Trazos. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

Me ilusionaba ver el Museo de Australia en Sydney y estaba en la otra punta de la ciudad, tenía que darme prisa, si deseaba visitarlo; tomé a toda prisa un taxi que me dejó en la puerta y me sorprendió que hubiera cola para entrar, pacientemente -como es costumbre en mí-, esperé mi turno pero veía que había muchas familias con niños… pronto leí en grandes carteles que hacían una exposición sobre el mundo de los dinosaurios y entendí lo que ocurría… Tras esperar un ratito, entré e inicié mi recorrido… Es un museo muy interesante donde puedes ver muchos aspectos de la vida de Australia y su maravillosa biodiversidad… También pude contemplar de cerca minerales, gemas y piedras preciosas que refulgían tras los cristales de las vitrinas y conocer un poco sobre el mundo de la minería en la isla, tema que me interesa mucho, porque provengo de un pueblo minero…
Aunque la parte del museo que más me deslumbró fue la que me hizo acercarme tantito al origen, vida, artes y costumbres de los indígenas australianos, los aborígenes de la gran isla y de las islas cercanas, seres prácticamente desconocidos por mí…
Me fascina pensar que quizá fuesen los primeros habitantes de nuestro planeta; imaginar su antigüedad y, de ese modo, la sabiduría acumulada durante siglos y siglos… Me intrigan sus leyendas de ensueño, de serpientes y canguros… Me sorprenden, y hasta me espantan un poco, sus caras danzantes pintadas de rojo, sus cuerpos blancos harinosos… al son de sus extraños instrumentos; el silbido de sus boomerangs…
Y leí como tres veces seguidas las frases de la sugerente y enigmática leyenda del «Dreamtime»:
“Dicen que llevamos aquí 40.000 años, pero son muchos más.
Llevamos aquí desde que el tiempo comenzó.
Procedemos directamente del Tiempo del Sueño de nuestros antepasados creativos.
Hemos mantenido la tierra tal y como estaba el primer día.
Nuestra cultura se basa en registrar los orígenes de la vida.
Nos referimos a las fuerzas y poderes que crearon el mundo como los antepasados creativos.
Nuestro bello mundo ha sido creado tan sólo de acuerdo con el poder, la sabiduría y las intenciones de nuestros antepasados.”

Estábamos todavía en el Parque nacional Uluru-Kata Tjuta… Había pasado una noche de calor en un hotel en medio del desierto, soñando en montes rojos y cavernas… Y a la mañana siguiente…
Iniciamos nuestra visita a Kata-Tjuta, que en lengua pitjantjajara significa “muchas cabezas”, lugar sagrado de los aborígenes australianos, como Uluru, y al que nosotros llamamos Montes Olgas, o Las Olgas: se trata de un conjunto de montes que bien semejan cabezas que sobresalen de la tierra roja del desierto… Y nos adentramos por un estrecho desfiladero en un paisaje semilunar, con rocas aquí y allá, como pequeños y despistados meteoritos caídos del cielo; senderos pedregosos de tierra rojiza y matorrales verde claro y árboles verde más oscuro, que le ofrecen ese aspecto tan evocador y maravilloso… Salpican la marcha puentes de madera, un banco solitario… y levanto la cabeza y las montañas parecen grandes quesos gruyères pero rojos, a causa de unos curiosos agujeros que veo aquí y allá… hasta un corazón en la roca descubro en una de ellas…
En un belvedere precioso, al fresco de la suave mañana invernal australiana, me hago una foto donde puede verse el desfiladero… Sólo estamos nosotros… Se respira el silencio… Hay paz… y se nota que es un lugar sagrado… nadie perturba el sueño eterno de sus eternos espíritus…
Desandamos el camino y nos dirigimos a otro mirador desde donde podemos contemplar de lejos la vista de Las Olgas… Su silueta es preciosa, vistas desde allí semejan altas y onduladas dunas del desierto bermejo, envueltas en la calima del mediodía… Al igual que la visión lejana de Uluru, misterioso tras ese reflejo del sol… Y todo bañado en ese mar de arbutos de distintos verdes y grises azulados verdosos que sobresalen en un suelo de arena granate, a ratos dorada…
Después fuimos al Centro cultural del Parque, interesante e instructiva visita… Construido en cabañas en medio del desierto, rodeado de esa vegetación que tanto me enamoró… Pude mirar un rato un documental sobre la historia de los aborígenes que me impresionó sobremanera…
Pero no tengo fotos de ese lugar, no pude ni quise tomarlas porque… el corazón se me encogió al ver a unos pintores, ya muy mayores, allí sentados en el suelo, abstraídos en su hermoso arte… ante aquellas enigmáticas y vistosas pinturas, unas cercanas al puntillismo, otras de largas y ondulantes líneas rojas y ocres, negras y blancas, brillantes todas…
Compré unos marcapáginas preciosos en la tienda del Centro, como recuerdo y para apoyar a aquellos artistas…
Sé que no debería sentir lo que sentí pero yo soy así… Siempre me pasa lo mismo cuando veo a los indígenas de un lugar… y me imagino cómo deben sentirse ellos en una tierra que ya no es la suya, habitada por gente extraña; viéndose desplazados y marginados en su propia casa, desposeídos de todo, hasta de la vida misma… Como la chica de tristes ojos negros y sanginolentos, que me servía el café cada mañana… o aquellos pintores que reservaban sus cansados ojos para realizar sus bellos cuadros del desierto…

Camino por la arena roja y procuro dejar bien marcadas las huellas de mis zapatos, como unos mágicos trazos, para sentirme un poco ligada a aquella tierra ancestral y bella, tan lejana a la mía, tan distinta… Y la canción que suena en mis oídos tiene una mezcla de viento entre los arbustos, de un lejano e indómito didjeridoo y del siseo del boomerang, que espero retorne…

Kata-Tjuta (Australia)
Inspirado en la obra Los Trazos de la canción, de Bruce Chatwin

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