Lago Titicaca. Autor: Rubén Suárez Carballo

Llegamos a Puno encerrados en un autobús de la compañía Libertad, después de ocho horas de viaje, soportando un rancio olor de los calcetines de Pablo. Las cinco de la madrugada no fue buena hora aquel día de Julio. Por la falta de sueño, por mil y un detalles que peregrinaron con nosotros todos estos años y evitábamos darnos cuenta. Amanecía cuando deleitamos a los guiris y a los locales, con una buena bronca entre Andrés y yo. Cada cual con sus dioses y sus demonios. Y quizá por eso Puno me pareció deprimente cuando en realidad dicen que es una ciudad muy alegre.

En Puno una de las primeras cosas que hicimos fue acercarnos hasta la orilla del lago. Tocar sus aguas me recordó a mi etapa de colegio, cuando un profesor de Geografía e Historia nos hacía memorizar este nombre y la inocencia nos llevaba a las risas cuando descomponíamos en dos un topónimo y un paraje que jamás había estado en mis planes.

Titicaca lake suena bien como nombre comercial. Para los turistas norteamericanos. Hasta para nosotros. O no, quizá sea algo personal y solo haya jugado a extranjerizar lingüísticamente el nombre. Sin embargo, en Puno, la presencia Norteamérica – Estados Unidos y Canadá – destaca por encima del resto de mochileros y algunos adinerados viajeros.

En Puno te embarcas en lo mismo que los demás, aunque intentes no quererlo, contratando una de las típicas excursiones.

Navegábamos con los primeros rayos del sol que caían sobre el paisaje líquido provocando que el lago apareciese casi como otro cielo. El viaje en barco incluía la visita a las islas de los Uros y a la isla de Taquile.

Las islas flotantes construidas de juncos de totora y el paisaje andino pintan este lugar de colores ocres en diferentes tonalidades. Los Uros se remontan a un pasado muy lejano que deja ver hasta donde el ser humano puede asentarse y a un presente que todavía mantiene sus costumbres y tradiciones que no dejan impasible y sorprendido a nadie. Aunque ya se hace inevitable encontrar ese toque artificial que, a veces, aviva la manera más fácil de sacudirle a uno los “soles” de la cartera. En la isla de Taquile nos vimos rodeados no solo de la inmensidad del lago a mayor altitud del mundo, sino con la visión de la Cordillera Blanca en el lado Boliviano que siempre despierta la acumulación de proyectos. Atracamos en Taquile en un pequeño muelle situado en la vertiente menos pronunciada de la isla. Iniciamos un sendero que nos llevó hasta la parte alta que se eleva a 3.950 m y donde se concentra el núcleo urbano, no sin antes pagar peaje en una casa en la que una familia nos habló de la vida en la isla cuya economía gira en torno al arte textil y el turismo para terminar con una canción popular. Recorriendo las callejuelas salimos de uno de los altares de la tierra para descender por su parte más vertical que me hizo entender por qué los turistas entramos en la isla haciendo ese rodeo menos pronunciado. Antes de la bajada, por un sendero serpenteante, me quedo observando un rato el altiplano, oteando un lago que me parece un océano y la idea de una aventura circunnavegándolo con una piragüa, algo que seguro algún intrépido habrá realizado ya. Pero antes, iba a tener una de esas fotografías que uno guarda para el álbum del mejor recuerdo. Una niña que jugaba sobre un arco de piedra, por encima del lago navegable más alto del mundo, con su ropa colorida y un barco que rompía lo que desde aquí arriba, parecía la quietud de unas aguas encerradas.

Pero el Titicaca no significa quedarse en Perú. El lago hay que conocerlo desde su lado boliviano y Copacabana es el mejor lugar. Su topónimo nos puede llevar a la exótica playa de Brasil pero muy lejos de la realidad, la Copacabana boliviana no es de arena fina y su ambiente se abre sobre todo a otro país como Jamaica con artistas callejeros y un mundo hippie mezclado con el reagge. Bolivia, después de sus conflictos bélicos, entre otros con Chile, se quedó sin su única salida al Pacífico y casi se podría decir que esta es su única playa. Y allí, en la última hora de la tarde, la puesta de sol me dejó uno de los momentos más profundos de mi existencia. Quizá porque muy cerca de esa orilla, en otra isla del Titicaca, dicen que nació el dios sol de los Aymaras y los Incas.

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