Un viaje. Autor: Lucia Alcázar Lara

Era el primer día de sus vacaciones de verano. La pareja, un hombre y una mujer de edad madura, después de desayunar en el magnifico buffet libre del hotel, decidieron coger un coche eléctrico para recorrer la zona que tenia muchas y buenas playas a lo largo de sus veinte kilómetros de superficie.

El día era soleado con un cielo despejado y una brisa suave. Con los estómagos bien nutridos(lo que se habían reído al ver a tanto gordo en el buffet, e imaginándose cómo terminarían ellos al cabo de los cinco días que tenían de vacaciones disfrutando de barra libre para desayunar, almuerzo y cena) , la pareja se subió al coche que les llevaría con una velocidad moderada a disfrutar del paisaje.

El hombre conducía. La mujer estaba algo nerviosa porque el coche no tenía puertas y un choque con cualquier vehiculo podría resultar peligroso. El hombre le dijo que no había mucha circulación.
La mujer miró a su marido con dudas en su rostro y también con una sonrisa pues el hombre estaba ridículo con aquel sombrero de paja en la cabeza que no pegaba nada con el bañador, que dejaban ver unas piernas blancas como la leche.

Ella se sentía más conjuntada con un vestido blanco veraniego que resaltaba el moreno adquirido en la piscina del barrio. También había conseguido bajar unos kilos y se mantenía en un peso adecuado, mientras que su marido parecía llevar un flotador pegado a su cintura. Volvió a pensar en todo lo que habían desayunado y se dijo a si misma que en los próximos cinco días intentaría controlarse más a la hora de comer.

El coche adquirió una velocidad que permitía que la ligera brisa se convirtiera en una ráfaga que hizo volar el sombrero del hombre ante las risas de su mujer, que, sin embargo, tampoco pudo evitar que el pañuelo que le tapaba el pelo volase al poco tiempo. Cuando por fin pararon, la mujer llevaba el pelo revuelto y la piel rosada por el sol. El hombre tenía la calva achicharrada y una profunda pena por la perdida del sombrero.

Pero el disgusto se les pasó cuando pudieron bañarse en el mar, que estaba en calma y parecía una inmensa piscina.

Allí estuvieron un buen rato, disfrutando del agua, el sol y la tranquilidad, pues la playa estaba desierta. Y es que aún estaban en temporada baja.

La mujer se felicitó por haber cogido esta semana que les había salido mucho más barata que en los meses siguientes, aunque luego cuando volviesen a su lugar de residencia, sin duda se quejaría del inmenso calor que tendría que soportar en la ciudad. El hombre era más comedido, ni se quejaba ni se felicitaba, todo le parecía bien si su mujer estaba contenta. No había nada más terrible para él que su mujer se enfureciera, por eso él siempre intentaba contentarla, aunque era extremadamente difícil, pues su mujer según pasaban los años ponía más pegas a todo, y es que como es bien sabido nadie está contento con lo que tiene.

Él, sin embargo, era uno de esos que se conforma con lo que tiene. Su trabajo como dependiente en una tienda de ropa deportiva era rutinario y aburrido, pero no se quejaba, pues le permitía tener sus necesidades cubiertas y las de su mujer y una vez al año realizar unas cortas vacaciones.

Estas compensaban de la vida monótona y aburrida que llevaban el resto del año.

La pareja no mostraban signos de llevarse mal aunque tampoco de ser una pareja enamorada, los quince años que llevaban juntos habían aplacado la pasión y el deseo sexual, y habían convertido el matrimonio en un conjunto de intereses. Al hombre le interesaba vivir con su mujer porque así se sentía en compañía. A la mujer le interesaba la compañía del hombre porque tenía cubiertos sus caprichos.

Al mediodía volvieron a subir al coche para regresar al hotel. La brisa fresquita de la mañana se había perdido en el cielo azul y ahora los rayos verticales del sol azotaban los cuerpos como un látigo de fuego.

El coche arrancó bien, pero al cabo de unos metros parecía que perdía fuerza. El hombre observó que la batería se estaba terminando. Para evitar quedarse en medio de la carretera, paró antes de que el coche se parara en seco.

La mujer se indignó con este contratiempo. Las vacaciones perfectas ya no se lo parecían. Despotricó contra su marido como si éste tuviera la culpa.

Mientras esperaban a que vinieran a recogerles, la mujer, ante el inmenso calor, le dijo a su marido que iba a darse un baño en el mar.

Detrás de unas casas adosadas de color blanco con macetas en las ventanas y puertas de color verde, se escondía una pequeña cala.

El hombre se quedó, resignado, bajo la sombra de un árbol esperando la llegada del dueño.
En el mar no había nadie, pero sentada en uno de los porches de una casa, la mujer vio a una anciana con la piel tostada por el sol y el cabello rubio chamuscado por la sal y el sol. Estaba tumbada en una hamaca y parecía dormida.

La mujer se quitó el vestido y se metió en el agua, cuya transparencia era tal que podían verse pequeños peces y algunas piedras de pequeño tamaño.

El agua fresca sumergió el enfado de la mujer en el olvido, y recupero su sonrisa. Tras nadar un rato, se puso boca arriba y se quedo flotando, observando el azul del cielo, donde unas pequeñas nubes adquirían formas de animales a juicio de la mujer. Después cerró los ojos y siguió con ese juego imaginativo, que era raro en ella, pues era mujer practica y nada dada a inflamar la imaginación y la fantasía, pero desde que había entrado en el agua sentía que sus sentidos se explayaban más de lo necesario con la consiguiente alteración de su razón.

Incapaz de controlarse, se imaginó que del agua pudiera surgir un monstruo tremendamente grande que rugiese y terminara con ella de un bocado. De aquella idea absurda pasó a otras no menos descabelladas, hasta que sintió frío y decidió salir del agua. No sabía cuanto tiempo había pasado, pero el sol ya no estaba vertical, y su fuerza no era tanta. La mujer que vio tumbada en una hamaca ya no estaba. Asustada salio de la urbanización y llegó a donde debía esperarla su marido, pero en lugar de la carretera se encontró con una ciudad desconocida.

Comprendió entonces que se había metido en un sueño que no era el suyo.

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