Rainer. Autor: Sofía Félix Poggi

El teléfono de Riccardo sonó.

Yes, it’s me! -le escuché decir-. We can meet later tomorrow morning at my apartment -Se lo veía confundido. Me miró y me dijo-: Il suo inglese è terribile.

Ser políglota es una de las condiciones casi naturales de la porción úber-educada de mi generación. Cuando fui, en aquella ocasión, a París, ya hablaba fluidamente cuatro idiomas. Ahora ya cuento con un par más en la bolsa. No es mérito personal; con los idiomas es blanco o negro: o se tiene una facilidad excesiva o se tiene una dificultad como la que tengo yo para rolar cigarrillos con la mano izquierda. Rocío tenía una dificultad gigantesca. Después de haber viajado por Europa durante dos meses todavía hablaba como un mono entrenado… uno penosamente entrenado. ¿Cómo habían hecho para entenderse con Rainer?, me preguntaría más adelante, ese mismo día. ¿Se puede tener una relación amorosa sin poder comunicarse verbalmente? Aparentemente, ella había podido.

Tomé el teléfono de las manos de Riccardo, sin permiso. Aunque nos conocíamos hacía dos días y estaba siendo su huésped, establecí con él una relación de superioridad, del tipo de las que es muy fácil establecer con hombres poco atractivos. Ya sé, de vez en cuando soy un poco maligna. Pero ser maligna y dominante, en estos casos, es mi forma de establecer que no hay existe ni existirá una atracción física. Quizá sería más fácil usar la carta del lesbianismo… pero si bien es casi completamente cierta, no suele funcionar, generando todavía más interés que rechazo en muchos hombres.

Riccardo era mi anfitrión de Couchsurfing, una plataforma para jóvenes a los que nos gusta viajar hospedándonos gratis y a quienes no nos molesta dormir en el sillón de otra persona. Si bien no tuve una afinidad total con él (sólo por el hecho de que era palpable que sentía una atracción no recíproca hacia mí), sí disfruté de la compañía de sus amigos y conocidos. La primera noche fuimos a cenar a lo de Taïna, una francesa hermosa y regordeta que, a su vez, estaba hospedando a Dennis, un belga soberbio e intelectual pero no por eso carente de atractivo o de remarcables dotes culinarias.

La segunda noche Riccardo me había llevado al sexto arrondissement, al departamento donde cohabitaban caóticamente La Robi, Alessandro y Federica, tres italianos estudiantes de Ciencias Sociales. Pasar una velada rodeada de tanto griterío y discusiones sin sentido ni propósito, me hizo sentir perfectamente como en casa. Ante el recurrente problema universal de transportarse dentro de una ciudad de magnitudes capitales pasada la hora de cierre de los subterráneos, convenimos quedarnos a dormir en esta anárquica pero acogedora morada, con el curioso grupo. Yo ya no discrimino entre sillones de desconocidos, de todas formas. Cenamos risotto, desayunamos panqueques con Nutella; tomamos cerveza y café italiano; fumamos tabaco armado. Fue el paquete completo.

Para cuando Rocío llamó ya estaba comenzando mi tercera y última noche en la ciudad de las luces. “Te prometo que ya no vuelvo nunca más a este mingitorio superpoblado”, me dije, con consuelo.

Hablé al teléfono, sabiendo que del otro lado había otra argentina, con mi tono más porteño:

-Hola, sí, me llamo Sofía. ¿Sos Rocío? Sofía, Rocío; Rocío, Sofía -nos autopresenté-. Yo estuve ya unos días acá, pero todavía no recorrí nada. ¿Tenés ganas de que nos juntemos más tarde? A las cuatro en la puerta de Notre Dame… la catedral… la grandota.

“A las cuatro”, para los argentinos, significa “cuatro y media”. Le expliqué esto a Riccardo mientras volvíamos a su casa para merendar panqueques con Nutella, y mientras me preparaba para salir a encontrarme con Rocío.

Él tenía que trabajar, por suerte.

Llegué al área de Notre Dame a eso de las cuatro y diez pero, si bien sabía que estaba a menos de cien metros de la iglesia, no podía encontrarla. La ciudad de París está tan abarrotada que es imposible ver en la distancia. Yo, además, soy especialmente propicia a la desorientación.

En fin, después de errar en círculos idiotas durante largos y agotadores minutos invernales, llegué a la puerta de la catedral, a eso de las cuatro y treinta y cinco.

Ahora era a Rocío a quien no encontraba. Tampoco sabía muy bien cómo era. “Morocha, pelo largo, anteojitos”, me había dicho por teléfono. Tampoco teníamos forma de comunicarnos; ella había llamado desde el celular de un desconocido a quien había frenado en la calle. Eso me gustaba, no iba a ser una chica tímida. También me parecía tierno que hubiera dicho “anteojitos”, en vez de “lentes” o alguna similar palabra aburrida y adulta.

Cansada de no encontrar cosas las cosas que buscaba (Notre Dame, Rocío, etcétera), me armé un cigarrillo y me planté relajada en un escalón, frente a una catedral absolutamente sobrecargada de turistas, mientras me preguntaba qué hacía, nuevamente, en esa ciudad de mierda. La verdad era que había ido porque necesitaba salir un poco de Londres. Por una casualidad divina me habían tocado cinco días libres (un milagro del tamaño de Moisés separando las aguas de mis dos trabajos), y París era el destino más barato y cercano al que podía llegar por tren, estando ya saturada de aviones Easyplane y del odioso y oloroso Superbus que por un precio risible lo llevaba a uno a los mejores lugares del continente, con el único precio real por pagar de las condiciones espaciales circenses y el olor a axila ajena durante todo un trayecto cuya longitud temporal parecía ser siempre mayor a la que era físicamente posible invertir en llegar al destino deseado.

La verdad era que odiaba París. Ya lo sabía. El motivo es obvio.

Resulta que soy muy olfativa.

Un día me peleé con el amor de mi vida porque no quería acostarme con él en la cama que tenía el olor de sus perros. También me sucedía que amaba a una de mis hermanas por el aroma que irradiaba el punto más alto de su cráneo, mientras la otra me resultaba indiferente, porque era tan alta que nunca había podido llegar a apreciar cómo le olía la coronilla. Me gustaba ir a la casa de mi mamá, al dentista y al trabajo por el olor a jazmines, y odiaba ir a la casa de mi abuela por el olor a cartera vieja.

Odiaba París porque olía a orines. Mucho, en todos lados, y muy fuerte.

Y olía a sudor.

Y olía a basura.

Rocío no olía mal. Al fin la pude divisar, con sus anteojitos y sus rasgos japoneses. Reconocí su cara de perdida, su cara de estar buscando, entre una multitud de desconocidos, a un desconocido: yo.

Inmediatamente, con esa complicidad que provee encontrar a un compatriota de nacionalidad, género y edad en una tierra lejana, la tomé del brazo y la llevé lejos de toda esa muchedumbre. Sin tapujos, comenzamos a caminar hablando, y a hablar caminando, y no paramos de hacer ninguna de las dos cosas hasta que estuvimos a varios arrondissements de distancia.

Mientras hablaba, me contaba cómo París era su último destino, antes de volver a nuestro país, cómo ya casi no tenía dinero y cómo había estado itinerando por casi dos meses por Europa central; especialmente por Alemania y especialmente por Italia. No viajaba porque sí -mencionó obligada en un par de momentos-: su viaje tenía un fin… “un problema personal” que la había forzado.

A la mínima sugerencia de este hecho misterioso que había sido tan importante como para empujar a una actriz de veintitrés años a salir de la Argentina y pasar una temporada en Europa, mi inventiva indómita comenzó a elaborar historias y posibilidades.

Ella siguió hablando, empezando por lo más público y adentrándose, poco a poco, en los resquicios oscuros e íntimos de su existencia.

Rocío había ido a la escuela en Barracas, se había preparado para su vocación teatral en el IUNA de Capital Federal, y también se dedicaba semi-profesionalmente al maquillaje artístico. Tenía tres mejores amigas, dos de las cuales habían sido violadas de pequeñas (no me las presentó así, sino que fue un dato que surgió casualmente en una conversación sobre abuso y memorias reprimidas). Había viajado bastante por Latinoamérica, pero era la primera vez que visitaba otro continente; había tenido tres novios, los dos primeros típicos romances adolescentes y el tercero un misterio en el que tampoco quiso adentrarse. Además, me habló de un chico noruego que estuvo con ella durante su actual expedición europea, y si bien intenté indagar sobre la naturaleza de su relación, no obtuve un panorama muy claro:

-La verdad es que no lo sé -se limitó a responderme-, yo estaba con la mente en otras cosas.

Su padre era un japonés de Okinawa cuya familia había escapado de la pobreza cuando este tenía catorce años, mudándose al país donde Rocío nacería veinte años después. Cuando hablaba de su padre delataba un tono extraño y sugerente, como el de alguien que contiene el deseo de contar un secreto, pero no está seguro si el receptor sabrá apreciarlo con el deleite merecido y apropiado; al mismo tiempo, denotaba tristeza. La misma expresión ponía cuando hablaba del oscuro motivo de su viaje. Inmediatamente, comencé a elucubrar: su padre había tenido un romance antes de casarse con la madre de Rocío (una mujer sólida y circunspecta de ascendencia italiana) y había tenido un hijo bastardo… ¡No! Una hija… a quien Rocío había viajado para conocer.

Era sólo una teoría, pero ya sin poder contener mi curiosidad la sugerí:

-Creo que necesito que me cuentes el porqué de tu viaje, aunque te estés negando. Verás, Rocío, yo soy escritora, y no sólo a la gente le hace bien, a modo de terapia, soltarme sus historias para que haga cuentos de ellas… sino que si no me contás me imagino ficciones posible y probablemente peores que la realidad.

-¿Qué te estás imaginando que es? -me preguntó, incitadoramente.

-Se me ocurrió que tu viejo tiene otra hija, que vive en Europa, y que la viniste a conocer.

Largó una carcajada. ¿Se reía porque acerté? ¿O porque le erré bien fiero?

No me dijo ni que sí, ni que no. Pero, entonces, dejó de sonreír y lo largó todo. Frente a nosotros, el Alexander Calder de la explanada del Centro Pompidou bailaba con el viento del atardecer invernal, dos días antes del fin del año.

Yo tuve un novio.

Tuve un novio que, un buen día, falleció.

Se llamaba Rainer y era alemán. Su nombre tenía una conexión con el mío. Rainer como la lluvia… Rocío: dos gotas de agua. Escribí un poema sobre él… algo así como un coleccionista de atardeceres.

Rainer tenía problemas con alcohol y con las drogas. Problemas grandes, un historial largo e irreversible.

Él ya estaba muerto antes de que lo conociera. No estaba muerto físicamente, pero ya había decidido que se iba a morir. Creo que yo fui… -en ese momento hizo una pausa y un gesto delicado en el aire, como si agarrara una mariposa- una última lucecita en su vida.

Decidió que iba a morir cuando su madre murió, dos años atrás. Desde ese momento, se entregó a la bebida y a drogas más pesadas… más pesadas que las drogas ya pesadas que consumía. Nunca nada enfrente mío, obviamente; pero yo sabía.

Frente a mí, Sofía, era un ca-ba-lle-ro.

Lo nuestro, de todas formas, nunca se pudo concretar del todo. Nunca vivimos en el mismo país. Nos conocimos en Perú, seguimos juntos hasta La Patagonia. Tres meses más tarde, dos semanas juntos en Buenos Aires. La última vez fue en Colombia.

Yo tuve que venir a ver su tumba, y a hablar con una persona que lo conoció.

Él murió en abril… el once… el día de su cumpleaños número treinta y uno. No por casualidad, si me preguntás a mí.

Murió en la India, y pasó sus últimos tres meses con una mujer italiana que fue -y te lo digo seriamente- la persona más maravillosa que conocí en mi vida: Margherita. No te puedo explicar lo que es esa mujer; no hay palabras. No es casual que Rainer la haya conocido cuando la conoció, y donde la conoció. Creo que él la eligió… para que lo cuidara, al final, para que lo ayudara a ir al otro lado. Tampoco es casual que todo esto haya pasado en la India. Seguro conocés gente que estuvo ahí… todos dicen que es un lugar muy espiritual. Algo tiene, algo hay. Hay un magnetismo, hay una energía, un poder, ahí.

Rainer tenía problemas dentro y fuera del hígado, obviamente… y mucho más, por lo que llegué a saber. Margherita me contó que pasaron las últimas dos semanas en un hospital cerca de Calcuta. Él había tenido problemas con unas personas -algo sobre Rainer era que tenía todo un misterio detrás. Por ejemplo, siempre tenía dinero. Eso no era ni podía ser un problema para él, pero siempre lo tenía. Algo había heredado de su madre, lo sé, pero también había algo más, algo que ver con drogas, probablemente. Afuera del hospital Margherita vio, el primer día de la internación, un grupo de hombres sentados sobre su moto. Después, esa misma tarde, apareció gravemente golpeado y alguien le había cortado todas sus pulseras…

Él tenía decenas y decenas de pulseras y anillos, era su marca personal, y tenía que ver con su esencia -torció las manos como una diosa hindú, o como una bailarina de flamenco sosteniendo dos castañuelas muy delicadas-; las pulseras marcaban su expresión corporal, su movimiento. Cada una de ellas, y cada anillo, tenía una historia especial. Yo le regalé uno, que también tuvo la suya: fue un anillo que pasó por más de cuatro países antes de llegar a él, un anillo que sufrió un viaje agotador. Al final, los médicos se los tuvieron que sacar, cuando ya estaba hinchado y amarillo… pero las pulseras no, las pulseras se las sacó alguien más. Nunca se aclaró el asunto.

Para esta altura del relato estábamos tomando dos Kronenburgs en el Café des Deux Moulins, mejor conocido como “el café de Amelié”. Cualquiera pensaría que un lugar así sería excesivamente turístico, o caro, pero la verdad es que tenía los mismos precios que cualquier pub al que hubiera ido en Londres, y aún una menor cantidad de clientes.

Cuando llegué al cementerio no quise ver su tumba. La estaba buscando, sí, pero no la quería ver, inconscientemente. Estaba con Thomas, el chico noruego que me acompañó la mitad del viaje, que te mencioné antes. Cuando me preguntaste esta tarde si él estaba interesado en mí, si era mi amante, y yo te dije que no sabía, era por esto, porque yo estaba de luto, buscando la historia de Rainer, la historia que me había perdido.

Él encontró la tumba y con pena me la señaló, triste e incrédulo porque yo no la pudiera ver. Ahí nos quedamos, frente a ella, durante horas, hasta que no pude más, hasta que la energía no me dio más.

A todo esto Margherita había tenido que llevar el cuerpo de este joven a quien había conocido hacía poco y por casualidad, este joven casi sin familia, un drogadicto, un alcohólico, un hippie, un cadáver, desde la India a Alemania, donde sólo su padre -un viejo de más de ochenta años que lo odiaba-, estaba ahí para recibirlo. Y aún así lo llevó. Ella me lo contó todo. Estuve una semana en su casa, en Torino, mientras me lo contaba todo. Esa mujer me cambió la vida. Tuvimos una conexión; es muy especial ella.

La última vez que hablé con él yo sabía que algo estaba pasando, que algo estaba mal. Me di cuenta y por eso lo intenté llamar. Estuve días intentando llamarlo, y ya nunca contestó; ya había pasado. Al principio, cuando lo conocí, me había pedido por favor que no me enamorara. Cuando me enamoré me pidió por favor que lo dejara, y así hasta que me tuvo que pedir que si él algún día no estaba más, por favor que fuera feliz y que lo supiera perdonar… Ese día eventualmente llegó. Él lo sabía; yo lo sabía; pero nadie decía nada.

Nueve meses después, estoy acá. Pasé por Alemania, con Thomas; por Italia, con Margherita; conocí al padre de Rainer, el gigante de piedra. No pudimos hablar, igualmente: yo no hablo alemán -ni inglés, ni francés, ni italiano, pensé yo- pero me di cuenta que era un tipo férreo, duro, con un corazón amurallado.

Ahora estoy en París, vine por casualidad, porque era más barato el avión. Y te conocí a vos, Sofi. Siento una conexión, también. Quizá no es casualidad que seas escritora. Esta es la parte en la que tengo que transmitir mi historia. Sé que vas a hacer de ella algo hermoso.

Entonces llegó Riccardo.

La actitud de Rocío cambió por completo. “Ah, ya entiendo cómo hace esta chica para comunicarse sin saber idiomas -pensé-; usa el cuerpo”. No era realmente sorprendente, siendo que era actriz.

Rocío tenía un acto especial reservado para los hombres; una soltura del cuerpo que lo decía todo. Lo noté no sólo en ese momento cuando apareció Riccardo y lo abrazó, sin conocerlo, sino también durante el resto de la noche, cuando fuimos al Pequeño Teatrino de la Alegría (un adorable mini-antro hippie donde un grupo de músicos improvisaba durante largas horas para luego embeberse y embeber al resto en alcoholes, de modo amistoso y colaborativo), donde entretuvo a todos los especímenes masculinos boquiabiertos mientras improvisaba una danza en el medio de la minúscula habitación, o cuando manoseaba sugerentemente los hombros de los músicos y les contaba con un inglés inventado lo maravilloso que era su arte.

Yo la miraba. Estaba en mi derecho (construyendo mi personaje), sobre todo con lo borracha que me encontraba para esa hora. Sólo por unos segundos, en lo que fue el resto de noche que pasamos juntas, la vi quitar su atención y energía de los hombres para volver momentáneamente hacia mí:

-¿Sabés por qué me reí cuando me dijiste lo de que mi padre había tenido otra hija y que había venido a Europa a conocerla?

-¿Por qué? -le pregunté.

-Porque tenías razón. Eso pasó. Sólo que no fue en Europa, pasó en Argentina. Mi Papá fue siempre adicto al juego… y a las mujeres. Nos enteramos de esto, y de que había tenido otra hija, este año… justo después de que murió Rainer. Había estado deprimido, reprimiendo sus problemas por como diez años, y este año sacó todo, buscó ayuda. Y está mejor. Ahora se lo ve feliz, ya sin esa tristeza en los ojitos que yo siempre asocié con él… fue un año movido.

Se acercaba la hora de cierre del Métro, así que la acompañé como una chaperona diligente, y le indiqué paso por paso cómo hacer para volver al hostel donde iba a pasar esa noche, antes de ir a instalarse en lo de Riccardo el día siguiente, cuando yo abandonara su sillón. Cuando volví al Teatrino todos estaban preguntando por ella.

Por la mañana me tenía que ir muy temprano a la estación para tomar el tren de vuelta. Antes de irme, resolví hacerme unos panqueques con Nutella, mientras Riccardo todavía dormía. Los panqueques estaban deliciosos, se merecían una apreciación prolongada, y el hecho de haber pasado la tarde anterior con una argentina me había hecho relajar la severidad de los horarios ingleses a los que había intentado acostumbrarme durante el último año. Como era de esperarse, terminé perdiendo el Eurostar a Londres. Tuve que pagar más de cien euros para que me dejaran volver, a las corridas, para llegar levemente tarde y bastante transpirada a mi turno en el pub: mi trabajo de medio tiempo levantando copas y pintas de la gente millonaria de Primrose Hill, por seis cincuenta la hora.

Suerte que los viajes los cobro en historias, porque si no me habría sentido estafada.

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