La Ciudad del Agua. Autor: Salomon Vandy

La última vez que estuve en la Ciudad del Agua apenas había calles, y en las calles apenas había casas. En esta ocasión mi llegada a la ciudad era distinta a la anterior. Comenzaba el viaje de placer que siempre quise hacer y nunca, hasta la fecha, me atreví a iniciar.

Desde joven había soñado con agarrar un día mi bolso de viaje y partir en solitario hacia un país desconocido, sin reservas de hotel y sin direcciones de amigos, para comenzar un viaje donde aprendiera cosas que ni siquiera sabía que desconocía. De algún modo, con este viaje haría ese sueño realidad, a pesar de que el país que visitaba no era del todo desconocido para mí.

La Ciudad del Agua era totalmente diferente a como yo la recordaba: era asombroso cómo había cambiado desde la última vez que estuve en ella, hacia ahora seis años. La ciudad ya no parecía desierta, los jóvenes paseaban alegremente por las calles a cualquier hora y sonreían como si sus padres, que fueron pobres, no hubieran pasado hambre durante la década anterior. Los vehículos circulaban a toda velocidad, como era costumbre en este país, por la multitud de calles nuevas recientemente asfaltadas y señalizadas. Los conductores circularan sin riesgos de socavones en la calzada o de atrevidos peatones que cruzaran por donde les viniera en gana. Únicamente el Lago Xolotlán continuaba tal como lo recordaba.

Desde mi llegada al país no había conseguido cambiar los dólares por córdobas. Tan pronto como salí del Aeropuerto Internacional, en dirección al Centro Histórico de la ciudad, me propuse hacer el cambio de moneda como solía hacerlo en mi anterior visita. Sin embargo, los coyotes no conservaban la misma presencia de entonces y mis torpes ojos no consiguieron averiguar donde se encontraban. Probablemente, la prosperidad económica del país ha acabado con estos negocios clandestinos, razoné. En estos días, quizá, lo correcto es acudir a un banco y realizar el cambio conforme a lo establecido en las leyes.

La Antigua Catedral, que conservó su belleza tras el terremoto del setenta dos, había desaparecido. Tras el saqueo inicial, el templo fue desmoronándose lentamente con el paso de los años sin que las autoridades evitaran su demolición final. Hoy en día, en el lugar que ocupaba frente al Palacio Nacional de la Cultura y la Casa de los Pueblos, un conjunto de viejas columnas que pertenecieron a la fachada principal evoca su presencia en la historia. Junto a estas columnas, únicos vestigios del templo expuestos en público, una placa de metal sucia, con olor a orina, con pintadas y con una capa de óxido recubriéndola recuerda lo sucedido. En el año del cuarenta aniversario del terremoto las autoridades nacionales decidieron demoler los últimos muros de la Catedral que permanecían en pie. Y conservaron las seis columnas de la fachada principal que todavía se mantenían intactas para, en el mismo lugar, inaugurar un palmeral con el nombre de “Parque Nacional de la Antigua Catedral”.

¡Cómo ha cambiado la ciudad!, exclamé, sin salir de mi asombro. En el año de mi anterior visita no hubiese sido posible colocar una placa de metal en un lugar público. Las robaban, al igual que hacían con las tapas de acero que se utilizaban en el alcantarillado, para venderlas en el mercado negro del metal que tan bien funcionaba en aquellos años.

Después de que mis ojos vieran con inquietud esta nueva realidad me apresuré hacia la calzada en busca del primer taxi que me alejara de esta ciudad que pensaba que conocía. Necesitaba huir de allí tan pronto como fuera posible. No logro entender aquella reacción tan egoísta en mí, provocada por el único hecho de que la ciudad estaba cambiando, consiguiendo con esfuerzo erradicar la pobreza. Sin razón y de forma extraña, me sentía herido al comprobar cómo la ciudad que me enamoró había dejado de bailar para mí y había conseguido un resplandor que me helaba el corazón. Quizá, tan solo me dolía mi ausencia después de tantos años.

La ciudad que sólo tuvo pasado comenzaba a vislumbrar un tenue futuro. Por las mañanas, no se veían por las calles niños elaborando flores con juncos secos para vender a los turistas. Siendo de suponer que acudían a la escuela pública. Por las tardes, donde en tiempo hubo niños descalzos sentados sobre cartones bajo la sombra de los semáforos ahora había chavalos con los zapatos rotos jugando al beisbol. En la mayoría de calles había contenedores de basura, lo cual suponía un gran avance para un país que siempre tuvo grandes dificultades con los desechos. El sinfín de mejoras y avances era tal que por fin, desde hacía unos pocos meses, en todas las cuadras de la Ciudad del Agua las casas tenían acceso al agua potable y electricidad durante las veinticuatro horas del día.

El país ha cambiado por completo, pensaba una y otra vez, a medida que el taxi me desplazaba por la ciudad. Tras mi reflexión, un escalofrió recorrió mi cuerpo a pesar de las altas temperaturas del verano que acababa de comenzar.

De camino a la estación de autobuses la radio del taxi recordó que durante la semana presente tendría lugar la conmemoración del ochenta y un aniversario del asesinato de Augusto C. Sandino y como gran parte del país se disponía a ponerse de fiesta. Los jóvenes saldrían de casa ataviados con los colores rojo y negro e inundarían las calles con proclamas reivindicativas. Con un inaudito fervor patriótico gritarían un año más: ¡Sandino vive! ¡La Revolución continúa!

Estas manifestaciones de carácter nostálgico venían ocurriendo desde el triunfo de la revolución año tras año, aun cuando hacia tanto tiempo que el héroe fue asesinado. Este país siempre ha sido un país necesitado de héroes, que vivos o muertos, dieran esperanza al pueblo cuando no había pan que llevarse a la boca.

Al llegar a la estación de autobuses acudí en primer lugar al Punto de Información para comprobar que los horarios que tenía apuntados coincidían con los reales. De nuevo este país volvía a sorprenderme. Mi autobús saldría sin retraso con destino a Masachapa en diecinueve minutos. El billete lo pagué en dólares consintiendo que la mujer de cabellos blancos y ojos cansados de la ventanilla me engañara unos córdobas en la vuelta. Sin mostrar el mínimo énfasis o sospecha acepté el cambio en córdobas, a la vez que me alegraba comprobar cómo algunas prácticas aún seguían tal como las recordaba. Aproximadamente, en tres horas estaría en la playa de Masachapa, en el océano Pacífico.

Al llegar a mi destino pude comprobar cómo la prosperidad económica y social que había transformado a la capital del país, y a buena parte de éste, no estaba extendida por toda la nación. En la playa de Masachapa únicamente encontré un hotel, el mismo que estaba en mi anterior visita. Viendo el color de sus paredes, un rosa desgastado casi blanco y corroído por el intenso sol y por el aire salado del Pacifico, se podría pensar que no pintaban el edificio desde hacía años. Quizá desde antes de que yo estuviera en él por primera vez. Aun así, las vistas desde su terraza compensaban la ausencia de color en sus paredes. El Hotel Vistamar permanecía, entre las sombras de las palmeras, con sus vistas frente al mar, compartiendo las miradas de los viejos lugareños que alquilaban mulas a los pocos turistas extranjeros que se acercaban a la playa.

Después de dejar mis escasas pertenencias en la recepción del hotel, me mudé de ropa con la idea de bajar a la playa, andar descalzo por la arena y mojar mis pies en las aguas del Pacífico, aguas tan lejanas y poco frecuentes para mí. Era un domingo soleado y plácido; sin embargo, fueron pocos los bañistas que acudieron a la playa, la cual presentaba un aspecto desolador. De camino al agua comprobé como mis pisadas quedaban marcadas en la fina y negra arena de origen volcánico durante unos minutos. Al llegar a la orilla miré a mi alrededor y observé que no había nadie cerca de mí.

Lo peor de esta playa es la escasa profundidad de sus frías aguas, siendo necesario caminar algo más de cincuenta metros para que el agua te alcance escasamente por encima de las rodillas. A esa distancia de la costa el viento sopla con fuerza y el oleaje es bravo, como más tarde comprobaría cada vez que las olas rompían con fuerza y rabia en mi cuerpo.

Aunque el agua del mar estaba limpia, su apariencia te hacía suponer todo lo contrario. No había ni siquiera restos de moluscos, pero el fondo marino era arenoso y estaba lleno de algas. Cuando caminabas entre las aguas, éstas estaban permanentemente revueltas y oscuras por la acumulación de granos de arena negra y algas, creándose una falsa impresión de suciedad. Era imposible ver el fondo marino, sobre todo a pocos metros de la orilla donde las olas rompían contra las rocas revolviendo el agua de tal forma que su apariencia era todavía más sombría. Si buceaba cerca de la costa difícilmente conseguía una mínima visión que me permitiera disfrutar de las profundidades marinas. Pero según me adentraba en el mar la apariencia mejoraba.

El mar estaba en calma aquella mañana, esperando con entusiasmo a los bañistas: sus olas llegaban lentamente y en armonía a la playa. A medida que me alejaba de la orilla el agua del Pacifico iba cubriendo mi cuerpo, a pesar de que yo saltaba cada ola que venía hacia mí evitando mojar las partes de mi cuerpo que aún estaban secas. Al cabo de unos minutos, cuando el agua ya me alcanzaba por la cintura me lancé, sin titubear, a romper la siguiente ola. Me sumergí y aprecié como a esa distancia de la costa las corrientes de agua circulaban más claras. Nadé sin detenerme hasta que la temperatura de mi cuerpo se adaptó a la temperatura del agua del mar. Seguidamente me relajé y comencé a disfrutar del privilegiado lugar donde me encontraba.

Mis ojos comenzaron a mirar hacia alta mar con el afán de ver hasta límites donde el ojo humano no es capaz de hacerlo. Durante unos instantes mi mirada estuvo buscando algunos de los sueños que durante mi anterior visita había soñado y que todavía no había cumplido. Mis ojos buscaron a amigos que ya no vería jamás sin ser capaces de encontrarlos. Mis recuerdos viajaron hasta días pasados, días que jamás serán olvidados. La brisa del mar acarició mi rostro pero ninguna de mis preguntas encontró respuesta.

De repente desperté y abrí los ojos. Durante escasos segundos había perdido el conocimiento. El sol me cegaba por completo la vista. En ese preciso instante tuve la sensación de haber estado mirando hacia un lugar donde mis más profundos sueños dormían esperando que los despertara, pero rápidamente fui consciente de que tan sólo había estado mirando hacia el horizonte más lejano del océano Pacífico.

Entonces divisé, no muy lejos de mí, cómo una joven con un cuerpo provocador y juvenil, de piel tostada muy diferente a la mía -mi piel clara y mis labios pálidos me delataban- se adentraba en el mar. La joven no dudó ni un instante cuando entró en contacto con el agua y enseguida se sumergió por completo. Al salir del agua su larga melena negra le caía revuelta y pegada al cuerpo, y la camiseta verde de tirantes que llevaba le quedaba totalmente ceñida a sus pechos y a su cintura, concediéndole un toque aún más sensual.

Cuando la observé caminando hacia el agua, recordé un hecho que me llamó la atención de este país: la costumbre de su gente de bañarse, sobre todo en el mar, con ropa de vestir. Las mujeres y los hombres solían usar como ropa de baño camisetas de manga corta o de tirantes y pantalones cortos. Cuando en mi anterior visita pregunté sobre el motivo de esta extraña costumbre recibí diferentes explicaciones, entre si contradictorias, de modo que desistí de averiguar por qué lo hacían. Simplemente los admiraba, por su amabilidad y por sus costumbres.

Desde la distancia, la joven y yo nos mirábamos. No había nadie entre nosotros. Durante unos segundos ambos nos dimos cuenta que nuestras miradas se buscaron y que cuando se encontraron dejaron pasar el tiempo suficiente para saber que deseaban más. Al cabo de unos minutos, nadando sin rumbo cierto, el vaivén de las olas nos acercó hasta una distancia muy próxima. Conscientemente, al menos yo, nunca hice ademán de acercarme a ella, pero de forma inconsciente no recuerdo cuales fueron mis intenciones. Nuestros deseos son siempre más perseverantes que nuestra percepción de la realidad.

De pronto, sin ser consciente, estábamos tan cerca el uno del otro que era posible ver el color de sus ojos: eran grandes y brillantes, como el sol de aquella mañana, y verdes claros, como debía ser el color de las algas que se deslizaban por las profundidades del océano. Sus ojos me deslumbraban mientras ella se acercaba caminado entre las aguas, lentamente, sin disimulo, hacia mi posición hasta situarse, sonriendo, a escasos metros frente a mí.

-¿Has besado alguna vez en las aguas del Pacífico? -curioseó, con un descaro al que no estaba acostumbrado, aún menos en este país donde la gente era tan educada e introvertida.

El silencio de mi respuesta provocó que tan sólo se escuchara la brisa del mar y el romper de las olas en un acantilado cercano.

-¿Has besado a alguien en el Pacífico? -insistió de nuevo, con vehemencia, como si necesitara una respuesta urgentemente.

Los pelícanos gemían en su vuelo sobre nuestros cuerpos como si insinuaran cual debía ser mi respuesta.

-No, no he besado a nadie en este océano. Sólo estuve una vez y no tuve ocasión.

Mi repuesta emergió tímida, con temor por no ser de su agrado.

-Entonces, si te preguntan si te has bañado en este océano contesta que nunca lo hiciste. Dirás que te bañaste en otros, pero jamás en éste.

-Ya estuve una vez –respondí, sin saber el motivo por el cual entraba en ese extraño juego que no entendía- y me bañé, al igual que estoy haciendo ahora.

La única verdad era que sí entendía aquel juego, al menos como yo quería entenderlo. Las misteriosas palabras de la joven, unidas a sus bellos rasgos femeninos, provocaron en mí un latido profundo y vigoroso que alteró mis sentimientos más rijosos.

-Solamente quienes besan en estas aguas del océano Pacífico pueden afirmar que se bañaron en él -fueron sus últimas palabras.

Seguidamente, tras su afirmación, como si le hubiese molestado mi respuesta, la joven se sumergió en el agua girándose en dirección contraria a mi posición. Mi mirada continuó mirando a su figura invisible que ya no estaba hasta que, al cabo de unos segundos, me sorprendí de que aún no hubiera salido del agua. Avancé unos pasos y rápidamente me sumergí en el agua en su busca.

Mis ojos, cansados de un largo viaje, buscaron incesante entre las aguas oscuras de arena y de algas. Mis brazos bracearon bajo las olas como un niño pequeño asustado por el agua fría de su primer baño. Los ojos abiertos como nunca antes perdían sus miradas en la profundidad marina y con mis manos tentaba el fondo del océano. De repente, de la oscuridad, entre las sombras de las corrientes de agua, surgieron dos lunas verdes y unos labios carnosos y rojos que se precipitaron hacia mí, besándome como jamás me habían besado.

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