica y cultural de la mayor potencia del lado democrático y desarrollado del mundo, con más de 20 millones de habitantes, nunca me ha parecido que tal oferta fuese para tanto…

Me gustaría poder utilizar esa fórmula poco original pero tan acertada de “ciudadano del mundo” para definirme, y es en cierta medida cierto que me suelo adaptar razonablemente bien en cualquier país y disfrutar con cierta facilidad de culturas y costumbres diferentes pero, por mucho que me pese, he de reconocerlo: Soy europeo. Ver a gente caminando entre rascacielos me cansa. Ni Hong Kong, ni Singapur, ni Chicago, ni Nueva York. Me gusta ver a gente parada, sentada, hablando, leyendo libros o periódicos en terrazas, tomarse cafés o aperitivos. No suelo mostrar mis sentimientos con facilidad, pero sí me gusta ver a la gente sonreír, gritar o llorar, besarse, enfadarse, vivir. Ya lo decía la canción: “Que le voy a hacer si yo, nací en un barrio parisino, nací en el capitolio romano.”

Así que deje a Mijail con sus recados. Mientras él se quedaría en la isla, decidí desplazarme hasta Brooklyn. Cogí cerca de Grand Central  la línea verde que me llevaría a Court Street, y me di uno de los paseos más reconciliadores de mi vida.

De repente, lo entendí todo. Estaba equivocado: Brooklyn es Europa. Brooklyn es la isla de Nueva York, la isla de Estados Unidos. Tiene todo lo que uno necesita para vivir: Gente parada, sentada en las escaleras de sus casas, hablando, leyendo, riendo. Además, tiene agua.

Tras perderme durante horas por el barrio, un dulce sábado de otoño, ya avanzada la tarde, decidí retornar a mi punto de partida cruzando el famoso puente. No sé cuanto tiempo duró el paseo. Una eternidad, y un abrir y cerrar de ojos. Saboreaba lo que dejaba detrás de mí, y admiraba lo que tenía en frente: Lipstick, ONU, Chrysler Building, y tantos otros edificios de nombres desconocidos para mí.

Si uno arropa a su novia en un banco bajo el dichoso puente, mirando las montañas de Nueva York, encuentra la ciudad preciosa (más aún cuando amanece), extraordinaria, sin que le importe lo que opinen los demás.

Sin embargo, no es tan verdad que allí uno halla todo lo que busca:

A eso de las 6:00 p.m. me volví a encontrar con mi amigo Mijail como habíamos acordado. Éste había entrado en algunas librerías y en muchas tiendas donde, tras buscar y rebuscar, no había conseguido toparse con ropa infantil anti-UV.

 

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