Feliz año maya. Autor: Albert Franquesa Valcárcel

Me llamó a última hora. Me dijo que lo sentía mucho pero que no podía venir a Playa del Carmen, que le había surgido un «imprevisto». Eso no impedía que nos viéramos: «Agarra un avión», dijo. Y colgó.

Adiós a la reserva del hotel Riu Palace. A mis cinco días de tumbona y margaritas y a mis cinco noches de salsa y fiestas playeras. Adiós a la arena blanca bañada por un mar turquesa, a los peces de colores, al mar de cocoteros… Adiós a las piscinas redondas, los masajes relajantes, las motos acuáticas, las bellezas en bikini. A la mierda Playa del Carmen. A la mierda el jodido paraíso. Todo a la mierda, todo.

Ya era demasiado tarde para encontrar un billete a un precio decente. Y cuando pregunté por el tren me miraron como si fuera extraterrestre. Cerré los ojos y me puse el dedo índice en la sien: enviaba mentalmente todo aquello a la papelera de reciclaje. Todo aquello que me perderé en Playa del Carmen. Todo aquello que me he perdido en Cancún trabajando catorce horas diarias para la puesta a punto del programa de contabilidad.

Cuando los abrí estaba en la terminal ADO –31 de Diciembre, 8am–  haciendo cola agobiado para comprar un billete de Cancún a Tuxtla Gutiérrez. La estación de autobuses a reventar. El rumor ambiental me impedía oír bien a la taquillera al otro lado del cristal hablándome por el micrófono.

–¿Me dice usted que quiere un billete para hoy?

–No, señora. Lo quiero para ahora.

Aquella terminal de autobuses era como un pequeño Méjico frenético hecho de múltiples Méjicos. Hasta ahora sólo había visto coches de alquiler, resorts,  hoteles de lujo, restaurantes, hombres repeinados en sus deportivos con chicas jóvenes exuberantes, gente joven y guapa en plena diversión nocturna. Todo en un fondo anestesiado de placidez caribeña.

Ahora, en aquella sala de espera, turistas despistados en camisas floreadas y pantalón corto destacaban entre una gran masa oscura, mayoritaria. Una masa de pasajeros que viajaban solos, en pareja, en familia, con sus bultos en el suelo esperando el autobús, todos con un mínimo común denominador: su piel oscura, curtida, indígena. La colonia de sirvientes de resorts, hoteles de lujo y restaurantes volvían a casa para el año nuevo. ¿Quiénes si no limpiaban las habitaciones? ¿Quiénes si no fregaban, quitaban la mierda, sacaban brillo a aquel Cancún reluciente?

El autobús con destino a Tuxtla esperaba en la dársena número nueve. Una voz avisaba  a los pasajeros por el megáfono. Rápidamente se formó una cola delante de la puerta del autobús. Los que llevábamos equipaje fuimos derivados a la cola del maletero exterior.

Tuve suerte: asiento con ventana. Ahora tocaba esperar a mi compañero de viaje, aquel vecino provisional durante más de diez horas. Instantes de inquietud. Un turista inmensamente gordo avanzaba hacia mí con su camisa de tulipanes sudada y unos bermudas inmensos. Pasó de largo. Luego entró una mujer mayor santiguándose que deambuló dubitativa por el pasillo mirando a un lado y a otro. Detrás, una mochilera morena –camiseta y tejanos cortos, buen cuerpo– avanzó chequeando los números de los asientos hasta detenerse justo a mi altura. Miró el asiento contiguo y luego descargó la mochila y la subió al altillo del equipaje de mano. Extranjera, sin duda, europea seguro, italiana probable. Saludó con la cabeza y dijo hola al sentarse a mi lado. Hola, respondí yo. Y le di al play de mi Ipod.

Nos enchufaron una película nada más salir de la terminal. La típica comedia romántica doblada en español latino. Los nativos parecían seguirla con interés, reían las mismas gracias y sonreían atolondrados inmersos en aquel sueño ñoño hollywoodiense.

Las prisas me habían impedido comprarme algo para matar el hambre. Mi estómago vacío clamaba al cielo. Una banana apareció en mi campo visual. ¿Quieres?

–No gracias, supongo que pronto pararan para desayunar.

Ella me miró y se echó a reír.

–¿Tú no has viajado mucho en autobús por aquí, verdad?

Cuando el autobús se detuvo, dos horas después, compré unas patatas fritas sabor chile habanero y un refresco de cola.

–¿A dónde vas?

–A Tuxtla.

Ella frunció el ceño, interrogativa. Tuxtla no era un destino común para turistas. Ni siquiera un destino. Iba por mi hermano.

–¿Tú hermano vive en Tuxtla?

–Trabaja allí desde hace años.

De repente parecía interesada, lo que me animó a proseguir:

–Es biólogo. Vino a Méjico con una beca postdoc. Luego le ofrecieron un puesto en el zoo. Se ve que el zoo de Tuxtla es uno de los más importantes del país.

Le conté la jugarreta que me había hecho mi hermano por un «imprevisto». Yo que tenía una reserva en el Riu Palace, en Playa de Carmen, para tostarme  al sol y disfrutar la noche.

–Playa del Carmen, qué horror.

La chica apartó la vista con desagrado.

–¿Y tú adónde vas?

–A San Cristóbal.

Me volví hacia la ventana. Dejamos pronto Quintana Roo para adentrábamos en el Yucatán. Lo que equivalía a salir del turismo playero de la Riviera Maya, a lo largo del Mar del Caribe, para penetrar en la espesura selvática de una enorme planicie verde bajo un radiante cielo azul. Era relajante deslizar la vista por  ese mundo infinitamente verde que al rato, tal vez por falta de estímulos, resultaba hipnótico. Me sentía como una vaca viendo pasar un tren selvático.

El autobús se detenía cada dos por tres para recoger pasajeros y vendedores ambulantes que vendían ungüentos curalotodo, amuletos de la virgen de Guadalupe y vete a saber qué santos.

–Así no llegaremos nunca.

–Qué esperabas.

Una de las vendedoras indígenas se detuvo a nuestra altura y nos miró sonriente. Le devolví una mirada que no era precisamente de bienvenida. Aún así, permanecía en pie sonriente.

–Deme unos bananitos y tres tamales.

La mujer sacó media docena de minúsculos plátanos y aquellas cosas envueltas en hojas de maíz.

Mi vecina desenvolvió una y apareció una masa viscosa.

–¿Quieres?

–Gracias –dijo mi estómago vacío.

–Está bueno, eh.

–No está mal.

Detrás, dos mochileros holandeses, una parejita veinteañera, nos consultaron no sé qué de una guía de viaje. Intercambiaron palabras con mi vecina y luego un tamal por unos aguacates minúsculos entre risas. Me daba un poco de grima asistir a aquel buenrollismo civilizado.

–Así que tu hermano es biólogo.

–Un colgado, básicamente. Hace tres años que no lo veo.

–¿Estáis peleados?

–Simplemente pasa de mí y de toda la familia.

–¿Cómo se llama?

Advertí que me preguntaba por su nombre antes de preguntar por el mío.

–Se llama Pau. Yo soy Robert.

–Yo Eva –dijo ofreciéndome la mano.

–Encantado.

–Tu hermano debe disfrutar con lo que hace. Por eso está en Tuxtla.

–¿A estar rodeado de cocodrilos lo llamas disfrutar?

–¿Co-co-dri-los?

Eva abrió sus ojos negros, interesada de verás. Supongo que detectó en los míos un yo lastimado pidiendo a gritos que le dieran de comer, así que giró el foco y me preguntó qué hacía yo.

–Soy consultor informático.

–Me lo imaginaba. No tienes mucha pinta de viajero, tampoco de turista.

–No me gusta viajar ni hacer turismo.

–Eso lo dices porque no viajas.

–¿Y qué tiene de especial viajar?

–Lo sabrías si viajaras.

Hablaba como si estuviera de vuelta de todo, qué sabía ella. Una niña de papá, seguro. Una de esas hipipijas con ínfulas, una italiana enrollada con un papá soltando la pasta.

Quise volver al Ipod: sin batería.

Los paneles de la cuota iban señalando los kilómetros que faltaban para Campeche y para Uxmal. A ambos lados, el paisaje frondoso e interminable de la selva yucateca.

Esta vez fue ella quién reanudó la charla.

–El Yucatán, tierra maya. ¿Has visitado alguna ciudad maya?

Le dije que no.

–¿Pero en Cancún habrás visto los folletos de Chichen Itzá o Tulum?

Ni me había fijado.

–Ni siquiera verás Palenque…

Como vio que no estaba muy puesto en el tema, siguió disertando sobre la cultura maya.

Me habló de los sacrificios humanos. Un intercambio de sangre por fertilidad con el dios sol. Un acto simbólico para saciar la violencia natural, el hambre divina, que  restablecía el orden cósmico. A veces incluso se los comían, aseguraba Eva. El banquete era la unión, el lazo sagrado: el hombre alimenta a los dioses, los dioses alimentan al hombre. Durante el ritual, el sacerdote abría el pecho del sacrificado y le arrancaba el corazón todavía latiendo y luego con un cuchillo ceremonial –Eva lo empuñaba poseída,  dispuesta a rasgar la yugular– decapitaba a la víctima y lanzaban su cabeza rodando por la pirámide como un balón de futbol.

–Disculpa  –dijo resoplando, todavía en trance–. Antes he sido un poco borde. No quisiera ahora dármelas de listilla.

–En absoluto. Adelante, culturízame.

Eva había estado en un montón de sitios. Llevaba un año viajando por Latinoamérica. Primero Méjico, luego bajó hasta Guatemala, de ahí saltó a Perú, luego Brasil… Ahora de nuevo subía para conocer mejor la costa del Pacífico.

–Ni Cancún, ni Cozumel, ni leches. Tulum es el paraíso, pero no se lo digas a nadie. Es un secreto.

Eva sentía verdadera pasión por el viaje. Cuando hablaba de ello era como si tuviera un orgasmo. Tenía incluso una teoría del viaje:

–Número uno: viajar no es transportarse. Dos: se puede viajar y hacer turismo pero no hacer turismo y viajar. Tres: mochila, nada de maletas.

No sé qué cara debía estar poniendo porque ella insistía:

–Una cosa es viajar, otra transportarse.

–¿Y qué hacemos ahora?

–Estamos viajando. En un avión eres una maleta. En tren o autobús hay una experiencia de viaje. ¿Tú por qué no viajas?

–No me gusta viajar solo.

–Nunca se viaja solo. Mira a tu alrededor.

Eva era sarda, aunque había estudiado y vivido en Roma. Veterinaria ahora en paro, había trabajado a destajo durante años en una clínica privada, la última en Madrid, de ahí su español impecable. Estaba harta de los malos rollos con su jefe y de la visión comercial del mundo animal.

–Hasta que un día se me hincharon las pelotas y lo mandé todo al carajo.

Cuando le comenté que yo era de Barcelona, ella me dijo que iba a menudo, tenía amigos allí.

–Era más probable en Barcelona y en cambio nos hemos conocido en un autobús de segunda clase cruzando el Yucatán de camino a Chiapas. Qué cosas tiene la vida…

–Es lo que tiene viajar. Ya te lo he dicho.

No me había enterado y ya estaba oscureciendo. Cuántas horas llevábamos ¿nueve?   Cuántas nos quedaban, ¿dos? ¿tres? Cerré los ojos, fatigado.

Eva entabló conversación con dos indígenas sonrientes, la boca despoblada de dientes. Eran primos y vivían en San Juan Chamula, un poblado indígena cerca de San Cristóbal. Les preguntaba por la lengua en unos paneles informativos a la salida de Palenque. Náhuatl, entendí. Había muchas lenguas mayas pero se utilizaba el náhuatl como lengua vehicular entre las diferentes comunidades. Al rato, Eva cotorreaba con una mujer que iba a ver su hijo a Tuxtla y que temía que el autobús no llegase a tiempo para celebrar el Año Nuevo. Feliz 2012. El fin del mundo según la profecía maya, decía Eva.

Cuando desperté estábamos parados en mitad de ninguna parte. Me pareció extraño que a esas horas de la noche hubiese todavía venta ambulante. Por la cara de Eva vi que la cosa no iba por ahí. Estaban todos callados. Afuera, la noche selvática parecía conspirar.

Las puertas se abrieron y entraron unas botas militares unidas a un hombre de camuflaje que avanzaba por el pasillo, manos en cinturón, escaneando rostros. Se detenía, interpelaba a los pasajeros y luego seguía avanzando. Se paró delante de nosotros, sus ojos altivos olfateaban nuestro miedo. Documentación, dijo. Eva sacó su pasaporte, yo el mío. Nos preguntó de dónde veníamos, adónde íbamos y el motivo de la visita. Turismo, dijo Eva. El tipo giró la cabeza hacia mí. Vamos juntos, dijo Eva.

Afuera, había dos jeeps militares con una ametralladora enorme. El hombre de las botas militares se montó en uno de ellos y los jeeps se alejaron a toda velocidad.

Chiapas. Carretera federal 199. La cuota se había convertido en una carretera serpenteante deslizándose silenciosa por la maleza, subiendo y bajando en espirales las montañas de la selva Lacandona.

–Buscan ilegales o narcos o zapatistas, qué se yo –dijo Eva–. Alguien a quien morder.

“Está usted en territorio zapatista”, se leía ahora en diferentes paredes grafiteadas.

El autobús se detuvo en la última estación de servicio. El conductor se levantó y en voz alta, dirigiéndose solemne al ahora silencioso coro de pasajeros, anunció que habría que esperar a formar un convoy con otros vehículos. «El riesgo de ser asaltados hoy es alto. Disculpen las molestias».

Hubo una oleada de murmullos y quejas. La señora mejicana que temía no llegar a la cena familiar se lamentaba. No les podía hacer eso, estaba en juego un reencuentro familiar esperado todo un año. El conductor parecía un frontón devolviendo la pelota. «Es por seguridad. Hay que esperar».

Una chica de Villahermosa nos puso en antecedentes al sector crítico y a los turistas. Los autobuses que tomaban la 199 entre Palenque y San Cristóbal eran asaltados a menudo.

–El señor conductor es prudente y hace lo correcto. Mejor llegar tarde que nunca.

Se dirigía a nosotros como si fuéramos observadores de la ONU.

–Este país es un polvorín. Cuando no son los zapatistas es el ejército. Pero lo peor son los narcos y los políticos. Depositamos nuestras vidas en manos corruptas. Todo Méjico es una selva donde las cosas se arreglan a machetazos.

Había que resignarse a pasar la noche allí. Un enemigo difuso nos esperaba en el corazón de la selva, en alguna curva de la carretera con el rostro oculto por un pasamontañas y armado hasta los dientes.

La estación de servicio era una caseta ridícula, insignificante, ante la inmensa noche selvática. Se oían aullidos y rumor de alimañas procedentes de aquella enorme extensión oscura. La niebla espesa transpiraba de las entrañas de la tierra. Era como si unas fuerzas atávicas conspirasen en la jungla al tam tam de nuestros corazones. Una colleja me despertó de aquel sueño hipnótico autoinducido.

–Tenías un zancudo en la nuca así de grande –dijo Eva midiendo el tamaño con sus manos.

El paso del tiempo empezó a transformar la angustia en otra cosa. Imperaba la necesidad de vincular nuestras emociones, establecer lazos, poner en común nuestro miedo. Era como una especie de ritual de paso. Bajo la amenaza de lo desconocido ahí estábamos todos charlando sin parar, yo incluido. Inaudito.

Jonas y Stella, la pareja holandesa, hablaban con Jimena, la mujer del hijo mecánico de Tuxtla. Jimena sacó de la cartera unas fotos de los nietos que enseñaba orgullosa a aquellos chavales de Amsterdam.

Eva hablaba con Gabriela, la chica de Villahermosa, que de hermosa la villa no tenía nada, según ella. Oaxaca, en cambio, era preciosa.

El chico gordo del final del pasillo, que no había dicho ni mu durante todo el viaje, se acercó amistoso. Se llamaba Mike y era de Los Angeles. Sacó una botella de mezcal que corrió como la pólvora prendiendo fuego en los corazones. Yoltic –“el que vive”– y Yolihuani –“fuerza de la vida”–, los dos primos indígenas de Chamula, nos ofrecían chapulines y sal de gusano de maguey. Una hora después, ya un poco perjudicado, Mike levantó solemne la botella vacía, rodeando el hombro a Yolihuani: «Pobre Méjico, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos».

Las abuelas ofrecían tortillas con huitlacoche, una especie de hongo según Eva, que el conductor devoraba con avidez. De repente me encontré con una botella de tequila en la mano. ¡Ándele güero! La excitación burbujeante del año nuevo, más la noche densa y el tequila, iban haciendo mella en los pasajeros.

–Es el Fin de Año más extraño de mi vida –dije achispado.

–Es lo que tiene viajar.

–Feliz 2012.

–Feliz Año Maya– dijo ella con los ojos brillantes.

–No parece que vaya a acabarse el mundo.

–O tal vez sí. Tal vez acabe un mundo y empiece otro mejor. A lo mejor la profecía maya significa eso.

De repente golpearon el cristal desde el exterior. Nos asustamos. Afuera, brindaban  también con nosotros pasajeros de otros autobuses, apelotonados en la estación de servicio, en medio de la selva chiapaneca. El convoy crecía. La noche menguaba.

Salimos a respirar bajo un cielo bestialmente estrellado. Eva miraba las estrellas titilantes. Sus ojos parecían talismanes de ónix. Sus morritos chupaban nicotina en silencio.

De repente se me ocurrió que aquello no era un mero trayecto, un desplazamiento banal, no, aquello era un ritual de paso, una bifurcación, una metamorfosis hacia mi nueva vida. Y ella no era la pasajera de al lado sino mi chamán acompañándome en el tránsito. Y Gabriela y Jonas y Stella, y Jimena y Yolihuani, incluso Mike el gordo, eran miembros de una nueva estirpe. Y el conductor era Moisés. La selva Lacandona, el mar Rojo. San Cristóbal, la tierra prometida…

–Me están matando los zancudos. ¿Entramos? –dijo ella.

A las cinco de la madrugada, un convoy de una docena de vehículos reinició el viaje   cruzando de la mano el ocaso de la noche, hacia San Cristóbal, la Alta, a más de dos mil metros por encima del nivel del mar.

Eva me cogió la mano y su cabeza se quedó dormida en mi hombro izquierdo.

La niebla se había disipado. En el cielo encendido las estrellas se iban apagando. La selva parecía despojada de fantasmas y quimeras. Su hambre aplacada.

El autobús serpeaba la carretera silencioso por encima de las nubes. Sólo se oían ronquidos de fondo. Todos dormían menos yo. Mi mano seguía en el regazo de Eva, estrujada, sin circulación sanguínea.

Llegamos a San Cristóbal al alba, un amanecer luminoso de casitas blancas.  Los pasajeros empezaron a despertar, Eva entre ellos. Recuperé mi mano: la sentía ajena, amputada.

El autobús se detuvo en la estación.

Eva bajó la mochila. Ladeó la cara sonriente a modo de despedida.

–Feliz Año Maya –dijo antes de abandonar el autobús–.Y saluda a tu hermano de mi parte.

La puerta se abrió y ella salió balanceándose con la mochila a cuestas.

Sentí que se me agitaba el pecho, el corazón en un puño palpitando desbocado. Pensé en bajarme allí mismo, pensé en mi hermano, en una excusa. El suelo se abría bajo mis pies. La duda se despeñaba por el abismo. Pensé mil cosas en escasos segundos. Mis  manos en el cristal empañado.

La puerta se cerró.

El autobús reinició su marcha hacia Tuxtla.

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