El peso de los recuerdos. Autor: Juan M. Martín Alcaid       

El vuelo desde  Brasil resultó bastante confortable. Ello permitió a uno de los pasajeros relajarse y repasar mentalmente su estancia en Porto Alegre, la capital del estado de Río Grande del Sur, una de las ciudades más poblada del país, situada en la confluencia de cinco ríos y última etapa de una larga gira artística por América del Sur. Tuvo una actuación memorable en el Teatro do Bourbon Country, ubicado en un centro comercial con banco, supermercado, cine, restaurantes, etcétera. Un lugar de encuentro que, como dicen allí, “tem de tudo”. Se alojó en un Holiday Inn cercano, con restaurante, bar, gimnasio, servicio de habitaciones y otras prestaciones.

Todo no  fue trabajar. Cuando acabó su contrato, se quedó unos días para recorrer la ciudad con más detenimiento. Visitó la Catedral Metropolitana inspirada en el Renacimiento Italiano. Acudió, como una de las más de cien mil personas  que lo hacen cada día, al Mercado Público construido en la época de la esclavitud, razón por la que dicen que guarda muchas creencias e historias. Supo que Porto Alegre fue la primera ciudad de Brasil en abolir la esclavitud.  Paseó en barco por el lago Guaíba y los canales del Delta del Jacuí, admirando  sus puestas del sol y las bellas vistas que había sobre la capital gaúcha. No se perdió la Usina do Gasômetro, una antigua térmica convertida en uno de los dos centros culturales de Porto Alegre, que conserva aún una  chimenea de ciento diecisiete  metros de altura, construida para acallar las quejas de los vecinos por la presencia del hollín.  Se dio una vuelta por la Praça da Alfândege, famosa por sus “paineiras” (grandes árboles de algodón de seda) y sus jacarandas.  Otro sitio que le llamó la atención  fue el Paço Municipal, con sus leones tallados en mármol de Carrara ornamentando los balcones. En el lago, frente al edificio, se hallaba la Fuente Talavera de la Reina, obsequio de la Colonia Española con motivo de la Revolución Farroupilha, también llamada Guerra de los Farrapos (harapos). Éste fue un conflicto de carácter republicano, ocurrido entre septiembre de 1835 y marzo de 1845 en la provincia de Río Grande del Sur, durante el cual se constituyó una república independiente.

Pero ahora el periplo se había acabado. El viajero se encontraba  ante un aduanero imperturbable, que  pasaba las páginas del pasaporte con parsimonia, deteniéndose en cada uno de los sellos que llenaban el documento, analizándolos cuidadosamente.  Parecía estar buscando un detalle que delatara alguna infracción. Mientras, el viajero observaba atentamente los movimientos del funcionario. Algo retirado, un mozo de equipaje aguardaba instrucciones junto a un carro cargado de  baúles y maletas.

—Observo que ha recorrido  toda Europa, América y parte de Asia,  casi ha dado  la vuelta al mundo.  Veo que ha llegado ahora de Brasil. ¿De qué parte, exactamente?

—De Porto Alegre, en el Estado de Río Grande del Sur —contestó el viajero.

—¿Estaba usted allí por negocios, o de vacaciones?

—Por trabajo, actuando en un teatro.

—¡Ah, es usted actor!

—No, señor. Soy ilusionista.

—Ilusionista… —repitió el aduanero—. Por eso trae usted tanto equipaje. —A continuación añadió—: ¿Tiene usted algo que declarar?

—Nada en  especial, recuerdos, lo normal de los viajes —respondió el hombre.

—Pues abra esa maleta —ordenó el guardia.

—¿Ésta? —preguntó el viajero.

Le había tocado enseñar su valija más personal.   El mozo la  trajo y la puso sobre el mostrador con manifiesta dificultad. Parecía pesar bastante. Sin embargo,  una vez abierta, el contenido no justificaba el aparente sobrepeso: ropa interior, unas camisas, una capa negra con forro rojo, un par de esmóquines,  un sombrero de copa y una varita.

El aduanero, mientras rebuscaba entre la ropa y golpeaba con los nudillos las paredes de la maleta, buscando probablemente un doble fondo, ironizó:

— Parece que sus recuerdos pesan bastante.

El ilusionista, viendo  con preocupación cómo el agente cogía  la varita  y la acercaba al sombrero de copa, le advirtió:

— tenga cuidado de no darle con eso  a la chistera, porque…

El aviso llegó demasiado tarde.  El sombrero de copa, que estaba aplastado como un plato, se distendió y empezaron a salir flores, pañuelos de colores, frutas tropicales, palomos,  conejos y un loro; lo normal para un mago.

—¿Qué es todo esto? ¿No sabe usted que la importación de plantas y de animales exóticos está prohibida? —preguntó el funcionario,  con mirada inquisidora. —Y añadió—: ahora sólo falta que en uno de esos  baúles traiga una ayudante brasileña.

En un descuido del funcionario, el mago recuperó  la  varita y dio unos toques sobre el ala de la chistera. Al instante no quedó nada de lo que había aparecido, y la maleta recuperó su aspecto original. Atónito, el aduanero  soltó:

—¿Qué ha hecho usted? ¿Dónde está  lo que había aquí?

—Perdone, señor agente,  pero aquí sólo están mis prendas y mis objetos personales. Si usted cree que ha  visto algo diferente,  eso es fruto de su imaginación, una pura ilusión.

—No se mueva, que voy a buscar a mi jefe.

Cuando el funcionario regresó con su superior, el ilusionista no estaba. En su lugar, sentada sobre un baúl, se hallaba una brasileña.

—¿Quién es usted?

—Soy Betina De Souza, ayudante del mago Goldini.  Ha ido a llamar por teléfono.

—¡Hombre, el famoso ilusionista! —exclamó el jefe —. Nada, nada, pueden ustedes pasar. Disculpen las molestias.

Una vez alejados de las dependencias aduaneras, Betina se inclinó sonriendo sobre el baúl que había sido devuelto al carro y preguntó:

—¿Estas bem cariño?

 

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