Un viaje de ida y un sueño. Autor: Lucia Alcázar Lara

El viaje a la fiesta de San Fermín le parecía a Lucia una idea descabellada por parte de su padre, tal y como estaba planificado, pero no puso pegas. Llevaba un año viviendo con él tras haber disfrutado de un primer intento de independencia, y en todo ese tiempo su padre la había tenido entretenida con excursiones por los alrededores, fines de semana de jugar al tenis, ir al cine, paseos y baños en el mar. Creía que con esa incesante actividad ella no tendría tiempo para reconcentrarse en su depresión. Pero no había resultado, Lucía seguía pensando en lo que había perdido, sin darse cuenta de lo que su padre le ofrecía día a día: un bonito apartamento enfrente del mar, una ciudad nueva por descubrir, como era Alicante, y perspectivas de futuro, pues le había dado un trabajo en la promotora inmobiliaria que él dirigía junto a otros dos socios.

Lucía tenía 27 años, estudios universitarios de arte y un novio con el que había convivido cinco años, mientras ambos cursaban los mismos estudios, pero una vez terminados éstos, la falta de trabajo les había separado, separación que era de muchos kilómetros de distancia. Esto la tenía descentrada, pues era como si hubiera pasado de tomar dulce durante muchos años a sentir la boca amarga todo el rato. No podía remediarlo, por más que su padre intentara hacerle la vida más grata. Ella sentía que iba a pasar mucho tiempo antes de que pudiera volver a manejar su vida. Y eso sólo se arreglaba si ella y su novio podían salir adelante por si solos. Ahora mismo no era posible, pues los dos tenían trabajos que no les permitían dar el paso de vivir juntos.

Su padre llegó por la tarde con la idea del viaje. Una compañera del trabajo, Margarita les acompañaría. Lucía conocía a esta compañera, tenía 35 años y era arquitecta. Su padre sentía una gran admiración por Margarita, aunque Lucia también pensaba que había algo más, quizás un enamoramiento por parte de su padre.

Lo que si era cierto es que en este año, su padre había sufrido un vuelco en su estado de ánimo, se sentía feliz y más joven ahora que frisaba la edad de jubilación (apenas le quedaban cuatro meses para alcanzarla). Varias cosas en su vida podían influir en su ánimo, el cambio de residencia, pues había pasado de vivir en una ciudad bulliciosa y estresante como Madrid, a despertarse con la inmensidad del mar entrando por la ventana de su casa. También el trabajo que desempeñaba o más bien la posición que tenía ahora en el engranaje de una empresa, ya no era un empleado sino uno de los socios, algo que había buscado toda su vida. Una de las frases favoritas que más repetía a su hija era que había que ser uno mismo y no uno más. Y otra cosa era el volver a sentirse acompañado, pues tras su separación y creer que su hija ya estaba encarrilando su futuro, le había hecho sentir solo durante el tiempo que su hija estuvo estudiando en la universidad lejos de casa. Pero ahora su hija estaba de nuevo con él y aunque sabía que sería temporal, pues tenía confianza en las posibilidades de su hija para salir adelante, a pesar del pequeño bache por el que estaba pasando, no desaprovechaba cualquier momento para pasarlo con ella. El viaje a Pamplona era uno más de esos momentos, pero también era una forma para que Margarita y su hija se conocieran, desde que su hija vivía con él estaba retraída para salir y conocer nuevas gentes.

Margarita era una persona de fuerte personalidad. Había salido adelante con pocos recursos, pues su familia era gente trabajadora de campo, pero ella había sabido buscar su camino. Su hija tenía más facilidades para salir adelante, pero las desaprovechaba por esa depresión que se negaba a dejar a un lado. Era hora de que viera que la vida es lucha y que no podía quedarse atrás, pues no estaba sola, él estaba detrás apoyándola.

Margarita se presentó a la hora convenida con su coche, que iban a utilizar para viajar.
Padre e hija estaban esperándola en la puerta de la urbanización.

Lucía saludó con frialdad a Margarita. No le gustaba especialmente. Había una suficiencia en ella que la retraía. Y una vez, al poco de empezar a trabajar en la empresa, Margarita le había dicho que no entendía porqué estaba allí, realizando un trabajo que era claramente inferior a lo que Lucía había estudiado. Desde entonces se miraban con frialdad y sólo conservaban los buenos modales cuando el padre de Lucia estaba presente.

El padre de Lucia estaba animado, era el más animado. Se sentía, como pensaba su hija, extrañamente joven y con una vitalidad que hacía tiempo que no tenía. Las dos mujeres con las que viajaba no podían imaginar qué pensamientos le rondaban en ese momento inicial del viaje. Pensaba en aquellos años de su juventud, cuando se trasladó de Jerez, de donde era, a Pamplona, para comenzar a trabajar por primera vez. Corría el año 1950. Entonces se alojó junto a otros dos compañeros en una pensión, donde las pulgas no les dejaron dormir en toda la noche. Al día siguiente se mudaron a otra casa, que era de una familia que alquilaba habitaciones a buen precio.

La madre era buena cocinera, aunque monótona, pues las comidas del mediodía consistían todas en alubias, sólo variaba el condimento, unas veces era chorizo, otras tocino o morcilla. El cuarto de baño no tenía ducha, así que los sábados por la tarde había que ir a los baños públicos. A pesar de haber vivido en Pamplona hasta 1954 nunca tuvo la oportunidad de conocer las fiestas de San Fermín, pues siempre había coincidido con algún viaje por motivos de trabajo.

Lucía se quedó dormida nada más empezar el viaje. No le molestó la música clásica ni la charla de su padre con Margarita sobre asuntos del trabajo.

Pararon como tenían previsto en un hotel de carretera bastante cómodo. Margarita y Lucía no compartieron habitación porque Lucia se negó. El padre no dijo nada, pero durante la cena, el ambiente entre las dos mujeres se notaba tenso y él intentó despejarlo, pero su hija no daba su brazo a torcer y se mostró poco comunicativa. Ni siquiera los bocadillos gigantes que el camarero les trajo y que Margarita propuso fotografiar por ser espectaculares, dibujó en ella una sonrisa.

El padre condujo la conversación sobre la fiesta a la que iban, cada uno sabía sus motivos. Lucía por acompañar a su padre, su padre por sacar a su hija del asilamiento y Margarita por el empeño que el padre de Lucia había puesto para que fuera a ese viaje, que le había explicado que era para que intentara animar a su hija. Pero aquella chiquilla, así la calificaba Margarita, no le caía nada bien. Era una niña mimada, incapaz de asumir responsabilidades. A su edad, ella ya estaba viviendo sola, asumiendo todos sus gastos, sin un papá que le ayudara. Ella jamás había tenido la ayuda que esa mocosa tenía y que no era capaz de valorar y aprovechar. Pero su padre era la persona más buena y honesta que había conocido y no quiso negarle ese viaje, aunque no sabía si ella iba a servir de mucha ayuda, pues Lucia se mostraba distante con ella. Por otro lado el viajar a Pamplona no podía menospreciarse.

Lucía se retiró temprano a su habitación, pero tardó en dormirse y pudo escuchar a medianoche las voces de su padre y Margarita cuando se fueron a sus respectivas habitaciones. La de Margarita estaba justo al lado de la suya y se imaginó a ella misma abriendo la puerta que comunicaba las dos habitaciones cuando Margarita estuviera durmiendo, después coger un jarro de agua fría y echársela por la cabeza. Se durmió, sin embargo, sin realizar esa locura.

Al día siguiente partieron temprano y llegaron por la tarde a Pamplona. No cogieron habitación en ningún hotel porque pensaban pasar la noche de parranda por las calles de la ciudad y al día siguiente ver los toros corriendo por la calle Estafeta. Luego, después de comer, coger caminito y manta y regresar a casa.

Llegaron más tarde de la hora prevista a Pamplona, a esa hora en la que el sol esta a punto de esconderse y el cielo adquiere tonos violetas. Al salir del coche, que dejaron bastante alejado del centro, un viento frió les sorprendió, y tuvieron que buscar una tienda de ropa, donde se compraron los tres unas chaquetas blancas de chándal y unos pañuelos rojos para el cuello, para ir a juego con la gente que ya llenaba las aceras y calles. En los probadores, Margarita tuvo ocasión de decirle a Lucia que alegrara la cara, al menos por su padre. Lucía le contestó que no necesitaba una niñera.

No tardaron en integrarse en el ambiente que ya se vivía de fiesta, con gente saliendo y entrando de bares, donde el vino corría y la gente entablaba conversación con el que tenía al lado, aunque no lo conociera de nada. Eso fue lo que le pasó a Lucía, en una tasca, un joven se puso a charlar con ella. Era francés, guapo y hablaba algo de español. Rápidamente se hicieron amigos. Mientras su padre y Margarita habían entablado conversación con dos hombres de la edad del padre, que les invitaron a una ronda y luego propusieron ir a otro bar.

Lucía quería quedarse con el joven y así se lo dijo a su padre, que puso inconveniente, pues el francés estaba achispado, y se veían sus intenciones, pero Lucia también empezaba a adquirir el tono del que ha bebido más de la cuenta y se enfadó con su padre. Salió del bar cogiendo al joven de la mano y antes de que su padre pudiera seguirla, pues se formó un tapón importante en la puerta del bar por gente que quería entrar y gente que quería salir.

Margarita dijo algo al padre de Lucia, que se conformó y dejó ir a su hija. Cuando salieron, fueron a otro bar cercano, donde se encontró con su hija, que besaba en la boca al francés.

Después la pareja volvió a salir seguida del padre de Lucia, de Margarita y otro joven, que susurraba delicadezas a ésta. Margarita le miró con seriedad y le dijo que ya estaba acompañada y el joven desapareció tal y como se había presentado.

Lucía y el francés se perdieron por una de las calles y en un rincón oscuro se pararon. El joven la besó con una pasión inusitada. Ella lo besó a su vez, desplegando la misma pasión, hasta que sus ojos se cruzaron con los del joven y vio en ellos a su novio. Entonces se alejó corriendo por las calles atestadas de gente.

Vio a su padre junto a Margarita, parados frente a un grupo de jóvenes que cantaban a voz en grito y se pasaban la bota de vino de mano en mano. De allí marcharon con un grupo a ver los fuegos artificiales. El padre de Lucia cogió a ésta del brazo, no estaba dispuesto a que se le escapara de nuevo, le dijo que se calmara y no bebiera más.

Lucia no dijo nada, estaba demasiado borracha, pero extrañamente libre, como no se había sentido en mucho tiempo. Pensó que al final estaba haciendo caso a Margarita y lo estaba pasando bien. Sin duda el vino estaba haciendo su trabajo de desinhibición a la perfección. Pero no duraría, ella lo sabía y quería aprovechar el fervor que sentía al máximo, sin embargo, dejó que su padre le cogiera del brazo y se comportó adecuadamente.

Margarita la miraba de reojo. Había bebido menos que ella y parecía tener controlada la situación, pues no dejaba de mirar a cada lado, porque decía que había muchos robos. Sin duda no estaba disfrutando como Lucia.

En cuanto al padre de Lucia parecía un chaval, integrado perfectamente en las charlas de los que eran de su edad y también de los más jóvenes, que le llamaban cariñosamente el abuelo, y le ofrecían la bota de vino.

La noche se esfumó como un soplo. A las siete de la mañana, Lucia, Margarita y el padre de Lucia estaban tomando churros, sentados en una terraza de la plaza junto a tres jóvenes, con los que habían bebido, reído y cantado una parte de la noche.

Los jóvenes conocían bien la fiesta y sabían el sitio perfecto para ver los toros correr. Uno de ellos, que había hecho amistad con Margarita, de la que no se había separado en toda la noche, a pesar de que ella le había mantenido a raya, sin un solo arrumaco o beso, se levantó, pues quería correr delante de los toros. Quiso que Margarita le acompañara, pero ella dijo que no, bastante respeto sentía por los toros como para correr delante o detrás de semejante animal.

El grupo le deseó buena suerte y prometieron hacerle una buena foto.

Encontraron un hueco en una de las calles, cerca de la plaza del Ayuntamiento, apoyados en el vallado de madera. Alguien les dijo que tuvieran cuidado, pues en esa zona había una curva y los toros resbalaban chocando contra la valla. Cambiaron de sitio.

Las canciones se sucedían, también, los pitos, las botas de vino y la aglomeración de gente en los balcones. No tuvieron que esperar mucho para ver a un grupo compacto de mozos corriendo por la calle, que esperaba con un vacío sobrecogedor. Detrás corrían cuatro más, luego el vacío de nuevo y después aparecieron los toros, acompañados de los cabestros, corriendo como uno sol. Detrás, más mozos. Se escucharon gritos, pitos y tambores.
Margarita gritó.

Lucia pensó que se le había caído el móvil. El griterío era ensordecedor y ella no se enteraba de lo que su padre gritaba, pero luego comprendió, al ver a la gente señalando al joven que había sido empitonado por un toro. Era el amigo de Margarita. “Ha sido un pinchazo en un brazo, no es grave”. Margarita saltó la valla.

Lucía despertó justo cuando un toro rezagado salía de la curva, con varios mozos detrás de él. Si alguien le hubiera preguntado en ese momento qué soñaba, hubiera respondido que no se acordaba nada.

Su padre le había dejado una nota sobre la mesa de la cocina. Había ido a comprar pan.
Quedaban dos horas para que Margarita les recogiera.

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