Compañía de tierra. Autor: Ivan Tobracz

 

Recepción del hotel Radisson SAS Arlanda Airport. Estocolomo. Ahora rebautizado Blu SkyCity. Entre las terminales 4 y 5. Diez de la noche.

Estoy haciendo el check-in. Procuro evitar hoteles de aeropuertos, pero esta vez me resulta más cómodo. Mi avión sale temprano mañana. Muy temprano. Demasiado temprano. Además, el dichoso sol de medianoche ha entrecortado todos mis últimos sueños. Estoy exhausto.

Tres días de gira por el oeste del país. De Gotenburgo a Karlstad, pasando por Forshaga y Åmål. Fucking Åmål dicen por aquí. Al parecer, por una película. Todo un hito para el pueblo. La vería años más tarde. En realidad no fue rodada allí, ni es nada del otro mundo. El despertar homosexual de dos alumnas de secundaria. El lago Vänern sí es algo. Casi tan grande como Extremadura. O tan pequeño como Suiza. Tres días de cursos y conferencias. Me gusta jugar a ser profesor. Pero por un día, no por tres.

La gente aprende a conducir sobre los lagos helados. Es un país muy preventivo. Si beben, no conducen. Menos mal: no saben beber. Hacen mezclas raras y se emborrachan con facilidad. El alcohol es caro. Como el tabaco. Por eso algunos se colocan tabaco debajo del labio superior. Los más limpios en pequeñas bolsas: El Snus (ensucia menos los dientes y la boca. Además, no se escupe). Los demás, con una mezcla negra en bruto. Recuerdan a las abuelas andinas masticando hojas de coca. O a vaqueros del Lejano Oeste. Han cambiado rifles y espuelas por cañas de pescar y botas de caucho. Al no generar humo, tampoco generan consumidores pasivos. Ya lo he dicho, es un país muy preventivo.

Estocolmo tiene una luz preciosa, pero sus hombres están algo atormentados. Los más afortunados pasean carritos de bebés mientras sus mujeres se relajan en terrazas. Otros se hacen multimillonarios manipulando nitroglicerina. Durante décadas. Luego dicen que se arrepienten. Los más traumatizados acaban cantando en Eurovisión vestidos de lentejuelas. ABBA ha hecho mucho daño a este país. Si no fuese porque el sol refleja en los trajes de los cantantes locales, diría que Estocolmo tiene una luz preciosa.

No sólo se conduce sobre los lagos. También se realizan actividades muy nobles. Es la tierra, no, mejor dicho, es el hielo que ha albergado las primeras ilusiones de los gemelos Daniel y Henrik Sedin. Podría haber jugado contra ellos en el torneo Pee-Wee de hockey en Canadá. Pero Suecia no jugaba. Tampoco estaba yo seleccionado para ello. Tampoco somos de la misma generación. He de ser honrado: no hubiese podido nunca jugar contra ellos. La única opción deportiva que me queda sigue siendo el curling. Ser capitán de la selección española de curling. Es un gran deporte. Mi única opción. No sólo se conduce sobre los lagos suecos. También se juega al curling.

Recepción del hotel Radisson SAS Arlanda Airport. Estocolomo. Ahora rebautizado Blu SkyCity. Entre las terminales 4 y 5. Diez de la noche.

Estoy haciendo el check-in. Al lado mío está ella. Tiene una belleza escandinava no inusual, pero sí fuera de estereotipos: El pelo oscuro, casi mediterráneo, y los ojos azul claro cristalinos, como un lago helado. La pobre se lamenta y suplica. Ha perdido su vuelo. La culpa no es suya, ni de la SAS (hablo de la compañía aérea, no del hotel). Eso pasa por volar con compañías de bajo coste. Llegó con retraso, desde la Europa continental, y no enlazó. La SAS accedió a darle una plaza en el primer vuelo para Umeå mañana, pero la compañía de bajo coste no le ofrece alojamiento mientras tanto. En todo caso, aunque quisiera pagar su habitación, el hotel está lleno. O eso parece.

Me dan mi llave. Voy a mi habitación. Mobiliario sueco, de pino, abedul chapado y otras maderas claras. Seguro que la cama está bautizada con algún nombre raro: Strindberg, Larsson, Hallström, Mankell,  Långstrump, … Por lo menos tiene un tamaño matrimonial, y eso es de agradecer en este país. Un paradero limpio y funcional. Perfectamente aislado del ruido. Carente de personalidad. Aburrido. Justo lo que necesito. El cansancio no atenúa la sed. ¿Una última copa antes de dormir? Para reposar el día. Para analizarlo. Para recordarlo. Voy a bajar al bar. Cojo mi llave.

No sois tontos así que no os voy a engañar (Nunca lo hago, o casi nunca. Salvo quizás ahora. Ya veremos.) e iré al grano: allí está ella, en la barra. Pido una cerveza, la miro y – sin ninguna mala intención, lo prometo – le pregunto si le han arreglado su problema de alojamiento. Contesta que no y, presumiblemente excitada por su desaventura, me cuenta su historia. No la recuerdo bien ni merece lujos de detalles, pues el cuento tenía menos giros que las curvas de su protagonista. Lo que sí recuerdo es que tenía ojos cristalinos, y un nombre de perchero IKEA. Eso sí, asume con dignidad y deportividad esos inconvenientes. Dormirá en algún banco de la Terminal, y mañana será otro día. Pero hoy es el día de hoy,  y no sois tontos.

Enciendo la lámpara de mesa y trato de adivinar su nombre para concentrarme sobre algo. Siempre he tenido alma de buen samaritano, pero pocas veces he aprovechado las oportunidades de demostrarlo. Ésta ha sido la ocasión. Me sirvo algo del minibar, mientras ella se cambia en el baño. No ha habido engaños, ni malas intenciones, lo juro: le he ofrecido compartir lecho, de forma inocente, destacando la lealtad que tengo a mi mujer. No tuve que insistir. Ella, supongo que por cansancio,  accedió. Mi mirada se fija alterna y estúpidamente en mi copa, la lámpara, y la puerta del baño. Copa, lámpara, puerta del baño. Copa, lámpara, puerta del baño. Copa, lámpara, puerta del baño. Afortunadamente, estoy mirando la copa cuando ella sale por la puerta del baño. Afortunadamente, no he tomado tantas copas como para que salga de la lámpara. Sale con un cómodo pijama que le cubre el cuerpo entero. Suecia es un país muy preventivo. Es mi turno. Me lavo los dientes, refresco la cara, y trato de devolver a la tierra todos los líquidos deglutidos con el menor ruido posible. Siempre he sido muy vergonzoso con esas cosas. Recuerdo los concejos que daban al ya desposeído y entonces encarcelado Emperador Puyi en la película de Bertolucci. Hay que mear en los laterales de la bacinilla. Me lavo las manos (siempre lo hago). Vuelvo a refrescarme. Una última mirada franca y un último diálogo mudo con mi reflejo antes de regresar a la habitación. Como ésta no dispone de sofá ni de nada parecido, no ha habido debate. Ella ya ocupa el lado derecho de la cama. Me siento, programo el despertador, apago la lámpara y trato de recordar su nombre.

Recepción del hotel Radisson SAS Arlanda Airport. Estocolomo. Ahora rebautizado Blu SkyCity. Entre las terminales 4 y 5. Seis y media de la mañana.

Hago el check-out para no dejar deudas, pero advierto que alguien todavía duerme en lo que ha sido mi habitación. Digo alguien porque no recuerdo su nombre, por mucho que lo haya intentado. Podría haber dicho una mujer aún duerme…, pero hubiese tenido una connotación sexual. Un aroma a sensualidad consumida. Y no quiero engañar a nadie. Ha sido la noche más plácida y agradable de todas las que pasé en este país. Lo único que vibró ha sido el despertador, hace ya media hora de esto. Como no quería que se despertase, lo apagué enseguida. De un sobresalto. Sin apenas tomarme el tiempo de apreciar la postura adoptada. Hemos dormido toda la noche. Por momentos abrazados, con postura fetal, calor humano, caricias involuntarias (…) por zonas insospechables: hombros, pies, vientre. Hemos dormido toda la noche, y no recuerdo su nombre.  

Un hotel de aeropuerto es, sin lugar a duda, un dudoso lugar, para dudar.

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