Ella olía a Villa María del Triunfo. Autor: Consuelo Solís

Ella olía a Villa María del Triunfo. No al pesquero, no al wachiturro de la discoteca El Cangri. Ella olía a lo que huele Villa María cuando una mujer bonita vive en su arena. ¿O Villa María olía a ella? Es lo más seguro.

Por largo tiempo tuve miedo de volver, pero mi delirio era más grande.

Quería ir tras ella, tras su aroma, como un perro buscando drogas. Por Dios, ella era mi droga. Yo un adicto tratando de recomponerse. Pero es falso, ella también era salvación. Por esos tiempos yo andaba doblado en dos, con el hígado colgándome de un hilo. Ya estaba harto de que jugaran limbo sobre mí. Ese caminar a lo jorobado de nuestra señora de Notre Dame, ya no me divertía.

Los primeros días,  era gracioso caminar con una vista panorámica de las tetas de las mujeres calurosas en escote. Después con el nuevo mandato de ley de malograr un semáforo cada vez que alguien moría como símbolo de duelo, se nos jodio más la vida a todos. Chile, por fin le declaró la guerra al Perú, y nos daban como a hijos en la frontera. Así que para un jorobado que no sabe andar en carro y no hay cuando diablos el semáforo cambie a verde para el peatón, era bien jodida la situación. Fue ahí, entre dos avenidas que recordé el primer día que la olí.

Cuando aún no andaba doblado, fui invitado a una feria del libro, mi chamba era escribir poemas en vivo,  ni bien cualquier sujeto me lo pidiera diciéndome solo una palabra. Me decían Gato, yo cogía mi plumón, miraba fijamente a mi cliente, los rasgos, la postura y escribía.

Miau, Miau  me gusta escuchar tu ronroneo

Bajo mis piernas cuando llego del trabajo.

Mirar tus ojos.

Querer,

Intentar,

Siquiera ser tan mágico

como tus ojos verdes,

sosteniendo tu mirada altanera.

 

Saber que tus patitas de gato son las almohaditas

que van caminando desde mis pies

hasta mi pancita chelera

para quedarte dormido

en mi regazo.

 

La próxima en la fila, era una niña de ojos chinos, con dos colitas. Se acercó sin bajar la mirada, sin decirme nada. Ante tanto silencio con una sonrisa amable le pregunte: ¿Quieres un poema para tu mami o tu papi? No me contesto, me siguió mirando, mi sonrisa se deshizo, parecía una niña gato que trataba de embrujarme con sus ínfimos ojitos. Cuando le pregunte que pasaba, me dijo:

  • Quiero un poema para mi padre que no sabe que existo.

Fue ahí que te olí, salías de la boca de esa niña. Fue un segundo en el que tu cuello paso por mi nariz en una feria a media mañana un día domingo. La mire tanto que ahora era yo quien la embrujaba con la mirada. Recordé al muchacho que vino a la farmacia donde trabajaba y me pidió pastillas para la tristeza. Un poema no me alcanzaba para hacerlos feliz.

II

Ahora estoy en la Plaza de Armas de Villa, un centro circular de cemento con una infinidad de gradas y banquitas por doquier. Ese circulito donde nos escabullíamos en las noches, para subirte la falda. Nunca ame tanto la ineficiencia del serenazgo como en Villa María.  Éramos un tipo más de toda la fauna subterránea que convivía en ese parque circular, entre rockeros, hippies, darks, reggetoneros, hip hoperos, la gente sin un rubro definido, y todos nosotros compartiendo lo mismo: el trago adulterado que libábamos en bolsas negras y vasitos de plástico. Todo ello comprado en la misma bodega del viejo Melquiades. Sí, señores como el gitano de Cien Años de Soledad. Hacia magia ese tío con el sencillo, esa chancha de ripios que juntábamos. Las malas lenguas rumoreaban que el viejo recitaba una oración mágica en un idioma antiguo y  ¡zas! Se le aparecía trago gratis. Así se justificaban  las tres casotas que Melquiades tenía en su haber.

Son las diez de la noche. Empiezo a deambular por todos los grupetes que se hacinan embriagados, algunos ya comenzaron a llorar, otros hablan gritando, sordos de euforia.

  • Y miren pues, el jorobado más guapo que he visto en mi vida – dice Pelambre, con la cresta  verde fosforescente.
  • Y yo nunca había visto algo tan feo bien erguido
  • ¿Qué haces aquí Román?
  • Ando oliendo algo.
  • Perro tenías que ser.
  • ¿No la han olido?
  • Claro que sí, la huelo de vez en cuando, es perturbador.
  • Ya, con tal que te perturbes y no te masturbes pensando en ella. No hay problema.

 

En medio de la conversación, me pasa su pipa, le doy un hit, la hierba huele a tu vagina aromática. Le doy otro hit, la tengo parada, me niego a darle por tercera vez, no quiero vaciarme en medio de la calle. Al amigo Pelambre le llega el momento sentimentalón y se lanzó una de Antología i todos: I UNO I DOS I TRES:

Como si el vieeeeento adivinara, la nostaaaaaalgia que me embarga

¡Y todos en coro!

Son tus recuerdos y están matando a mi corazón  

Pelambre vuelve a la carga:

Como si el viento adivinara de la nostalgia que me embarga

Coro:  

Solo y frente a este mundo.

Solo y con todos tus recuerdos

No me resigno a peeeeerder tu amor

Es más me niego a olvidarte

Sabes me niego a perderte

La voz de Pelambre se eleva:

Te amo mil veces ¡te amo!

  • Ay la nostalgia provinciana carajooo ¡alalu! ¡Qué frio! – dice Pelambre mostrándonos sus dientes chuecos y felices. Era tan feo el hombre, con una nariz prominente, con los ojos saltones, con ese cuerpo escuálido en esos pantalones negros apretados, y aun así con toda esa alegría encima, era el hombre más bello de todos.

Ni bien termina la canción, me largo de ahí, tengo una misión: Encontrarte. Camino, meto mis manos en mis bolsillos, el frío acecha entre mis huesos, tan irrespetuoso, tan sinverguenzón como decía un profesor de redacción. Ese viejo pálido que parecía el Conde Drácula. Las malas lenguas decían que como no tenía sangre en las venas, no se le paraba.

Mis tripas empezaron a sonar, vi los carritos sangucheros, el aceite que se volvía a usar en las papas fritas, me dio asco, pase de frente, me reproche a mí mismo mi enfermedad, mi jorobes. Los skater ahora pasaban encima mío, era todo un desafío, andaba y ellos tenían que calcular en que momento saltar sobre mi sin hacerme daño ni hacerse daño. Al último chiquillo que volaba encima de mí con su patineta, le grite:

  • Oyeee, dime un buen lugar para comer que no de asco y no cobren muy caro.
  • Anda al “Porque te conocí”
  • ¿Qué es eso?
  • Un bar pizzería, tocan buena música.
  • Listo. ¿Ya puedo alzar mi cabeza?
  • Hace rato – cuando voltee, él ya estaba cruzando la esquina encima de su tabla.

Una mujer de escote pronunciado pasaba por mi lado, le miro las tetas primero.

  • ¡Hey! ¿Sabe dónde queda el “Porque te conocí”?
  • Voy para allá, sígame.

Tiene un trasero pequeño pero macizo, puedo hacer ese tipo de conjeturas, sin tocárselo porque su diminuta falda roja le queda bien apretada, y sus piernas al caminar andan bien juntas. Todo en ella es compacto y preciso, menos su rostro. Esas son las ventajas de un jorobado, que desde abajo puede ver sin ser visto. Su nariz, tiene una fosa nasal más abierta que la otra, y uno de sus ojos bizquea.

  • ¿Usted también va a comer?
  • No, soy mesera.

Una cuadra antes de llegar al local, el olor a pan al ajo y queso, te invita a pasar. Fuera del lugar, un grupo de jovencitos delgados y melenudos se pasan una botella verde de cuello largo.

La mujer se separa de mí y entra por la puerta de servicio, lateral a la entrada principal.

  • Miren otro loco jorobado. ¿Mucho le dio a la botella no mi estimado? – me dice un viejo enano confianzudo de cabello engominado.
  • Así se la chupo más rápido a tu mujer, compadrito – le respondí. El hombre hizo el ademan de pararse pero su mofletuda esposa con olor a perfume barato lo detuvo. Le sonrió y paso de largo.

Me siento cerca del bar, no puedo beber, pero oír el tintinear de dos botellas chocándose, el chorro de cerveza que cae a los vasos, me consuela. Los muchachos melenudos de negro, suben al escenario. El muchacho más delgado, el más blanco y con rulos alborotados grácilmente, agarra el micrófono y dice: Buenas noches, somos Los Vicius y esto es rock and roll.  Coge su guitarra y la magia empieza. Mientras la rolla se hace más ágil, el muchacho se va quitando la camisa sin dejar de tocar, es un pulpo, se echa para atrás como si pasase un limbo y con los dientes emite los sonidos estridentes más sexuales que nunca he oído. Mientras tanto, el melenudo de músculos marcados y cabellera larga lacia juega con su cabello de arriba para abajo y más allá la segunda guitarra como en apareamiento se abraza a su instrumento con dulzura, marcando sus dedos con precisión y suavidad. Al baterista lo tapaban y con mi reclinar jorobado no lo llegaba a ver, y el vocalista era un marica con los ojos demasiado delineados que me perturbaba la vista. La segunda canción fue Corazón Espinado. Y temblé todo como una quinceañera.

Detrás de mí oí risas, la mesera bizca se reía con otra, una jovencilla alta y esbelta de piel canela con aires de morena fina. Ambas sirvieron sus respectivos tragos y se acercaron a sus mesas. Después que la canción terminara, después de un par de lagrimones de dromedario triste que solte, Los Vicius se tomaron un descanso.

El melenudo de rizos, grito:

  • Tú, la sambita, anda tráeme una chela.

La morena fina lo mira y ¡eppa! que con la jeta lo barre de pies a cabeza, toma un respiro y va por su cerveza. Cuando se la entrega, el melenudo le sonrie con un guiño al ojo, la morena le corresponde, le hace un ademan con sus dedos largos y delgados, él se acerca. Leo sus labios, le dice: más cerca. Chocan sus narices. La zamba abre la boca, le coge los labios, los jala como una potra salvaje. La gente empieza a gritar ¡Suéltalo! ¡Suéltalo! Los demás integrantes de la banda jalan a su amigo, los gritos aumentan, el chillido del hombre es insoportable. Meto mis panes al ajo en los bolsillos de mi casaca. Al pasar por el escenario, la batalla esta medida, a un lado los comensales jalando a la morena, al otro lado la banda jalando a su melenudo rizado. ¡Suéltalo morena! ¡Suéltalo! Volteo a ver qué pasa, la bizquita lanza un grito que del susto se le abren los dos ojos, el melenudo rizado sangra a borbotones recostado en el pecho del musculoso bajista. La morena fina sostiene en su boca como una amazona salvaje el labio inferior del muchacho. Es una sangrienta pero bella escena caníbal.

Salgo del local. No quiero mirar la hora, porque eso no me detendrá, de que vale enumerar como en una bitácora el día la hora el año. Eso al fin y al cabo no importa, cuando podría buscar a alguien eternamente.

Camino tres cuadras, vuelvo a meter mis manos en los bolsillos, hace frío, pero la flexión que hago al jorobarme me abriga. Sonrió i el escenario donde estoy parado, la ciudad detrás de mí se va disolviendo y me recuerdo a mí mismo, sinverguenzón y contento.

Una lluvia suave me acaricia la cabeza, me gusta. Sigo caminando, pero a cada paso las gotas son más fuertes, empiezan a dolerme. Ya no hay nadie en la calle, solo yo, en eso, alzo la cabeza i una gota del tamaño de una llanta de camión, cae a mi costado, me salpica todo y suena. No es el sonido de la velocidad al caer,  es un sonido familiar, un ahhh de placer, cuando sediento cogía una lata de cerveza y satisfecho venía el ahhh. Veo el suelo donde cayó la gota, un rastro blanco circular se muestra en el asfalto. Es espuma. ¡Es cerveza!

No me resisto, quizás nunca la hallare. Así que mejor aprovechar lo que el cielo deja caer. Empiezo a correr como loco en la pista, mirando de cuando en cuando al cielo, tratando de que las gotasas caigan sobre mí, pero solo me salpican. Al menos ya no es su olor perturbante que me sigue como un fantasma al que me hubiera gustado hacerle el amor por última vez, sobre todo si nos caía una gotasa de cerveza. Me hubiera comido al fantasma de mi mujer, quizás el fantasma me hubiera comido a mí. Que rico amancebarse a la cerveza i a la chica que amas, ¡aunque sea el Espectro mismo!

El  aire empieza a faltarme, miro lo que tengo más cerca, el suelo. Mis zapatos están manchados de polvo i arena. Trato de erguirme pero mi cuello no sede. Hago un esfuerzo, escucho el eco del conejo en mi pescuezo. Señores y señoras, frente a mí,  imponentes y aterrorizantes están los cerros de Nueva Esperanza adornados de crucecitas blancas. Había llegado al cementerio más grande de Latinoamérica. Mi asombro no dura mucho, otra gotasa de cerveza cae cerca de mí.

Recuerdo haber visitado el cementerio y beber el día de la fiesta de los muertos, en un mausoleo que tenía una banquita de mármol muy larga y un techito encima. Así que me dirijo a ese lugar. Me siento, me pongo de forma fetal i como en una película bélica veo caer gotasa tras gotasa. Empiezo a silbar para darle más sentido al espectáculo.

De pronto, veo ascender un sombrero jaujino sobre una tumba, acto seguido el cuerpo entero de un hombre con arpa asciende y queda sentado en la lápida, acompañando mis silbidos.

Miles de espectros empiezan a salir de sus tumbas maravillados por tal lluvia, se elevan en el aire y como una carrera bajan rápidamente. Cada vez que una gotasa los alcanza se quedan quietos, como si jugaran agua y cemento. Solo los residentes de los mausoleos, estos un poco mejor vestidos, sin sombreros distintivos de cada región del país, más bien con smokins hechos a talla, vestidos veraniegos para las sepulcrales damas y traje de marineritos para los niños, se quedaban en sus propiedades muy bien sentados observando el espectáculo.

Me pregunto en voz alta:

  • ¿Qué hacen estos estirados en este cementerio? ¿No deberían estar en el Presbiterio Maestro?
  • Estuvieron, pero después de la crisis con Alan García, no pudieron seguir manteniendo los mausoleos y los familiares tuvieron que reubicarlos en este cementerio.
  • ¿Pero no era mucho roche pasarlos aquí?
  • Pues, nunca lo contaron, quien va a preguntar, ¿Cómo está el tío abuelo muerto diplomático del Perú en Groenlandia?
  • Si pues, que buena jugada.

 

Sigo viendo el juego fantasmagórico, las mujeres de pollera y trenza van ganando. Los hombres andan muy flojos. Ellas llevan la ventaja, pues cuando iban perdiendo, una de las mujeres más rechonchas del cerro de los puneños, levanto a las quinceañeras. Chiquillas con vestidos rosas y con el cabello adornado de  violetas y amapolas corren a jugar, entre chillidos histéricos propios de su edad.

Un momento, ¿Quién contesto mis preguntas?

  • Pues yo, Inés.
  • ¿Inés, Inés?
  • Luz de donde el sol la toma.
  • ¿Dónde estás, que no te veo?
  • Arriba tuyo tontito, como desde hace tiempo.

Efectivamente, Inés está encima mío, tan sonriente, tan altiva, tan de nadie y ahorita mismo armo un musical con todos los espectros y le canto Cecilia de Fito Páez.

  • No te me pongas a bailar, que ahorita mismo te agarra un resfriado y te me mueres.

 

  • Que me importa. Ven vamos a bailar. Un dos tres Un dos tres todo da igual.
  • ¿Qué? Ahora te me pones Leucemia.
  • Pues, eres mi mujer de cartón piedra, es lo menos que te puedo cantar.
  • Las cosas que dices Renán.
  • ¿De quién más sino?
  • De nadie, de nadie, de ti nomas.
  • ¿Me lo dices enserio?
  • Claro, te lo prometo por los gotones que caen.
  • Esos gotones son unos aguafiestas, no se han dejado caer encima de mí. Ni siquiera unito, para probarlos.
  • Tú sabes, que si bebes te me mueres.
  • Ya que importaba, no te encontraba.
  • Pues no, tienes muchas cosas que hacer.
  • ¿Cómo cuáles?
  • Escribir, vivir, amar.
  • Que voy a poder amar, si todo me huele a ti. Me andas espantando i con esa joroba peor, no me puedo ligar a nadie.
  • Yo te veo muy derecho.
  • ¡A Chispas! Enserio estoy derecho desde que entre al cementerio.
  • Ya ves.
  • Y yo que te buscaba para que me sanes.
  • Mírate pues, ya estas sano.
  • ¿Porque no vuelves?
  • ¿A dónde?
  • Conmigo.
  • Renán estoy encima de tu cabeza. He estado ahí desde ese día en la feria. Ese domingo.
  • Ves, tú no me dejas seguir, yo estaba feliz haciendo poemas. Sabía que tú estabas detrás de esa niña.
  • Me llamaste. Yo andaba tomando desayuno con San Pedro y ambos sentimos un temblor entre las nubes. San Pedro me miro i me dijo ve. Yo no quería, pero eran órdenes.
  • Que tarde toman desayuno, yo fui a la feria a las doce del día.
  • No hay mucho que hacer allá arriba. Así que pasamos las horas muertas.
  • Espera, ¡¿Cómo que San Pedro?!
  • Tú de nada te enteras. Como crees que ando encima de ti.
  • ¡La gente bonita no se muere!
  • ¡Qué cosas dices!
  • Vamos a bailar i olvidemos todo esto. Prometo no llamarte más, ni interrumpirte tu té de las cinco con Melchorita, Chacalón y La Sarita, pero vamos a bailar.

 

Los gotones cesaron, los fantasmas descendieron a sus tumbas, los más estirados entraron como los vivos en sus mausoleos, abrieron sus puertas, pasaron y porsiacaso algún advenedizo quiera volverse a ocultar en sus residencias, echaron llave.

Renán la tomo de la cintura, de los cerros un silbido los envolvió Uhhhhh sonaba. Empezó a amanecer, los pajaritos con sus trinares acompañaron a la banda sonora. El jaujino del violín no se fue, cogió su instrumento y comenzó a tocar. La melodía es indescriptible, así que cierren sus ojitos e imagínensela.

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