La montaña sagrada. Autor: Albert Franquesa Valcárcel

Vuelves a estar en un cruce de caminos, rodeado de un paisaje yermo, solitario, en medio de ninguna parte. Aquí cogerás el autobús para llegar al pueblo. Sólo tú y tu mochila y un silencio que de tanto enmudecer te está volviendo loco.

Has dejado atrás Hong Kong, esa jungla de asfalto de rascacielos luminosos y noches de neón, centros comerciales con galerías infinitas de tiendas y consumistas compulsivos. Has dejado atrás Macau y las cenizas de un pasado colonial portugués, ya extinto, con sus pastelitos de crema y sus casinos que encienden la noche. Has dejado atrás la exuberancia callejera de Guangzhou, el festival de vida y muerte de sus mercados en pleno monzón y las aglomeraciones en metro. Toda aquella fiebre apocalíptica de fascinantes megalópolis para acabar aquí, un punto indeterminado de una carretera polvorienta, rodeado de campiña china y este sol sin piedad que te fríe los sesos. Bienvenido al camino del Tao, amigo. Deja de pensar, esto es China. ¿Qué esperabas, demonio de ojos redondos?

El autobús avanza sin complejos por el medio de una estrecha carretera de doble sentido. El conductor, mientras habla por el móvil, aporrea el claxon insistentemente a bicicletas, motos y coches que parecen un banco de peces disgregándose como una exhalación, pasando a escasos centímetros de nuestro cachalote metálico. El cristal empañado desde donde asisto asustado a aquel tráfico demencial tiembla más que yo. Un anciano fuma delante de mí, impertérrito, y todos los demás duermen. Sólo yo permanezco intranquilo, sin querer mirar a una carretera mal asfaltada salpicada de baches y boquetes que el autobús sortea con insensata alegría. Si hay que morir que sea con los ojos cerrados.

Cuando llegas a Menshan Village y bajas del autobús, una bocanada de aire polvoriento te recuerda que este lugar no será amable contigo. Para empezar, ya te ha costado lo tuyo encontrar el pueblo, tan mal indicado en la guía, perdiendo un día entero de viaje.  Y ahora que estás aquí, viendo aquella aldea fantasma de casas cuarteadas y caminos de tierra bajo un cielo plomizo, como si de un decorado de western se tratase, un mal presentimiento te incita a largarte de allí cuanto antes en el próximo autobús. Pero cuando te das la vuelta ahí está, recortada entre las brumas, la montaña, Menshan. Su presencia amenazante, hipnótica, como una sombra que te aplasta, su inmensidad de piedra reduciéndote a cenizas. Porque tú, ingenuo occidental, sólo un motivo puedes tener para estar en el culo del mundo. Menshan, la montaña sagrada.

No sé si podría llamar hostal a este bloque de dos plantas agrietado, a las afueras del pueblo, con el cartel medio caído y las letras gastadas por la lluvia; ni habitación a este cuchitril destartalado con la taza de water salpicada de excrementos y cucarachas chapoteando en la ducha. Tampoco creo que pueda llamar estuco veneciano a las capas de suciedad superpuestas en la pared. Y no, no es una cama de la dinastía Ming sino un colchón añejo que cruje al sentarse, y no pienso mirar debajo.

El viejo casero me mira sonriente, estirándose dos largos pelos germinados de una oronda peca en su mentón, sin comprender nada de lo que le pregunto. Pero sí me da a entender, frotando su pulgar y su índice con avidez, que hay que pagar por adelantado. Adviertes que no hay nadie más, que eres el único forastero, su único huésped. Solo le pides una cosa a aquel cielo plomizo: que el casero no se transforme por la noche en un perturbado que acuchilla a sus escasos huéspedes mientras se duchan. Que se ocupe antes de las malditas cucarachas.

Paseas al atardecer por un paisaje insípido, agreste, cubierto de una neblina metálica. A lo lejos, dos chimeneas de una central térmica. Cerca, una gasolinera y la estación de autobuses. Al otro lado de la carretera, el inhóspito hostal. Menshan Village es un destartalado campamento base que sólo atrae a excursionistas descerebrados y aventureros extremos adictos a la adrenalina. Ni a unos ni otros has visto hasta el momento.

Llevas días arrastrando una diarrea que amenaza con ser tu única compañera de viaje durante una semana. Y como no es buena idea ir cagándote por una montaña sagrada, has optado por esperar. Te lo tomas con filosofía. El Tao Te King te acompaña en estas horas de aburrimiento existencial: “demasiado deseo entristece el corazón”, “vacía tu ego completamente; abraza la paz perpetua”, “no conozco nada y nada me preocupa”.

Viajar hace estallar el tiempo, el mundo, la vida. Todos aquellos presupuestos objetivos que el viaje disuelve y te devuelve en forma de tu tiempo, tu mundo, tu vida. Todo se intensifica, todo sucede donde tú estás. Sólo hay una sensación negativa: cuando estás solo, estás realmente solo, y vayas donde vayas no podrás huir de ti mismo.

El día se hace extremadamente largo en aquella salita de estar que huele a tabaco rancio, a la espera de subir mañana, bien temprano, a la montaña. Matas el tiempo con solitarios, bebiendo te y leyendo el Tao. Si no te asesina Norman Bates lo hará el aburrimiento.

Te levantas al amanecer. De las ganas que tenías de que llegase apenas has pegado ojo en toda la noche. Preparas la mochila y te dispones a subir de una vez por todas para dejar el tema zanjado y volverte a Xi´an cuando la hija del dueño, a quien no habías visto hasta ahora, te detiene en la misma puerta: «lluvias fuertes, muy peligrosa ascensión». No le haces caso pero ella insiste: «muy peligroso».

Miras a lo alto: la niebla impide ver la montaña, como ayer. Te resignas a esperar otro día más. Será mañana o no será.

Sentado en el porche, intentas ser constructivo. Desesperas porque nunca se te dio bien esperar, te explicas a ti mismo. Nunca te enseñaron los beneficios de la inacción, eso es lo que pasa. Aprende de la lluvia que persiste en su tintineo sobre el tejado. Suspende el murmullo mental, despeja tu mente de nubes plomizas. La calle está vacía. El agua baja silenciosa. “Quien practica el no–obrar todo lo gobierna”, dice el Tao.

Cuando ya me disponía a retirarme a la habitación, muerto de aburrimiento, llega un microbús cargado de turistas chinos y, entre ellos, tres melenudos australianos. Mi tabla de salvación. Me acerco a intercambiar cuatro palabras y los invito a unas cervezas que aceptan amistosamente. La mesa está abarrotada de botellas al poco rato, el ambiente cargado de humo y el casero más contento que nunca. Y yo que por fin tengo a alguien con quien poder hablar tras días de obligado silencio.

Vienen de Pingyao, «un pueblo de postal», la imagen bucólica de la China más tradicional. Linternas rojas, tejados esmaltados con motivos típicos –dragones, carpas, grullas–, música de violín y laúd, patios interiores con plantas, estampados tradicionales rojos y azules. Solo en tres cosas más estaban de acuerdo. Xi´an: los mejores pinchos de cordero. Yangshuo: los mejores noddles. Beijing: las chicas más guapas. «Llevamos tres meses por China pero necesitaríamos tres vidas para entender algo».

«Los chinos hacen cosas increíbles», dice uno. «Son capaces de levantarte un edificio de quince plantas en dos días». «Shanghái es una auténtica locura»,  dice otro. «Shanghái crece más rápido que sus propios habitantes». «Beijing es un hervidero: más de veinte millones de habitantes, miles de turistas apretujándose en la Ciudad Prohibida, centenares de miles de patos laqueados a diario». «El último pato sobre la tierra morirá en el Restaurant  Bianyifang».

Les cuento que llevo unos días atrapado en este maldito pueblo, que ya no aguanto más y que mañana subiré con lluvia, con nieve, con lo que sea. Los tres mochileros australianos me proponen subir juntos a primera hora de la mañana. Trato hecho. Acabamos abrazados, ebrios, brindando por el camino del Tao.

La escoba de Norman Bates araña las telarañas de mis sueños desde el otro lado, lo que me hace abrir los ojos de golpe. La luz entra por el resquicio de la puerta. Miro el reloj, mierda, maldita sea. Me visto con rapidez y bajo a toda leche los escalones. Ni rastro de los melenudos australianos en el salón. La hija del casero me entrega una nota: “Menudos ronquidos, dormilón. Nos vemos en la cima”. Mierda, mierda, mierda. Desquiciado, te vuelves a la cama. A media tarde, viéndote aún deprimido, la chica te anima a subir de noche. «No pasarás calor y verás amanecer en el Pico Este. Una experiencia sublime que nunca olvidarás».

Llegó la noche y con ella tu firme resolución de subir, de una vez por todas.

Menshan, que podría traducirse como “la montaña de los hombres”, de más de tres mil metros de altura y cerca de quince kilómetros de senderos hacia las cimas, es una de las cinco montañas sagradas taoístas de China.

El Camino del Mono Rabioso, una ascensión por una pendiente de 90º; el Vientre del Dragón, un camino de tablas bordeando el abismo; el Sendero de la Oscura Serpiente, un desfiladero tortuoso entre grandes bloques de piedra, son los senderos principales. Laberintos interminables en el corazón mismo de la naturaleza que bosquejan un intrincado mundo de escaleras hacia la cima esculpidas durante décadas por monjes taoístas, muchos de los cuales perdieron su vida picando piedra. Todavía hoy la montaña engulle vidas que las autoridades tratan de silenciar.

Solo a través del templo, en la falda de la montaña,  puedes acceder a ella. Cruzas el jardín interior, cruzas la primera, la segunda, la tercera puerta, grabadas con máximas taoístas. Miras a lo alto: la niebla te impide ver la cima y pronto te adentrarás en la propia naturaleza  y dejarás de ver la montaña porque ya serás parte de ella.

Un paseo romántico entre farolas te conduce a una taquilla abierta las 24 horas. Una barrera y unas vallas electrificadas te advertirán que el paisaje natural de repente se convierte en una zona militarizada cuya entrada cuesta cien yuanes.

Los primeros kilómetros de suaves rampas los asumes con entusiasmo, lejos por fin de aquel pueblo miserable, con la alegría incauta de quien emprende un desafío cuyas dimensiones desconoce. El camino iluminado por farolillos permite distinguir un riachuelo que baja furioso, como si huyera resbalando despavorido entre las piedras de lo que ha presenciado en la cima, esa cima escarpada y aterradora que no verás hasta el final de la ascensión. El rumor del río entre pinos centenarios se hace más débil y a medida que avanzas envuelto en una atmósfera húmeda, plagada de insectos, va cobrando fuerza una presencia invisible, tenebrosa, que retrocede como un animal asusto ante el crujir de pasos, el avance atropellado de botas militares, como si de otra gran marcha se tratase, entre la maleza. Hordas de chinos suben día y noche Menshan. Lo que antaño era un ejercicio espiritual de unos pocos se ha convertido en el desafío olímpico de la mayoría. Al rato entablo conversación con un universitario chino estudiante de  informática en Xi´an. Se hace llamar Jack, su nombre occidental. A la dificultad de subir las primeras rampas se le suma la de entender su inglés.

–Una pena subir de noche…

–Mejor de noche, mucho calor de día –responde Jack.

–Ya, pero de noche no se pueden ver las vistas.

–Mejor no ver, así no sentir el peligro.

Jack está más que encantado de practicar su inglés conmigo, es él quien me ha abordado justo iniciar la ascensión, y me da que no me lo podré quitar de encima con facilidad.

–Tú qué hacer aquí, este ser camino de chinos. Camino largo y complicado –ríe risueño, sus ojos oblicuos convertidos en sendas líneas burlonas.

Sus palabras serán proféticas.

Dos horas después, los farolillos se hacen escasos, las rampas más escarpadas, las escaleras más verticales. La montaña impone sin piedad un mayor grado de dureza. Los chinos, en cambio, suben a un ritmo frenético, como si nada, fumando y bebiendo Red Bull hacía el Pico Norte, primer objetivo de la ascensión.

Fatigado, sudoroso, le agarro el brazo a Jack:

–Dame un respiro.

Nos paramos en uno de los descansillos.

–Se ha vuelto todo muy oscuro.

–No importar, traer linterna.

Me palpo las articulaciones. Pese a los crujidos, la rodilla sigue en su sitio, igual que los músculos, aunque acalambrados.

–Sólo a vosotros se os podría ocurrir poner escaleras a una montaña de más de tres mil metros.

–Este ser camino popular, más fácil, para niños y mujeres –dice ofreciéndome agua.

Jack me explica que hay otro camino, el Sendero del Ciempiés, solo para escaladores expertos: un camino vertical bordeando el abismo en el que es preciso mosquetón si lo que no te apetece es caer al vacío.

–Resistir, amigo, pronto coronar Pico Norte.

Reemprendemos la ascensión rodeados de auténticos dementes que me avanzan por la izquierda y por la derecha, como si aquello fuera una competición y yo, no sé porqué, un rival a batir. En escasos metros, por fortuna, los pierdo de vista. Intento despistar a Jack y por un momento creo que lo he conseguido, pero poco después lo vuelvo a tener pegado al culo.

–Creer haberte perdido, amigo –dice sonriente.

–No caerá esa breva.

Después del último tramo extremadamente duro quiero pensar que en lo alto del  desfiladero está la cima, pero lo que se divisa más adelante es un nuevo perfil de la montaña y al fondo un cable de neón que serpentea una pared imposible entre precipicios.

Miro al vacío, no veo nada. Mi corazón en un puño, el miedo inyectado en las venas, el vértigo anticipado que cuesta tragar. Entre la niebla intuyo una caída de mil metros.

–No mirar atrás, nunca. No pensar que deber subir, subir sin más.

Superado aquel momento de debilidad, ya en el descansillo de la siguiente bifurcación,  Jack se detiene dubitativo ante los postes indicadores.

–¿Y el camino hacia el Pico Norte?

–Estar cerrado.

–¿Cómo que estar cerrado?

Jack hace una mueca que lo afea todavía más:

–Para contemplar el amanecer la única posibilidad ser el Pico Este.

A estas alturas, contemplar me parece una palabra terrible, lejana a esa placidez oriental con la que me representaba la meditación trascendental.

Jack se detiene en cada sendero que se bifurca asaltado por una duda creciente. Consulta una y otra vez su mapa y el panel indicador donde se dibuja la ruta. Me mira y sonríe:

–Creo que perdidos.

–¿Cómo que perdidos?

Eso me pasa por seguirle, por dejar que aquel tarado me guíe, me digo a mí mismo.  Intento analizar la situación con calma, desde la distancia, pero la calentura me puede:

–Estamos solos, a casi tres mil metros, con un viento helado, toda la noche subiendo. ¿Cuántas horas? ¿seis? ¿siete? ¿Y ahora me dices que nos hemos perdido?

Lo miras con odio reconcentrado, un ligero empujón y caería al abismo: un accidente sin testigos. Ganas no me faltan.

Jack se saca un pepino de la mochila, lo parte en dos y me ofrece la mitad.

–Tú saber yo en realidad no ser de Xi´an sino de Guangzhou. Estar pendiente de una beca para viajar a los Estados Unidos.

–¿Y qué se te ha perdido a ti en los Estados Unidos? –le pregunto, intentando esquivar mi mal humor echándole un bocado a aquel pepino congelado.

–¿Tú bromear?

Los ojos rasgados de Jack se abren exclamativos como si quisieran saltar fuera de sus órbitas dinamitando milenios de hierática expresión facial.

–Estados Unidos ser la cuna de la informática. El futuro estar allí –su mirada se pierde en el vacío, más allá de la niebla.

Desandamos el camino hasta reencontrar el río de gente, señal inequívoca de que es el sendero popular, de menor dificultad, aunque con los chinos nunca se sabe. Te duele todo y estos dementes te siguen avanzando con la alegre y la insoportable ligereza de quien da un paseo por el campo, fumando, bebiendo whisky, jugando a cartas en los descansillos. Malditos tarados.

Malgastas las pocas fuerzas que te quedan en maldecir todo este calvario gratuito, todo este absurdo martirio sin pies ni cabeza. ¿Qué sentido tenía todo aquel trabajo de chinos? ¿Qué demonios tenían en la cabeza esos malditos monjes taoístas? Soy bilis negra reconcentrada que escupo contra Jack a modo de estúpidas dudas y preguntas impertinentes.

Jack se planta, un poco harto:

–Estar a medio camino, tú tener dos opciones: subir o bajar.

El desfiladero se estrecha, los bloques de escaleras se escarpan. Diez mil escalones de auténtico delirio, diez mil escalones en ocasiones tan verticales que es preciso ayudarse de las cadenas oxidadas para no perder pie. Te miras las manos laceradas –ahora entiendes, demonio de ojos redondos, por qué los vendedores ambulantes te ofrecían guantes–  y te las escupes para quitarte el óxido. Maldito sendero endiablado. Maldita escalera interminable hacia el infierno.

–Estar cerca, ya faltar poco –dice Jack.

–¿Cuánto es poco?

Tras unos bloques de piedra extremadamente duros, cuando crees que ya has pasado lo peor, se levanta frente a ti una auténtica pared, un muro imposible de 90º de estrechos escalones incrustados en la roca. Te quedas petrificado, se acabó.

–No puedo, Jack.

Jack trepa agarrándose a las cadenas oxidadas –de no ser por ellas la gravedad lo escupiría al abismo– subiendo como si nada, como un mono trepador, y desde arriba te da prisa.

–No puedo –gritas–. De verdad que no puedo –te dices en voz baja, convencido de tu derrota, una vez más.

Te quedas sentado en el suelo, hundido, en las puertas de la cima. La historia de tu vida. Cierras los ojos, malditos dementes. “En su ascenso no hay luz, en su caída no hay oscuridad”, dice el Tao.

–No pensar en hacer, hacer de una maldita vez –grita Jack desde arriba.

Agarras con temblor las cadenas y empiezas a trepar salpicando piedrecitas que caen al vacío.

–No mirar atrás, nunca.

Y tú subes con los ojos cerrados hacia la cima.

Ahora que parece que lo vas a conseguir, deberías pensar en tu vida, en toda tu vida ante aquella inmensidad. Sentir tu pequeñez, tu vanidad, tu absoluta falta de humildad. Ahora que avanzas hacia la cima, deberías pensar en ti mismo como si fueras una montaña, pensarte como un obstáculo a superar. Y entender que ascender y descender es lo mismo. Que cielo e infierno se confunden porque no hay arriba y abajo. Que es el juego eterno del yin y el yang en el silencioso y solitario vacío cósmico… Pues no. De “silencioso” nada, de “solitario” menos. En el descansillo, el “vacío cósmico” ha sido ocupado por tiendas y más tiendas con souvenirs de todo tipo: guerreros de terracota, libros taoístas en inglés, miniaturas y postales de la montaña. Y a medida que avanzamos cada vez hay más gente, todo huele a meados y hay basura esparcida por todas partes.

La montaña empieza a parecer un queso de gruyere agujereado por esa imparable fiebre amarilla de hormigas en fila india y mochila al hombro. Una extraña mezcla indigesta de pureza taoísta y picnic dominguero se adueña de la escena. Un surrealista mercado de intensa agitación con chinitas disfrazadas con vestidos tradicionales de no sé qué minoría se ofrecen para hacerse una foto contigo a cambio de 10 o 20 yuanes. Tiendas y más tiendas que te tapan las vistas, más visibles ahora con las primeras luces del amanecer.

Ni caso, tú a lo tuyo. Y lo tuyo es subir esta maldita montaña. Por eso has venido aquí. Mañana te largarás con el reto cumplido y los deberes hechos hacia el próximo destino. Tal vez Beijing. Por eso avanzas, impasible, entre aquella gente en busca del próximo bloque de escaleras.

Pero un rato después, encontrar todavía más gentío entorno a la interminable hilera de tenderetes con todo tipo de ofertas te acaba sacando de tus propias casillas. Subes y subes, en franca huída hacia adelante. El estupor –o es la rabia– te inyecta adrenalina. Te cruzas con chavales que descienden con camisetas con el pico grabado y el lema “I climbed the mountain”. Persisten las tiendas que te impiden ver las vistas que los vendedores ambulantes te ofrecen enmarcadas en postales para que puedas contemplarlas, y también medallas olímpicas por si tienes un acceso irrefrenable de orgullo. Más adelante: templos reconvertidos en restaurantes con vistas, menú regional y grabaciones de plegarias taoístas.

–¿Pero dónde están los monjes?

Jack, ajeno a mi perplejidad, no responde y me da prisa:

–Si no acelerar el ritmo llegar tarde a amanecer en la cima.

Hace horas el sendero me parecía interminable, ahora ya no me parece nada. A estas alturas, la apariencia es pura metafísica, el velo de Maya atravesado por… ¿unas tiendas de bisutería? ¿masajes con final feliz? ¿un chino vendiéndome Gatorade a 100 yuanes?  “Su forma es no–forma, su imagen es ninguna, su nombre es misterio”, dice el Tao.

A medida que llegamos a la cima, ristras de candados te impiden ver las cadenas oxidadas, centenares, miles de candados adornados con lazos rojos. Según Jack simbolizan el compromiso eterno de las parejas que unidos por un mismo gesto ritual, tirar la llave al vacío, se prometen fidelidad eterna.

Han sido más de diez horas de ascensión, pasos entre precipicios en los que te has jugado la vida, más de diez mil escalones entre la niebla… Pero ya está, lo has conseguido. Has coronado la cima, por fin. Una cima a reventar de gente. Todos con cámaras digitales dándose codazos por una visión privilegiada del paisaje, enfocando el objetivo, impacientes por disparar ante los primeros rayos de sol.

La esperanza de un amanecer extraordinario, de un espectáculo sublime de la naturaleza, se derrumba por momentos. El día, que amanece nublado, impedirá una foto de película. Pero no debo preocuparme, según Jack, porque si lo que quiero es un recuerdo de mí con las majestuosas vistas de fondo, por 100 yuanes un servicio fotográfico transformará con cuatro retoques aquella bruma gris en un amanecer radiante.

El caso es que te quedas ahí, sentado, recogido, pese al frío. Viendo toda aquella masificación en la cumbre. Pese a todo, haber alcanzado la cima tiene su momento de íntimo bienestar: cierta catarsis reconvertida más tarde en catarro. “Todo aquel que sobrepasar este punto convertirse en medio inmortal”, traduce Jack de una roca.

Reconoces algunas caras que te has ido cruzando durante horas, en los descansillos de la montaña, pero empiezas a detectar también otras caras extrañas, poco familiares, tanto por su aspecto como por su actitud. Has visto algún que otro niño condenado por su familia a ascender, pero éstos que ahora corren y se persiguen con tanto entusiasmo no tienen pinta de haber sufrido el suplicio; tampoco sus padres barrigones que llevan una cerveza en la mano, como si vinieran de un chiringuito de playa; ¿y qué demonios hace allí esa tienda de helados? ¿y esa cola enorme para comprar pizza?

–El teleférico dejarte aquí al lado –me dice un Jack risueño.

Me quedó un instante en silencio, atónito, mirando el cable por donde suben las cabinas del teleférico.

–¿Y por qué no me los ha dicho antes?

–¿Haber subido andando si haberlo sabido?

Respira, recapacita. Recuerda el Tao: “vacía tu ego, abraza la paz perfecta”.

–En realidad no estar en la cima –dice.

–¿Qué quieres decir?

–Referirme a cima cima.

–¿Y dónde demonios está la puta cima?

Levanta el dedo y me señala algo allá arriba que no distingo a ver.

–De noche verse mejor.

–¿El qué?

–La M iluminada.

–¿De qué coño hablas?

–A la auténtica cima sólo poder llegar a través del Mc Donald´s.

–…

–Unas escaleras automáticas llevarte al centro comercial. Por un menú Big Mag acceder a la terraza, el punto más alto de la montaña.

–Pero… Todo esto… cómo es posible todo esto –tartamudeo boquiabierto, sin acertar con las palabras adecuadas.

–Por el teleférico, ya decirte.

Una verdad banal arrasando mil sofisticadas construcciones mentales. Tu yo que deja de ser tuyo, arrebatado por ese inmenso monumento a la nada.

–Seguro que ahora que saber que haber teleférico no querer descender a pie –dice con una sonrisa maliciosa, desafiante.

Nos despedimos allí mismo. Intercambiamos facebook y promesas de volver a vernos algún día.

–Europa ser muy interesante –dice–. La cultura, el arte, las mujeres occidentales… –ríe fantasioso–. Yo gustar viajar algún día a París. Tle lomantik.

Pagué por el menú Big Mag y deambulé por la terraza hasta encontrar una mesa libre donde dejar la bandeja. Me comí la hamburguesa y las patatas fritas  y me bebí la coca-cola hasta el último sorbo. Contemplando desde la cima la infinita estupidez humana.

Luego bajé en teleférico, como quien desciende al infierno.

Anuncios

  1. Pingback: Fallo X Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2015 | Concurso de Relatos de Viaje
  2. alea

    Agotador relato. Te he acompañado paso por paso hasta descubrir que, efectivamente, la estupidez humana es infinita.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s