Fiebre. Autor: Sara Márquez

Oigo voces. Murmullos. Palabras entrecortadas e ininteligibles. No sé de dónde vienen ni tampoco sé dónde estoy. A lo mejor he muerto y esto es el más allá. Mientras mis ojos se acostumbran a esta penumbra empiezo a distinguir algunos objetos pero no los reconozco como míos. Lo que sí noto es que estoy echada en una cama, pero creo que tampoco es la mía. Y esto parece una habitación, estoy casi segura porque veo una silla, un espejo, una mesa, y ahora una ventana desde la que entran unos rayos de luz que me permiten darle nombre a estas formas que hasta hace nada no eran más que bultos en la sombra. Si esto es el más allá, se parece asombrosamente al más acá, al menos las cosas que me rodean son idénticas en ambos mundos. Al final tendrán razón aquellos que se llevaban el ajuar funerario completo para la eternidad. Sé lo que son las cosas pero no sé dónde están, ni ellas ni yo. Ya es algo. Y siguen las voces, extraños sonidos sin sentido ni significado. Si agudizo el oído puede que llegue a entenderlos de la misma forma que he conseguido ubicarme espacialmente, al menos en parte, pues aunque puedo comprender lo que es una habitación, se me escapa lo que estaba pensando y empiezo a notar una pesadez tal que me parece que me he quedado dormida, y siguen hablando ahí fuera. Nada, ni poniendo mis cinco sentidos en ello logro distinguir las palabras, a lo mejor es que están dichas en un idioma que no es el mío, no se me había ocurrido antes pero ahora me parece una buenísima explicación ¿Pero cuál? Intento moverme, lo ideal en este momento sería levantarme e investigar un poco para desentrañar este misterio pero siento unas náuseas que me obligan a recostarme de nuevo. Este esfuerzo ha sido colosal y ha agotado las escasas energías que me quedaban, ahora ya ni pensar con claridad puedo, la poca que tenía se desvanece al mismo tiempo que las voces, cada vez más lejanas. Otra vez aparecen y recuerdo mi idea anterior, hablan una lengua que no conozco pero que sin embargo me resulta algo familiar, no las palabras sino los sonidos y su entonación, estoy segurísima de haberla oído antes en algún sitio. Llegar a esta conclusión me permite dejar de lado por el momento la tarea de entender lo que dicen las voces y me concentro en lo demás ¿Por dónde empiezo? Sé quién soy, o creo saber quién soy, no, seguro que lo sé, pero no sé dónde estoy ni por qué me encuentro en tan lamentable estado. Rebusco en mi memoria, algo recordaré que me traiga hasta aquí, algún detalle me conducirá hasta este momento, tengo que hallar el hilo que me lleve al pasado más reciente, el inmediatamente anterior al presente postrada en esta cama. Lo único que encuentro es un terrible dolor de cabeza, si cierro los ojos y dejo de pensar quizás consiga aliviarme aunque sea sólo un poco. Empiezan a remitir estos repetitivos golpes de martillo, ya voy viendo que me es necesario descansar cada cierto tiempo, no puedo precisar si son segundos o minutos lo que mi cuerpo aguanta antes de caer rendida. Me viene una imagen verde, de un verde tan intenso y luminoso como no he visto nunca, es una extensión enorme, tan grande que no se ve el final, ha sido un flash repentino que se ha apagado a la misma velocidad a la que llegó y ha ido tan rápido que no logro encontrar qué es, pero que me resulta tan familiar como la lengua de las voces que ya no se oyen, no me había dado cuenta, cuánto tiempo llevarán calladas y yo sin reparar en este importante particular. Me aferro a la idea del campo, me gustaría encontrarle el sentido pero me resulta imposible, vuelve a aparecer la verde ráfaga durante un instante, demasiado fugaz otra vez pero ahora estoy segura de que he pasado por aquí, y a quién pertenecerá esta sonriente cara de ojos rasgados que de repente se ha colado en mi pensamiento, no la veo como a una intrusa sino más bien como a alguien dispuesto a ayudarme. Noto que estoy cada vez más cerca de llegar a una explicación razonable, pero los elementos a mi disposición siguen siendo demasiado pocos y no quiero precipitarme en mis conclusiones. Sigo con el campo, tengo la corazonada de que el arroz me llevará por buen camino, lo tengo, verdes y esplendorosos cultivos de arroz, una inmensidad tapizada de verde, yo pasando con muchas más personas y no sé a dónde me dirijo, creo que esta caminata está acabando conmigo, voces, arroz, verde. Tengo escalofríos, a lo mejor estoy delirando, no he vivido nunca esta sensación pero juraría que quien delira no es consciente de que delira, si es así entonces no es posible que delire, qué cansancio y qué calor que hace, no me extraña con la de mantas que tengo encima, intento destaparme pero pesan una tonelada. Al menos he conseguido sacar los brazos y noto algo de fresco pero no es suficiente, si pudiera levantarme seguro que todo se arreglaría y seguiría con mi vida normal. Voy a centrarme, ahora que parece que estoy más despejada, pero qué frío hace, no me extraña con estas mantas tan finas, necesitaría bastantes más para entrar en calor, pero quién me las va a dar si estoy totalmente sola, nadie va a venir a ayudarme y en estas condiciones no soy capaz de valerme por mí misma, qué me pasa, dónde estoy, grito pero me parece que no ha salido ni un solo sonido de mi boca, y vuelven los martillazos a mi cabeza. Tres caras con sus seis ojos me miran, cuánto tiempo llevarán ahí, de pie, contemplándome. Una de ellas se acerca, me habla, no entiendo muy bien lo que me dice, hospital, su rostro y su voz me resultan tan cercanos e íntimos que me reconfortan con su sola presencia, tienes que ir al hospital, ahora que tengo compañía todo se va a solucionar, malaria, porque sé que es alguien que está aquí para ayudarme, te has infectado, no consigo ponerle nombre, te ha picado un mosquito, ni siquiera sé con certeza qué me une a él, tenemos que ir al hospital, pero confío ciegamente, ya sé que estando tan lejos de casa, otro se me acerca y pone su mano en mi frente, es la única solución para curarte, pero a éste no lo conozco, es alguien extraño a mí, por lo visto un mosquito transmisor de la malaria, otra vez la voz que me reconforta aunque sus palabras no me gusten, te ha picado y tenemos que ir al hospital, ahora viene la ambulancia, entonces estoy gravemente enferma, seguro que no serán más de dos o tres días, entonces estoy en un país extraño, cuando te recuperes volveremos a casa y aquí no habrá pasado nada, estoy viviendo la pesadilla de cualquier viajero, no te preocupes que todo saldrá bien, oigo una sirena, eres el caso raro entre los occidentales que de vez en cuando se da, tenía que pasarme precisamente a mí, ya verás que te cuidarán bien, vas a ir a uno de los mejores hospitales de Vietnam, por qué seré tan desgraciada, te lo prometo. Entran más personas en la habitación con bata blanca, tenemos que irnos, creo que tengo que acompañarlos, los mosquitos entre los arrozales son más virulentos, no me gusta nada la idea, muy pronto estarás curada, pero no puedo oponer resistencia. Todo saldrá bien, ya lo verás, espero que esta voz me acompañe siempre, que no me deje sola ahora que más lo necesito, no consigo decirlo pero espero que con mi mirada haya podido entenderlo.

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