El indígena. Autor: Rusvelt Nivia Castellanos

Es un indio panche. Acaba de salir de su bohío. Se alista para ir a pescar. De pronto, va hasta una arboleda amarilla. Pasa por debajo de las enramadas. Con agilidad, coge por allá la atarraya que cuelga de un palo; la desenreda y se la tercia a la espalda. Vuelve de paso al refugio donde habita. Permanece en completo silencio. Así mismo, decide concentrarse en lo personal. Como de costumbre, hace ahora una reverencia al Dios Nanuco para solicitarle protección y sabiduría. Ruega porque todo salga bien. A lo más, se levanta del pasto y con entusiasmo emprende su viaje por un sendero de bejucos con lirios. Promueve ya su andar con vivacidad, estando pendiente a la acechanza de fieras, ellas voraces entre la espesura. Por estas tierras, hay muchos tigrillos, algunas panteras. Así que este aborigen; Odén, se impulsa con fuerza, salteando rocas sobre chamizos. Hasta el momento, no se detiene ante nada, corre atravesando la jungla tropical.

Mientras, la tarde lo mancha de colores mágicos. Este indio es irradiado a la vez por el cielo eterno. La claridad lo purifica placenteramente hasta la exención. Su piel morena se mimetiza con la naturaleza. De progreso, él va acercándose al río Magdalena. Atisba sus aguas doradas, fluyendo con precipitación por el cauce. Según como a solas peregrina, descubre cada vez más grande aquel torrente ribereño. Para lo otro bello, Odén ve como las montañas bordean el horizonte a lo lejos en el paraíso.

En cuanto llega a la orilla, encuentra su canoa encallada en la arena. Despaciosamente la empuja hacia el pesado oleaje. Tras un salto, se monta en el asiento. Procura acomodarse lo mejor que puede entre los maderos. Apenas queda equilibrado, agarra el remo que está a su lado y empieza a navegar hacia lo profundo con tenacidad. Sin miedo, va surcando la corriente turbulenta. El poder de intuición lo guía. Aparte, conoce bastante esta región. Por eso da canalete a fuerza de mano con destreza. Tanto, que repara de vez en cuando una mirada a las gaviotas, cuales se hallan planeando por las nubes resplandecientes.

Ante esta novedad; Odén suelta obviamente una sonrisa y comprende que los peces están atrás del manglar, renaciendo en la cascada del rubí. Entonces él arrumba para allá. Coge por la derecha a punta de ilusión. Vira con la canoa. De a poco, se acerca a la caída del manantial que santifica. Un rocío bailante en el ambiente, le va salpicando la cara. Humedece su piel mansamente. Esto lo excita. El panche, claro que se siente agradecido por esta frescura y porque también huele el perfume de la selva. En lo espiritual, se encuentra feliz. Perdura sereno, vibrando al ritmo del mundo.

En tanto, sigue de aventura por el río. Hecha por ahí una ojeada hacia los costados. Y al instante, descubre varios bagres bajo la profundidad cristalina, unos son gigantes otros son pequeños. Por allí, bien se estaciona a ver si atrapa algún pez. Trata de no hacer ruido. Se alista para la cacería; toma la malla con sus manos, pronto la lanza extendiéndola al aire y esta cae lentamente al fondo del agua.

Desde su posición, Odén aguarda algunos segundos, sin distraerse ni por equivocación. Está a la expectativa de lo que acontezca. Con ánimo; ansía varias presas para su comida apetitosa, se mece despacio sobre el casquete de madera.

Ya por cosas extrañas, cree qué debe jalar la red con cuidado. Así que lo hace; tira para el centro suyo, usando la cuerda de amarre. Sus brazos se endurecen. Según como recoge lo posiblemente pescado, presencia una sombra de cerca a la superficie. Lentamente aparecen unas algas musgosas. Y por sorpresa, Odén se da cuenta de que acabó de atrapar un delfín sapote.

Ciertamente él se asusta. Nunca antes había visto este animal. Le parece extraño. En medio del revuelo; toca su dorso, lo examina en su cuerpo. Pero entonces este se estremece, provoca varias embestidas y al final se libera. De seguido, se escapa nadando por la ribera, salta por los aires hasta que de repente, se transforma en tucán.

El panche, por su parte, comprende la grandeza de este vaticinio. Así que sigue de pescador. Hace otros lanzamientos de redada por el agua. Con el tiempo, captura docenas de bagres y varios nicuros. Los caza con facilidad. La mayoría, caen sobre la popa de la embarcación. Una vez deduce, que ya tiene suficientes alimentos, cesa el lance de atarraya.

Deviene mientras tanto el ocaso. Asoma en medio de neblinas azuladas. Odén, vuelve normalmente a su aldea por el mismo camino. Cuando llega a su bohío, se relaja. Bajo las estrellas, prende una fogata a las afueras, entre los arbustos. Ahí, calienta un pescado, lo asa y dichosamente se lo come. En cuanto termina, prepara su esterilla y se echa a dormir.

Al otro día, Odén al despertar, lo primero que hace es ir hasta un muro de piedra. En este sitio elabora una pintura rupestre, inspira a la madre tierra y traza su leyenda.

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