El silencio. Autor: Lucia Alcázar Lara

Tenía una semana de vacaciones, y la idea de pasarla con Begoña, mi hermana mayor, no se me pasó por la cabeza, hasta que ella me llamó por teléfono e insistió en que fuera a visitarla a su nueva casa. El hecho de que nuestros padres hubiesen fallecido en un accidente de coche hace unos meses, pensé que influiría en esa insistencia, ya que, hasta ese momento, nuestras relaciones habían sido escasas.

Aunque habían pasado más de 30 años, desde que mi hermana decidió un día marcharse de casa para no volver más (decisión que tomó sin despedirse de su familia), yo no había podido olvidar ese momento.

La familia, a partir de entonces, no volvió a ser la misma. Nos fuimos separando unos de otros. Mi madre culpabilizó a mi padre por la perdida de su hija mayor, decía que le había exigido demasiada disciplina. Mientras que mi padre le recriminó que ella había mimado en exceso a la niña.

Mi madre era la que pasaba más tiempo con los cuatro hijos. Pero mi padre era el que supervisaba el rendimiento escolar, y si éste fallaba, imponía el castigo correspondiente con la edad. Begoña, por ser la hija mayor, fue la que se llevó mayor número de reprimendas y control por parte de mi padre. Cuando ésta se marchó de casa, mi padre cambió su actitud con respecto al resto de sus hijos, se convirtió en más tolerante y flexibilizó su rigidez.

Años más tarde, supe, por boca de mi hermana, que papá le había buscado y encontrado. Ante la negativa de ella a regresar a casa, mi padre le ofreció ayuda económica hasta que ella consiguiera un trabajo, pero Begoña no aceptó.

No volvieron a verse hasta muchos años más tarde, cuando ya mi hermana había encontrado su camino en la vida. Entonces la relación padre e hija se fortaleció. Mi padre se sentía orgulloso de su hija y así se lo manifestó. No volvieron a separarse, y entre ellos se instaló una fluida comunicación, que sólo la muerte rompió para siempre.

Mi padre había sido un hombre severo y exigente consigo mismo, y con los demás. Trabajaba todo el día, y sólo lo veíamos por la noche, pero como era hombre de pocas palabras, las conversaciones eran escasas. Sin duda nos quería, pero nunca supo demostrar su amor con palabras. No nos faltaba de nada, en el sentido material. Mi padre se preocupó de que viviéramos con todas las comodidades. Íbamos a un buen colegio, y nuestra casa estaba en un barrio acomodado. Pero siempre sentí que me faltaba tener un contacto más cercano con mi padre, y creo que a mis hermanos les pasaba lo mismo, y en particular a mi hermana mayor.

Begoña fue una niña inquieta e imaginativa. La fantasía formaba parte de su mundo. En su juventud huyó de los convencionalismos y buscó nuevas formas de expresión. El mundo hippie le atrajo en su etapa adolescente y, más adelante, se fue alejando cada vez más de las enseñanzas conservadoras y de la religión católica que nos habían inculcado tanto en la familia como en la escuela( estudiamos en un reputado colegio de monjas), y exploró otras religiones y culturas diferentes.
La relación con mi madre era más cercana. Mi madre era una mujer tímida, y su sumisión a su marido le impidió cambiar el curso de los acontecimientos, que derivaron en ese tremendo desplante que les hizo su hija.

Sin duda ser padres no es fácil, y sólo la práctica te enseña. Mis padres aprendieron bien la lección, pero fue demasiado tarde. Las consecuencias de la huida de mi hermana del hogar fueron drásticas: mis padres terminaron separándose, y mis hermanos y yo empezamos pronto a volar del nido familiar en busca de nuestro sitio en la vida, y también del afecto y cariño que ya no encontrábamos en el hogar.

Mi hermana era un espíritu demasiado libre que no admitía ningún tipo de ataduras. Sumado a esto, que los hijos, sobre todo en la edad adolescente, se dejan llevar por el egoísmo, mi hermana, en su etapa adolescente, fue excesivamente conflictiva en sus relaciones con sus padres.
Nunca comprendí por qué mi hermana, cuando tenía 16 años, no quería formar parte de la familia y había huido sin despedirse.

Pasaron diez años hasta que volví a tener noticias de ella. Pero ya no conseguí la confianza que los hermanos se tienen. Había un muro que me separaba de ella. Era un muro hecho de desconfianza y de sentimientos encontrados que no podía explicar. Mi hermana había hecho sufrir a mis padres con su partida, y también a mis hermanos y a mí nos había dado la espalda. ¿Hasta que punto su decisión influyó en la posterior desintegración del núcleo familiar? En mi opinión influyó bastante.

Durante muchos años le eché la culpa a mi hermana del total desapego que se produjo en mi familia. Mis hermanos y yo nos desligamos y andábamos cada uno por su lado, sin comunicación entre nosotros. En la actualidad esa desunión existía, debida también a que vivíamos en ciudades distintas y lejanas. Paradojas de la vida, ahora, con quien yo tenía más relación de la familia era con la que para mí fue la causante de esa ruptura familiar.

Sin embargo, siempre guardé en mi memoria aquellos años de la infancia que pasé con mi hermana. Nos llevábamos bien y jugábamos mucho juntas. La imaginación desbordante de mi hermana y mi espíritu practico combinaban a la perfección.

Estos recuerdos de mi hermana, que yo guardaba en un lugar recóndito de mi interior, me llevaron a no rechazarla cuando, tras haber pasado tantos años sin saber nada de ella, se presentó un día en mi vida y quiso reanudar las relaciones de hermanas, que ella un día interrumpió de forma tan inadecuada. La había guardado rencor durante todos esos años, pero al verla delante de mí, se me olvidó todo, y los lazos de sangre que nos unían fueron más fuertes que el rencor. Y así volvimos a reanudar nuestras relaciones, algo escasas debido a la distancia, pues ella vivía en Barcelona y yo en Madrid.

Invitarme a pasar una semana de vacaciones en su casa, era un paso grande en el fortalecimiento de nuestras relaciones como hermanas. Yo jamás había estado en su casa. Mi hermana guardaba su intimidad como un secreto, y yo apenas conocía detalles de su vida. Sabía que había estado viviendo con un hombre, del que ya se había separado, y ahora, con 54 años, vivía sola. Tenía una pequeña tienda de artesanía, era vegetariana y amante del mundo oriental.

En la primera semana de agosto, junto a mi hija de 8 años, cogí un autobús que me llevaría a Graus, un pueblo de la provincia de Huesca. Allí se había instalado mi hermana en el mes de julio, dejando atrás más de 20 años de estancia en Barcelona. En palabras de ella: “Necesitaba cambiar de vida. Estaba cansada de la vida ajetreada de la gran ciudad”.

La comprendí perfectamente, pues yo sentía lo mismo, viviendo en Madrid. Y rápidamente me acordé de mi padre, que también, cuando rondaba la misma edad que mi hermana, los 50 años, buscaba los fines de semana el relax del campo. Entonces nosotras no queríamos ir al campo. Estábamos en plena adolescencia, y la ciudad nos brindaba la diversión y amistades que en el campo no obteníamos.

Si ahora mi padre viera a mi hermana vivir en el pequeño y tranquilo pueblo rodeado de montañas, sonreiría y diría: “Lo veis, yo tenía razón. La ciudad es un monstruo que intenta devorarnos. Hay que buscar el contacto con la naturaleza para sentir los latidos de la vida.”

Qué de vueltas da la vida. Mi hermana y mi padre habían mantenido muchas discusiones por no querer ir mi hermana los fines de semana al campo.

Mi hija estaba contenta de volver a ver a su tía. Aunque la conocía en persona, a pesar de lo poco que nos veíamos. Últimamente, y gracias a Internet, nos comunicábamos.

Descubrí en mi hermana una paciencia y trato cariñoso con mi hija. Aunque ella no era madre, su forma de tratar a la niña era muy adecuada. Y muchas veces me hizo reflexionar sobre mi forma de actuación con la niña. A menudo yo perdía los nervios con mi hija, mientras que mi hermana conservaba la calma ante las rabietas o peticiones caprichosas de la niña.

Nunca la pregunté por qué no había querido ser madre. Mis confianzas con ella eran limitadas, habían sido fumigadas por ella misma cuando se marchó de casa, de forma tan intempestiva.
Para hacer el viaje más cómodo a mi hija, descansamos en Zaragoza una noche, para seguir al día siguiente hasta Graus.

El hotel, que mi marido nos había reservado por Internet, resultó ser una estancia de lujo con todas las comodidades. Tenía un salón amplio decorado con muebles sencillos y cómodos. Disponía de bañera con hidromasaje y jacuzzi. Tenía una cocina con todos los electrodomésticos. Y, para regocijo de mi hija, había dos televisores, uno en el amplio dormitorio y otro en el salón.

También disponíamos de una piscina en la azotea, donde podíamos disfrutar de las mejores vistas del Pilar.

Podíamos habernos quedado un día más, pero como en todos los hoteles, la impersonalidad te hace desear al final un poco de calor de hogar. Estábamos bien, pero faltaba ese calor que sólo se obtiene en tu hogar, allí donde convives con tus seres queridos, con tu familia.

Además, tanto mi hija como yo estábamos deseando ver a Begoña. Me preguntaba cómo sería su casa, y si en ella encontraríamos ese calor y acogimiento familiar. Desde la muerte de mis padres, aunque tenía formada mi propia familia, un vacío se había adueñado de mí. Mis otros dos hermanos se comportaron como extraños en el funeral de nuestros padres, y apenas nos dirigimos la palabra.

Ellos sólo querían saber lo que les quedaba de la herencia y seguir con sus vidas. Tanto Begoña
como yo ya no formábamos parte de sus vidas.

Sentí que Begoña era el único nexo de unión que me quedaba con mis padres, era parte de ellos. Tenía la paciencia de mamá, y en lo físico también se parecía a ella. Era bajita, gruesa, de anchas caderas y piel blanca. De papá había heredado su optimismo, su independencia y el cabello rizado.

Yo nunca había estado en la casa de mi hermana. Nuestros encuentros habían sido en mi casa. Sólo una vez me desplacé a Barcelona, Pero me alojé con mi marido y mi hija en un hotel, y los encuentros con m hermana fueron en la calle: invitación a cenar en un restaurante.

Al día siguiente, mi hija y yo nos despedimos de Zaragoza, después de haber pasado unos días llenos de experiencias buenas: nadar en la piscina, un baño de espuma en la espaciosa bañera con chorros de hidromasaje, que mi hija accionaba cada dos por tres, y que consiguió que la espuma creciera hasta límites insospechados, desbordando la bañera. Recorrido por las calles del centro histórico. Paseo en barco por el río. Degustación de queso con uvas, sentadas en un banco cerca de las antiguas murallas de la ciudad, mientras el color del cielo se oscurecía y llegaba la noche, y la ciudad ofrecía otro aspecto: una ligera brisa alejaba el sofocante calor del día y la plaza del Pilar se llenaba de gente paseando, niños jugando, ciclistas, enamorados, turistas etc.

Cogimos el autobús por la mañana. Me quedé dormida parte del trayecto, pero pasado Barbastro, desperté y pude disfrutar del paisaje: escolta rocosa, riberas de chopos, gigantes de piedra, túneles horadados en la propia roca, grandiosidad de un valle, reflejado en las tranquilas aguas de un pantano y paisajes agrestes, recios y sublimes.

Begoña nos esperaba en la parada. Estaba sonriente. Era una característica que había heredado de la abuela materna, la eterna sonrisa dibujada en sus labios. Mientras que yo era más seria, me parecía más a mi papá. También a mí me afectaba más todo lo que pasaba a mí alrededor.

Yo estaba melancólica por la muerte de mis padres y esperaba que mi hermana también mostrara signos de tristeza, pero me encontré en cambio una persona absolutamente feliz, soltando carcajadas (era otra de sus peculiaridades), cuando alguien decía algo medianamente gracioso.

En ese momento me pregunté por qué mi hermana era tan feliz o al menos demostraba tanta felicidad.

Comparándola conmigo, ella no tenía una hija ni un marido cariñoso que la quisiera. Por no tener no tenía ni casa propia, andaba de alquiler. Y su trabajo no era nada del otro mundo. Pero allí estaba, pletórica. Y además estaba más guapa que nunca. Su antiguo novio elaboraba cremas, y ella le había sabido sacar provecho. Su cutis resplandecía sin una sola mancha ni arrugas, a sus 54 años.

Realmente cualquiera que no nos conociera no diría que éramos hermanas, tan poco nos parecíamos. Frente a la gordura de mi hermana estaba mi delgadez. Su optimismo frente a mi pesimismo. Su independencia frente a mi deseo de tener siempre alguien a mi lado. En lo profesional, mi hermana subsistía dedicándose a la artesanía, mientras que yo tenía un trabajo consolidado en un prestigioso despacho de abogados. Sin embargo, siempre que estaba con ella me parecía que mi hermana le sacaba más jugo a la vida que yo.

Begoña nos abrazó y nos besó en las mejillas mientras nos preguntaba por el viaje. Vestía pantalones negros y camisa ancha negra. Su larga melena morena estaba recogida en una sencilla coleta baja. Aunque hacía calor, iba muy tapada, dejando sólo a la vista los píes, que estaban calzados con unas chancletas sencillas.

-Este sitio es precioso- dije, contemplando la hilera de casas que seguían el curso del río. El pueblo tenía un monasterio que presidía el conjunto, erigido en lo alto de una Peña. A lo lejos se perfilaban el Turbón, un macizo calizo al sur de los Pirineos. Su blancura parecía nieve.
-Está noche podemos ir a la Plaza Mayor, a cenar. Verás que bonito-dijo mi hermana-. Y ahora vamos a mi casa. Está muy cerca de la estación.

Mi hija se cogió de la mano de su tía y las dos, sin dejar de hablar, caminaron en dirección a casa. Mi hermana le había prometido un regalo a mi hija por su reciente cumpleaños, y ésta estaba deseosa de verlo.

La casa de mi hermana estaba a unos pasos del centro, en el barrio más nuevo. Era una casa de pocos años, moderna, de cinco plantas con ascensor. Mi hermana me fue enumerando todo lo que tenía al lado de su casa: el supermercado, la papelería, correos, etc.

El piso era grande y decorado con muebles sencillos, al estilo Zen. Mi hermana practicaba ahora esa filosofía. Por toda la casa abundaban los budas y cuadros con caligrafía japonesa. Todo estaba colocado de forma medida y evitando la pesadez, creando un clima de relajación. Predominaban los colores blancos y los muebles sencillos y pequeños.

La decoración en el salón consistía en una estera en el suelo con cojines y una mesa baja blanca.

-¿Y la televisión?- preguntó mi hija.
-Nada de televisión. No tengo- respondió mi hermana y a continuación soltó una de sus estruendosas carcajadas.

Mi hija se enfurruñó.

Mi hermana, hábilmente, antes que la niña protestara, sacó unos instrumentos musicales de viento, hechos a mano. Uno era una especie de tubo hecho con caña. Al moverlo, el sonido semejaba las olas arrastrado la arena de la playa. El otro era una especie de flauta que emitía un sonido parecido al canto de los pájaros. Mi hija se entusiasmó con aquellos instrumentos y después con el regalo que le tenía preparado su tía. La niña abrió el paquete, que contenía un microscopio.

Mientras mi hija y mi hermana jugaban juntas, yo tuve tiempo de deshacer las maletas y relajarme más tarde con las vistas, que desde la terraza del salón se podían contemplar de las montañas. El silencio era total, y sólo el tintineo de un colgante hecho con cristales, que colgaba de la ventana, lo rompía. Los rayos del sol se colaban en el cristal y creaban arcos iris en la pared blanca.

Acostumbrada al ruido de una gran urbe como Madrid, el silencio me resultaba extraño, como si me faltara algo. Pero, a medida que pasaban el tiempo, me fui acostumbrado. Aunque hablábamos mucho, tanto mi hija, mi hermana y yo, el silencio lo impregnaba todo. Se sentía, se palpaba, incluso cuando salíamos a la calle, el ruido del trafico era más suave y se mezclaba con el rumor del discurrir del río, que era caudaloso, el trino de los pájaros y la brisa que se colaba por las ramas de los árboles y hacía entrechocar las hojas, produciendo un sonido parecido a la campanilla. Todos esos sonidos, que en la gran ciudad no percibía, ahora los escuchaba con gran facilidad.

Por la noche ese silencio se magnificaba. Yo dormía en una habitación que daba a un pequeño patio. Tumbada en la cama, podía escuchar mi propia respiración. La decoración, como en el resto de la casa, invitaba al descanso y a la relajación.

La terraza del salón era un sitio tranquilo con muchas plantas aromáticas. En el suelo había una alfombra, donde mi hermana por las mañanas se sentaba a meditar.

“El pensamiento se libera, ni piensa ni deja pensar, se deja pasar. Ni adhiere, ni rechaza. Esta tranquila y atenta contemplación llevará al seguidor a descubrir su naturaleza búdica.”
En pocas palabras mi hermana me había resumido la filosofía Zen. “Vivir en el presente, dando atención completa a los asuntos diarios. Experimentar la adoración y misterio de la vida en cada situación: si tengo hambre, como. Cuando estoy cansado, duermo. Transformarnos en lo que somos desde el principio. Conocimiento de uno mismo “

Me leyó algún poema para explicarme mejor la filosofía.”Sentado, tranquilo, haciendo nada, la primacía llega y el pasto crece por sí solo.”

Después de escucharla, comprendí su armonía y su eterna sonrisa, sus carcajadas y su felicidad, en suma.

Los días pasaron rápidamente. Y con ellos, casi sin darme cuenta, fui conociendo un poco mejor a mi hermana.

Por la noche, mi hermana acostaba a mi hija y le leía cuentos que inventaba sobre la marcha.

-Dime una palabra que empiece por p- le decía.
-Pelusa- respondía mi hija.
– Había una vez una señora que tenía su casa llena de pelusas. Las pelusas no la dejaban en paz.

La señora barría y fregaba, pero las pelusas no querían irse y siempre aparecían en cualquier rincón. Un día que soplaba un fuerte viento, la señora abrió todas las ventanas, y las pelusas empezaron a volar por toda la casa y… (Mi hermana entonces sacabalas bolas de algodón de una bolsa y comenzaba a tirarlas por el aire, y mi hija se reía con una risa nerviosa)

La comida era original. Mi hermana preparaba varios cuencos con distintos alimentos. Nada de carne, sólo vegetales. Aún me preguntó cómo consiguió que mi hija se los comiera sin protestar, estando acostumbrada a las pizzas y hamburguesas. Pero todo estaba muy bueno. Había crema de aguacate, que degustábamos con trocitos de pan tostado y patatas fritas. También comimos humus, ensalada de patatas y tomate, pimientos del piquillo fritos, pan con pasta de aceituna y pasta de berenjena.

Un día, mientras comíamos, mi hija preguntó por una caracola que había sobre una de las estanterías, que estaba detrás de nosotros. Había muchos libros, y me recordó a mi padre, al que también le había gustado mucho leer y también tuvo en casa un rincón para sus libros.

-Esta caracola era de tu abuela. Me la dio cuando me fui de casa-explicó Begoña. Me miró a los ojos, y en ellos observé un brillo de nostalgia.

La respuesta de mi hermana me dejó parada, con el trozo de pan a mitad de camino a mi boca. No supe qué decir en ese momento. Y luego, pasada la parálisis, no me atrevía a preguntar lo que siempre había deseado saber. Tenía que haberle preguntado: “¿Por qué te fuiste de casa?”. Pero no lo hice. No me hacía falta. Durante la semana que estuve con mi hermana mayor, me sentí querida por ella. El pasado ya no importaba. Aunque en ningún momento hablamos de nuestros padres, ellos estaban presentes en la vida de mi hermana, en esa caracola, en la estantería llena de libros (muchos eran de mi padre), en el conejo de peluche, que la primera noche mi hermana le dio a mi hija para que durmiera abrazado a él. Era el mismo peluche que mi hermana tuvo cuando era pequeña. Lo había conservado todos estos años. También tenía guardados en una caja varios juguetes de su infancia y una carpeta con fotos de la familia.

Aunque durante muchos años pensé que mi hermana se había separado de la familia, en realidad lo que hizo fue buscar su propia identidad. Esa identidad le había hecho volver a sus orígenes y a su familia. Por el camino había perdido el cariño de sus dos hermanos, de momento, pero había recuperado el mío.

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