Maumere, Maumere, Maumere!. Autor: Ivan Tobracz

Llegamos a Kupang, capital de la isla indonesia de Flores, tras una travesía de cinco días por la Nusa Tenggara, en un pequeño barco de madera y motor, de unos diez metros de eslora, tripulado por pescadores locales. El trato, negociado en un puerto de Lombok, había sido de lo más económico, pues además de proporcionarnos un medio de transporte que nos permitía seguir viajando por el país, dormíamos en la cubierta y teníamos té, pescado recién sacado y arroz a voluntad. Una pensión completa flotante por escasos dólares, en el medio de un mar inolvidable.

Salvando las distancias geográficas y temporales, más de cinco siglos antes que  nosotros, marineros portugueses habían hecho un viaje similar, pero algo más cansino supongo, lo que no disculpa su falta de imaginación a la hora de bautizar sus descubrimientos, pues es de todos sabido que, etimológicamente, la mencionada isla tiene sus orígenes en su riqueza floral. Del mismo modo, cualquier investigador demostrará con cierta facilidad que las Célebes deben su nombre a su alto porcentaje de famosos por metro cuadrado, Komodo a su excelente nivel de desarrollo y PIB per capita de dragón y Java no es más que un homenaje a la Grande Fréhel. La moraleja de una canción popular indonesia dice así: “Por muy pequeño que haya sido el hombre de Flores, más corto aún era el navegante portugués”.

Se acercaba para mí el final de una escapada que había durado siete meses, y con ello el final de mis ahorros. Llegué a la isla casi sin dinero en metálico, y con dificultades para poder sacar alguna rupia.  Antes de poder visitarla, recuerdo pasar algunos momentos de agobio, sacando mi mejor bahasia indonesia para regatear la compra de plátanos en el mercado, y alojarme a crédito en el hotel humilde pero confortable de un empresario chino. Afortunadamente, a los pocos días, todo se arregló y pude reanudar el viaje y admirar los lagos tricolores de los cráteres del volcán Kelimutu tanto in situ como en los billetes locales de cinco mil.

El objetivo era atravesar la isla de oeste a este hasta la pequeña ciudad de Maumere – haciendo unas cuántas paradas para conocer sus pueblos interiores -, para desde allí poder tomar un avión e iniciar el regreso a Europa.

La aventura duró un par de semanas, y fue de lo más divertida: Resuena aún entre mis tímpanos la voz del copiloto-cobrador que atraía a los clientes indicando el destino final del microbús al grito de “¡Maumere, Maumere, Maumere!”. Se distribuían bolsitas de plástico a los pasajeros que se subían. Teníamos cerdos y pollos atados debajo de nuestros pies – cuyos olores eran menos desagradables que el uso continuo de las dichosas bolsitas -, y pinchamos varias veces en medio de la nada. Recuerdo que, en una parada para comer, tomamos una especie de caldo con unas bolas de carne de la que desconocíamos el origen. Al día siguiente, nos enteramos de la costumbre de comer perro en algunos pueblos de la isla, y la duda me sigue persiguiendo aún a día de hoy.

Si bien fue bonito, eso no fue lo que me marcó de la isla de Flores. Con el visitante, su gente era tan amable y sonriente como en el resto del archipiélago, pero algo les diferenciaba, otra herencia de sus descubridores ibéricos, y esa, más peligrosa: En un país donde predomina la práctica del Islam, y donde el budismo o hinduismo adornan sus bosques, llanuras y pueblos con templos, esculturas, ofrendas e inciensos, la población de Flores es en su gran mayoría católica, …y de un catolicismo extremista.

De algo tenía que haberme percatado al visitar una aldea formada por sencillas cabañas fabricadas de madera, hojas trenzadas y bambú, pero con una antena parabólica en cada una de ellas, y presidida por una enorme iglesia de cemento, ladrillos, techo de tejas y preciosas vidrieras adornando su interior.

Cúal fue nuestra sorpresa cuando, llegados a Maumere, nos encontramos con unas calles tomadas por las fuerzas armadas indonesias. Policías locales y militares venidos de refuerzo desde Yakarta estaban vigilando los alrededores y movimientos de la población, y asegurando el toque de queda. A partir de las seis o siete de la tarde, la ciudad se apagaba y convertía en un lugar fantasma, siguiendo la ordenanza de prohibición de salir a la calle bajo ningún concepto. El aeropuerto estaba temporalmente cerrado, y tuvimos que esperar así unos cuantos días hasta la resolución del conflicto y disminución de la tensión callejera.

Durante el día, como suele ocurrir en todo el mundo cuando se trata de manifestarse contra el orden establecido, el motín se concentraba en algunas zonas concretas del centro de la ciudad: edificios oficiales, juzgados e iglesia. A esas alturas, la curiosidad me picaba tanto como los mosquitos, por lo que intenté averiguar cual era el origen de tanta revuelta:

Un par de años atrás, al parecer, tres musulmanes, venidos de otra isla, habían acudido a una misa y, en plena eucaristía, a la hora de comulgar como los demás presentes, habían cogido, roto y tirado al suelo la sagrada hostia.  El sacrilegio y la ofensa fue tan grande que los buenos cristianos hubiesen linchado al grupo de atacantes ipso facto, si ésos no hubiesen podido refugiarse en la sacristía o casa del buen pastor, que les protegió pidiendo clemencia en nombre del Señor nuestro Díos Todopoderoso.

Nuestra llegada a Maumere había coincidido con el juicio de los delincuentes, y los buenos cristianos estaban pidiendo a través de gritos y comportamientos propios de revolucionarios bananeros, una justicia no divina, sino civil.

Hablando de plátanos, reproduciré a continuación unas palabras que mantuve en Flores, con un autóctono que tuvo a bien de informarme del poder de su fe:

– Algunos de nosotros, cristianos, podemos subir hasta la cima del bananero por levitación. Los musulmanes no pueden hacer eso.

– También hay cristianos que pueden leer el periódico por imposición de las manos, un don no ostentado por otras religiones.

– Nuestro Santo Padre, que vive en Roma, tras ser tiroteado por un musulmán, bajó la cabeza, vio cómo la herida enseguida y milagrosamente se cicatrizó y curó, y, mirando a su agresor y elevando la mano, soltó: “Perdónale Padre, no sabe lo que hace”.

Quizás haya sido algo irrespetuoso o maleducado, pero a esta última afirmación informé a este buen hombre de Flores que conocía a otro Papa, que también andaba por Roma en sus ratos libres, pero había salido peor parado de similar situación.

 

 

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