Noches de Ronda. Autor: Juan M. Martín Alcaid

Cuando se llega a una cierta edad,  uno tiene la tentación de analizar, no sé si acertadamente o no, los tiempos pasados y de  compararlos con los actuales. Por eso, aunque el título de este relato tenga un parecido con el de la canción del “flaco de oro”, es decir del compositor  Agustín Lara, y pueda prestarse a equívoco haciendo creer que  versará sobre juergas nocturnas de jóvenes cantando al son de sus instrumentos, en realidad me estoy refiriendo a mi primera estancia en la “ciudad soñada”, como así  llamó el poeta checo Rainer María Rilke a Ronda. No fue el único extranjero seducido por esa ciudad, también llegaron viajeros románticos como Mérimée, Ford, Doré o Washington Irving, que mezclaron la historia con la ficción. Encantó a los Somerset Maugham, Ernest Hemingway y Orson Wells, estos últimos atraídos por la tauromaquia. Y también me cautivó por los motivos que cuento a continuación.

Los viajes se emprenden  por las  razones que todo el mundo conoce: obligación o  devoción, es decir, por cuestiones de trabajo, de salud  o por placer. Suelen estar representados por unos determinados símbolos que los identifican: desde una mochila o  una maleta con  pegatinas de los lugares visitados, hasta cualquier medio de transporte, ya sea lento o rápido.  El más emblemático para mí sigue siendo el ferrocarril, a pesar de que hoy en día  lo he cambiado por el automóvil. Entonces, fue aquel el que me llevó  a  esa población malagueña.

La locomotora de vapor, resoplando continuamente como si estuviese  refunfuñando por el duro esfuerzo que suponía  salvar el  gran desnivel existente para llegar a la meseta rondeña, llenaba el aire con nubes de humo y el característico olor a carbón. De haber tenido  la facultad de pensar y el don de la palabra, habría soltado toda clase de improperios contra los hombres que la obligaban a recorrer un trazado sinuoso y empinado que, nunca mejor dicho, se le hacía cuesta arriba. ¡Con lo a gusto y desahogada que estaría corriendo por las llanuras!  No cesaba de bufar mientras tiraba de unos vagones donde  un mundo variopinto de viajeros se repartía  de la mejor manera posible por los compartimentos o permanecía de pie en el pasillo. Gente sencilla, modesta,  generosa, que te ofrecía compartir con ella un trozo de queso o  de embutido, y que te dejaba su bota  de vino para que saciaras la sed. No faltaban los vendedores ambulantes de almendras, garrapiñadas, golosinas diversas o refrescos, ni los chamarileros o los buhoneros que iban de pueblo en pueblo cargados de géneros. Tampoco estaban ausentes los estraperlistas. Se aprovechaban de los forasteros para colocarles debajo del asiento el contrabando de  tabaco, café, azúcar, medias, penicilina y otras mercancías procedentes de Gibraltar o de Tánger. De esta manera trataban  de eludir, en la medida de lo posible, los registros de la Guardia Civil. Era preciso buscarse la vida de alguna forma, cada uno a su manera. Quizá, alguno de estos personajes eran los ojos de los “secretas” cuando buscaban algún “indeseable”. De vez en cuando aparecía el revisor para picar el billete. Ajenos a esta situación, los pudientes disfrutaban de la primera clase. Así “desembarcamos” en Ronda.

Tras descender unos viajeros  y  subir otros,  sonó el silbato del jefe de estación, quien junto a la cabecera del convoy, banderín rojo en alto,  daba la salida del tren.  Le siguió el largo y estridente pitido de la locomotora que, una vez recuperado el aliento, reemprendía la marcha hacia otro destino. Cuando la máquina pasó a la altura del hombre, una nube de vapor lo envolvió y se lo tragó por un momento. Me quedé mirando, ensimismado, como se alejaba aquel asombroso “gusano de metal”. Una llamada  de mis padres me hizo descender a la realidad.

Como nuestra economía no permitía pagarnos un hotel de la clase del Reina Victoria —un establecimiento de estilo victoriano situado al borde del Tajo, cuya construcción se inició en 1906 con el objetivo de atender las necesidades de alojamiento de los viajeros de la línea férrea de Algeciras a Ronda—, nos tuvimos que  contentar con un par de habitaciones en el anexo que una pensión céntrica poseía camino de la estación. Del otro lado de la calle nos esperaba un obrador de pastelería. A los dos días escasos, ya mostraban su simpatía por nosotros —a eso le llamo yo buena visión comercial—,  avisándonos cada mañana en cuanto salía la hornada de productos recién elaborados. Éstos no pertenecían a la gama de alta repostería de hoy en día, pero no dejaban de ser exquisitos y de endulzarnos la vida. ¡Claro que entonces no nos preocupábamos por los niveles de glucosa en la sangre!

Por las mañanas íbamos al mercado, situado donde ahora se alza el Parador de Turismo, para comprar fruta, queso, fiambres y otras cosas. Aprovechábamos la cercanía del Puente Nuevo, donde hubo una cárcel en el pasado, para contemplar la profundidad del Tajo por el que pasaba el río Guadalevin acompañado del  incesante y monótono graznido de los grajos.  Dicho río, llamado por los árabes  Wadi-al-labal («río de leche»), ha sido el  responsable de erosionar el paisaje  a lo largo de la historia hasta convertirlo en la garganta actual. Parece ser que hubo un “hombre araña”  —los norteamericanos no habían descubierto todavía a “Spiderman”— que trepaba por las paredes del puente desde la base.  Las comidas las tomábamos en el restaurante de la pensión.

Después de la siesta nos dedicábamos a  pasear por la calle de la Bola, mirando los escaparates, o por el parque hasta el Balcón del C…, nombre coloquial en clara alusión a los órganos genitales femeninos con el que se había bautizado el lugar. Parece ser  que la expresión procedería de los soldados que hacían la mili en  la vecina Montejaque. Cuando se asomaban al citado mirador, exclamaban: ¡C…, qué alto está esto!  Serían probablemente esos mismos soldados, y los que les siguieron, los que fumaban cigarrillos negros Bisonte, los que comían altramuces —llamados chochos en Andalucía— comprados a uno de los chocheros  del jardín y los que piropeaban y rondaban a las mozas en sus tardes libres.  En los meses de julio y de agosto solían aparecer unos competidores cultos y generalmente pudientes: las Milicias Universitarias, que hacían la mili de forma voluntaria durante el verano, época de descanso en las universidades. Nos refrescábamos con un helado, una horchata o el agua fresca de la Fuente de los Ocho Caños.

A la hora de la cena nos acercábamos a una freidura de pescado situada en una travesía de la calle principal. Luego, entrada la noche, nos sentábamos un rato con los vecinos, que tenían la típica costumbre de sacar las sillas a la puerta de sus casas para charlar bajo la  enclenque luz de las farolas. Eran tertulias informales, con el cricrí de los grillos como sonido de fondo, en las cuales se departía sobre cualquier argumento, interesante o baladí. Se hablaba de todo, menos de política. Los mayores conversaban mientras que a  los niños nos tocaba escuchar. Una noche, un maestro jubilado —al que le pusimos el apodo de “el profe”—, versado en las  tradiciones y en las historias de Andalucía, sacó a colación el tema de los bandoleros y del flamenco. Pusimos  la máxima atención, sobre todo  los niños.

De los primeros, destacaré sólo unos casos para no alargar demasiado este relato. El erudito vecino  contó que El Tempranillo fue indultado, llegando a ser comandante del Escuadrón de Seguridad destinado a combatir los delincuentes. Murió a los veintiocho años en una emboscada tendida por otro bandolero.

La vida de  José Ulloa, Tragabuches, gitano, torero y cantaor fue más novelesca. El nombre lo heredó de su padre o de su abuelo.  Cuentan que le pusieron ese apodo por haberse comido un buche, es decir un burrito recién nacido. Dijo que se amancebó o se casó con La Nena, una guapa cantaora.  Alcanzó fama y dinero, dedicándose  al contrabando de paños de Gibraltar, que su mujer chalaneaba posteriormente. Pero un día su suerte cambió cuando tuvo que volver a casa antes de tiempo a causa de un accidente de caballería. Sorprendió a su mujer en compañía de un sacristán, llamado Pepe el Listillo, con el que le era infiel.  Mató a ambos.  Según una versión, le “rebanó la corbata” al hombre. Otra sostiene que el amante se había escondido en una tinaja usada para guardar agua,  y que allí lo ahogó. Hay coincidencia sobre la muerte de la mujer: fue arrojada por el balcón. A partir de ese día, murió el matador de toros y nació el gitano bandolero. También falleció sin haber cumplido los treinta años.

Juan Mingolla Gallardo,  conocido como Pasos Largos, fue el último bandido. Antes de ser abatido a tiros por la Guardia Civil —hubo más de cincuenta disparos durante el tiroteo—, cuando le dijeron de rendirse, contestó: «Me cogeréis muerto, mas no vivo». Se había echado al monte dieciocho años atrás, después de matar dos guardas de una finca. Secuestró a un terrateniente de Cuevas del Becerro por el que cobró un rescate de diez mil reales. Apresado en 1916 a raíz de una delación, se pasó dieciséis años en la cárcel hasta que fue indultado. El propio secuestrado le ofreció un empleo como guarda. Pero como la cabra siempre tira al monte, Mingolla no pudo, o no supo, resistir la tentación del furtivismo y de la vida en libertad. Retornó a la sierra y a las andadas, hasta que fue muerto. Solía llevar una cruz patriarcal colgada del cuello.

Por lo general, la imaginación de los niños carece de límites. En este caso con más motivo, ya que se  apoyaba  en  la descripción  que hacía “el profe” de los personajes y de las circunstancias. Por arte de magia, nos veíamos vestidos al estilo de los bandoleros, con camisa y fajín, chaquetilla corta, pantalón ajustado hasta debajo de las rodillas, sombrero de catite —también llamado calañés— y borceguíes o polainas. No nos faltaban la manta sobre el hombro ni el pañuelo al cuello; este último servía para cubrirse el rostro durante los asaltos. Íbamos armados con pistolas, navajas y el correspondiente trabuco.

En cuanto al flamenco, “el profe” aseguró que no escaseaban los tablaos  en el pasado. Por ejemplo, estaban el “Fornos”, “La primera de Ronda”, “El pollo”, con actuaciones como las de Aniya la Gitana, tía de Carmen Amaya. Acompañándose de su inseparable guitarra, llegó a  canturrear una copla de la citada cantaora, que  decía así:

Estoy viviendo en el mundo

con la esperanza perdía,

no es menester que me entierren,

porque estoy enterrá en vía.”

Así acontecían las noches de Ronda. Parecía que estuviésemos repasando en una moviola las secuencias rodadas durante la jornada. Y aquellos fotogramas  iban a constituir parte de la película de mi vida.

Pero volviendo a nuestros paseos vespertinos por el centro de la ciudad, en uno de ellos nos tropezamos con una mujer húngara y su hija, conocidas nuestras de Tánger, que pasaban unos días de vacaciones en Ronda. El marido se había quedado en aquella  población, todavía internacional,  para atender el estudio fotográfico que poseían.  Al intercambiar impresiones sobre los lugares interesantes de la zona, surgió la idea de visitar la Cueva de la Pileta, en Benaoján.

Dicho y hecho. Sobre las seis de la mañana del día siguiente, tomamos un tren de cercanías que nos llevó  a la estación del citado pueblo. No disponíamos de caballería para desplazarnos, así que tuvimos  que caminar un largo rato hasta  la boca de la cueva,  cerrada por una puerta de hierro. Para entrar necesitábamos llamar a Tomás, el guía que nos enseñaría aquella obra de la naturaleza. Lo hicimos a voces. Y  cada vez que nuestras gargantas lanzaban al aire la palabra Tomás, su nombre  resonaba  por toda la sierra a causa del eco hasta apagarse en la lejanía. El hombre vivía en un cortijo situado en el fondo del llamado Hoyo del Harillo,  una especie de valle que se dominaba desde las cercanías de la gruta. Su padre, José Bullón Lobato, un labrador arrendatario de esas tierras, había descubierto la cueva  cuando buscaba “murcielaguina”, un abono formado por los excrementos de  los murciélagos.  Al comprobar que los citados mamíferos voladores se introducían por un agujero situado entre las rocas, buscó una lámpara de acetileno y decidió aventurarse en su interior con la intención de recoger aquellas deyecciones. Así fue como se produjo el descubrimiento del famoso lugar, que tuvo al principio el nombre de Cueva de los Murciélagos debido a la presencia de éstos.  También  se la conoció como Cueva de la Reina Mora.

Tomás llegó con unas lámparas, que serían probablemente de petróleo, nos saludó y abrió la puerta de la caverna para que accediésemos al interior. Primero nos dio una serie de recomendaciones para nuestra seguridad, pues íbamos a  descender a diferentes niveles por escaleras metálicas verticales, por otras talladas en la piedra y por pendientes y caminos muy resbaladizos debido a la presencia de agua. Era fundamental estar agrupados. Mi madre estaba preocupada por la duración del combustible y por la posibilidad de que se apagasen las lámparas. El hombre la tranquilizó respondiendo que eso no había ocurrido nunca y que, en caso de emergencia, tenía un par de repuesto en la entrada. Prosiguió su charla sobre los orígenes de la cueva y como se produjo el hallazgo, precisando que sólo haríamos una visita parcial pues no se había explorado la totalidad de la gruta. Buena prueba de ello era  que en l933  se descubrió en la Sala de los Niveles una grieta que daba acceso a nuevas galerías y salas. En ellas se hallaron cuatro esqueletos que fueron enviados a Madrid, excepto el de una mujer joven, de unos veinte años, que estaba al fondo de la Sala del Monolito. Según ciertas informaciones, también podría tratarse de una mujer de tipo pigmeo. En la actualidad, el esqueleto estaría recubierto por concreción calcárea, lo que le ha valido el nombre de « la chica petrificada».

Desde el momento en que supe de la existencia de aquella desventurada criatura, me entró una impaciencia que no pude controlar. No cesaba de preguntar cansinamente si faltaba mucho para llegar al lecho fangoso donde reposaba la joven. ¡Desde luego, lo mío tenía algo de morboso! Estalagmitas y estalactitas, dibujos representando  caballos, peces, cabras, toros y otros animales, que los primitivos moradores de la cueva habían pintado o grabado en las paredes, fueron desfilando ante nuestras miradas embelesadas. Nos impresionó la existencia de una  gran sima de sesenta y dos metros de profundidad y veinte de diámetro, en la que Tomás nos hizo tirar unas piedras  para que comprobásemos  su hondura. Por fin llegamos a  mi anhelado  objetivo: el esqueleto. La escena tuvo algo de espeluznante, más propia de una película de terror que de una excursión espeleológica: un grupo de personas observando un esqueleto a la luz de las lámparas  que sostenían en alto para una mejor iluminación, lo que daba un aspecto tétrico a sus caras. Durante un rato contemplamos en silencio aquellos restos y ahí se acabó la parte permitida de la visita. Era de noche cuando tomamos el tren de vuelta a Ronda, el mismo de los asientos duros que habíamos tenido por la mañana. Estábamos cansados, pero satisfechos. Un grupo de jóvenes de ambos sexos, derrochando alegría y vitalidad, nos amenizó el viaje con  sus  canciones  y sus palmas.

Nuestras amigas magiares habían regresado a Tánger y a nosotros únicamente nos quedaba por ver  la Virgen de Lourdes. Entonces ignoraba que aquella excursión repercutiría en mi vida  muchos años más tarde.  Una mañana, acompañados por  los hijos de los dueños de la pensión, fuimos a pasar el día a una zona situada a varios kilómetros al oeste de la ciudad, llamada “El Duende” o “El Lourdes”, donde antiguamente se hacían romerías. Bajamos por el Camino de los Molinos y continuamos por la Cuesta del Cachondeo —llamada así por lo sinuoso del trazado—. Franqueamos el Arco del Cristo, dejando atrás la Puerta del Viento  y pasando junto a la “Picha del Moro”, un monolito de piedra con forma fálica. Continuamos hacia los derruidos molinos de harina abandonados tras el terremoto de 1917. La central eléctrica quedó a un lado mientras se sucedían las casas de labor, los cortijos, los frutales y las acequias. Prácticamente, la ruta seguía los meandros del  apenas contaminado Guadalevin.  Un puente sobre este río nos ayudó a salvar  los últimos metros  que nos separaban de nuestro destino.

El espacio estaba cerrado por una cancela de hierro, que había que empujar con fuerza para crear el suficiente espacio que nos permitiera infiltrarnos en el interior de la propiedad. A la izquierda, se erigía un panteón de tipo mausoleo renacentista, con seis columnas frontales, perteneciente a una familia de la nobleza. Frente a la verja de la entrada, al fondo del recinto,  se hallaba una réplica de la Virgen de Lourdes en el interior de una cuevecilla existente en la  roca. De una fuentecita manaba un agua muy fresca que nos supo a gloria. En el lado  derecho, un muro daba a una poza que formaba el río en la que la gente solía bañarse. Subiendo por la carretera que rodeada aquel emplazamiento, se accedía a un cortijo donde vivía una inglesa que tenía un burrito llamado Pedrito. Aquel día excelente fue el colofón de nuestra estancia en Ronda.

No hace mucho, durante una corta estancia en dicha ciudad, repetí aquella excursión de mi infancia; esta vez tomando una ruta que pasaba cerca del ahora llamado Hotel Catalonia Reina Victoria. Aunque la réplica de la Virgen de Lourdes se mantenía en el mismo lugar, el suelo del panteón estaba levantado y se habían exhumado los restos  sepultados antaño. Hice una fotografía de la imagen, esta vez  en color, y  pregunté en una explotación ganadera,  camino arriba, si podían decirme algo sobre lo sucedido. Lo único que sabían era  que  los descendientes de aquellos nobles se los habían llevado a Sevilla. Posteriormente me enteré de que aquel mausoleo había pertenecido a los Marqueses de Moctezuma. ¡Y yo sin saber que había jugado en mi infancia al ladito mismo de los herederos del emperador azteca! Picado por la curiosidad,  empecé a interesarme por el tema. Quería saber quiénes  estuvieron sepultados en  El Lourdes y si realmente los restos fueron  trasladados a Sevilla.

Moctezuma II había tenido plena libertad para procrear con sus numerosas mujeres y concubinas. De hecho, se le atribuyen diecisiete hijos, tanto en el periodo anterior como el posterior a la llegada de los españoles, aunque un cronista sostiene que su descendencia superaba la centena;  lo cual demuestra  que fue  un hombre  muy prolífico. La hija más importante fue bautizada con el nombre de Isabel de Moctezuma por Hernán Cortés, y sus descendientes recibieron el título de Condes de Miravalle. A uno de los hijos que salieron vivos de la Conquista, hermano mayor de Isabel, se le dio el nombre de Pedro de Moctezuma.  De él descienden varias líneas con los títulos de conde y  de duque. Un hijo suyo, Diego Luis de Moctezuma, fue traído a España, casándose con la noble  Francisca de la Cueva y Valenzuela, dando lugar así al linaje de España. La reina Isabel II otorgó a los sucesores de Moctezuma II el Condado de Moctezuma, que después pasaría a denominarse Ducado de Moctezuma de Tultengo.  En Ronda, Granada y Sevilla se estableció un buen número de ellos.

En lo que respecta a la comarca rondeña, la última Señora de Arriate —pueblo muy cercano a Ronda— fue la III Marquesa de Moctezuma, María Teresa Holgado y Vázquez de Mondragón y Moctezuma.  Fundadora de la Caja de Ahorros de Ronda en 1904, donó su patrimonio para obras benéficas y sociales en las poblaciones citadas. Al igual que sus hermanos, murió sin descendencia. Fue enterrada en la capilla del Palacio del Marqués de Moctezuma, hoy Museo Joaquín Peinado, situado  frente a la Casa del Gigante en el corazón del casco antiguo de la ciudad del Tajo. En una inscripción  del muro lateral derecho figuran los descendientes del emperador azteca  que están sepultados en dicho emplazamiento. Otra fuente señala como III Marquesa de Moctezuma  a  Doña María Luisa Girón-Ahumada y Canthal (1920-1956) y a su hijo Gonzalo Chavari y Girón-Ahumada como IV Marqués de Moctezuma.

En Granada, los Condes de Miravalle-Moctezuma recibían años atrás una pensión por parte del gobierno mexicano, que posteriormente éste dejó de pagar. Enumerar aquí a los más de seiscientos descendientes de Méjico y a los trescientos cincuenta de la Península —no todos con título nobiliario—,  resultaría demasiado  tedioso. Sólo añadiré que en el mes de julio de 2012 falleció en Lorca Juan José Marcilla de Teruel-Moctezuma y Jiménez, Grande de España, Duque de Moctezuma, Marqués de Tenebrón. En la actualidad, José Juan Marcilla de Teruel-Moctezuma y Valcárcel, nacido en 1958, sería el VI duque de Moctezuma de Tultengo y XVI marqués de Tenebrón. Junto a los auténticos sucesores también han existido pícaros y desaprensivos reclamando mercedes o cometiendo algún fraude.

Mi intento por saber quiénes fueron enterrados en El Lourdes ha sido un fiasco. A estas alturas, ignoro si se llevaron los restos a Sevilla o  los depositaron en la capilla del palacio antes citado.  Tengo una asignatura pendiente: saber más sobre el emperador azteca; porque me pregunto si, con tantos descendientes, no estaré también entroncado con el linaje de  Moctezuma II…

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  2. raquel

    bonito paseo por ronda al leerlo vuelvo a recordar con nitidez mi breve paso por la ciudad que mi hermana le tiene tanto cariño

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