Aotearoa. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

El vapor iba a empañar los cristales de mis gafas en aquel recorrido por la Isla Norte pero eso no iba a impedir que pudiese contemplar, aunque con dificultad, fenómenos naturales, paisajes maravillosos de una belleza tan singular y única que hasta da pena intentar describirla con mis pobres y escasas palabras… Veía mejor sin mis húmedas y eternas compañeras de viaje y me las quitaba a cada poco…
Llegamos a Rotorua y el vapor de la Rachel Pool -Whangapipiro en maorí-, una piscina de aguas termales alcalinas a 100 grados centígrados -212 grados Fahrenheit-, me sube hasta el rostro… es el primer contacto con el vapor termal de aquel rincón del planeta…
Llegamos al Whakarewarewa Geothermal Valley.
Tras los serios y altos tikis de madera rojo oscuro que flanquean la entrada, como para darnos la bienvenida al mundo de los maoríes, entramos en el Centro Cultural Te Puia. Nos dirigimos primero al Pikirangi Village, donde podemos ver de cerca las viviendas de madera de punga de los antiguos pobladores. Me pareció preciosa una construcción de madera llamada Pataka, bellamente tallada, como un palafito rojo o un hórreo de aquellas tierras, que guardaba los tesoros de los jefes, era una maravilla…
Seguimos un sendero y ya vemos desde allí, antes de llegar a las terrazas -que hacen las veces de miradores-, las columnas de agua caliente y vapor que suben al cielo, una especie de humo blanco como salido de las fauces de algún enojado animal escondido en las entrañas de la tierra… Es el Pohutu Geyser, que tiene más de 500 lugares geotermales de interés y que es considerado uno de los 5 mayores géiseres del mundo… Fue un privilegio estar allí, no me lo podía creer, porque nunca había asistido a ese espectáculo de la naturaleza en directo, sólo lo había podido ver en los documentales que echan por la tele. Era impresionante la altura de las columnas (de unos 30 metros de alto), el sonido del vapor como la olla a presión que pone mi madre cuando prepara mi plato favorito… y los colores maravillosos de las rocas, que asemejaban de lejos porosas esponjas: blanco nieve brillante, amarillo dorado, gris plateado; el verde de los árboles, y la luz cegadora del sol, que refulgía tras las columnas de vapor, impregnaban al entorno una mayor belleza, si es que eso es posible…
Continuamos el paseo por el Valle y llegamos hasta la Blue Pool, como una gran piscina azul, rodeada de humeante vapor y de manuka o de árboles del té, como los bautizó el Capitán Cook, porque he leído que utilizó las hojas de este árbol para preparar té… El vapor inunda los arbustos, verdes, que resaltan como nadando entre éste, así como las rocas, grises y redondas, que parecen emerger del río…
Pasamos por Ngararatuatara, el nombre de un nativo lagarto, que es como una especie de piscina donde se pueden cocinar alimentos frescos… pero nosotros no lo vemos, nos lo tenemos que imaginar… Y las burbujas nos hacen pensar que estamos ante una cocina natural… Es muy interesante y espectacular ver una cosa semejante…
Y nos encontramos con la curiosa Nga Mokai a Koko, los juguetes de Koko, un jefe de la zona quien bautizó esta piscina de barro geotérmico con ese nombre porque su lodo le llevó a pensar en su carácter lúdico y en los juguetes de los niños… La verdad es que te entran ganas de bajar, coger un poco de ese barro y moldear figuritas con él o bien untarlo en tu cuerpo, y reírte al hacerlo, como hicimos con el lodo del Mar Muerto pero me temo que no puede ser en esta ocasión porque ese barro humeante alcanza temperaturas de hasta 90-95 grados centígrados…
El sol va descendiendo, atravesamos un sendero de enormes helechos y volvemos al Centro Cultural. Entramos en el Marae y el universo maorí nos recibe desde las esculturas talladas en madera que lo representan, son preciosas y enigmáticas y te vienen ganas de que uno de esos dioses, que se unen muchas veces con mortales, te tome de la mano y te suba a los cielos…
Se ha hecho de noche y desde la casa de reuniones, Te aronui a rua, nos dan la bienvenida al estilo maorí. Después vemos cómo se están cocinando los vegetales y la carne, enterrados en el suelo, a la manera polinesia, y de nuevo el vapor invade mi rostro… y el olfato y el gusto se disparan ante el aroma de la comida… pero primero vemos una representación de danzas y canciones maoríes, unas tristes canciones de desamor, otras más alegres, aquellas otras guerreras… Las flores adornan el cabello de las mujeres; collares de flores de vivos colores lucen alrededor de sus cuellos… y al final vemos bailar la haka por el conjunto de fuertes varones maoríes, la danza pupular maorí de lucha que se ha convertido en símbolo del país, ya que su selección nacional de rugby, los All Blacks, siempre la bailan al inicio de un partido del deporte nacional por excelencia y del que han sido en muchas ocasiones campeones absolutos…
Seguidamente pasamos al comedor y degustamos los platos de la cocina del país, donde destacan aquéllos con los productos que veíamos cocerse dentro de la tierra… Curioso, jamás antes había probado nada así… Tienen un sabor… especial… Mientras, se oyen canciones maoríes y la voz de la gran soprano Tiri Te Kanawa, princesa y bella cantante irlandesa y maorí, cuya voz me encanta…
Al día siguiente hicimos un recorrido por el Waimangu Volcanic Valley… Entre volcanes y cráteres; senderos alfombrados de mullidas y húmedas hojas, flanqueados por enormes helechos gigantescos; rocas y troncos de árboles repletos de musgo, el musgo más verde que he visto en mi vida… y que siempre me recuerda la Navidad… Piscinas de lodo hirviendo que me hacían pensar que de un momento a otro vería emerger la nave de Luke Skywalker, gracias a la Fuerza de su maestro Yoda, en el planeta Dagobah… Hasta llegar al Inferno Crater, azul turquesa bajo la capa de vapor que quiere esconder tanta hermosura… Y querrías llevarte aquella imagen para no olvidarla en la vida… de hecho, cierro lo ojos y lo veo, veo el cráter bullendo en la paz del silencio sólo roto por nuestras palabras… Pero también me llevo el recuerdo táctil del agua que hierve y quema mis dedos.
Caminando por el bosque un tanto umbrío, unos rayos de sol se cuelan entre las ramas de los árboles como faros naturales que iluminan mi camino… Puedo hacer unas fotos como jamás había podido conseguir.
Llegamos a Cathedral Rock y en un banco de madera nos hacemos una foto de grupo para la posteridad, allí ante la inmensidad de las rocas de lava, antes de despedirnos del Valle…
Al sureste de Rotorua, en la bellísima Bay of Plenty, en la tierra de los Te Arawa, nos encontramos con más maravillas y llegamos al sagrado Rotokakahi o Green Lake, que recibe este nombre por su color verde esmeralda, a causa de los cangrejos de río que existen en el fondo de sus aguas. Enfrente, como hermanos pero rivales en belleza tenemos el Tikitapu o Blue lake, llamado así por el lugar donde la hija de un alto jefe perdió su collar ornamental de sagrada diorita (tikitapu), según indica el cartel… Y, efectivamente, no sabes cuál elegir, si el verde esmeralda, o el azul intenso de esos lagos maravillosos en aquel invierno en el otro extremo del planeta…
Luego me vi rodeando el tronco de una inmensa secoya californiana en un bosque dedicado a los hombres que habían trabajado en aquellos bosques y habían muerto en las dos guerras mundiales… Así me despedí de la Isla Norte, pensando un deseo mientras me liaba al tronco de aquel árbol, como queriendo abrazar a la naruraleza entera…
Cada día al entrar en mi casa, me recibe en una pared del pasillo la máscara maorí que tanto me costó encontrar y que estuvo perdida por meses, y por fin recuperé… Está enfrente de una pareja de máscaras de Senegal, hombre y mujer, que no se miran de frente, para no pelear en mi ausencia… La máscara maorí, de madera oscura, me mira fijamente con sus ojos azules de paua, la oreja de mar de aquellas lejanas tierras… Pero no me da miedo, no, porque ella me hace recordar Aotearoa, la tierra de la gran nube blanca… el sonido del agua en las cascadas de su tierra, del rumor de las hojas al viento en bosques ancestrales, el son de la melancólica canción maorí que nos cantó un guía en la noche, entre los silbidos de un géiser…

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