Mi viaje a Colombia. Autor: María M. Gras

Siempre recordaré este año 2015 como el año en el que aprendí a bucear. Y no me refiero a hacerlo en mares tranquilos ni en océanos lejanos, sino a bucear en mis profundidades, en mis propias tempestades. Se supone que la vida es una lucha, una acción inagotable. Solo ahora veo que la mayor parte de mis energías se habían dedicado a la simple búsqueda de cobijo, a amadrigarme, a esconderme de mí y de los demás. En muchas ocasiones la curiosidad me había expulsado de la comodidad pero no con la suficiente intensidad, a medias, siempre a medias.

Suelo viajar sola. Algo de un destino me atrae y voy hacia él. Fue Colombia esta vez. Necesitaba huir del frío seco de Madrid, de la falta de aire, de las mismas conversaciones, de las mismas caras. Deseaba escapar de mí, de mi mente rumiante que llega a agotar, demasiado tiempo para pensar cuando se está desempleado. Para mis anteriores viajes me había preparado con mucha más antelación, con mucho más detalle. Buscaba seguridad, orden, control, planificación excesiva. No fue así esta vez. Viaje a Colombia decidido y cerrado en apenas unas semanas. Ahora sé y reconozco que mi manera de afrontar un viaje era limitante, pero no puedo volver atrás ni castigarme por ello. Vivía en una permanente contención. Sentía, sí, pero a medias, siempre a punto de todo, atrapada dentro de los muros que yo solita había erigido. Enfrenté este viaje como una prueba, como un experimento. Estaba abriendo una puerta para que mi verdadero yo saliera, actuara, se moviera un poco más libre, casi volando, superando miedos.

Aterricé en Bogotá. Enseguida comienzo a respirar el caos que venía buscando, el desorden que deseaba que me desarmase y que penetrase en mis poros. “Lleva mucho cuidado si vas a La Candelaria”, me dijo alguien que conoce bien la ciudad. “No es recomendable ir a ese barrio a determinadas horas”. Percibo, inquieta, el estupor en la cara de los recepcionistas del hotel cuando pido un taxi para ir a La Candelaria por la noche. No voy a abandonar mi lado cauto, pero no iba a permitir que me paralizara, ni dominara. “He quedado con un amigo que vive allí”, les dije. Entendí su desasosiego, agradecí que quisieran protegerme, pero mi respuesta pareció tranquilizarles. No era un amigo, de hecho apenas lo conocía, solo habíamos mantenido unas conversaciones en un chat. Me lancé, me fié de mi intuición. Deseaba tanto despojarme de mis barreras, quitar capas de sedimento que me ocultaban, que esa noche debía ser diferente. Hablamos sin parar durante toda la noche, una cerveza tras otra, comimos algo, seguimos bebiendo. Me sorprendí de lo segura que puedo comportarme cuando estoy relajada, cuando soy, sin querer aparentar aquello que no nace de mi verdadera naturaleza. Jamás dejaré de ser introvertida, pero había quedado con alguien que intuía merecía mucho la pena y no deseaba que se quedara con solo mi primera cobertura, con un ser distante, frío, como tantas veces me han reprochado. Perdimos la noción del tiempo. Estaba con él, pero a la vez sentía en las mesas de alrededor sonrisas, conversaciones animadas, vida, miradas centelleantes. Amigos que se prestan la atención que cada minuto merece. Que no olvidan que su país ansía crecer buscando abandonar poco a poco su historia sangrienta. Deseaba dejarme llevar por él. No quería volver a mi hotel. Amanecimos en su casa de La Candelaria. Desayunamos en la terraza, mientras ensimismada, observaba las terrazas de las casas históricas que nos rodeaban, parcialmente destartaladas, con sus muros derruidos, repletos de agujeros de los que tímidamente salía luz, como una pequeña esperanza en las dificultades. Conmovida y atenta escuchaba lo que este nuevo amigo quería contarme acerca de lo difícil que era vivir en este barrio en una época que parece haber quedado atrás. Época extremadamente violenta, en la que demasiadas armas y balas perdidas convivían con ellos como un vecino más.

No podía olvidar mi intención con la que partí a Colombia. Deseaba abrir puertas, dejarme conocer. Sentí tras esa noche una tierna alegría tímida, siendo consciente que había abierto algunas de las compuertas que con tanta fuerza mantenía bloqueadas. Se apoderó de mí una sensación muy desconcertante, como si no fuera yo la que había pasado esa noche con él. Me costaba reconocerme en esa mujer que se había entregado al momento presente, que había conseguido dejarse ver, comenzar a crear una relación, con mis y sus palabras sinceras. Sin embargo, sí era yo la que estaba esforzándose en desenterrar mis verdaderos deseos, dejar que afloraran, que comenzaran a fluir libres.

Bogotá seguía siendo un experimento y encontrarme con Luisa formaba parte de él. De nuevo, me fié de mi intuición. No hablé mucho con ella antes de encontrarnos, pero sabía que desde niña había vivido en Bogotá. Confiaba por esto que seguiría ofreciéndome más lados de esta ciudad que percibía tan viva. Paseamos tranquilas, mientras me contaba su visión de la historia de Colombia, su visión de la guerrilla y el narcotráfico. No obvió ningún detalle, siendo consciente que eso todavía existe y forma parte del país, pero…”no confundamos la parte con el todo”, recuerdo bien que esas fueron sus palabras exactas. Mientras conversábamos relajadas, le pedí que buscáramos alguna librería, “Me encantaría leer a algún autor colombiano, más allá del archiconocido Gabriel García Márquez”. Ella no conocía ninguna novela que reuniese lo que yo quería saber. Entramos en una librería enorme. Me emocionó la amabilidad, la cercanía con la que el vendedor respondió a mis preguntas. Con un sentido del humor que admiré, nos dijo que la mayoría de los libros rezuman sangre y mucho dolor, mientras que percibí al mismo tiempo su deseo que eso quede en el pasado. Ojalá gracias al Proceso de paz, el mundo vea una Colombia diferente, una Bogotá diferente.

Sentía que tenía a mi lado a una mujer independiente pero a la vez frágil, con miedos, que teme tomar un taxi en Bogotá si no lo ha concertado previamente. Percibí su independencia y coraje mientras me describía los 3 años en los que trabajó en una aldea aislada cerca de la frontera con Panamá. Admirada le dije que me sorprendía su valor para vivir allí, ocupando un puesto de psicóloga, ayudando a la rehabilitación y reinserción de los paramilitares y siendo intermediaria del gobierno colombiano. “¿Y nunca sentiste miedo?”, le pregunté. “Sin duda, pero creía en el valor de mi trabajo y eso era suficiente para continuar, a pesar de que hubo ocasiones en las que agresivos, venían a buscarme a casa porque no estaban de acuerdo con mi papel allí” me respondió, con una seguridad asombrosa y sin perder la dulzura que su acento imprimía en cada palabra. Nos despedimos. Volví al hotel con una enorme sonrisa. Más experiencias, más pruebas, reconociendo enfadada todo lo que había dejado de vivir en anteriores viajes por no hablar claro, por no escuchar profundamente, por no atender cada momento.

Tanto necesitaba estar rodeada de gente, como disfrutar y respirar mi soledad. Dediqué los últimos días en Bogotá a pasear, observar. No buscaba nada concreto. Ciudad llena de caos, amasijos imposibles de edificios recién construidos y otros que nadie pretende arreglar. Mezcla de calles perfectamente asfaltadas y cuidadas, con otras en las que no se puede quitar un ojo del suelo o es probable que perdiera un pie en cualquier socavón que nadie ha tratado de cubrir.

Paseo por el parque de la avenida 93, rebosante de jóvenes profesionales que aprovecha un descanso del trabajo para comer. Trataba de ponerme en su mente, percibía su voluntad y esfuerzo formando parte importante de multinacionales que apuestan por este país. Veía cómo lucía el sol y cómo sus caras resplandecían sin importarles que el resto del mundo, atrapado en su etnocentrismo, no los reconozca y los califique, con una soberbia sin límites como una república bananera. Es necesario tener paciencia, quizá tiempo para que consigan asentar las bases de un crecimiento económico. Y me imaginaba que pronto yo estaré como ellos en cualquier parte del mundo, deseando crecer, aprender y que se reconozca mi valor como profesional que ahora, no pasa por un buen momento.

En todos mis viajes combino grandes ciudades con playas tranquilas. Aterricé en Cartagena de Indias. Bofetada de humedad, de caos caribeño. El aeropuerto aparece casi incrustado en un barrio de casitas bajas, algunas coloreadas y otras medio coloreadas que no han soportado el hambre del sol intenso. Dormí la primera noche en una casa colonial convertida en hostal. La elegí por el enorme balcón que tenía, en el que esperaba podría leer y escribir. Demasiado ruido por la noche, constante ajetreo de coches de caballos en las calles empedradas, gritos, cánticos…. Observo las casas de alrededor, miro a través de las ventanas, casi entro en su intimidad…

Al día siguiente me esperaban en el muelle para coger la lancha hacia las Islas del Rosario. Tras una hora de viaje respirando el mar Caribe con los ojos cerrados, dejándome abrasar la cara por el sol, llegué a la Isla donde me alojaría por unos días. Enseguida pude entrar en la cabaña que iba a ser mi habitación. Solo 6 cabañas conforman el hotel. La mía miraba de frente al mar, en altura, excitada con solo pensar que iba a dormir y a despertarme con el mar como única compañía. Descubrí que no había restaurante y que era Osvaldo, el administrador del hotel, quien tomaba la comanda del desayuno y de la cena. Cada mañana y cada noche venía a la habitación con su enorme sonrisa para preguntarme que me apetecía tomar.

Me cuesta dormir más de determinadas horas y, aún con el efecto relajante del mar, a las 6 de la mañana ya estaba despierta cada día. Inquieta, agitada, me cuesta callar mi mente, pero pensaba: “¿Dónde vas? ¿Tienes prisa alguna?”. Peleaba por volverme a dormir tirada en la cama, mirando al infinito, sintiendo como las olas casi me rozaban los pies. De nuevo sueño profundo, placer absoluto, solo interrumpido por Osvaldo quien suavemente golpea la puerta para avisarme que el desayuno ya está listo.

Me apetecía caminar un poco. Contraté un guía local para conocer el único pueblo de la isla. Le pregunté si podía ir con chanclas o necesitaba usar un calzado cerrado. Según le preguntaba, imaginaba cómo se estaría riendo por dentro, mientras veo que la mitad de la gente que nos encontramos caminan descalzos. Me cuesta renunciar a mi lado previsor y organizado. Prefiere no responderme, pero sentía como sus penetrantes ojos verdes se me estaban clavando. Ojalá todos nos miráramos con esa intensidad, libres de cortinas detrás de las que nos escondemos. Me espanta que la mayoría de los jóvenes con los que nos encontramos en el paseo, están perdidos en las pantallas de sus teléfonos móviles. “Pero… ¿Si apenas llega la luz eléctrica?”. Me estremecí, sentí rabia, dolor al pensar cómo nos han vendido la necesidad, casi adicción, de vivir adheridos a una pantalla. Incluso en un pueblo como este, donde no sé ni siquiera como sobrevive una antena o lo que sea que les asegura la señal. Me detuve unos segundos a fotografiar a unos niños que acaban de salir de la escuela. Mientras la mayoría del pueblo apenas cubre sus cuerpos con ropas muy livianas, ellos van muy bien vestidos, falda, camisa, corbata, calcetines, zapatos rígidos… Me gusta esa muestra de respeto al colegio pero “¿Para qué?”, pensé, “¿Tendrán un futuro mejor?”. Creo en la educación como la base de un país que persigue crecer, si bien, no sé si este país y sus dirigentes así lo creen y lo defienden como yo desearía. Ojalá la falta de oportunidades no desanime a estos niños. Acepto un paseo en kayak por la laguna. Sensación de aire, de estar allí y a la vez en ningún sitio. Me relajo, me evado, podría quedarme tumbada inerte, incluso durmiendo durante muchas horas.

Por fin se van los turistas que acudían a la isla a pasar unas horas y a los que luego devolvían a sus lujosos hoteles en Cartagena. Me impresionó y me gustó saber que estaba sola, que era el único huésped que esa noche iba a dormir en el hotel. Disfruté del silencio del atardecer en la arena, en un rinconcito donde guarecerme del viento que cada tarde soplaba con fuerza. Necesitaba bañarme para soportar el calor. Antes de lanzarme al mar me senté en el muelle, dejándome mecer suavemente por el aire. No opuse resistencia. Conseguí no pensar en nada. Placer indescriptible. Nada y todo en un momento. “¿Por qué he llegado aquí?” pensé, mi mente bulliciosa no aguantó el silencio por mucho tiempo. “Por escapar, por respirar, por conocer, por no volver a lugares conocidos. ¿Estoy huyendo?, no, solo busco tomar aire. Deseo seguir viajando y… ¿si vacío mi casa en Madrid y vuelvo? Sigo teniendo ahorros para poder hacer esto. Estoy bien en Madrid. Podría estar tan bien en otro sitio.”

Abandoné la quietud de la isla y volví al bullicio de Cartagena de Indias. Sonreí mientras salía del hotel en una de las calles principales y ya empezaba a oír música, a sentir vida. Quería conocer la ciudad. Caminé por la muralla, escuchando la historia que cada una de sus piedras podía contarme. Sentía el sol abrasador en mi espalda, pero valía la pena ver la ciudad desde esos muros. Subí y bajé escaleras, entraba y salía del recinto amurallado. Solo los balcones rebosantes de flores multicolores hicieron que me detuviera para observar, para distinguir los colores, los olores.

Necesitaba refugiarme un poco del extremo calor y volví al hotel. No quería olvidar lo que había sentido ese día y me senté a escribir en el patio bajo la frágil sombra de un platanero. Imposible que yo centre mi atención en un solo punto. Vi que un chico abría la cancela exterior y recorría sigiloso el patio, sin mirarme. “Puede que haya salido a comprar algo”, pensé. Entró con una bolsa de plástico. Intuía que nadie le esperaba en la habitación. Parecía tímido, con la mirada perdida. Lo vi de nuevo al día siguiente mientras desayunábamos, desprendía tranquilidad. Leía concentrado. Quería saber qué estaba leyendo pero no alcanzaba a distinguir el título del libro. Desapareció y me quedé sola en el patio. Salió de su habitación con un kipá. ¿Por qué antes no y ahora sí? Sigue retraído, distante, no me mira, como si no existiera.

Tras dos días durmiendo en una habitación sin ventana, cercana a la asfixia, me ofrecieron cambiar a otra mejor. Cedieron a mi persistencia. Insistí cada día, mañana y tarde en que esa no era la habitación que yo había reservado. Me encantó mi nueva habitación. Una luz cegadora penetraba por las enormes ventanas coloniales. Sentada al lado de una de las ventanas, me distraje mirando hacia dentro de las casas de la gente corriente, observando qué hacen un domingo cualquiera. A través de los barrotes de las ventanas, veía en todas las casas mucha gente reunida, sentada alrededor de una mesa. Jugaban a las cartas o a algún otro juego típico. Eché en falta lo que en Madrid nos acompaña en casi todas las casas… Nos acompaña o… ¿nos aísla?: No había televisor, ni un teléfono móvil sobre la mesa. Me contagiaron la tranquilidad que desprendían. Sosegados, sentados plácidamente,  mirándose a los ojos y parloteando, sin prisa, sin atropellarse, solo hablando y escuchándose.

Quise conocer algunos barrios a los que no era recomendable llegar caminando. Decidí comprar un billete para dejarme llevar en una chiva, un autobús turístico. Mientras esperaba a la salida, le pedí a una señora sentada a mi lado si sería tan amable de hacerme una foto. A lo que enseguida respondió que por supuesto y que luego le hiciera yo otra a ella. En el banco de atrás, otra señora nos observaba callada, detrás de unas oscuras gafas de sol. En el banco de delante, vi a otra más joven y más inquieta, preguntando sin parar, queriéndolo saber todo sobre Cartagena en un minuto. “¿Viajas sola?” Me preguntó la señora sentada a mi lado mientras buscaba la mejor posición para tomarme la foto, “Sí” le respondí. De momento, solo estas cuatro mujeres esperábamos en el autobús. Cuatro mujeres viajando solas. Hablamos. Estábamos de acuerdo en que no necesitamos compañía, pero agradecemos habernos encontrado. La conversación comenzaba a animarse, como si nos conociéramos de más tiempo. Compartíamos las ganas de conocer, de observar, de vivir con o sin compañía. Gracias a ellas disfruté de un día muy agradable. Nada mejor que no buscar nada, para descubrir personas con las que disfrutar de con unas horas inolvidables. Hoy es el día en el que más fotos tengo, de repente me encontré con decenas de fotos acompañada por 3 mujeres viajeras.

Acabé la jornada cenando en una de las cevicherías que mejores opiniones tenía en una web de viajes. Craso un error, solo una camarera se salvó. El resto de camareros perdieron la sonrisa en algún sitio muy lejano y no fueron capaces de recuperarla. Si algo he aprendido es que todo se puede arreglar y en los días que llevaba en Colombia, no se me había hecho complicado encontrar una sonrisa. Atraída por la música estruendosa, me senté en una terraza de un bar mínimo dónde apenas quedaba un hueco vacío. Estuve toda la noche hablando con el dueño, Donald, un colombiano enormemente sonriente. Tras varios mojitos, nos dimos la mano para despedirnos, “¿Cuándo vuelves?” me preguntó, “Mañana”, le respondí, “Me gusta ir donde me tratan bien”.

Entré en el hotel y moví la mesa donde había dejado el ordenador. Quería acercarla a la ventana para que la luz de las farolas me iluminara, para que me vieran mientras escribía. No tengo nada que ocultar, como el resto de mis vecinos de calle. Me emocioné al pensar que al día siguiente, después de dos amaneceres en una habitación agobiante y gris, sería la luz del sol la que me despertase.

Necesitaba más playa y volví a las Islas del Rosario, esta vez a Playa Blanca. De nuevo haciendo cola en el muelle atestado de turistas. Subí a una lancha muy destartalada. No me inquietó lo más mínimo. Voy aprendiendo a relajarme. Pienso que lo peor que puede ocurrir es que volquemos, bueno, flotaré y nadaré. Solo pienso en lo poco de valor que guarda mi mochila. Observo curiosa a quien conduce la lancha. Cada cierto tiempo unía dos cables. Parece peligroso y no sé cómo se mantienen ahí suspendidos. Es solo un elemento más de una lancha construida con parches. Intuyo que algún día los medidores de algo, de velocidad o de revoluciones o de lo que sea cumplieron su función, hace tiempo que no miden nada, que ni se mueven. Llegamos a Playa Blanca. Es fiesta nacional ese día, no hay colegio y todos los niños de la isla ocupaban la playa. Todos muy juntos, apiñados en la orilla. Ninguno nada, solo flotan. “¿No saben nadar?”, me pregunté, “¿Nadie les enseña?”.Paradójico. Viven rodeados de agua y no aprenden a nadar. Más preguntas acudieron a mi mente. “¿Por qué se meten en el agua vestidos?” Veo familias enteras esparcidas por la arena, muy ruidosas, saboreando el día festivo. Buscaba calma viniendo a esta playa pero es complicado encontrar un hueco sin bullicio. Aún así me gustó sentirlo, conocer la playa real, alejada de los circuitos turísticos construidos artificialmente.

Logré encontrar un espacio de silencio en la playa. Abrí mi libro y sentí cómo los ojos se me empezaban a cerrar. Caí en un sueño profundo. A mí alrededor, escuchaba en mi duermevela  el trasiego de varios jóvenes que llevaban y traían hojas de palmas de una barca. No sé muy bien para qué sirven. No me importa, nada iba a enturbiar mi sueño. Me desperté con una tremenda sensación de hambre. Busqué el restaurante y de nuevo, pescado a la plancha y patacones. Está siendo mi dieta estos últimos días. Acabé de comer y volví a mi remanso de paz, ahora bajo la escuálida sombra de un árbol, apenas sin hojas, casi desnudo, solo ramas, respiro una brisa suave. Volví a Cartagena en la misma lancha destartalada. Me niego a coger un taxi desde el muelle al hotel, deseaba impregnarme de humedad, respirar mar hasta el último momento.

Busqué algo consistente para cenar. Volví después al bar Habano, donde la noche anterior tan bien me habían preparado los mojitos. La música sonaba igual de fuerte. Donald no estaba pero si Juan, cubano y español, con ganas de hablar, bailar y seducir. “¿No tienes sitio en la terraza?”, le pregunté, “Por supuesto”, me respondió. No sé muy bien dónde lo encuentra, pero en unos segundos coloca un sofá enorme al lado de la puerta para que pueda sentarme en la calle. Bailamos toda la noche. No se quita las gafas de sol. Me inquieta no verle los ojos.

Acababan mis días en Cartagena con la sensación de haber caminado por las mismas calles demasiadas veces. Me falta Cartagena o me sobran días. No, realmente no me sobran. “No seas ansiosa”, pensé. Mi mente recuperó la tranquilidad. No imaginé mejor lugar donde estar que escribiendo sentada al lado de las ventanas coloniales, oyendo los caballos de los carruajes trotando sobre las calles empedradas. Y volvería a bar Habano, y seguiría bailando.

Día de regreso a Madrid y antes de dejar el hotel, leí en las noticias los detalles del accidente aéreo en los Alpes. En ese momento pensé que cualquier accidente podía ocurrirme. Solo unos minutos permaneció ese pensamiento en mi mente. Emocionada y triste, llegué a la puerta de embarque. Quería y no quería volver a España. Dos lágrimas gordas asomaron a los bordes de mis párpados. Acabaron cayendo lentas por mis mejillas. Volvía a lo conocido, a la comodidad de Madrid… también a la sensación de encierro, de pérdida de tiempo buscando ansiosa una oportunidad laboral que no llega. Necesitaba desahogar mi tristeza mientras esperaba la salida del vuelo. Intercambio correos electrónicos con mi amiga Mª José quien tanto me está apoyando en este viaje hacia mis profundidades. “No quiero que te vayas de Madrid, María”, me decía, “Pero entiendo que lo hagas…aunque te echaré mucho de menos”. No sé cuánto tiempo permaneceré en Madrid. Este viaje a Colombia ha sido solo un viaje, un cambio de localización dentro de mi viaje interior, dentro de esta lucha que sé va a acompañarme toda la vida. “Yo también te echaré de menos, Mª José, pero necesito perderme para encontrarme”, le respondí.

De nuevo en Madrid preparando mi próximo viaje a Centroamérica, ya veré si sola o acompañada. Sin embargo en mi viaje interior con independencia de a qué país me lleve la vida, exijo perderme sola, sin amarrar la mano de nadie, sin esperar que nadie me salve. Buscaré amigos, personas de las que seguir aprendiendo cada segundo que conviva con ellas. La mayor parte de mi vida me ha costado vivir al completo, experimentar la intensidad que la vida reclama para que ni un minuto se escape, sin pensar tanto en el futuro. Mi voluntad de orden me ha retenido en demasiadas ocasiones. No sentí miedo mientras preparaba mi viaje a Colombia, a pesar de las caras de espanto de muchos que, sin conocer, opinaban que era un país demasiado peligroso para una mujer sola. Sí siento miedo de mi viaje interior, pero logaré ser más grande que mis miedos

Quizá vuelva a Colombia, pero ahora es el regreso a mi naturaleza lo que realmente va a guiar cada paso que siga construyendo en mi vida.

 

 

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