Meridiano 180. Autor: Mara Serbiá

Sangilak encontró el pueblo dormido, silente, tal y como lo esperaba… Había planeado durante tres años la fuga de la península de Kamchatka. Se detuvo en el muelle y miró el litoral. Un círculo de volcanes lanzaba ceniza grisácea desde la cima y bloqueaba horizonte. Las gaviotas cubrían las rocas como un manto de nieve. Graznaban y revoloteaban alteradas cuando las gigantescas olas rompían para transformarse en espuma. Desde la superficie de las ondas, las aves volvían a alzar vuelo sin esfuerzo. La primavera se iniciaba y el hielo en el océano comenzaba a derretirse. Había llegado el momento de regresar al hogar.

Era oriundo de uno de los dos atolones situados en mitad del Estrecho de Bering en el meridiano 180, punto que establece la línea imaginaria del cambio de fecha. Inaliq la menor, la Isla del Ayer, lugar donde nació, pertenece a Estados Unidos. Imaqliq la mayor, la Isla del Mañana, es parte de Rusia. Ajeno a los acontecimientos políticos acerca del acuerdo de dichos países de declarar en ese punto la frontera nacional y prohibir el cruce entre las islas, Sangilak, utilizó el pasaje natural de hielo formado por el océano invernal para visitar los parientes en la isla vecina. Le seducía el maravilloso recorrido en el tiempo. Con solo dar unos pasos pasaba del hoy al mañana o del hoy al ayer cuando hacia el recorrido en sentido contrario. Al llegar a la isla del Mañana, los rusos se encontraban desalojando el islote. Habían decidido establecer en el lugar una base militar. Todas las personas que allí se encontraban, él incluido, fueron transportadas a la península de Kamchatka.

Desde que llegó, Sangilak solo pensaba en volver a casa. Necesitaba comprar una barca. Era el único transporte posible entre la península y las islas. Consiguió trabajo fácilmente. Los dueños de los buques pesqueros se lo disputaban pues poseía un cuerpo colosal y robusto, tenía destrezas de pescador y marinero y aspecto de hombre trabajador. En aquellas aguas turbulentas y vientos huracanados del Mar de Bering era un activo tener un hombre de esas cualidades como parte de la tripulación. Sangilak laboró fuerte y ahorró dinero hasta lograr adquirir la pequeña embarcación de pesca que le utilizaría para escapar.

Esa noche abordó la modesta nave, quitó las amarras y levó ancla. Maniobró para salir de la bahía y mientras orientaba el rumbo de la embarcación, escuchaba cómo las gaviotas emitían chillidos agudos en tono de despedida. No deseaba permanecer en el lugar ni un minuto más, a pesar de que le eran conocidas las dificultades del viaje. Se enfrentaría a temperaturas bajo cero, altos oleajes y desconocía si el mar había descongelado por completo. El éxito de la travesía dependía de sus conocimientos náuticos, su fortaleza física para pilotar la nave y su inmenso deseo de reunirse nuevamente con su esposa e hijos.

Se acercó al mar abierto. Pudo sentir su violencia. No existía diferencia entre el cielo y el océano, una bruma blancuzca y opaca, los envolvía. El oleaje crecía. La embarcación sufría los ataques de la masa de agua embravecida. Sangilak apenas lograba mantenerse en pie. Se aferró al timón para no caer mientras el viento frío le castigaba la cara. Según la embarcación embestía las gigantescas olas, el ancla daba destemplados cantazos sobre el costado. Un relámpago iluminó el firmamento seguido de un sonido ensordecedor y profundo. Una lluvia torrencial se unió al coro ambiental. La nave se elevaba muy alto, prácticamente en posición vertical, para caer abruptamente sobre el agua cubierta de témpanos de hielo.

Sangilak sintió miedo. Recordó a los nativos de Kamchatka que imploraban a los espíritus que habitan en los volcanes y con reverencia y devoción los invocó y rogó que le permitieran alcanzar el Ayer. Era la medianoche cuando llegaba al meridiano 180. El cielo se iluminó con un brillo fosforescente repleto de colores intensos. El panorama se cubrió de franjas, espirales y rayos de luz que se movían velozmente de lado a lado. Se distrajo observando la aurora boreal. Era el regalo mágico que le obsequiaban los dioses del regreso. En ese instante, una inmensa ola empujó la embarcación con violencia hacía un obstáculo intangible, con una fuerza tal que aquella quedó destrozada. Sangilak, fue expelido a la orilla de un islote que reconoció como Inaliq antes de perder el conocimiento.
El sonido de las aves lo despertó. Abrió los ojos. Se sintió feliz y seguro de haber llegado a su destino. A su lado encontró un pergamino antiguo que examinó con curiosidad al notar su nombre en el mismo. El documento leía:

Proclama
Por cuanto: El Monarca del Mágico Meridiano y Caballero de las Horas tiene la facultad de conceder peticiones a sus súbditos.
Por cuanto: Sangilak, ante la furia de Neptuno ha expresado su deseo de llegar al Ayer.
Por tanto: Proclamo, por decreto de la majestad cronológica y del implacable calendario,
que el tiempo se detendrá para Sangilak y vivirá en el ayer por toda la eternidad.

Miró a su alrededor, y una y otra y otra vez, encontró el pueblo dormido, silente tal y como lo esperaba…

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