En el Reino de Fouta Tooro. Autor: Héctor López Rubio

6 de diciembre, 2010

Dakar me ha recibido con una bofetada de calor húmedo nada más abandonar el aeropuerto. Fuera me esperaba Modou, el que será mi conductor durante estos días. Me ha traído al Hotel Sokamon en su furgoneta blanca recién estrenada. Trato de comunicarme con unas palabras en mi paupérrimo francés y nos despedimos hasta las seis de la mañana, cuando partiremos en un largo viaje de diez horas hasta el departamento de Podor, el área más oriental de la región de Saint Louis, lindante con Mauritania. Un remoto y reseco trozo de tierra olvidado de la mano de dios y de los hombres. Viajaremos paralelos a la costa hasta la ciudad de Saint Louis para después adentrarnos hacia el interior siguiendo el curso del río Senegal.

Me ha costado llegar hasta la habitación desde donde escribo estas breves líneas a la una de la madrugada. La huelga de los controladores aéreos españoles dio comienzo cuando me encontraba en el finger de acceso al avión el viernes por la tarde. Disfruté de unas maravillosas horas de caos debido al conflicto de poder entre el gobierno español y los mencionados controladores. Me atrincheré en una esquina de la terminal con una botellita de Rioja y algo de comer y mantuve la calma en medio del caos más absoluto. Desde aquí  me parece lejano, ya que Judit reorganizó la situación con  unas llamadas, correos y mensajes, y pude tomar un avión dos días después. Perdimos la reunión más importante para nosotros, pero ya pensamos en cómo recuperarla. Nuestro querido Santiago de Miguel es un hombre comprensivo.

He recorrido las calles vacías de Dakar en la oscuridad de la noche recordando anteriores estancias aquí. En noviembre del 2009 pisamos por primera vez este maravilloso país para llevar a cabo un proyecto conjunto entre Construye Mundo y la Fundación Xaley con el fin de proporcionar atención odontológica a los talibés, los niños mendicantes de la ciudad de Saint Louis. Sus familias los envían a la escuela coránica, donde se dedican a mendigar su sustento durante la mañana y a estudiar sus sagradas escrituras en tablillas de madera por la tarde. Fue entonces cuando conocimos a Santiago de Miguel, el cual nos guió a través de los vericuetos de la cooperación internacional en un revelador viaje en su coche hasta la ciudad de Thies, donde nos puso en contacto con la que hoy es nuestra contraparte en Senegal: Tostan. En marzo de 2010 regresamos en nuestro primer viaje de identificación de proyectos en un periplo de descubrimiento por uno de los lugares más olvidados de la tierra: Podor. Me invade un sentimiento cálido, conmovido por bellos recuerdos de días plenos de emociones. Fuimos capaces de fundar una organización de cooperación al desarrollo inspirados por la labor de Vicente Ferrer, y desarrollarla de una manera profesional y a la vez útil para personas olvidadas hasta por sus propios compatriotas.

Sam, nuestro traductor en anteriores ocasiones, me ha dado la bienvenida a su país por teléfono con voz alegre y cordial y nos espera mañana en Saint Louis. Estudia Historia en la Universidad. El día que le dije que es clavado a Westley Snipes casi se troncha de la risa. Me despido hasta el día siguiente y me acodo en la barandilla del balcón de mi habitación. El cálido olor del mar es denso, lleno de vida, en esta bahía de Dakar a la que se asoma el hotel. Estoy deseando volver a ver los baobabs de camino al árido departamento de Podor, donde Samba, nuestro agente de campo, me acompañará a visitar los proyectos que apoyamos en cinco comunidades. Las caras y los ecos de estas  gentes regresan a mi mente. Me encuentro ansioso por ver lo que han sido capaces de hacer y cómo han mejorado sus vidas con sus ideas y su trabajo. También acudiremos a identificar nuevos proyectos de cara al año que viene, nuevas aldeas llenas de personas que quieren salir de la pobreza con su esfuerzo y su laboriosidad. Sólo necesitan un pequeño empujón y Construye Mundo se lo quiere dar. Desapareceré durante tres días en un área casi sin carreteras, ni médicos, ni escuelas, ni internet…Seré afortunado si me puedo asear un poco, dormiré en algún tejado bajo las estrellas y comeremos con la mano derecha del mismo plato acuclillados en la oscuridad de la noche… Mis acompañantes serán las gentes pulaar y wolof de esta remota región de la tierra, serenos, alegres y hospitalarios. Organizados en comités y educados en programas de formación de Tostan, nuestra contraparte. Muy pobres, pero con las neuronas funcionando y formando equipos de trabajo para salir adelante y alcanzar una vida mejor. Tintura de telas, badulaques en aldeas aisladas, engorde y venta de ganado, fundación de cooperativas de arroz, cultivos de hortalizas… Pequeñas actividades rurales que les generarán ingresos y serán autosostenibles, arrancadas con penuria a esta reseca tierra. No podré escribir de nuevo hasta el miércoles por la noche, de regreso a Saint Louis. La ilusión me domina y me mantiene despierto. Me esperan días de trabajo y emociones, así que ya va siendo hora de retirarme a descansar un poco…

En Podor con los Pulaar

9 de diciembre de 2010

El río Senegal desemboca sereno en el Atlántico, coronado por la decadente y pantanosa Saint Louis en la que me encuentro. Ecos de Lisboa o Tánger acuden a mi mente, ciudades portuarias que parecen encontrarse en un permanente estado de belleza ruinosa. Desde aquí puedo ver el puente que el gobierno francés construyó para unir la isla con el continente, diseñado por Eiffel. La brisa es fresca y huele a mar. Los mosquitos me devoran y pienso en la malaria. Hace unas pocas horas que llegamos a este pequeño y acogedor Hotel Sindone, nuestro cuartel general en la zona, tras pasar tres días en una de las áreas más pobres, áridas y olvidadas de la tierra.

El lunes partimos de Dakar a las seis de la mañana con el fin de evitar el monumental atasco que se forma al comienzo de cada jornada laboral.  Modou, al que rebautizo como Mou, nos trasladó a él mismo y a mi acongojado ser a Saint Louis en un tiempo record de tres horas. El muchacho es puro nervio y parece un tío duro, tras sus perennes gafas de sol. Delgado, pequeño y fibroso, pisa el acelerador como si lo tuviera pegado al pie, sin importarle lo más mínimo lo que ocurra en la carretera. Hemos pasado por Thies a la velocidad del rayo. Decenas de kilómetros de baobabs han desfilado ante mis ojos en un suspiro. Hemos cruzado las áreas pantanosas y salinas que preceden a Saint Louis como si fuéramos en una lancha a motor. La propia ciudad y su frenesí desfila ante mí a cámara rápida. Dónde queda la serenidad africana cuando Mou conduce…

En la entrada principal del campus universitario nos esperaba Sam, nuestro buen amigo traductor, con el que hablé por teléfono la noche anterior. Es un muchacho educado, alegre e inteligente. Sabe mantenerse en segundo plano y ser útil al mismo tiempo. Nos hemos tomado cariño mutuo, esas cosas se notan, y nos lo demostramos con un efusivo abrazo. Continuamos ruta hasta Ndioum por una carretera infernal plagada de agujeros, grietas y baches, que superamos en cuatro horas más. A partir de Richard Toll, a tan sólo media hora de nuestro punto de partida, no nos cruzamos con ningún otro vehículo a motor. Es un detalle que permite hacerse una idea del desarrollo económico de la región a la que nos dirigimos. Nulo.

En la mencionada Ndioum se encuentra la oficina de nuestra contraparte Tostan en el departamento de Podor. Es un edificio rodeado de arena, construido con muros de adobe levantados en torno a un patio central. Sin carteles exteriores, sin muebles, sin nada colgado en las paredes, sin gente. Reinan el silencio y la quietud. Me invade la inquietante sensación de encontrarme ante las mismas puertas del Vacío, aunque al mismo tiempo me abandono a una placentera paz interior. El calor es aquí seco y el paisaje agreste. Nos recibe Harouna, el coordinador de área, con el que mantengo una reunión acerca de los proyectos que apoyamos. Él también me transmite esa sensación de Vacío bajo su blanca chilaba, como si allí debajo no hubiera cuerpo, y como si detrás de sus ojos no se encontrara ningún alma. Tan sólo el conocimiento del abismo en el que se cae de forma permanente, por el hecho de saber que en algún lugar existen vidas mejores…

Partimos hacia Golleré, donde nos espera Samba, el agente de campo. Hombre de gran estatura, alegre y diligente, se encuentra en contacto directo con todas las comunidades y es el verdadero brazo armado de  Construye Mundo y Tostan en la zona. El Comité de Gestión Comunitaria(CGC) de Golleré está formado por dieciséis mujeres y un hombre. La mujer es la gran protagonista de nuestro trabajo. Apoyamos su empoderamiento y su independencia económica. Este comité es muy dinámico y realizan multitud de actividades. Me muestran los utensilios de trabajo que utilizan para confeccionar la tintura de telas. Han recibido formación de una mujer del pueblo y de otra formadora que se trasladó desde Dakar. Tengo el resultado en mis manos: telas de seis metros decoradas con motivos locales y que venden por 10.000 cfa, unos quince euros aproximadamente. Con los beneficios que obtengan de su venta piensan construir una pequeña escuela de idiomas y un taller textil para continuar la actividad, que es autosostenible. Decenas de mujeres y niños nos acogen con alegría. Matan un cordero para la cena, que degustamos en un tejado huyendo del polvo. Pasamos la sobremesa con alegría y serenidad. Duermo en la azotea del edificio comunitario. Nunca he visto tantas estrellas, diamantes incrustados en la negra bóveda de la noche…

Siento el frío del amanecer dentro de mi sábana-saco y me levanto con el primer rayo de sol. Puedo contemplar la incipiente actividad en Golleré desde el tejado en el que he dormido. Me aseo con unos cazos de agua e ingiero un sobrio desayuno a base de café soluble, leche en polvo y mendrugo de pan. El equipo de Construye Mundo comienza la jornada con energía y buen humor. Mou, Sam, Harouna, Samba y yo mismo. Nuestro primer destino: Roumde Diambe, un diminuto poblado tribal cercano a la carretera. Somos recibidos por una pequeña comitiva que enseguida nos muestra la consecución del proyecto: treinta corderos en su cerca, que han sido engordados y se venderán dentro de un mes. Comprarán nuevos corderos y utilizarán las ganancias para las diversas actividades que el CGC realiza en beneficio de la comunidad.

Proseguimos nuestro camino hasta llegar a Thilouki. Para acceder a este poblado hay que recorrer una pista de tierra de unos doce kilómetros. Este es un CGC muy dinámico. La Facilitadora (persona formada por Tostan para coordinar los proyectos) está fuertemente implicada y todas las comisiones funcionan con energía y laboriosidad. Han creado un almacén de arroz y otros alimentos básicos, lo cual evita tener que desplazarse a cada familia hasta Galoya, el pueblo más cercano sobre la carretera. Ni que decir tiene que aquí nadie tiene coche; se trasladan en burro o a pie la mayoría de las veces. Actualmente han alquilado dos caballos que trasladan toda la mercancía de una sola vez hasta el pueblo. Por añadidura este hecho ha beneficiado a los habitantes de las aldeas vecinas, que actualmente también compran aquí. Se han constituido en Grupo de Interés Económico (GIE), figura que goza de ventajas fiscales en Senegal, y han accedido a un microcrédito de Tostan. También nos proponen rehabilitar un dispensario para hacer pequeñas atenciones sanitarias y asistir partos. En la actualidad las mujeres han de desplazarse cien kilómetros hasta Ndioum para dar a luz, asumiendo grandes riesgos en el camino, a veces con fatal desenlace. Cuentan con una matrona y una auxiliar dispuestas a hacerse cargo del dispensario. Nos apasiona la idea de apoyar esta iniciativa que sin duda salvará vidas. Tras esta productiva reunión, a la que ha acudido todo el pueblo, nos invitan a compartir un sabroso Tiboudiene antes de partir.

Nuestra próxima parada es Galoya, donde nos reciben entusiasmados. Cuando veo lo que han hecho el entusiasmado soy yo. Han sido capaces de ganar al desierto media hectárea, con la única ayuda de una tubería de agua y tres grifos. Han sembrado lechugas, cebollas, tomates, zanahorias, pepinillos y no sé cuántas cosas más. 82 personas trabajan este campo en grupos de diez. Cada grupo se encarga de una parcela de 40 m2. Pagan 50 cfa por cada cubo de agua y 500 cfa para el sostenimiento del CGC. Las hortalizas son para autoconsumo y venta, en dos cosechas al año. No puedo evitar dar saltos de alegría al ver lo que esta gente está haciendo para salir adelante y me siento feliz de que Construye Mundo haya podido echarles una mano.

Proseguimos viaje hasta Ngouye, a orillas de un afluente del río Senegal, que significa “nuestra piragua”, en wolof. Este proyecto también nos apasiona. Apoyamos la creación de una cooperativa de arroz con el fin de que los agricultores de la zona no sean víctimas de los bana-bana, especuladores que les compran el arroz a precios muy bajos por su incapacidad de almacenarlo, y vuelven a vendérselo en época de escasez a precios desorbitados. Disfruto viendo los sacos de arroz de cincuenta kilos, apilados en el almacén del edificio comunitario, sabiendo que a esta gente no les va a faltar el alimento y que venderán el excedente al precio que ellos decidan, sin imposiciones, alcanzando un cierto grado de independencia económica. También son Grupo de Interés Económico y disfrutan de un microcrédito. Además forman parte de la Federación de CGCs de Podor, lo cual les permitirá en el futuro crear una mutualidad y tener acceso a financiación bancaria permanente.

Cae el sol en las arenosas tierras del antiguo Reino de Fouta Tooro, que se extendía por el Sahel occidental en torno al río Senegal, incluyendo la ribera de la actual Mauritania, desde la ciudad de Podor hasta las tierras al sur de Matam. Sus habitantes, los pulaar, reciben nuestra solidaridad con los brazos abiertos, quizá soñando con volver a alcanzar glorias de remotos tiempos, victorias de héroes míticos, contadas en torno a una hoguera bajo las estrellas. Cenamos sentados en el suelo, comiendo todos de un gran plato, utilizando la mano derecha -soy zurdo- y completamente a oscuras. No os imagináis lo difícil que resulta. De vez en cuando alguien se apiada de mí y pone un trozo de carne en mi zona del plato. Siento una gran paz en compañía de esta gente. Mi experiencia personal con el Islam en el entorno del Sahara ha sido siempre positiva. También con los bereberes en el sur de Marruecos. Gentes hospitalarias, bondadosas, generosas, familiares, pacíficas, respetuosas…

Viajamos a Bito, el pueblo donde vive la familia de Harouna, en la oscuridad de la noche, recorriendo una pista infernal de más de treinta kilómetros. El primer tramo se encuentra inundado y albergamos dudas acerca de si seremos capaces de continuar nuestro camino. Harouna baja del coche y camina dentro del agua durante unos cien metros para comprobar que el vehículo puede proseguir la marcha, iluminado por los faros. Tras superar la sorpresiva laguna, sorteamos decenas de agujeros en la tierra. Aparecen pistas alternativas a la nuestra en lugares infranqueables. Una patrulla del ejército nos detiene y comprueba nuestros documentos con seriedad. Al saber que somos de Tostan y Construye Mundo, una gran sonrisa ilumina sus caras y proseguimos nuestro camino.

Bito descansa en la orilla senegalesa del río Senegal. En la ribera opuesta, Mauritania. No hay electricidad en Bito por la noche. Ingerimos la segunda cena del día, de nuevo en la oscuridad. Me río mucho con los Diola (Mou y Sam). Su etnia reside en Casamance, al sur del país. Creo que casi nunca han visto uno por aquí, tan lejos. Nos reunimos con el CGC, compuesto por quince mujeres y dos hombres, – esto sí que es apoyar el empoderamiento de la mujer-  en total penumbra -les digo que nunca olvidaré sus caras-  y hablamos del banco de arroz que quieren crear aquí el año que viene para evitar desplazarse a por alimentos familia por familia. Tienen almacén y están bien organizados en Comités. Creo que Construye Mundo les apoyará.

Colocan unas colchonetas sobre un pequeño talud de tierra a la intemperie y los Diola y yo dormimos al raso. El aire es fresco y limpio y las baterías de mosquitos arrecian en su ataque con munición-malaria. Las miles de estrellas que jalonan el cielo me hipnotizan. Cada estrella fugaz se suma a decenas de deseos. La Vía Láctea parte el cielo en dos y la sigo hasta el País de los Sueños…

 

13 de diciembre, 2010

 

Un gallo comienza su machacona cantinela en plena noche y me despierta. Hace mucho frío justo antes del amanecer. Sumerjo la cabeza en mi saco y aguanto hasta que las primeras mujeres se ponen a trajinar, acompañadas por el sol, que también despierta regalándonos su agradable calor. Nos sometemos a un aseo y desayuno espartanos. Damos una pequeña vuelta por Bito. Me muestran la escuela, el depósito de agua con bomba solar y un campo de cultivo comunitario. Todo ello ha sido posible gracias a la cooperación al desarrollo. Me asomo a la orilla del río Senegal  y veo Mauritania del otro lado, muy cerca. Me cuentan que pasan su ganado a pastar al país vecino en canoas ya que aquella zona está despoblada y tiene más pastos. La otra orilla también es el reino de Fouta y los habitantes también son poulaar. Me muestran el almacén para el proyecto de la cooperativa de arroz. Samba nos espabila y partimos al trabajo.

Nuestra primera parada es Wallah, a unos pocos kilómetros por la pista y también rivereña del río Senegal. Como es habitual, nos recibe el CGC, compuesto en esta ocasión por trece mujeres y cuatro hombres. Todos en Fouta llevan sus ropas tradicionales de vivos colores. Este pueblo posee unos 1700 habitantes y su intención es organizar una cooperativa para luchar contra la especulación a la que les someten los bana-bana con su propio arroz. Ya han recibido un microcrédito y están funcionando bien. Nos muestran el almacén y partimos satisfechos.

Recorremos toda la pista de vuelta hasta Ngouye, donde recogemos algunas facturas. ¡Tengo que hacer bien mi trabajo!. Desde allí,  continuamos un ratito más hasta Mboumba, un pueblo de unos 5000 habitantes situado en la carretera y que cuenta con tres CGCs, representados cada uno por algunos miembros en un pequeño comité conjunto. Como de costumbre, nos sentamos en telas multicolores extendidas en el suelo y realizamos largas presentaciones con traducciones español-francés-pulaar y viceversa. Qué importante resulta el trabajo de Sam, sin el cual sería imposible conocer las inquietudes de estas gentes.

Quieren comprar treinta corderos en cada CGC, engordarlos y venderlos a buen precio, obteniendo así un beneficio. Poseen terrenos para el pasto, pastores experimentados y atención veterinaria si resulta necesaria. El proyecto se llevará a cabo en el segundo semestre del año, durante la época de lluvias – casi es un decir, caen cuatro gotas-. Los niños alborotan felices a nuestro alrededor. La reunión termina con una refrescante fanta en cada mano y los millones de “nyarama nyarama” habituales -muchas gracias en pulaar-.

Se nos acaba el tiempo y sólo podemos visitar un proyecto más. El resto los identificará Icíar en el mes de marzo. Nos dirigimos a Mery, una población cercana de unos 3000 habitantes. Hace mucho calor y bebemos agua embotellada en el camino. Nos reunimos con el CGC, formado por quince mujeres y dos hombres. Quieren crear un banco de cereal para evitar desplazamientos a la gente y conseguirles un precio justo, evitando la especulación. La figura del imán Thierno Bokan Saw es fundamental para este pueblo y para el buen desarrollo de los proyectos, así que acudimos con gusto a saludarle. Nos encontramos con un hombre ciego de gran carisma y sonrisa fácil. Nos recibe en su casa, donde se reúne el comité y se realiza la formación. También es él quien cede el almacén para el arroz. Marchamos contentos porque está todo bien atado y tendrá éxito.

Hacemos un largo viaje de regreso a Ndioum, donde se encuentra la oficina de Tostan en Podor. Allí comemos un filete reseco y duro en el desierto hotel Samassa, el único en todo el departamento. Realizamos la reunión de evaluación, que es sin duda satisfactoria. Se detecta la necesidad de aportar una pequeña moto para Samba, que actualmente se desplaza en autobús, burro y a pie para llegar a los pueblos, lo cual conlleva un gran esfuerzo en este secarral y constituye una enorme pérdida de tiempo.

Nos despedimos de Samba y Harouna en las oficinas con un fuerte abrazo. Mantendremos el contacto por correo electrónico, ya que hay mucho trabajo y papeles que sacar adelante. Le regalo a Samba mi cajita de ibuprofenos. Con sus cincuenta años de por aquí, le duelen todas las articulaciones y seguro que hará buen uso de estas pastillitas mágicas.

Mou, Sam y yo hacemos un largo viaje de más de cuatro horas hasta Saint Louis. Intentamos conocer a Rosa, la amiga de Sam, en la universidad, pero nos resulta imposible encontrarla. Nos instalamos en un modesto apartamento del hotel Sindone, en la isla. Hablo con mi mujer por Skype y veo a mi hija. ¡Adoro esta tecnología gratuita! Cenamos en el restaurante del hotel, situado en un embarcadero bañado por las mansas aguas de la desembocadura del Senegal. Aseado y fresco, respiro hondo. La brisa marina me acaricia la piel y agita mi pelo.  Divisamos el puente de Eiffel a nuestra izquierda, abrazado por las sombras de la noche. Del otro lado, la Langue de Barberie, separándonos de los últimos naranjas de este implacable sol africano. La noche será larga debido al calor y los mosquitos, pero esa es otra historia…

El compromiso de Construye mundo con el remoto y olvidado Departamento de Podor, parte del antiguo Reino de Fouta, no ha parado de crecer. Hemos apoyado decenas de proyectos de desarrollo rural productivo y hemos puesto en marcha multitud de bancos comunitarios, una fórmula de autofinanciación similar a los microcréditos, ayudando al desarrollo económico de la zona utilizando los recursos que le son propios y luchando para que los pulaar accedan a una vida digna y con oportunidades. Apoyamos también la rehabilitación de la casa de salud de Thilouki  y los habitantes del pueblo y sus alrededores disfrutan de atención sanitaria básica. Nuestro compromiso con el desarrollo del norte de Senegal ha ido más allá. Hemos apoyado la creación de un centro de acuicultura al sur de la ciudad de Saint Louis, ayudando a los pescadores que han perdido su medio de vida a causa de la excesiva salinización de las aguas y a la pesca masiva en alta mar por barcos-congelador a sostener a sus familias y a encontrar alternativas para salir adelante con su propio esfuerzo. En el año 2015 extendemos nuestra labor a la región de Thies, apoyando la creación de granjas avícolas y arrancando nuevos bancos comunitarios.

Continuaremos viajando a Senegal, siempre a la escucha de su silenciosa llamada. Un grito que no proviene de ninguna agencia de viajes, ni es la recomendación aventurera de ningún conocido. Es el clamor que retumba en nuestros corazones. La creencia firme de que todo ser humano tiene derecho a una vida digna y con oportunidades. La llamada a la acción a la que nos convocó Vicente Ferrer hace ya muchos años en otra desértica y olvidada región de la tierra. Aún arde ese fuego en nuestro alma, aún cuando tiemble su llama en momentos de tormenta.

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