Naturaleza impresionista. Autor: Ruth Diez Santos

Departamento de Potosí. Sudoeste de Bolivia. 2013.

Cuando la mañana del 28 de noviembre nos adentramos en la Reserva Nacional de Eduardo Avaroa  tan solo tenía una ligera idea de lo que me esperaba allí dentro.  Volcanes, lagunas y sobre todo mucho desierto. Por supuesto  ignoraba que estaba traspasando una frontera invisible a partir de la cual  lo real y lo imaginario se funden en una mirada única de belleza desconcertante.

En el cuaderno de notas que llevo conmigo voy retratando todo lo que veo y también lo que siento. De esas notas ha salido este relato de un viaje a la tierra del viejo mundo. Mucho ha tenido que ver, además, mi compañero de viaje. Un libro de Juan Carlos Mestre cuyos poemas  han hecho simbiosis con el paisaje.

Nuestra travesía se concibió en medio del bullicio de San Pedro de Atacama, un pueblo  artificial o artificioso que se nutre del turismo y en el que pasamos un par de días aclimatándonos a la altura. Viniendo de allí,  lo primero que  sorprende ante esta naturaleza  primitiva  es  una quietud   y un silencio unánimes tan solo entrecortados  por el ir y venir del viento.  A esa paz monástica que le invita a  uno a moverse con  sigilo hay que sumarle  el espacio descomunal que nos rodea,   entonces se desvanecen mis referencias y  mis  sentidos se desorientan cuando me pongo a mirar a todos lados como si estuviese perdida.

Y llegaron a los arenales,

en los arenales la tierra es brillante como escamas de pez,
la vida en los arenales sólo tiene largos días de lluvia y luego largos días de viento”

Con esa estampa en los ojos, me cruza por la  espalda  un estremecimiento de lejanía y  la extraña sensación de haber dejado ahí fuera, tras de mí, un mundo oscilante en el que se va agotando la vida.  Aquí dentro, tras esa línea imaginaria que me separa del resto de la tierra, esta región de ausencias se desparrama a mí alrededor   con la connivencia  de un tiempo  perezoso que no muestra  mucho interés en consumar las horas como si  quisiera pasar desapercibido.

Mi desconcierto se trasparenta, es el mal de la inmensidad me dirá el guía con una sonrisa en los ojos.

Aún fascinada se me escapa la mirada hacia las montañas que se resisten a desmerecer del resto y se exhiben  como vigías milenarios mostrando su  autoridad. Por si  fuera pequeño su desafío ante la planicie cobijan, además,  a los volcanes más solemnes del mundo como el Licancabur o el Ollagüe con sus crestas fastuosas que sirven de orientación al viajero. A mí lo que me asombra más son sus colores. Blancos,  rojizos, verdes, marrones, engalanan las laderas tal que unas vestiduras brotando de las mismas entrañas de la tierra. Es su manera de disfrazar sus íntimas y preciadas posesiones, oro, cobre zinc, hierro, plata, boro,  magnesio,… Cuentan los que lo han visto y oído que a veces las montañas se enfadan y hacen valer  su propio lenguaje. Tiemblan,  rugen y vomitan a los cuatro vientos, de repente se vuelven como indomables. Tal vez sea  su forma de decir ¡BASTA! Qué nadie hurgue en mi vientre, dejad que dormite un poco.

No hay camino. Hay rodadas de otros vehículos que unos ratos seguimos y otros no. El conductor boliviano sigue su ruta y a veces creo que nos movemos a merced de los vientos sin perseguir rumbo alguno. Me dejo llevar desoyendo esa voz interior que siempre se empeña en conocer el camino y me regodeo pensando que me voy alejando de la civilización.  Este remanso de eternidad invita  a ir al encuentro de uno mismo y a hacerse preguntas también perpetuas.

“Esta soledad no ha cruzado jamás el horizonte,

su vida es un valle solitario

y cuando llueve cae sobre ella el agua del arrepentimiento.”

La primera parada es para ponernos a prueba. Llegar a las casetas que hacen las veces de baños a poca distancia del todoterreno no es tan fácil  porque estamos a más de cuatro mil metros y hay que bajar la marcha. Cuando me pongo a caminar, mis pasos se vuelven cada vez más lentos  como si las piernas se hubiesen hecho a la idea de no llegar.   Es el soroche o mal de altura  que me fatiga y me frena el ritmo. Mi respiración se agita como subiendo una empinada loma e inconscientemente intento respirar más profundamente. El chofer nos anuncia en tono formal que la altura es exigente con los viajeros y que será peor por la noche.  Confío plenamente en sus remedios y en que  la aclimatación de los últimos días me sirva de algo.

De nuevo en el coche recorremos un largo trayecto aunque eso aquí es mucho decir porque el horizonte cada vez está más lejos y se me quita de la cabeza la idea de alcanzarlo alguna vez. Empezamos a distinguir  un enorme algodón bien esponjoso o tal vez sea una nube blanca caída del cielo o puede que una pista de esquí de dificultad baja. Vamos, que aquello  no tiene ninguna pretensión de ser real.  Cuando llegamos resulta ser una laguna verde claro que parece diluirse con la pátina del viento por lo que unas veces se vuelve transparente o casi invisible y otras  un delicado lienzo de tul. Ante esa perspectiva engañosa me acerco a tocar el agua en un intento de romper el encantamiento. El agua es delgada como la de verdad y al escurrirse entre mis manos, se hace manejable y obediente como un agua normal acariciando los dedos mientras me va impregnando dócilmente,  sin yo saberlo, de plomo y  arsénico. Esta laguna es casi un misterio, tal vez al volverle la espalda desaparezca para siempre como una imagen cuando deja de mirarse en un espejo. El guía dice que se me van a poner las uñas verdes. Es broma pero al cabo de un rato  echo un vistazo por si las moscas.

Hay momentos en que me parece estar en una enorme casa sin puertas ni ventanas a la calle, cuyo patio  se abre al cielo descaradamente. Me siento desprotegida,  vigilada desde todas partes sin recodo alguno que me ampare. Si le pregunto al guía me dirá que es el mal del indefenso o algo así porque tiene una dolencia para cada sensación que se alberga en mi alma.  Observo todo lo que hay  a  mí alrededor y confieso que nada de lo que he vivido hasta entonces me sirve para contemplar aquello. Es mejor resetear los sentidos y empezar de cero a mirar pausado en esta tierra que comulga con la soledad.

Se anuncia la noche que será tan estrellada como si fuese la última noche del mundo con todos los cuerpos celestes despidiéndose a la vez. El desierto es mi anfitrión  y soy víctima de innumerables  males.  Me duermo esperando el renacimiento.

“Es la hora en la que todo va a ser bendecido

El albacea de las estrellas apaga el despertador

El panadero endereza el manillar de la bicicleta

La oscuridad de la noche queda sin resolver”

Me levanto de madrugada con la impresión de tener la cabeza más grande que el día anterior pero nadie me mira raro así que no digo nada y  seguimos adelante.

De nuevo en el coche,  sin huellas y sin rastro nos topamos de pronto con estampas inquietantes. Unos pasos más allá, el vapor de agua me anuncia que hay  furtivas   grutas hirvientes. Son géiseres, humildes y reservados, eso sí. Los puedes observar acercándote todo lo que te permita el miedo. Tal vez, además de confinar el fuego bajo nuestros pies,  contengan  pócimas y brebajes mágicos que encierran misterios colosales. Estoy intranquila cerca de esos efluvios como temiendo que de un  momento a otro se desgarre el suelo  y las mismísimas tripas de la tierra salgan despedidas por los aires. Vuelvo sobre mis pasos de puntillas en un intento de elevarme y no rasgar nada.

A estas alturas del camino he descubierto que no hay dos desiertos iguales y  poco a poco empiezo a sacarle provecho a la distancia, al espacio desmedido que todo lo aleja y se revela como una ofrenda para el ajetreo del  pensamiento.

El paisaje humano es muy escaso en este hábitat que a veces imagino lunar, por remoto o por extraño, no sé muy bien. Llevamos mucho tiempo recorriendo el altiplano aunque desconozco si van pasando las horas y tan solo nos hemos cruzado con otros trotamundos  como nosotros, algunos  acompañados de guías locales y otros, solos, cruzando el desierto en bicicleta. ¡Qué valor!, me digo. Los demás habitantes del lugar, las llamas y las vicuñas, el armadillo, la vizcacha  y el cóndor, al igual que nosotros,  parece que estén de paso hacia otra parte.  Hay tanta soledad en lo que miro que en un descuido el vacío me cala hasta los huesos y me llama por mi nombre hasta envolverme por completo.

Me acompaña el aire que bufa casi siempre y lo hace con tal fuerza por delante de mi cara que a veces no lo puedo ni respirar, se escapa, me da la espalda, se revuelve  para sacudirme de un lado a otro como un trastornado. Dónde puedo esconderme si no hay refugio ni abrigo, si hasta la vegetación sale huyendo   para no dejarse domesticar.

El poder del viento lo maneja todo. Cincela,  esculpe, labra  sin cesar como un artista maniático que nunca da por terminadas sus obras. En esta tierra nadie se atreve a llevarle la contraria porque en la noche, cuando se apaga la luz, sus antojos se  convierten en fantasmas y en medio de la nada hace emerger  formas extrañas. Así se muestra ante mí el árbol de piedra en el desierto de Dalí. Su visión me deja  como suspendida en el aire de  tan frágil que parece.

Y cuando menos lo esperas, entre un paisaje inconcluso, brota un bofedal como una pequeña pradera verde salpicada de agua en la que apetece pararse un rato a reposar mientras te preguntas si esta tierra te está invitando a  quedarte o te empuja sin clemencia  a abandonarla. Es el mal de la incertidumbre. Este lo identifico con claridad porque lo padezco de manera crónica.

Y con la dudas a cuestas seguimos un poco más en medio de la flora esteparia. Nunca me ha gustado exagerar pero algunas veces no queda otro remedio. Así se presenta la  laguna colorada, como un exceso. Sus aguas hacen acopio de  los pigmentos  disueltos en ella para ofrecernos un color rojizo y los matices, desde el púrpura al rubí,  los pone el  viento  como un broche de elegancia y distinción.  A este espectáculo llegan los flamencos rosados tal que invitados a una recepción. Sin acercarte demasiado para no intimidar,  los miras comer y reposar. Sumergen la cabeza  en el fango para alimentarse y después en un gesto de arrogancia  la levantan hacia el cielo para ingerir lo retenido en el pico y de paso observar el panorama a modo de distracción.  Todo lento y acompasado.  Nada rompe su ritual en ese escenario líquido. Cuando descansan erguidos sin ningún pudor, apoyados  en una sola pata larga y fina como un palillo, parecen bailarinas de un ballet acuático, indemnes a los vaivenes  del viento como  para brindar al auditorio una lección de solemnidad. Me pregunto qué verán  cuando reparan en nosotros,  sujetos por dos patas y  aun así bamboleándonos al capricho del viento.

Otro oscurecer me encuentra espiando los cielos mientras me dejo seducir hasta los confines del sueño. A medianoche me cruzo con unos flautistas en medio de un puente lleno de hojarasca  que cruza un riachuelo. Tocan una melodía que no conozco y por mucho que se alejan nunca los pierdo de vista. Me quedo sola como si tal cosa esperando su regreso pero jamás regresan. A nadie le cuento el sueño.

Antes de asomarse el sol nos ponemos en marcha para ver cómo nace el día en el salar de Uyuni. Nos recibe gigantesco y brutal como un bárbaro que no se deja dominar por esa eterna  llanura a más de 3.600 metros de altura. Todo lo que me rodea es  sal pero bien podría parecer que lo que piso  y lo que veo es hielo.  Puestos a soñar tal vez hoy desperté en la Antártida porque el blanco me deslumbra por igual y el frío del amanecer tampoco me lleva la contraria. Avanzar ¿hacia dónde? Si no hay final al que encaminar mis pasos. Se agota mi vista.  Las órbitas de los ojos se llenan de lejanía de tanto buscar un punto en el horizonte sin mucho acierto. Dicen que con las lluvias del invierno el salar se transforma en un espejo. Supongo que entonces las ganas de recorrerlo de un lado al otro  se convierten  en un deseo fluido,  inalcanzable como tantos otros.

Hay lugares para visitar me dice el guía y se empeña en enseñarme cómo sacar fotos de pura ilusión óptica manipulando la perspectiva pero yo prefiero sentarme sin más, a leer poemas y a mirar. Quizás para instalarme definitivamente en un verso de Mestre de esos que son capaces de definir lo indefinible.

“Las estrellas ya no son lo que fueron, luces en aprietos

granujas que desaparecen en un periquete

entre los sueños pendientes de ser soñados”

Son las seis de la tarde, hora de buscar refugio  en un hotel de sal. Quiero que los bloques firmes del mineral me protejan y no dejen que  la inmensidad penetre en mi cuarto. Pienso en algún síndrome de espacios abiertos llenos de nada y  me tapo los oídos para escuchar los sonidos que tengo dentro.

Lagunas teñidas de colores  extravagantes,  montañas que compiten entre ellas para sujetar el cielo, espejismos salados, antojos del viento, manantiales de fuego. Allí están desperdigados  muchos de los caprichos que la naturaleza se concede para extasiar a todo aquel que los mira. El altiplano boliviano lo llaman. Yo lo llamo la tierra del viejo mundo.

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