Medea. Autor: María Pasquín

15 de Julio de 2015. Esta vez lo hemos conseguido, una tarea colosal, juntarnos las cinco amigas de juventud y algunas de sus parejas. A otras se nos cayeron por el camino. Un lugar, Mérida. Un sitio para dormir, la torre abierta con saludo de cigüeña, envuelta con un increíble edredón en este verano franco. Concha la ha preparado, subido con cariño esas mesillas viejas y la alfombra gruesa de la abuela. Allí me recuesto en el futón improvisado, divisando los extensos campos de secano y regadío. No veo el Guadiana, que discurre cercano. Estas vagas no suben, tantas y tantas escaleras, tanta altura, un viejo palomar.

Un baño, las termas de Aqua Libera, con la tibieza y el trabajo de manos profesionales que nos dejan nuevas y el paso por el contraste de las aguas, como nosotras mismas. Las lámparas de aceite nos devuelven en los cuerpos casi desnudos un resplandor jovial. ¡Tanto que nos conocemos! El mosaico de teselas de terracota, cuya autora ha tardado dos años en armonizar, en compañía de café y voces ancestrales en ese pueblito extremeño, nos mira coquetón desde el suelo, disuadiéndonos al traspié. Unas risas, las de la vida.

Y como es conocido, en este país no hay un buen viaje sin buen yantar, la cena nos sorprende, temprana, en esa Domus romana de Aljucen, recostados en un triclinium. Según nos contaron, allí todos, con atuendo y túnicas apropiadas, los comensales ideales, entre las gracias, tres, y las musas, nueve, siguiendo el consejo de Epicuro de buscar a alguien con quien comer y beber antes que buscar algo que comer y beber. Las viandas viajan de los tiempos de Pompeya, Séneca, Plinio a nuestras bocas y del estanque, flotando, nos embriagan por los ojos. La Gustatio, ese antecedente de nuestro aperitivo, con queso de la comarca aderezado según Virgilio y la sala Cattabia de Apicio, mmm, un gazpacho de pepino con piñones. De Prima mensa, el atún, el picantón o el solomillo se dejan caer gozosos en nuestras bocas, guisados en fogones romanos. El postre, o Segunda mensa, en el haber de nuestras costumbres de hoy, fruta, aderezada o no. Y la conversación fluyendo grata, cabeza con cabeza, el alma atenta…nuestro arqueólogo, el filósofo evergeta de esta experiencia, canalizando el disfrute…el vino especiado con rosas innova una vez más su efecto.

Y en esa Emérita Augusta, dos mil años después, Medea (Aitana S-Gijón) con sus palabras eléctricas en esa noche arrebatada de fuego nos engancha el espíritu… No hay mayor dolor que el amor…desgarra en su expresión lejana la tragedia en ese escenario de lápida y luz donde figura y voz son solo una. Diosa y mujer, crujo por dentro.

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