Iniciación. Autor: José Ramón Morant Cardona

«“Viajar” es la asignatura no reglada más importante del curso», escrito con cuidada caligrafía, era el contenido de la página uno de aquel cuaderno con tapas de hule. Estoy convencido de que dicha frase había presidido, desde el encerado, el aula en el primer día de clase de muchos años docentes de Vicente Forner. Nos conocimos el 23 de febrero de 1981en una precipitada e intensa asamblea en su Instituto, donde yo había comenzado una sustitución. No nos unía, lo que se dice, una inquebrantable amistad pero sí habíamos mantenido el contacto por causa del sindicato de la enseñanza y, por… no sé qué razón, nos teníamos una gran y mutua confianza. Por este motivo no me extrañó en demasía que aquel día, citados en el «Café Comercial», me empujara por la barra el mencionado cuaderno al tiempo que decía «Esto va de viajes; ideas, diarios, relatos,… Haz con ello lo que te parezca oportuno». Miré el cartapacio negro, iba a preguntar, levanté la vista, vi su mirada y ya no dije nada. Parecía una despedida. Y lo fue; aunque tuvo la consideración y bien hacer –como acostumbraba– de esperar a que acabara el curso para irse de forma definitiva. De dicho cuaderno he elegido un viaje que no creo que fuera iniciático al estilo de los realizados en la misma época por muchos jóvenes con destino a la India, Nepal o el Tibet, pero entiendo que sí fue como un cursillo de iniciación previo al comienzo de cualquier estudio especializado. Lo expongo a continuación. He querido ser fiel al máximo con el texto –a pesar de la inherente tendencia correctora del transcriptor– por respeto al relato y, sobre todo, por respeto a su autor.

Los muchos años transcurridos han logrado borrar gran parte del desarrollo de aquel viaje –nunca las consecuencias–, pero los hitos anclados –por extraños designios– en la memoria, justo en muchos ángulos del polígono definitorio de la misma, junto con una libreta (marca Herakles) de la tarea docente y algunas fotografías encontradas en una caja de Farias, han permitido redactar este resumen.

No era cualquier cosa aquel viaje. Es necesario situarse en el espacio y el tiempo pertinentes. Hay que ubicarse en el contexto de la época, encontrarse en aquel sitio donde yo vivía, conocer la persona y… sus circunstancias.

Verano de 1963. ¿Recordamos la España de los 60?, ¿la España franquista? Un muchacho de quince años, bastante pueblerino, estudiante de bachiller en un internado, que no había viajado más que lo mínimo. Dispuesto a emprender un gran viaje solo y permanecer lejos de casa durante un mes aprendiendo francés. Destino: Aix-en-Provence, en Francia, más allá de los Pirineos. Todo ello con dificultades diversas pero con mucho entusiasmo.

Una maleta marrón con cantoneras, heredada de un tío abuelo muy viajero, y una bolsa de plástico azul en bandolera, con bocadillos y poco más, integraban el equipaje. Un billete Valencia-Aix y Aix-Valencia, combinando trenes de RENFE y de la SNCF, más unas pesetas y unos pocos francos aseguraban (¿?) el viaje.

900 km. de autopista separan –o unen– hoy día Bigar de Aix-en-Provence, menos de nueve horas, sin pasar por Valencia, ni Barcelona ni tampoco Marsella. De aquélla era un millar de km. de vía férrea y dos días para recorrerlos. Yo salí muy temprano de mi pueblo una mañana de agosto y no alcancé mi destino hasta las once de la noche… del día siguiente.

El trayecto constaba de varias etapas, comenzando por Bigar-Valencia en autobús. En la estación del Norte de Valencia, antes de abordar el tren que me llevaría hasta Barcelona, optimista yo, miraba el convoy como una extrapolación del trenecillo con el que llegaba a mi internado. Pero al acceder al compartimento las recomendaciones paternas se impusieron: había que ser prudente. Sin llegar a desconfiar de todo el mundo –actitud, por otra parte, poco fácil en mí–, mi comportamiento fue más de observar que de comunicar, controlar sin llamar la atención: si no se sabía con quien se hablaba, al menos saber qué y cuánto se decía. Alternaba Agatha Christie con un plantón frente a la ventanilla del pasillo o con un paseo.

Llegué a la capital catalana al atardecer y busqué el hostal, cerca de la estación, cuya dirección llevaba anotada en un pequeño bloc. Viví la experiencia de inscribirme en un hotel, preguntar el precio de una habitación, firmar la ficha de registro, indicar que me llamaran muy temprano,… aparentando una naturalidad y experiencia muy lejanas de la realidad; pero me sentí ufano. Recuerdo haber comido un bocadillo sentado en la cama de una pequeña habitación de aquel curioso establecimiento de muchos y reducidos pisos, donde el conserje de noche, para despertarme, tuvo que subir a aporrear mi puerta porque carecía de teléfono y de timbre.

En la estación de Francia tomé el primer tren del día con dirección a la frontera. En el transcurso del viaje el policía del ferrocarril me pidió la documentación. La situación me produjo una mezcla de sensaciones: por una parte, cierto temor por encontrarme frente a la autoridad que te interpela y, por otra, una pequeña vanidad por recibir trato de adulto. A causa de mi edad yo carecía de DNI, pero sí tenía pasaporte y una autorización paterna para viajar solo. Al llegar a Cerbère, final de etapa, bajamos todos del convoy y, maleta en mano, caminamos alineados por el andén hasta el edificio de la aduana. A pesar de no tener nada que declarar, tuve miedo, no exagerado, pero miedo. Los gendarmes, muy autoritarios (demasiado, a mi entender), daban órdenes vociferando, siempre en francés. Guardo la imagen de mi maleta y mi bolsa abiertas sobre una mesa de tabloncillos de madera y unas manos sin guantes escarbando en su interior (años después, dicha imagen acude todavía a mi mente y siempre asociada a un acto obsceno, indecente). Cuando me dijeron que podía recoger el equipaje y salir por la otra puerta sentí un gran alivio.

Horas más tarde, cruzando la campiña francesa, mis problemas de comunicación comenzaron a presentarse. Conocía la ubicación de Aix-en-Provence, mi destino, por haberla localizado en el viejo Atlas familiar (querido cartapacio con ajadas tapas de cartón, tan sobado por las manos de todos los hermanos –y algunos de los primos– antes de llegar a las mías), estaba cerca de Marsella, hacia el Norte. Y pregunté al revisor si la parada de Aix precedía o no a la de Marsella. No le comprendí bien, pero, para mi gusto, la respuesta no fue muy satisfactoria: mi billete era válido hasta Aix pero… yo debía apearme en Marsella. La suerte de los inocentes tropezó conmigo un tiempo después, en la plataforma del vagón, en forma de mapa de los ferrocarriles franceses, donde descubrí que, efectivamente, tenía que dejar el tren en Marsella y tomar otro que unía esta ciudad con Aix.

Durante la espera, la estación marsellesa se convirtió para mí en un gran escaparate donde yo devoraba, con ansia y gran curiosidad, toda clase de novedades: ¡estaba en Europa! Todo me impactó mucho y una imagen en particular, la de una pareja besándose en el andén al pie de un vagón (nada habitual en los lugares públicos de la España que acaba de dejar atrás). Al margen de lo inusual, delante de aquella foto yo sufrí dos impresiones dispares: la primera de admiración y la segunda de intranquilidad: me inquietaba pensar que el tren arrancara y marchara sin el joven… o sin la joven.

Llegué, por fin, a Aix hacia las once de la noche. Bajé del tren y nadie me esperaba. Mostré al jefe de estación la dirección escrita en mi bloc, el cual, señalando con el dedo hacia la oscuridad de la ciudad e indicándome unas líneas básicas, me dijo: «¡Oh la la!, hay que caminar hacia allá, muchacho»; y yo («gracias») me puse en marcha para recorrer el kilómetro más largo de mi vida, hasta entonces. Me reencontré con la soledad sufrida alguna vez en mi infancia, pero acompañada de miedo; en este caso no me resistí a esperar: vigilaba atentamente mi entorno, mientras mi cabeza se planteaba posibles reacciones frente a eventuales situaciones. Todavía pregunté «Ciudad Universitaria “Les Gazelles”, por favor» a un joven de un garaje, la única persona a mano que encontré en todo el recorrido. Me señaló el que fue el último tramo, una pequeña carretera escasa de iluminación y carente de  edificios –un muro a la izquierda y un seto a la derecha–, que logró inquietarme mucho. Al final se abrió un hueco en el muro con un rótulo en la arcada del portal de mi destino. Aquel muchacho con mal aspecto, con una maleta en la diestra y una bolsa en el hombro contrario, causó tal impresión en unas chicas que charlaban en la entrada de la Ciudad Universitaria que se callaron de golpe y me preguntaron qué buscaba.

Mi estancia en Aix fue fabulosa bajo todos los puntos de vista: escolar, cultural y de desarrollo personal.

Comencé a aprender la lengua francesa de forma racional. En aquella época, en el bachillerato español se aprendía a leer, se estudiaba el vocabulario francés y se realizaba la traducción directa (francés-español), nada más. Conversar en francés, responder preguntas, hacer dictados y redacciones  era pasar del blanco y negro al tecnicolor sin transición, era… trabajar en tres dimensiones.

Una estancia de cuatro semanas con una quincena de jóvenes alemanes, ingleses, italianos, belgas y españoles. Fue formidable. Teníamos las clases por la mañana, dos grupos de 7-8 alumnos, de lunes a viernes. Sábado y domingo estaban destinados para visitas culturales, en la propia ciudad o fuera. Viajamos a Aviñón, Arles, La Camarga y Marsella.

En Les Gazelles conocí también a otra gente. Recuerdo dos universitarios africanos que hablaban español: lo habían aprendido en la escuela de una misión de monjas españolas ubicada en Costa de Marfil. Fueron capaces de entonar alguna canción española (infantil, lógicamente).

La ciudad de Aix, como otras muchas cosas de este viaje, navega en mi memoria como en una mar nebulosa, dejando entrever detalles diáfanos entre muchas zonas oscuras. Creo que era una bella población con calles y plazas limpias; había un gran bulevar, Cours Mirabeau, también un bonito parque, Jourdan, cercano a Les Gazelles. Por la calle encontrabas fuentes de las que manaba agua caliente. Me resultó extraño, extraño y simpático. Supe que era una villa termal, fundada por los romanos (más tarde supe que, en la Historia, los romanos y las termas siempre marcharon juntos). Todo resultaba como muy avanzado con respecto a España: la vía pública estaba dotada de papeleras, la gente no arrojaba cosas al suelo, los comercios presentaban escaparates más modernos, las tiendas de comestibles ofrecían la mercancía muy ordenada, envasada, iluminada,… más atractiva. Una de las sorpresas está asociada a un cuerpo geométrico, el tetraedro regular que yo había estudiado en clase de Matemáticas, lo vi en forma de envase: la leche se vendía en tetra brik de un litro. ¡Dios mío!, ¿dónde se encontraba España? ¡1963!

Durante los primeros días me asombró mucho la constancia del viento que soplaba fuerte por la tarde. Me dijeron que se trataba del Mistral, típico del Valle del Ródano. Guardando las distancias, vino a recordarme al Garbí de mi tierra.

Uno de los mayores contrastes era el ocasionado por el coste de la vida: muy elevado para alguien que llegaba de España. Yo no podía permitirme muchas cosas, casi nada. Podía comprar un botellín de Fanta, por ejemplo, en la máquina automática del pabellón 3 de Les Gazelles, poco más: costaba cincuenta céntimos (cincuenta francos viejos), algo más de seis pesetas. Quizás lo más económico eran los productos lácteos. Fui una vez al cine: había que conocerlo. Superado el escollo del precio, me dediqué a observar: quedó en mi mente el detalle de la venta de helados en la sala durante el descanso de la función; eso sí, helados envasados en pequeñas bolsas individuales.

El restaurante universitario me resultó espectacular (de película, diríamos): era amplio, diáfano, limpio, con mobiliario moderno y cómodo, cocina a la vista, autoservicio práctico con acero inoxidable por doquier,… Yo aprendí pronto a manejarme, así como los pequeños trucos; por ejemplo, cuando se comía tarde, había la posibilidad de repetir algún plato si las empleadas estaban de buen humor: habitualmente eran amables conmigo.

Descubrí el Impresionismo gracias a Paul Cézanne y Vincent Van Gogh. El pintor francés nació en Aix y el holandés vivió en Arles durante un par de años. Visitamos los dos museos. Me inundó su pintura como se inunda de letras el niño que salta del Catón al Quijote sin transición: gran borrachera. Pero nunca olvidaré sus nombres, sus cuadros, las manchas, las rectas onduladas como inmersas en grandes estanques de erizadas aguas. Aprendí a mirarlos de lejos. Conocí la propensión de ciertos pintores de repetir un mismo tema en varios lienzos; especialmente los impresionistas. En el caso de Van Gogh, «La habitación de la casa amarilla» o «Los girasoles», por ejemplo. Cézanne repitió también el contenido de «Los jugadores de cartas», pero el colmo de esta costumbre se encuentra en su serie «La montaña Santa Victoria»: una ochentena de cuadros testifican el gran apego de este pintor por la citada montaña (¿una fijación?), casi una obsesión.

Reencontré a Emile Zola quien, aun siendo parisino, vivió unos cuantos años en Aix, donde entabló una gran amistad con Cézanne. Yo conocía al cabeza de fila del naturalismo por su influencia en las principales novelas de mi paisano Blasco Ibáñez, poco más.

Por primera vez vi jugar al tenis en directo; algunos compañeros habían traído raqueta. Yo solo conocía el deporte por referencia (Manolo Santana lo había hecho saltar a la primera página) y por el NO-DO. Siempre asocio este deporte con una anécdota: una tarde fuimos invitados de un Country Club y quedé atónito cuando leí que para acceder a la «jaula» donde estaba la pista de tenis (aunque no fueras a jugar) tenías que vestir de blanco.

Marsella fue el escenario de la última excursión: Nuestra Señora de la Guardia sobre la colina, La Canebière y el Viejo Puerto abajo, el castillo de If en el islote,… pero de fondo siempre, siempre, el continuo ulular de las sirenas de los coches policiales. Y siempre, siempre, la misma duda: ¿había más seguridad porque había más policía en la calle o era necesaria más policía a causa de la inseguridad existente? El contraste era notable: el régimen dictatorial conllevaba más control y, por ende, más seguridad ciudadana.

La intensa experiencia podría traducirse en un incremento de conocimientos, fruto directo del viajar, pero, en este caso conllevó, especialmente, subir un escalón, un notable escalón, en el crecimiento personal. Además de conocer algo (un poquitín) sobre los franceses, su cultura, su geografía provenzal…, tuve la oportunidad de convivir durante cuatro semanas, aparte del profesorado indígena, con gente de mentalidad muy dispar, procedentes de diferentes países, con un segmento de edades a considerar (de 14 a 19 años)… Chicos y chicas con otro nivel en el trato, en el diálogo, incluso en los debates que se organizaban. Fue realmente enriquecedor en todos los aspectos para este adolescente ignorante y tímido (aunque con ganas de aprender y de despertar). Baste decir que, durante cierto tiempo, mantuve correspondencia con todos ellos y más de dos años con alguna en particular.

El viaje de regreso a Bigar fue menos pesado, el tren nocturno Marsella-Portbou acortó mucho la duración. En el fondo de la maleta de mano, entre la ropa sucia, reposaba mi único regalo: un ejemplar de La guerre d’Espagne de Hugh Thomas. La otra iba colmada, un montón de cosas nuevas rellenaban pliegues y recovecos, algunas patentes, otras se irían descubriendo mucho más tarde. Hay semillas que tardan en germinar pero, con el tiempo, (casi) todas llegan a hacerlo. Está claro que «Viajar» fue la asignatura más importante de aquel quinto de bachiller (incluyendo las regladas).

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