El beso en el Lago Cocibolca. Autor: Saez

El barco zarpó desde Moyogalpa, en la Isla de Ometepe, rumbo al puerto de San Jorge. Antes de llegar a la isla me advirtieron que era un lugar propicio para leer, escribir y enamorarse. Después de tres días sin tiempo para leer pero si para hacer varias anotaciones en mi cuaderno, necesito unos minutos para relajarme, para ojear lo escrito: cómo durante mi breve estancia en la isla me he enamorado. Los aires que traíamos del Pacífico se acrecentaron entre volcanes. Y por ahora, nuestros sentimientos resisten flotando por las aguas del Lago Cocibolca.

Si no fuera por la diferencia del color de la piel de ambos pensaría que son padre e hija. De él diría que es europeo, y entrado en años vividos intensamente. Tiene el cabello canoso, perfectamente peinado, y apenas arrugas. Su escuálido cuerpo le hace parecer bastante alto y frágil como una rama a punto de estallarse. Ella es muy joven, y por sus cabellos surcan los añosos y delgados dedos de él. Intuyo que con cariño pero también con un carácter residual, ajenos a otras preocupaciones.

La singular pareja y yo compartimos mesa. Ella duerme y él está pensativo, con el cuerpo recto y la cabeza erguida y rígida, en defensa constante, como la fiera que reposa esperando el ataque imprevisto de su enemigo, de su próxima víctima. Las gafas le confieren la apariencia de un hombre sugestivo, trotamundos y lector empedernido de aventuras que él mismo protagoniza. Sin embargo, tras su vieja montura de carey de color oscuro, remendada con esparadrapo en un lateral, su mirada desprende frialdad. Retiene asuntos pendientes que le impiden relajarse.

La joven descansa ajena a nosotros. Dormita con la cabeza apoyada sobre las piernas de él y a menudo se agita, encogiéndose para sí misma, cuando siente la presencia de los dedos acariciando sus mejillas o apartando su largo y voluminoso cabello rizado de su tez lisa y morena.

Cuando tomé asiento, la joven abrazaba al hombre, quien mantenía una actitud distante. Ella sonreía y su mirada revoloteaba alegre como un pajarillo intentando llamar la atención de las flores. El rostro impávido del hombre me hizo reflexionar sobre la magia de la isla y sobre la facilidad con que las pasiones se desvanecen al abandonarla. Quizá, los amores imposibles sólo son factibles en determinados lugares donde la magia y la naturaleza conspiran para que tengan éxito.

Sólo unos segundos después de que el barco partiera, la joven cambió su postura pidiéndole al hombre, sin hablar, simplemente con una sonrisa, que le cediera su cuerpo para descansar. Él no respondió a su sonrisa, manteniéndose inmune a sus labios juveniles y a la mirada de sus ojos traviesos.

Durante la travesía la expresión de su rostro no se ha alterado ni un solo instante. Ni siquiera hace unos pocos segundos cuando, tras el sonido de la bocina del barco anunciando la llegada al puerto de destino, la joven se despertó e incorporándose ágilmente, sin tiempo para que él se percatara, le besó con ímpetu en la mejilla.

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