Punto sin retorno. Autor: Lily del Río

No podía borrar de su cara la sutil sonrisa ni el pícaro brillo de sus ojos. La abrazaba un aroma formado por dos perfumes mezclados con sudor. Después de tanto tiempo volvía a sentirse plena; con esa satisfacción que se le escapaba por los poros, incapaz de poder contenerla. Permaneció sentada en el sillón, recordando sus últimas horas.
                 Como en un acto reflejo, su mano cobró vida propia y comenzó a moverse. Con el dedo índice enruló un mechón de su cabello; con la misma suavidad lo pasó delineando sus labios, que hacía poco habían perdido su color en otra boca. Sus dos manos siguieron por el cuello; lo rozaron apenas mientras sentía como se le erizaba la piel. Luego bajaron por sus pechos, acariciando en círculos los duros pezones. Y lo evocó a él, queriendo beber un elixir imaginario, mientras ella le revolvía su pelo canoso. Por su corazón y su vientre había pasado un tropel; ahora aleteaban  mariposas, esa sensación indescriptible que sienten los enamorados. Sus manos siguieron hasta la entrepierna; se detuvieron en la humedad cavernosa, donde subían y bajaban a un ritmo lento, acompasadas por largos y profundos suspiros…
                Escuchó las llaves de su marido en la cerradura, y salió de ese trance enloquecedor en el que estaba inmersa. Fue corriendo al baño a darse una ducha. “¿Cuánto tiempo llevo sin sentirme así?  ¿Cuándo cambiamos la pasión por rutina?” Llegamos a un punto sin retorno; no podemos volver a ser los mismos. Vamos irremediablemente hacia un letargo espantoso”, eran preguntas retóricas y frases que la perseguían.
                Después de una década de matrimonio, ahora solo quedaba una muestra pálida de lo que había sido, una foto deslucida por el tiempo. La nostalgia dolía; era una constante tortura, tan silenciosa como su vida matrimonial, pretendiendo tapar todo con trabajo, paseos, cine.     
                Semanas atrás la habían invitado a una reunión de ex alumnos del secundario. Cumplían veinte años de egresados y festejarían con un almuerzo en un restorán.
                Ese sábado se arregló con especial cuidado. Entró en el restorán después que habían llegado todos. Atravesó el salón con orgullo y estúpida vanidad que dejó caer en cada  paso, ante miradas curiosas y brazos levantados que le hacían señas. Saludó con cariño, aun a los que no había visto en años. Cuando le tocó el turno a Edgardo, cruzaron sus miradas como descubriéndose. Buscó sentarse frente a él. Mientras lo miraba de reojo, pensó cómo un chico desgarbado y flacucho, se había convertido en ese hombre refinado, elegante, musculoso. Entre ellos dos las sonrisas, las miradas cómplices y los halagos iban y volvían como flechas de Cupido. Quedaron en encontrarse para tomar un café y seguir la charla.
                No se hicieron rogar y dos días después se vieron. Del café se fueron directamente a un hotel; y de ahí en más sus salidas se hicieron frecuentes. Ella volvió a sentir esa pasión que creía perdida.
                 Su marido la vio renacer. En pocos días pasó de la melancolía y la abulia a un estado de plenitud; de tener una mirada apagada, a mostrar ese brillo especial de cuando la conoció. Estaba rejuvenecida, más bonita, más deseable. Como si un viento extraño hubiera disipado su ánimo sombrío, y su sonrisa viniese desde un mundo lejano y misterioso. Hugo pensó que había pocos motivos para ese cambio. Inteligente, obsesivo y astuto: sospechó lo peor.
                Empezó a indagar: buscó números nuevos en el celular de Sonia, pidió resúmenes de llamadas del teléfono de línea. Su duda era como un animal que lo roía por dentro. Todos los números nuevos habían aparecido después de la reunión de ex alumnos. El más usado pertenecía a un tal Edgardo Pinto. Debía mantener la calma y disimular la angustia.
                Optó por proponerle un viaje corto. Buscó en Internet mapas, clima, todo. Quería un lugar de ensoñación y lo encontró. Irían   al sur, donde montañas y ríos componían un paisaje perfecto para reconquistarla. 
                               Ya en el hotel, en la penumbra del ocaso, él buscó sus labios y su cuerpo. Ella, con el pensamiento puesto en su amante, dejó caer su ropa y respondió al juego sexual que le proponía su marido. En un apasionado vaivén entre gemido y gemido, dijo sin darse cuenta: “Edga…”, que corrigió enseguida por “Hugo”.
                 Al día siguiente ella chequeó su celular por enésima vez hasta que le llegó un mensaje que decía: “Bajá”. Reprimió todo gesto de alegría y bajó. La esperaba Edgardo. La tomó de la mano y empezó a correr en un delirante zigzag. Ella reía entre cada bocanada de aire y sus pies apenas rozaban el ripio del suelo mojado. Se perdieron detrás del follaje. Él la tomó de la cintura y la apretó contra su cuerpo. Sus miradas derrochaban pasión. “No podía dejar de verte una semana”, le susurró en sus labios mientras la besaba con ardor. Un aire caliente los envolvió y se olvidaron del tiempo.
                 Llegó al hotel sacudiéndose las hojas de su ropa, de su pelo, golpeando las botas para quitar el barro. Desde un oscuro rincón, él, con los botines también embarrados, la vio entrar.
                Hugo había alquilado un kayak para  dar un paseo por el río, aunque sabía que a ella no le gustaba. Percibió en los ojos de Sonia esas chispas que le recordaron sus primeros años junto a ella, y esa sonrisa enigmática que tanto le perturbaba últimamente. Subieron al kayak y se alejaron. Un silencio más agotador que el esfuerzo físico, terminó con una sacudida brutal que dio Hugo con su remo.
                 Sintió el golpe de su cara contra la roca y se vio bajo el agua helada por unos instantes, hasta que el salvavidas la devolvió a la superficie y la mantuvo a flote. Un hilo de sangre le brotaba desde la frente. Estiró los brazos para que su marido la socorriese. Sintió cómo un puñal sus ojos clavados en los suyos con esa expresión de odio que no le conocía. Le gritó:” Hasta acá llegué. Piensan que soy un tarado que no se da cuenta de nada. Te voy a ver en el infierno”. Con las dos manos levantó el remo y le dio un fuerte golpe en la cabeza. Sonia hundió su cara en el agua enrojecida. La vio alejarse corriente abajo, hasta quedar enganchada en un tronco seco y ramoso que detenían unas piedras. Se tomó su tiempo para maniobrar el kayak y subirla a bordo. Se acercó a la orilla y la bajó en una pequeña playa. Simuló reanimarla sabiendo que era imposible. Con una calculada lentitud, accionó el dispositivo para el rescate. Lo encontraron llorando, abrazado al cadáver. Ese mismo día los peritos forenses recogieron las pruebas. A simple vista parecía un accidente.
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Un Comentario

  1. luisa

    buen relato, con una prosa que se deja leer, firme.El destino a veces te juega una mala pasada, es atrevido, sin duda.El final ,triste. visto.

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