Mismo futuro que destino. Autor: Martín Ezequiel Pacheco

Corría el 2008 y Martín, en un arrebato de quien todavía sigue en estado de sumisión de coraje por la presurización en el avión pero aprovechando el momento, dijo —mientras su jefe hacía respiraciones pausadas con ojos cerrados— que debían encarar un curso de portugués urgente. En su regreso de Rio de Janeiro, Martín y Roberto salieron de Ezeiza, cada uno en su auto, con la seguridad de que el negocio era una realidad con forma de estudiante.

En 2013, nuevos desafíos profesionales, junto con un ostentoso sueldo, le hicieron aceptar la propuesta de otro estudio de abogados, una cárcel más acorde a sus aspiraciones; además Martín sentía que después de casi seis años la relación con Roberto estaba desgastada. Nunca la vio del todo como una relación porque era su jefe, y siempre le tuvo el respeto que se merecía dentro del vasto organigrama de cinco empleados; pero Gabriel, su mejor amigo, lo hizo caer en la cuenta de que no había ninguna diferencia entre una novia y un jefe. “Lo ves todos los días y, mínimo, ocho horas. Te rompe las pelotas, se la pasa haciéndote preguntas y, cuando vos preguntás algo, te responde con que tenés que decidir vos. Y si se trata de hacer el amor, lo hacen cuando y como él quiere. Está comprobado. Hay un estudio de la universidad de Stanford y todo. Y viste que ellos no tienen tiempo para hacer estudios si no son primordiales”.

Martín todavía recuerda a sus ex compañeros de portugués; juntos hicieron los cuatro niveles del curso básico. En la última clase de cada nivel llevaban torta, comían y festejaban el haber terminado; durante los dos años que fueron compañeros, hacían una cena de fin de año adonde iban todos, incluido el profesor nativo. Pero lo más importante que recuerda, y que tiene grabado en su cabeza como una grieta que necesita reparar, es cuando la profesora Ana, en el 2009, mientras estudiaban la geografía brasileña, les recomendó a todos que “se hagan un tiempo y visiten Ceará, en el norte de Brasil”.

No fue por falta de medios que tardó casi cinco años en vivir la mejor experiencia de su vida, donde conoció a María. Durante esos años Martín se encontraba transitando, felizmente, su noviazgo con Natalia. Natalia era una chica de 26 años que le iluminaba las mañanas con sus dos azules pétalos. Todas las mañanas Martín se despertaba y le acariciaba y besaba los párpados; así arrancaban sus días. Los ojos de las personas siempre fueron un punto primordial a la hora de enamorarse. Los ojos no mienten, son la única parte de la anatomía del cuerpo que no envejece; Martín —como su mamá— sostenía que si se enamoraba de los ojos de una persona, iba a estar enamorado para toda la vida.

En ningún momento se le cruzó la idea de compartir el viaje. Si bien el tono de Ana reflejaba un viaje ermitaño del pasado, ausente de árbol genealógico, formador de un mundo nuevo que no acompaña el surco transitado, el hecho de no pensar en hacerlo juntos fue, tal vez, el disparador para aseverar que aquella relación tenía el mismo futuro que destino.

El viaje decidió hacerlo cuando —y porque— la relación con Natalia se terminó. Durante una cena con amigos tramitando el duelo, su mente retrocedió cuatro casilleros. De repente se encontró con el pensamiento envuelto en papel de regalo; y sólo al decirlo en voz alta lo convirtió, sin darse cuenta, en el primer acto concreto de la huida. Porque seamos sinceros: el viaje comienza mucho antes de sacar el pasajes, hacer valijas, pasar por Migraciones o subir al avión. El viaje empieza cuando los ojos sienten palpitaciones al nombrar el lugar.

Aquella noche sus amigos le recomendaron hacer un viaje para olvidarse del demonio: “viajá lejos, hasta encontrarte”. Martín, entre masticaduras, y mirando fijo hacia una playa que no había visto jamás, dijo “sí, me tendría que ir a la mierda”.

Somos una sucesión infinita de inicios y, en esa cena, Martín inició la búsqueda para que la realidad que lo inundaba cambiara, se viera distinta, para que ese torbellino que lo sacudía todos los días, al caminar por las calles que alguna vez se llenaron de colores, se resignara a visitar la indignada casualidad.

Lo que siguió en la vida de Martín en relación al viaje fueron actos sensualmente sencillos: sacar un pasaje de oferta, hablar con su jefe para tomarse un mes entero durante las ferias judiciales —más que una conversación fue una notificación—, y pensar qué llevaría: una mochila, tres libros perfectamente seleccionados, de rubros bien diferenciables que no se solapen, auriculares, reproductor digital, anteojos, protector de sol y, por último, el cuaderno para escribir los pensamientos ante la indeclinable decisión de no llevar celular.

Ese mismo sábado, libre de ocupaciones y reuniones familiares, con Notebook en mano, Martín fue a desayunar a su café favorito en Belgrano y dedicó toda la mañana a planearlo. Es decir: sabía que visitaría varias playas en Ceará, sin embargo debía analizar cuáles —por cercanía y atractivo— teniendo en cuenta el menor tiempo de viaje entre cada una de ellas. Viajar no implica movilizarse kilómetros, sino conocer gente, estar en contacto con uno mismo sin obligaciones de tiempo y lugar, hacer las cosas que la ciudad quiere que hagas. Pero había un hecho que a Martín lo seguía desde el núcleo de su ser. En realidad, Martín ya lo sabía; siempre lo supo. Pero a diferencia de saberlo, durante la planificación —a pesar de amar la palabra proyecto Martín sabía que un viaje no era uno— se percató de lo estructurado que era a partir de la Abogacía. ¿Martín era estructurado por la Abogacía o esta se estructuraba para él?

Dejando de lado las comparaciones con su cotidianeidad, a Martín le resultaba asombroso ver cómo muchas cualidades o reglas, que debía seguir cuando trabajaba, lo establecían para vivir, como leyes estrictas que no pueden romperse y que condicionan sus días.

En aproximadamente cuatro días —si sumamos todas las horas dedicadas— de averiguar, analizar, buscar en internet y leer recomendaciones, finalmente, Martin tenía todo planeado. Incluso aprovechó un momento de inspiración para redactar las reglas que, paradójicamente, tenía que romper. Básicamente visitaría todas las ciudades que había anotado, sin un tiempo fijo, y debía conversar con al menos dos personas en cada lugar. A su vez, y para poder llegar al final de la travesía —lo mejor para el final, punto fundamental en cualquier viaje—, no se podía quedar un tiempo mayor a seis días. Es decir: si una ciudad le gustaba extendería su estadía, pero si el lugar no lo llenaba, se iría con la emoción de saber que conocería una ciudad que no estaba en su plan inicial; así, por primera vez, Martín dejaba que una pincelada de azar tiñera la tela de su vida.

Los días previos al viaje fueron los peores. Su mente estaba en un trance en el que vivía sólo pensando en viajar; incluso, hasta cierto punto, se fue sin pensar en el regreso, como los auténticos guerreros.

Un país, un mes: seis ciudades, seis días. El avión salió el dos de febrero y regresó el tres de marzo. La ruta de viaje abarcó las ciudades de Fortaleza (obligado por el avión), Cumbuco, Morro Branco, Sertão, Canoa Quebrada y Jericoacoara como destino final. Había averiguado y en todas practicaría su oxidado windsurf -ni hablar de su portugués- y, lo más importante de todo, conocer distintos viajantes.

Martín pensaba que era de una simetría particularmente especial encontrarse a otros viajeros en su misma situación. ¿Cuánta gente recién separada emprende un viaje para desintoxicarse? ¿Cuántos viajan en pareja para afianzar la relación? Pero Martín se llevó la sorpresa de encontrarse con gente que viajaba, en efecto, por el fin de disfrutar de la acción de viajar.

Fortaleza. Día 1

En Fortaleza lo que más lo sorprendió al llegar es que era una ciudad común y corriente; eso le quitó todo peligro de asombro. Sin embargo decidió sacar provecho de la situación y usarla como puente, como transición del Martín que llegó y el que viajaría. Tenía la esperanza de que después ya nada fuera lo mismo en su vida.

En Fortaleza hizo las cosas elementales: fue a las playas —que ya de por sí eran mejores que en Argentina—, a la bahía a comer camarones y caminó —y lloró— en el muelle mientras se producía el tradicional avistamiento de delfines. El segundo día llegó hasta los acantilados del sur, en los barrios pobres. En el faro pensó que al menos, esa noche, habría dos que no podrían dormir: el faro y él; durante las noches cocinaba en el hostel para reducir gastos, pero además para poder compartir la mesa con otra gente; se hizo amigo de un francés y su novia que, tras vivir cinco años en China, habían decidido mudarse a Brasil —mientras escuchaba la historia Martín pensó qué lindo debía ser encontrar su lugar en el mundo—.

Pero lo que más gozó fue Praia do Futuro: la mejor playa de la ciudad. La dejó para el último día para despedirse a lo grande: bebiendo, disfrutando de una comida en compañía de alguno de los libros. Pero el clima no conoce compasión, y ese jueves el viento decidió traer nubes. Lejos de entristecer, Martín, como cualquier persona que busca señales constantemente, se tomó el colectivo sin dudarlo: no había un alma. Martín caminaba por la costa sin siquiera sentir el miedo de un lugar inexplorado. Eran ellos solos: Martín y el mar. El sol había decidido desaparecer, Martín aprovechó la ocasión para hacer algo que tampoco estaba en sus planes pero por lo que habría gastado su —escasa— fortuna para conseguirlo: deprimirse; hay algo atrayente del mar y los días grises, como si el ser depresivo que llevamos dentro necesitara de esas pequeñas dosis de dolor para controlar nuestra adicción y que, paradójicamente, nos hacen valorar y atesorar lo que llamamos felicidad. Fue el mejor día de todo Fortaleza: el viento dulce golpeando sus pelos lo hacían sentir más vivo que nunca, las olas saladas, rompiendo sobre sus hipnotizados ojos en el vacío de la orilla, todavía lo desvelan por las noches, la piel se erizaba al sentirse otro grano de arena entre esa diminuta inmensidad. Se quedó hasta tarde, hasta que ya no podía ver el mar; para su sorpresa, cuando la luz desapareció y los bares, cerrados, desistieron de prender las luces al menos por compasión, pequeños cangrejos comenzaron a desfilar, asustados, en diagonal hacia el mar. Era más fuerte el miedo de ser pisados que su asombro; en ese momento Martín no podía pensar que estaba viviendo el 2012. Lloró durante todo el trayecto de vuelta.

La mañana siguiente, y dos colectivos después, se subió al ómnibus.

Cumbuco. Día 7

En Cumbuco el lugar parecía de telenovela: una calle principal de apenas cinco cuadras y el hostel alejado del centro. Por un error de cálculo tuvo que volver caminando con la mochila a cuestas casi treinta cuadras; pero durante el trayecto lo único que podía sentir era adrenalina. Había elegido esa ciudad por una sola razón: la laguna era el lugar ideal para practicar windsurf, y fue lo que hizo durante los seis días que se quedó. Todas las noches cenó con una pareja que hacía diez años festejaban el año de casados en el mismo lugar adonde se habían conocido, repitiendo la misma rutina. “Una constante primera vez” solían decir; se los veía alegres, felices, y más de poder compartir la experiencia con Martín. Para él, poder ver parejas que todavía se seguían amando era como una bendición.

El hostel, una casa antigua remodelada, con hamacas en las palmeras y cuadros pop art, se encontraba a dos cuadras del mar. Se sentaba a leer y a disfrutar del viento, que no es el mismo que sentía en los alrededores de Fortaleza: ese viento estaba libre de regulación. Fue la única ciudad en donde mantuvo cierta rutina, basada en el horario en el le recomendaron ir a practicar; desayunaba como si fuese un almuerzo y leía hasta las dos de la tarde —Martín se percató de que a esta altura era indispensable un reloj, pero se dejaba llevar por los horarios del lugar— y de ahí se iba. Al volver, se duchaba y filosofaba con Henrique y Juliana. Con la claridad y el silencio mental que consiguió leía casi cien hojas diarias. Fueron los primeros días que sintió haber abandonado toda clase de civilización y eso, lo emocionaba. Apenas si veía un puñado de personas en el mercado por ejemplo, siempre tan vacío que se preguntaba cómo hacía la ciudad para sobrevivir a esa devastación turística.

Morro branco. Día 13

La última noche en Cumbuco, mientras miraba el itinerario y hoteles para ir hacia Canoa Quebrada, por un error pagó la reserva en el hostel de Morro Branco. Morro Branco quedaba hacia el sur, pero desde Cumbuco era mejor ir hacia Canoa Quebrada. No obstante como si se tratase, aunque no lo creyera, de otro crecimiento personal, Martín dijo en voz alta “No me voy a enojar: por algo se dio” y se desligó de toda la violencia que le generaba el hecho de equivocarse.

No le hizo gracia saber que para llegar a Morro Branco tenía que tomar un ómnibus hasta Fortaleza y otro para recorrer 90 kilómetros hacia el sur, pero aprovechó para descansar físicamente. Martín sabía que al llegar a Beberibé tomaría el 192 hacia el este pero, como caía la noche y le preocupaba no encontrar el lugar, decidió no jugar con su suerte y se tomó un taxi. Morro Branco era, literalmente, la cidade antiga, con calles de piedra y tres luces en sus veinte manzanas. Vivían con la puerta de sus casas abierta, sin sillones pero con hamacas, disfrutando de la oscuridad y de la única luz que se ve y que sirve para iluminar el mundo desde tiempos inmemoriales: la luna.

Para cuando llegó el hostel estaba vacío. Lo sorprendió pero, lejos de asustarlo, se sintió en un lugar oculto, secreto incluso del mundo. La calma y la paz que administraban el hostel lo sometían al punto de mimetizarse con las mascotas de la dueña, que muy gentilmente preparaba, y lo esperaba, para desayunar. Se llamaba Theresa y era la hija de la dueña, que había fallecido hacía cuatro años. Compartían la mañana con preguntas sobre el idioma, la realidad bien diferenciada de los dos y de sus vidas. Durante las tardes leía y disfrutaba de una playa rechazada: se debía bajar un acantilado para llegar. Pero lo que más le gustó cuando investigó era el Morro y su laberinto: una colina de aproximados veintidós metros de alto que estaba empecinado en escalar. En la cima se encontraba el famoso faro de Beberibé. La primera vez que llegó, entendió por qué era famoso: se podía ver toda la ciudad carente de edificios, el acantilado y la playa. La última noche, como si el universo quisiera regalarle una foto inconsciente, involuntaria, la luna tenía una aureola de luz a los costados como si fueran los mismísimos anillos de Saturno. Es increíble, pero hasta las estrellas, tímidas, desaparecían ante su magnificencia; costaba mucho encontrar una. La luna aparecía tipo tres de la tarde, con mucha fuerza, y siempre que la veía Martín pensaba que estuviera en donde estuviera, y fuera como fuese, había alguien más viendo la misma luna. “Por suerte”.

El don de Martín nunca fue dibujar o escribir —apenas la fotografía—, pero no pudo contener las lágrimas y decidió retratar la imagen en su diario. Nadie que vea ese dibujo, jamás, podrá sentir —más allá de la risa que pueda generar— la energía que intentó plasmar en la hoja, con una simple birome negra, pero a Martín le sirvió —sirve y servirá— para no olvidarse de que esa luna no era una luna, era un pomelo gigante levitando en un cielo sin dimensión. En ese momento no le importó cuán lejos estaba ni que la luna, su luna, tuviera diferente tamaño que la de los demás terrestres, y se sintió extraño: extrañaba a su familia y amigos, pero sentía que estaba mirando al mundo desde la ventana de un colectivo, que el mundo continuaba existiendo a pesar de él; Martín pensó que así seguiría la vida con su muerte, que se extrañarían mutuamente, a lo lejos.

Canoa Quebrada. Día 15

El fundamento principal de este relato, pasó en Canoa Quebrada. Los viajes tienen destinos que no son los que nosotros pensamos, y las señales del universo nos llevan a lugares a donde no teníamos la oportunidad de ir. Si Martín no se hubiese equivocado de recorrido jamás se habrían conocido. Así, cree y quiere creer, es la casualidad de haber conocido a María.

El último día en Morro Branco, al notar que perdería un día viajando, Martín resignó Sertão. Volvió los 90 kilómetros hacia el norte para así recorrer 250 hasta Aracati. Al descender el ómnibus supo que había sido la decisión correcta.

Todo el lugar estaba impregnado de alegría; las primeras cuadras desbordaban en colores. El hostel estaba sobre la peatonal que, paradójicamente, era casi la mitad de la ciudad fundada en 1960 por un grupo de cineastas franceses pertenecientes al movimiento “Nouvelle Vague” (Nueva ola) y hasta Martín pensó que había encontrado su lugar en el mundo. Las primeras dos noches fueron tranquilas; durante la tercera, mientras leía tomando una cerveza, conoció a dos enfermeros españoles que estaban vacacionando luego de seis meses sumergidos en Haití. Ellos se habían hecho amigos de una maestra italiana que llevaba seis meses viajando y entre los cuatro comenzaron a hacer cosas juntos: playa, cenar, bailar, etcétera. Al cuarto día conocieron a João y a Eva, una joven belga que hablaba mejor español, portugués e inglés que Martín y sus compatriotas.

Francesca, de Milano, conocía a un chico local que les proporcionaba información sobre adónde salir. El día que tenía marcado como el último coincidió con la gran fiesta “Lual”. Una fiesta en la playa organizada por una barraca, evento catalogado como único en todo Ceará. Y nuevamente Martín se encontró con la tristeza. Pero, como si se tratase de otra batalla personal ganada, cayó en la cuenta de que no existía impedimento alguno que le permitiera retrasar Jericoacoara, un día más. Habló con el encargado del hostel y, tras conseguir extender su estadía, decidió disfrutar de “Lual”.

Y sí que la disfrutó.

Esa noche cenaron juntos y se quedaron en el hotel hasta pasada la una. Para acceder a la fiesta debían bajar un acantilado; ya desde el primer momento en el que Martín divisó, a lo lejos, un sendero iluminado rústicamente con un cable y lámparas, supo que aquello era el presagio de una noche para encapsular y coleccionar. “Tierra perdida en tiempo y lugar”, pensó. Las paredes de arena seca se habían convertido, a partir de la luz en convergencia con la luna, en un túnel rojo volcánico. Cada paso le aceleraba el corazón. La inyección de adrenalina le latía en las venas oculares y las piernas debatían para no desmayarse. Cuatro insignificantes minutos después encontró el paraíso que había ido a buscar: una casa solitaria, puramente de madera, sin nada más que arena, una fogata de leños vivos, el mar de fondo y la luna aprobando —y autorizando— aquel ritual que, sin ninguna duda podía —y Martín pensaba incluso que debía—, tratarse del mismo generado en 1960. La música le disparaba a Martín toda clase de sensaciones, debatiéndose entre saltar alegremente o tirarse al mar.

La escena era increíble. Parecía un escenario de Hollywood. La gente estaba en un plano de autosatisfacción comparable, tal vez, con el de salir campeón; la música, fuerte, pero con un ritmo suave que no era invasivo y el espectáculo de la naturaleza de fondo: la luna pintando el mar, las olas queriendo tocar esa atrayente explosión producida por el fuego, todos bailando como si no hubiese nadie más en todo el universo. Literalmente indescriptible. Así era. “Tal vez por esto es que dicen que los brasileros son las personas más felices del planeta”, pensó. Tan indescriptible que durante un breve lapso de pérdida de concentración, Martín se hipnotizó mirando una mujer que bajaba por aquel laberinto; y como si supiera que el peor riesgo es no arriesgarse, fue a su encuentro como si supiese, además, que podía hablarle y lo entendería. Se llamaba María y había llegado el día anterior de Pipa, una ciudad más al sur. Era la tercera vez que visitaba Brasil y que iba a “Lual”.

Fue el enamoramiento más rápido que sintió Martín en años; pero rápido no era Martín, que estuvo hasta lo último sin revelar sus sentimientos. “Es una mierda no poder decirle a alguien que estás enamorado la primera vez que hablás sin que te considere loco”. Y se encontró en ese lugar y posición a la que había jurado no volver: entre elegir entre sexo fácil y vacío o una lucha desigual y duradera.

Las cosas hermosas no buscan ser el centro del espectáculo. María también había tenido esa misma sensación, pero pensó que podría deberse a la energía reinante en esa atmósfera, a pesar de haberla ya experimentado; pensó que su futuro no estaba inundado, o que pudiera extender esa magia, esa huella, ese amor, a su vida. Pero lo había sentido tan claro como Martín.

Se quedaron bailando juntos hasta casi las siete de la mañana, ya sin el grupo, cuando la música dijo basta y, de a poco, se fueron dispersando con la lentitud de los recién nacidos. María le demostró una frialdad rotunda, pero se deprimió al enterarse de que Martín debía tomar un micro. Se despidieron con un beso en la mejilla, un beso que escondía un secreto. Le pidió que le regalara algo para recordarla toda la vida, y le regaló un orgasmo en el oído. “Vení conmigo” gritó Martín mientras se alejaba; María repasaba a la velocidad de la luz los sentimientos que había estado reprimiendo durante toda aquella fantasía. María sonrió, pero no respondió; lo que ella no sabía es que para él, también, no contestar era una recontra respuesta.

Martín desayunó y, después de despedirse con cada uno del “club de los cinco”, y de prometer volver a encontrarse, se dirigió, casi resignado casi cabizbajo, hacia Jericoacoara. Aquella emoción de viajar se había quedado en “Lual”. En María.

Jericoacoara. Día 21

Después de lo ocurrido Jericoacoara, Jeri, pasó como pasa los días un ventilador.

El viaje culminó como si se tratase de su propia muerte: Martín no dejaba de pensar en María. Conoció un alemán que llevaba años viajando y buscando la mejor cerveza. El “mundial de cervezas” lo llamaba. Una noche Martín lo acompañó y se dio cuenta de cuán fuera de ritmo estaba; otra noche, fueron a ver una película a orillas del. Martín vivió con la ilusión constante de llegar al hotel y encontrar a María. La quinta noche los franceses lo invitaron al forró. De madrugada, Martín dijo basta y volvió caminando solo, con mucha paz. Las calles de Jericoacoara están deshabitadas de vehículos (están prohibidos) por lo que la caminata no significaba ningún riesgo.

Debía ser lo mejor, el lugar que desde 2008 debía conocer e iba a cambiar su vida, donde experimentar el mindfullness del que tanto había leído, pero como siempre el destino no planea cuándo nos llegan las cosas. Martín no podía dejar de pensar en Canoa Quebrada y en esos ojos. Las palabras van y vienen, se dicen o no, pero los ojos no mienten. Y los ojos de María proclamaban el amor más puro que había sentido en su insignificante vida de abogado. Aquellos ojos eran como el mar y el fuego: bravos, directos, simples.

Martín solía reír cuando escuchaba sobre el destino, la persona predestinada, el karma y otras píldoras como placebos que intentan dar sentido a algo que no tuvo nunca. “Todos estos momentos se perderán, como lágrimas entre la lluvia”, es lo último que escribió el último día, sentado por última vez, ante su último desayuno.

Cuando escuchó la voz que lo trasladaría al aeropuerto, se levantó y, desde la entrada del hotel, se despidió de Brasil.

Jamás la volvió a ver.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s