En búsqueda del paraiso. Autor: Humberto Hincapié

Me llamo Amir, mi hermano se llamaba Rashid. Digo se llamaba, porque se suicidó en Australia. Nacimos en Kalat un pequeño pueblo de Afganistán. Cuando éramos niños vimos una película en la cual un hombre rescataba a un canguro herido por un carro y lo cuidó hasta que se recuperó y lo devolvió al monte. Desde entonces soñamos con ir a Australia pensando que si eran tan buenos con los animales, debían ser mucho más buenos con los seres humanos. Estábamos muy equivocados.

En el año 2001 Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Australia con la ayuda de la alianza afgana, invadieron nuestro país como respuesta al terrible atentado del 9 de noviembre del 2001, con la intención de destruir el grupo terrorista Al Qaeda y matar a Osama Bin Laden que se ocultaba en las montañas y a la vez remover del gobierno a los Talibanes. Esta guerra no dio los resultados esperados, nunca pudieron encontrar al terrorista y en su guerra contra los Talibanes las fuerzas aliadas han cometido toda clase de errores y atrocidades contra pueblos y personas inocentes, y después de dos años los grupos rebeldes se han reorganizado en todo el país, causándoles muchas pérdidas a las fuerzas invasoras en vidas humanas y equipos de guerra.

En el caos que se vivía en nuestro país y cuando los Talibán capturaron Kalat, nuestro padre vendió todas sus pertenencias y nos dio el dinero para que nos fuéramos para Australia en búsqueda de un futuro mejor. Recibimos $15.000 dólares cada uno y con ese dinero y soñando que íbamos a encontrar el paraíso, nos despedimos de nuestra familia y nos pusimos en marcha caminando por las trochas en las montañas.

Al día siguiente encontramos un camionero a quien le dimos un dinero y nos llevo escondidos entre su carga de vegetales hasta la frontera con Pakistán. Caminando por las montañas de noche, logramos llegar al puerto de Jiwani. Tres días más tarde y después de ciertos arreglos, viajamos a Karachi. Allí pagamos a los transportadores $2.700 dólares más los pasajes de avión y fuimos llevados a Indonesia donde hicimos contacto con un tal capitán Abur, quien nos cobró $5.500 para llevarnos a Australia.

En un pequeño pueblo en la costa sur esperamos 25 días por el momento propicio para iniciar el viaje. Cuando se nos avisó sobre la fecha de salida, viajamos en un carro hasta una playa desierta donde nos esperaba un barco viejo, oxidado y destartalado donde nos encontramos con cincuenta y siete personas más que también viajaban con nosotros. Todos íbamos en la cubierta a la intemperie, no había un solo espacio libre. El capitán Abur nos informó que nos tomaría entre cuatro y cinco días llegar a Australia. El viaje se hizo en muy malas condiciones, la mayoría de las personas se enfermaron, la temperatura era insoportable y la comida medio cruda y podrida había que compartirla con las ratas que infestaban el barco.

Siete días después el capitán paró el bote y exigió que le pagáramos $100 dólares más por cabeza o se devolvía para Indonesia. Después de muchas protestas logramos reunir $1.300 y seguimos el viaje en un calor infernal, con muy poca agua y comida que era racionada por la tripulación. Afortunadamente la situación cambió cuando un barco de la marina de Australia llegó y nos detuvo a todos incluyendo al capitán Abur y sus ayudantes, llevándonos a Darwin. El trato que nos dieron en el barco fue bueno.

Cuando llegamos al puerto, fuimos puestos bajo la custodia de una compañía de seguridad privada, que nos trasladó en buses a un centro de detención en las afueras de la ciudad, donde estaríamos hasta que procesaran nuestras aplicaciones como refugiados. Allí perdimos nuestros nombres y nos convertimos en un número que nos identificaría por los meses y años que seguiríamos en detención. El dinero que nos quedaba y las pocas cosas que teníamos fueron confiscados. Dos semanas más tarde, un grupo de personas incluyéndonos a mi hermano y yo fuimos enviados por avión a Woomera. Como no sabíamos que era o donde quedaba Woomera, teníamos la ilusión que nuestros sufrimientos iban a terminar y que el espíritu generoso de los australianos nos permitiría ser libres en el paraíso con el que tanto soñamos.

¡Qué ilusos que fuimos! Woomera es un centro de detención de refugiados, localizado 488 kilómetros al norte de Adelaide, en el desierto del Estado de Sur Australia. La tierra es roja, el viento levanta remolinos de polvo que invade todo, no se ve un árbol. El campo diseñado para acomodar 400 personas, tenía una población de más de 1.400 detenidos, hombres, mujeres y niños. Tenía 40 duchas y 40 inodoros. Cada salón tenía capacidad para 18 personas que solo cabían sentados en las camas. Nadie se podía acostar, así es que teníamos que dormir sentados. No tenían aire acondicionado ni ventiladores y en verano la temperatura llegaba a 50 grados. En invierno nos congelábamos del frio.

La comida era servida una vez al día, medio cocinada, arroz y vegetales, carne muy pocas veces y las colas para recibir la magra ración, se hacían bajo un calor infernal. Muchas personas se quedaban sin comer porque cerraban la cocina a las dos horas. Los guardas nos preguntaban con sorna “¿está buena la mierda que les sirvieron?”

Muchas veces nos despertaban a media noche gritándonos y sacudiéndonos para interrogarnos sobre nuestras identificaciones y nacionalidades. Finalmente y después de tres años y medio de detención, el aislamiento, el hambre, el frio, el calor, el trato duro de los guardas y la demora en procesar nuestras aplicaciones de refugiados, vencieron nuestra resistencia y entrabamos en estado de depresión y desespero, muchas personas se enfermaron y los servicios médicos eran inadecuados, hasta que finalmente no pudimos aguantar más y empezamos a protestar, llegando incluso a tratar de tumbar las cercas de alambre para fugarnos, lo cual desató la furia de la compañía de seguridad que nos respondió con gases lacrimógenos y nos atacó con bastones. Una vez dominada la protesta, enviaron a varios de los líderes a otro campo de detenidos en algún lugar cercano. Entre ellos estaba mi hermano Rashid. Dias más tarde fui informado que él se había suicidado. Las protestas se volvieron a realizar varias veces más.

El gobierno del Primer Ministro John Howard trató por todos los medios que estas protestas no llegaran a conocimiento del público, pero algunos periodistas presionados por grupos de derechos humanos y muchos australianos que trataban de ayudarnos, lograron llegar a Woomera y presenciaron nuestras protestas. Muchos de los detenidos entraron en huelga de hambre y algunos llegaron al extremo de coserse sus propias bocas con alambres. Finalmente para justificar y completar el trato inhumano para los que buscábamos refugio en Australia, este Primer Ministro, defendió su mal trato a los refugiados declarando en la televisión “mi gobierno determina quién viene a Australia y bajo qué circunstancias puede venir” y su ministro de inmigración Phillip Ruddock al visitar nuestro centro de detención a raíz de las protestas, le respondió a un detenido que le imploró su ayuda para que se agilizaran los procedimientos para otorgar las visas, “Nosotros nunca le pedimos a ustedes que vinieran”.

Después de cuatro años de estar detenido, sin haber cometido ningún delito, recibí $2.500 dólares del gobierno australiano bajo la condición de regresar a mi país. Acepté porque después de esta amarga experiencia, era preferible regresar a mi tierra y que me mataran los talibanes; al menos esta es una muerte rápida y sin dolor y no esa forma lenta como yo y muchos cientos de seres humanos desesperados, moríamos un poco cada día en los centros de detención de refugiados, de ese paraíso que se llama Australia.

 

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