My left foot – (His right leg). Autor: Ivan Tobracz

Mis pies miden aproximadamente 28 centímetros. Caminando con paso firme, pero normal y natural, he notado que mi pié derecho se suele adelantar unos 23 centímetros al extremo norte del 2º artejo pedestre izquierdo (es decir, del más alargado dedo, pues la palabra artejo no me acaba de convencer: La RAE, con toda su sabiduría, tan sólo nos confirma que, al no estar articulado, el pene no es un artejo, pero no deja claro que los artejos no puedan servir para miccionar o copular). En el caso de mi pie izquierdo, sin embargo, se adelantaría tan sólo unos 15-18 centímetros a su homólogo derecho (en otros foros, dirían que el margen es abismal).

Esos datos podrían parecer frívolos, pero son sumamente importantes para entender la presente historia, pues no se trata de un recuerdo de viaje propiamente dicho, sino de un desplazamiento, precisamente, a pie. He vuelto hace poco al lugar del crimen para evaluar el trayecto recorrido, y conté, más o menos (es que he tenido que parar durante el ejercicio para saludar inmóvilmente a algunos conocidos…), unos mil doscientos treinta y dos pasos, es decir, con una media de alrededor de 76 centímetros por paso (el tamaño de mis pies + la media del espacio generado entre cada paso), una distancia ligeramente superior a novecientos treinta y seis metros.

Antes de seguir, creo importante subrayar que esas cuentas generan la única aventura de las que quiero compartir cuya aurora y cuyo ocaso nacieron y murieron, irrespectivamente, en mi país de origen, Suiza.

Había cumplido 18 años, edad a la cual se supone que tenía que haberme alistado forzosamente al servicio militar helvético, famoso en todo el mundo por su capacidad disuasoria y eficaz marina (Según sus más fervientes defensores, el ejercito suizo contribuye a prevenir guerras y a mantener el país en paz. Es capaz de reunir en un tiempo record a cientos de miles de ciudadanos armados a cualquier punto fronterizo, lagos incluidos. La generación de mis abuelos sostiene que esta fortaleza habría asustado el mismísimo Tercer Reich. Quienes dicen que Hitler no invadió Suiza por los depósitos de oro y vergonzosos trenes que hubieran cruzado el país sin que la vaca Milka se haya imutado son, oficialmente, “gente malpensada”.).

Afortunadamente, había conseguido librarme de la temida mili sin tener que llegar a la objeción de conciencia (algo castigado en aquel entonces con encarcelamiento, y extremo al que estaba dispuesto llegar), sino por no superar las pruebas médicas (había presentado varios certificados y radiografías aludiendo dolencias y deformaciones vertebrales), ni me temo que tampoco las psicológicas (recuerdo haber rellenado un formulario con respuestas que presentaban un perfil clara- y voluntariamente perturbado…).

En esta época y con aquellos años, estaba valorando dar un giro a mi formación y derivarme a estudios más ligados a profesiones psico-sociales. Para ello, había realizado unas prácticas laborales en el departamento geronto-psicológico del hospital de mi distrito. Una experiencia tan gratificante como inolvidable e, incluso, divertida en muchos momentos (Comparados con los pobres ancianos almacenados en unidades de gerontología, llegados allí por una caída, un accidente doméstico o simplemente un pequeño resfríado o una enfermedad respiratoria, y condenados a perder su autonomía y a no volver a vivir nunca más en sus hogares, los viejetes chiflados de “geronto-psi” no se daban cuenta de su situación y estado y por lo tanto no sufrían. Algunos eran incluso bastante alegres…).

Aprendí mucho durante los dos meses que duraron esas prácticas, y no solamente sobre la vejez, la locura o la muerte, sino también sobre el propio funcionamiento del hospital. Conocí algunos de los rincones habitualmente no accesibles al público, desde sus almacenes a la sala de autopsia, pasando por la lavandería o la cárcel. Pero quedaba una zona que me seguía resultando totalmente alienígena: el quirófano.

Se acercaba el verano y no tenía otra cosa que hacer, así que, sin pensarlo dos veces y antes de que se finalicen las prácticas, con todo el morro del mundo, pregunté al Enfermero Jefe si podía prolongar un par de semanas mi estancia en la institución hospitalaria, y conocer de primera mano el trabajo de los cirujanos. Como si de un documental se tratase…

Como tenía un informe favorable de los que habían sido mis compañeros y superiores temporales, que habían apreciado mi predisposición y disponibilidad para cualquier tarea (incluyendo las más escatológicas…), el Enfermero Jefe no dudó ni cinco minutos y autorizó mi micro-stage.

Tras la experiencia anterior con gente mayor y mentalmente tocada, podría afirmar que llegaba al quirófano con el estómago a prueba de bombas. No me asustaba la sangre (ajena…), ni tener a menos de un metro un vientre abierto de par en par y unos intestinos sacados y depositados sobre el pecho del paciente de turno. Se trataba de un pequeño hospital de provincia, por lo que tampoco había operaciones de alto riesgo o nivel, pero aún así pude ser testigo de algunas de las operaciones quirúrgicas más comunes en el campo de la traumatología y ortopedia (sustituciones de caderas, artroscopias, grapado de tendones, etc.), otorrinolaringología, urología y cirugía general en general. Muchas extracciones de hernias, y alguna que otra liposucción.

Mi trabajo en el bloque operatorio consistía en: a) recibir físicamente al paciente (traslado de su cama y de la zona “sucia” a la zona “limpia” y mesa de operación, a través de una especie de alfombra giratoria similar a la que las cajeras utilizan en los supermercados para pasar los productos); b) orientar los focos de luz hacia la zona objeto de bisturí durante la intervención (para ello, solía estar algo elevado detrás del especialista o de las enfermeras, lo que me permitía tener una vista de lujo sobre todo el proceso); c) estar callado (salvo con algún que otro médico a quien le gustaba mantener conversaciones mientras operaba); y d) una vez terminado todo y devuelto el cuerpo a la zona postoperatoria, rendirle homenaje a Manuel Jalón, y fregar la sala hasta dejarla reluciente (y quitar toda marca de sangre o posibles trozos de grasa o carne, como si estuviese siguiendo las instrucciones de Mr. Wolf-Harvey Keitel).

Compartía dichas tareas con un futuro alumno de medicina y aspirante a ginecólogo, así que nos alternábamos con los focos de luz y formábamos equipo el tocólogo en ciernes y el tocacojones realizado…

Pido disculpas por tan extenso prólogo, pero creo que era necesario para poder explicar cómo he llegado a realizar el desplazamiento probablemente más surrealista de mi vida. Surrealista para el común de los mortales, pero habitual e incluso bastante común para muchos profesionales de servicios sanitarios de medio mundo.

En realidad, no recuerdo bien los detalles de esta caminata de menos de una milla. Tan sólo la sensación de estar realizando algo fuera de lo normal y, sobre todo, insospechable para todo aquel que se cruzaba conmigo. Sé que saludé a más de una persona durante el recorrido, con sonrisa y educación, pero con cierta prisa y sin querer detenerme:

Un buen día, el ortopedista de turno tuvo que amputarle a un señor mayor la pierna derecha, malamente gangrenada, a la altura de la rodilla. Tras la intervención y para no tener que esperar a los bedeles, se me pidió llevar el miembro muerto (una “L” perfecta compuesta por un pié completo unido a una tibia y un peroné envueltos por sus correspondientes arterias, tendones, gemelos y demás tejidos que conforman una pierna) al horno crematorio, que se encontraba al otro extremo del conjunto hospitalario.

Y así fue como caminé cerca de un kilómetro por pasillos y plantas, pasando delante de la peluquería del hospital y de oficinas, atravesando la unidad 2 de gerontología – donde tenía muchos amigos – y cruzándome con centenares de personas,  transportando una bolsa de plástico con la mano izquierda, y una pierna derecha en dichosa bolsa.

 

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