Viajar desafiando a la muerte. Autor: El Patagón

A poco de retornar de un prolongado exilio, tomé conciencia de que lo primero que debía hacer era reconstruir el entramado social que me ligaba con el pasado. Obviamente, se trataba de un difícil desafío cuya concreción ameritaba planificación y presencia de ánimo. En el listado de objetivos que me asigné la visita al club náutico del que fui miembro durante más de tres lustros, ocupó un lugar trascendente. El propósito fundamental de la misma sería explicar a los directivos y a la Comisión de Regatas las causas de mi misteriosa “evaporación”. El día elegido para realizar dicho trámite tuve la fortuna de que la admisión estuviere a cargo de un antiguo empleado del organismo, quien al reconocerme me franqueó el acceso sin exigirme acreditación ni formular preguntas. Una vez ingresado, elegí iniciar lo que podría definirse como un “peregrinaje hacia el pasado” visitando el sector de “marinas” (lugar donde amarraba mi velero). Dicha zona estaba ocupada por barcos, para mí, absolutamente extraños. Evidentemente, nada era como yo lo recordaba. Con un dejo de nostalgia me encaminé al “varadero” para ver si allí aun quedaba algún conocido. Unos pocos operarios se sorprendieron al verme. Luego de estrecharles las manos y agradecerles las muestras de afecto, me detuve a observar la maniobra que estaban realizando. Desplazaban, desde la anguilera a un tráiler, un maltrecho casco de madera. A pesar de su deterioro, de inmediato reconocí que se trataba del Mathilda, velero con cuyo propietario -el griego Pikápvto- compartí numerosas singladuras. Esa aciaga constatación me produjo un desconsuelo difícil de ocultar. El contramaestre, quien estaba dirigiendo la maniobra, se percató de la situación y mirándome como avergonzado comentó con tono lúgubre:

– Lo estamos moviendo para enviarlo a desguace…- tras lo cual hizo una larga pausa, para luego agregar:
– Fue abandonado por su dueño… esto sucedió hace varios años, presumimos que por problemas económicos.
Como si se sintiera obligado a justificarse, remató el monólogo diciendo:
– Con la venta de las partes desmanteladas, el club tratará de resarcirse de las cuotas adeudadas. Lo siento mucho…
Al escuchar esas palabras tuve intención de gritarles que los barcos no merecen terminar su vida mercantilmente descuartizados, que sin excepción, debieran reposar dignamente en el fondo del mar… pero solo atiné a preguntar:
– ¿Y qué sucedió con mi camarada…?- Un marinero me contestó que había muerto y que aparentemente no tenía herederos. Acongojado por la orfandad en la que el Mathilda afrontaba sus momentos finales le solicité al funcionario me permitiera abordarlo para realizar una postrera visita de despedida. Éste, entre comprensivo y receloso me dijo:
– Bueno… rápido, pero tenga cuidado, la tablazón está muy podrida… podría ceder… – y luego, como hablando para sí mismo masculló:- ¡Después tendría que explicarle al comodoro las causas del accidente!
Un carpintero apoyó una escalera contra el casco para que pudiera abordar. La bañera estaba destruida, la cabina carecía de tambucho, el interior era una calamidad. El olor a humedad y el moho lo impregnaban todo. El agua acumulada en el interior había materializado su obra destructora. Concretamente, un espectáculo desolador, particularmente para quienes lo habíamos tripulado en su época de esplendor. Solo por fisgonear abrí las desvencijadas puertas de algunas gavetas constatando que habían sido minuciosamente vaciadas. Ya iba a abandonar el lugar cuando mi vista se detuvo en lo que otrora fuera la mesa de navegación.
No sé porque tuve la intuición de que el cajón donde se ubicaban las cartas náuticas aun guardaba algo.
Efectivamente, en su interior, relativamente seco, descansaba un maltrecho cuaderno con tapas de hule negro. Durante algunos instantes evalué la legitimidad de apropiármelo, ya que aparentemente nadie se había interesado en conservarlo. La impaciencia del contramaestre, expresada de viva voz, contribuyó a aventar mis prevenciones:
– ¡Vamos…tengo a toda la gente esperando para completar la maniobra!
Para evitar rispideces, cumplí su requerimiento con presteza.
Enfrascados en su trabajo ninguno prestó atención al elemento que portaba aprisionado debajo del brazo y si alguien lo hizo seguramente pensó que aquel cartapacio ya me acompañaba al subir.
Sin más dilaciones agradecí, saludé y me aleje del lugar sin mirar atrás.
Luego de haber cumplido con la formalidad de explicar mí forzada ausencia a las autoridades del club, me trasladé presuroso hasta la confitería, elegí una mesa apartada y me precipité ansiosamente sobre la no bien habida libreta, para indagar su contenido.
El transcurso del tiempo y la abundante humedad del medio, habían velado sus hojas con una irregular pátina amarillenta, pero a pesar de ello, aun era posible desentrañar su contenido.
Con el paso de los días, y una buena dosis de paciencia e imaginación, logré descifrar la mayor parte de los textos, descubriendo que si bien los apuntes adolecían de las precisiones formales que suelen caracterizar a un cuaderno de bitácora, los aspectos relevantes de cada narración, habían sido consignados con minuciosidad y llamativa habilidad literaria.
Hoy tengo por seguro que lo ocurrido en aquella oportunidad (mi paso por el varadero) no fue un hecho casual; mi amigo -el griego Pikápvto- de alguna manera me convocó para que lo representara en la ceremonia de despedida de su querido barco, gratificándome por ello con sus inéditas narraciones.
A partir de la lectura de aquella pseudo autobiografía, y por razones intangibles, me sentí más hermanado que nunca con el protagonista de tan singulares hazañas. Percibí con absoluta claridad, que en algunos de sus párrafos, el capitán del Mathilda, había desnudado su alma. Quizás presintiendo que su final estaba próximo intentó una confesión laica… No hablaba el navegante prestigioso que había superado mil tormentas, sino un hombre viejo que, sin atenuantes, asumía sus flaquezas pasadas. No buscaba justificaciones ni indulgencias, solo pedía comprensión…
En síntesis, la apasionante historia de vida de un viajero infatigable que me agradaría compartir con ustedes.

Para entrar en tema, y con el propósito de definir someramente la personalidad del griego Ρικάρντο -el capitán del Mathilda-, narraré un episodio acaecido en la confitería del club náutico del que ambos éramos socios. Lo seleccioné, entre otros muchos, sobre la base de lo que sentencia un conocido refrán: “para muestra basta un botón”…
El hecho sucedió en la mañana de un sábado invernal muy desapacible. La llovizna, el frio y los fuertes vientos, nos empujaron hacia la barra del bar, lugar elegido por la mayoría de los competidores para aguardar la decisión de la comisión de regatas. Los capitanes más afines, matizábamos la forzada demora -café va, café viene- poniendo en juego nuestras habilidades para formular predicciones meteorológicas. Cuando algunos reprimidos bostezos comenzaban a preanunciar el agotamiento de dicha paranoia, alguien trajo a colación, de manera inesperada, un tema fuera de agenda; la analogía existente entre las motivaciones que movilizan a los apasionados de dos actividades disimiles; el alpinismo y la náutica. El comentario, por lo inesperado, tomó de sorpresa a la mayoría de los contertulios, quienes se quedaron perplejos tratando de descifrar la intención del autor. Éste, sin amilanarse, prosiguió impertérrito fundamentando su curiosa ponencia:
-Del mismo modo en que hacer cumbre en el Monte Everest es la fantasía de los alpinistas, virar el Cabo de Hornos lo es para nosotros, los nautas. Ambos son hitos convocantes y atemorizadores. Una de las tantas hipótesis que tratan de explicar la fascinación que irradian esos dos desafíos –y a la que adhiero- se basa en la cantidad de vidas perdidas en el intento de lograrlo. Y ello tal vez sea cierto… ¿Quién no fantaseo en alguna ocasión con vencer a la muerte…?
Estas expresiones suscitaron un vehemente y generalizado debate. El planteo inicial fue derivando, de manera anárquica, hasta el extremo en que se llegó a cuestionar, casi a los gritos, la razonabilidad de las motivaciones que impulsan a un marino a arriesgar su vida, navegando en esas inhóspitas regiones. La cosa llegó a un punto tal en que alguien, con el propósito de enfriar los ánimos, propuso convocar a un árbitro para morigerar la disputa. Entre los presentes se hallaba el griego Pikápvto, quien contaba en su haber varios viajes a la Antártida.
Por apreciaciones absolutamente subjetivas y opinables su persona no gozaba de la simpatía de los presentes, no obstante lo cual, y sobre la base de su experiencia vinculante, decidieron asignarle la responsabilidad de resolver sobre el tema en discusión.
Conscientes que el tópico era de una vastedad prácticamente inabarcable, acordaron limitar el dictamen a la respuesta de solo dos preguntas:
⦁ ¿Cuál fue el destino más peligroso al que a sabiendas se había dirigido, aun a riesgo de perder la vida en el intento…?
⦁ ¿Si la empresa había valido la pena…?
La mayoría se mostró satisfecha por la fórmula adoptada para dirimir la controversia, a pesar de lo cual, algunos escépticos aguardaban escuchar -una vez más- la transitada descripción de olas gigantescas, furiosos temporales, tediosas calmas chichas, ataques de “piratas modernos” y cosas por el estilo.
Como todo buen orador, el griego Pikápvto sabía cómo explorar las expectativas de la audiencia y a qué mecanismos apelar para no defraudarla. En esta oportunidad el desafío consistía en responder de manera tal, que los desacuerdos previos quedaran razonablemente zanjados. Antes de hacerlo, cerró los ojos durante algunos instantes con la intención de ordenar sus ideas, para luego de manera gestual, aceptar el desafío con una sonrisa.
-Los océanos guardan secretos furtivos reservados a algunos pocos iniciados- dijo de manera enigmática. –En todas las latitudes sus aguas suelen ser procelosas y traicioneras, pero aun así siempre se justifica el riesgo de navegarlas. En mi caso, el fenómeno que con más intensidad compensó los peligros asumidos fue el poder contemplar de cerca “el desfile de jinetes” que se origina periódicamente en el Mar Austral.
La respuesta, adrede ambigua e ininteligible, fue formulada con el propósito de incrementar la curiosidad de los oyentes. Un cuchicheo de extrañeza le confirmó que había logrado su propósito, tras lo cual se apresuró a explicar:
– Al igual que la mayoría de ustedes, he contemplado el mar en todas sus formas; encrespado por los temporales y “planchado” como un gran lago, unas veces de color azul cobalto intenso y otras con una patina gris plomiza, teñido de rojo durante las puestas de sol o iluminado en las noches por las chispeantes noctilucas que surfean en las crestas de las olas…
Lo he sufrido, admirado y disfrutado en toda su amplia gama de matices… pero nada me ha impactado tanto como verlo flanqueado por peñones de hielo.- A partir de ese párrafo la voz del capitán del Mathilda tomó un tono más intimista y su léxico se tornó más coloquial.
-Como imaginaran, navegando en las cercanías del Continente Antártico, el encuentro con témpanos resulta inevitable. Si bien es cierto que esa presencia compromete la seguridad de barcos y tripulantes, la belleza de sus formas compensa plenamente dicho peligro.
En esas latitudes, el viento y las olas aúnan sus fuerzas cinéticas para modelar esos bloques de hielo con un atrevimiento similar al que Gaudí aplicaba para manejar el diseño y el estuco. En algunos prevalece el color azulado verdoso y en otros el blanco níveo o el verde jade. Estas peculiaridades cromáticas son su ADN; informan a los iniciados acerca del origen y antigüedad del portador. Los rayos solares, estallando en las oquedades de esas imponentes catedrales de hielo, enmascaran con una profusión de matices el frígido espectro que los caracteriza. Esa es la génesis del prodigio que me sobrecogió para siempre; los congelados bloques aprovechan este fenómeno para vestirse ilusoriamente con tonalidades de frugal colorido, que se reflejan difuminadas en las sosegadas aguas que los circundan.
Hasta el momento de dicho descubrimiento yo creía haber agotado mi capacidad de asombro con relación a los variados y cambiantes fenómenos oceánicos que ustedes bien conocen, pero en aquella ocasión, tomé conciencia de que la naturaleza posee una capacidad ilimitada de generar exquisiteces, cuya originalidad escapa a cualquier ponderación humana.
Sujetos a las leyes inexorables de transformación y movimiento que rigen el universo, los icebergs derivan lentamente, con una parsimonia solemne. Su marcha parece influida por una voluntad suprema. Se alinean aleatoriamente conformando fantasmales caravanas. Semejan tenaces peregrinos en búsqueda de una mitológica e inalcanzable meta. Innúmeros de ellos se desharán en aguas cálidas, desvaneciéndose definitivamente sin dejar la más mínima huella de lo que fue su efímera y ciclópea existencia…

Queridos amigos, en aquella ocasión tuve la sensación de que dicho fenómeno no podía ser imputado exclusivamente a la meteorología… había una cierta intencionalidad hierática en el hecho de aniquilar semejantes montañas de hielo.
Tal vez se tratare de un escarmiento.
En mi fuero íntimo tuve la sensación de que Poseidón, hendiendo en las aguas su poderoso tridente, castigaba de manera inclemente la soberbia de estos gélidos jinetes que tuvieron la osadía de invadir sus dominios para aletargar, durante algún tiempo, las temibles olas del Mar Austral.
Estimados colegas, este fue el fenómeno oceánico que más me ha impactado, y les aseguro, que esas imágenes jamás se borran de mi memoria. De más está decir que, a pesar de los peligros que este tipo de singladuras conlleva, las volvería a repetir cuantas veces me fuere posible.
Con esta anécdota he intentado humildemente contestar vuestras preguntas, aunque tengo la certeza de que cada uno de los presentes poseerá otras respuestas, igual o más validas que las mías.
Un silencio reverencial precedió por unos instantes al estallido de aplausos con que la audiencia, a pesar de sus prevenciones, premió la florida disertación con que el griego Pikápvto puso fin a la polémica…

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