El olor del calor caribeño. Autor: Jairo Alfonso Ramos Jiménez

Ayer, diana y yo decidimos recorrer lugares de nuestra juventud, y sin pensarlo dos veces tomamos un avión con rumbo a la heroica y calurosa Cartagena de Indias. Abandonamos el altiplano  andino para sumergirnos en el calor caribeño.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto internacional, una ráfaga de aire caliente golpeó nuestros rostros en señal de bienvenida. Aquello produjo un efecto refrescante y rejuvenecedor, que en cierta forma fue un volver a nacer.  Un volver a nuestras raíces que se encontraban anquilosadas por la rutina del trabajo incansable y que a gritos pedían una ventana para emerger con el único fin de renovar el espíritu para seguir viviendo la vida que por diversos motivos habíamos escogido.

En el hotel, duramos el tiempo necesario para cambiarnos de vestimenta por una más apropiada  y así recorrer las estrechas y embrujadores calles de Cartagena. Las mismas que construyeron los esclavos bajo el látigo de los españoles que con el transcurrir del tiempo se convirtieron en el goce y disfrute de los miles de turistas que visitan la ciudad.

Caminamos por el centro de la ciudad observando los hermosos balcones coloniales; pero sobre todo detallando los pintorescos nombres de las estrechas calles. Tratábamos de adivinar la motivación que tuvieron los antiguos habitantes para denominar una calle con el nombre de “Tripita y Media”. No logramos descubrir el misterio, y cuando le preguntamos a algunos transeúntes, ninguno supo darnos razón; así que continuamos nuestro paseo.

Por casualidad miré el reloj, era el medio dia en punto. El bochorno se hacía cada vez más fastidioso y en ese momento llegamos a la calle de “Tumbamuertos”. La sensación que mi cuerpo experimentó en ese instante fue de un sutil escalofrío, algo inusual ante la alta temperatura que agobiaba el entorno; más sin embargo, no le di ninguna importancia. De repente, Diana señaló algo al frente. Al principio, pensé que se trataba de una representación teatral.

El problema era que no había público y la escena era muy real.

Lo que mis ojos veían era dantesco. Un hombre blanco, vestido a la usanza de la colonia, golpeaba con un látigo a una mujer negra. Las gotas de sangre volaban por el aire como si fueran escupitajos de un alma herida. Miré alrededor. Nadie estaba allí para ayudar a esa pobre mujer. Indignado, traté de hacerlo; pero aquel hombre me recibió con un fuerte latigazo que impactó en mi mano derecha. El dolor fue insoportable, al punto que corrí  en compañía de Diana, quien se moría de miedo, huyendo de aquella tenebrosa calle.

No entendía lo que pasaba.  Aquel hombre nos perseguía lanzando improperios nunca antes oídos y amenazaba con castigarnos con su látigo por haberme atrevido a defender a aquella mujer.

Corríamos con todas nuestras fuerzas, al mismo tiempo que pedíamos ayuda; pero las pocas personas que nos topamos parecían burlarse de la situación, exceptuando un joven que nos señalaba la esquina de la calle. Jamás había sentido que una calle fuera tan larga como esa, pues parecía no tener fin.

Cuando logramos doblar la esquina, todo cambió. La ciudad recobró su estilo moderno y ya nadie nos perseguía; mas sin embargo en mi mano quedaba la huella del latigazo como un misterio que nunca resolvería.

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