Las aves de Astrakhan. Autor: Ivan Tobracz

Creo haber tenido siempre un cierto don para meterme allí precisamente donde nadie me llama. No me considero una persona particularmente lista o de sobresaliente cultura. Es más, reconozco tener mala memoria (no es que no recuerda nada, más bien lo contrario, tengo una memoria incontrolablemente selectiva. Desconozco los nombres o las caras de gente cercana. Personas amables me saludan por la calle, vecinos, compañeros, amigos de amigos, y no consigo cuadrar el origen de nuestra relación. Ni el cómo, ni el dónde, y naturalmente mucho menos el porqué). Sin embargo, os podré reproducir con bastante precisión una conversación de antaño o las situaciones más anodinas. Recuerdo con exactitud la decoración pseudo-marítima de aquel restaurante del mediterráneo francés en el que, con escasos años, descubrí que el centollo era algo comestible. Puedo ver el océano, en todos sus horizontes, y eso, junto con un oportunismo nato, es probablemente el principio de todas mis historias. Algunas soñadas y otras, por suerte, vividas.

Corrían mediados de los años noventa. Y digo que corrían por eufemismo, pues es por todos sabido que el tiempo vuela. Con espíritu conciliador y neutralidad helvética, podemos acordar que aquellos años formaban parte de una continúa carrera antes de un  hipotético despegue. Aunque eso sea engañoso, pues cuanto más pasa el tiempo, el lastre de la memoria impregna las alas con oscuras, pegajosas y aceitosas vivencias.

A pesar de mi status de becario en prácticas, me habían encomendado una tarea que podía ser considerada de cierta responsabilidad y confianza: Había de desplazarme hasta marismas y zonas protegidas del Algarve y de las provincias andaluzas de Cádiz y Huelva, con el fin de evaluar, en representación de un organismo multilateral, uno de entre otros tantos proyectos que se enmarcan dentro de la llamada cooperación internacional.

Tenía entre 21 y 22 años, no importa mucho. Con aquella edad, ya había viajado y vivido en algún que otro país y continente, pero ésta iba a ser la primera vez que cruzaría una frontera por motivos de trabajo, por lo que la excitación de entonces y el recuerdo actual están sin lugar a duda más ligados al porqué que al dónde. Nunca me he sentido cómodo con la expresión “viaje de negocios”, sobre todo cuando uno debería de tener otros negocios que atender, pero he de reconocerlo: Por primera vez viajaba por razones profesionales, con billete de ida y sobre todo de vuelta, alojamiento organizado, comida garantizada y sin haber decidido yo el destino (aunque en este caso, no nos engañemos, éste era del todo apetecible). De negocios.

La iniciativa en cuestión pretendía tratar de la gestión de humedales para garantizar la supervivencia y el descanso de las aves migratorias. Chistes fáciles aparte, no desvelaré ningún secreto de Estado si os digo que no tenía – y sigo sin tener – la más mínima idea sobre esta temática. Me encontré pues rodeado de ornitólogos, biólogos, algún que otro ecologista y demás gestores de parques protegidos de diferentes orígenes, que sólo conseguían entenderse entre sí haciendo talante de inesperadas dotes para la pantomima, imitando silbatos y sonidos, o llamando a las especies por su nombre científico.

De hecho, hallamos allí una de las peculiaridades del ser humano, que nos distingue claramente del reino animal: la infinita capacidad del Hombre (homo sapiens…) en complicarse la vida y hacer el ridículo en los momentos menos apropiados: Si bien todos conocían los pájaros y demás bichos por la nomenclatura binomial, antes de utilizar tales nociones y de mencionar tal o cual ave por sus nombres y apellidos grecolatinos, nuestros amigos científicos solían balancear un brazo de arriba hacia abajo en movimientos calculados y utilizar la mano restante para reproducir un pico o una crespa, haciéndose los fakires manteniendo el equilibrio con una pierna doblada, y soltando chillidos en su mayor parte agudos. Tras unos minutos de intento, alguno exclamaba “Himantopus Himantopus” o “Phoenicopterus Roseus”, como si de un juego de mesa se tratase, y a todos se les iluminaba la cara.

Así transcurrieron los 3 o 4 días que duraron estos encuentros, mezclando visitas de estudio y coloquios entre profesionales. Afortunadamente, mi trabajo no consistía en evaluar la calidad de los contenidos, sino el grado de ejecución del proyecto en su conjunto. En cierta medida, me tocaba a mí valorar la seriedad de todo este circo…

Por la noche, se alternaban debates políticos con recitales cómicos, todo esto orquestado por el jefe de la delegación rusa y los litros de vodka que le habían acompañado en este viaje, junto con otros dos profesores. Se trataba de un hombre de frondosa barba, pero no al estilo de los grandes maestros de su país. Era alto, fuerte y jovial, con una cara cuadrada y una mirada franca y expresiva. A pesar de su doble faceta de reconocido biólogo y diputado o parlamentario en el óblast de Astrakhan, recordaba más bien a un leñador de Grandes-Piles, Québec. Estábamos en la era post-perestroika, y, si bien desde la Europa occidental aplaudíamos las reformas llevadas a cabo, recuerdo que este buen profesor era de lo más crítico con Gorbachov y compañía.

En aquellas veladas, se adoptó la tradición rusa que consistía en contar un chiste entre chupito y chupito, reírse, y acabar la noche llorando. Algunos años más tarde, descubrí que dicho ritual era común en muchos países del lado este de la cortina de hierro, y volvería a experimentar bromas soviéticas embalsadas en orujos polacos.

Como de costumbre, no recuerdo ninguno de los chistes contados, ni siquiera su fondo o estilo (creo que algunos eran religiosos), así que no los reproduciré a continuación, pues sería engañoso, y este libro no trata de engaños, sino de mentiras. ¿O quizás esté equivocado?

Tras un par de días observando espátulas comunes y recorriendo  parques nacionales o marismas protegidas, acabamos las jornadas visitando las lagunas de Ria Formosa y los islotes sureños de Faro. Cuánto más pasaba el tiempo, menos entendía yo la utilidad de tales encuentros y visitas y esto, en cierto modo, empezaba a cabrearme. Al fin y al cabo, se me había confiado una misión, me pagaban algo por ello, y se supone que todos los presentes en esta excursión estaban a sueldo de administraciones o instituciones. Se estaba gastando fondos públicos, pero no estaba nada claro para mí que esto serviría para mejorar algo en este mundo. Dicho de otro modo, me preguntaba ¿para qué coño necesitaban montar esos tinglaos y tirar así el dinero?

El colmo llegaría al final del último día. Al regresar de las islas, acabamos en una extensa playa, virgen y algo fría en aquella época del año, los pies en la arena, observando el oleaje atlántico. De repente, los dos biólogos rusos que completaban la delegación se quitaron la ropa y, con los calzoncillos color crema puestos, se lanzaron al agua tales niños pequeños. El mayor de los dos – un tipo calvo y con gafas de metal dorado, cuya edad rondaría los sesenta años – saltaba callado, a la vez asustado y maravillado. Parecía un Sorolla en una versión envejecida, casi vulgar.

Me quedé estupefacto. Era eso pues, este primer “viaje de negocios”, del que tendría que reportar a mis superiores. De repente, el leñador me miró y, sonriendo, en su mejor inglés y señalándome a su compañero, me dijo: “Es la primera vez que se baña en el mar”.

Mi informe fue positivo. Desde aquel día, aún sin captar del todo la utilidad de ciertos programas de intercambio, tuve una visión más flexible de ellos, y descarté vacaciones de sol y playa en el mar Caspio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s