Cara de feliz cumpleaños. Autor: Martín Ezequiel Pacheco

A los veinte años, mientras miraba la sonrisa de su familia y amigos, esperando soplar las velas para comer su pastel preferido, Emiliano se juró convertir la tradición familiar en realidad cuando cumpliera un cuarto de siglo.

El único que no lo había hecho era su padre, Roberto, que no sabía nadar. Él siempre había sido un maestro para Emiliano, un punto de referencia para la forma de vivir y actuar; que nunca hubiera aprendido fue fatal para seguir con el legado que inició Genaro, su bisabuelo, cuando desembarcó en el año 1846, el mismísimo día que cumplía 18.

Ese día de 1846 Genaro, solo, se bajó del barco, se desvistió y se metió en el río como acto de purificación de cuerpo y alma. No lo hizo consciente ni le dio un marco conceptual, no: lo hizo porque estaba agradecido con el hecho de haber llegado a la costa, de limpiarse del Genaro que era allá, en su pequeña Italia, y renacer como una nueva persona. Ahora se regalan viajes, se festejan Bar Mitzvah y autos, pero en aquella época era sólo un año más. Genaro no tenía conocimientos teológicos ni profetizaba alguna religión. Cuando Genaro emergió del río seguía siendo el mismo chico lleno de granos, virgen, amante del moscato; y aunque la sensación fue transitoria algo permanente quedó pegado a su piel: Genaro reflotó del agua libre de sentimientos, de rencor, de culpa; como si, de alguna manera, ese renacer “consciente” lo hubiera librado de él mismo. Al menos eso sostenía Emiliano cuando la imagen se proyectaba en su cabeza.

A partir de ahí, la historia se convirtió en anécdota y ésta, en tradición.

Pero volvamos al presente: Emiliano está mirando los pocos amigos que lo rodean en su cumpleaños número veinte, sólo que no deja de pensar, conscientemente, en Genaro y se imagina a él mismo mirando el Atlántico.

Es de noche. O sea, se imagina de noche. Lo suficientemente oscuro como para pensar que algún ser, aún carente de optimismo evolutivo pero con valentía, saldrá de las pequeñas olas para arrancarle los dedos de los pies, así también con la luz necesaria para ver —e intentar medir— la distancia entre sus ojos y el horizonte. Desconocemos la temperatura del agua. La arena es blanca y, por razones que no puede justificar en su escenario imaginario, la playa está totalmente deshabitada. No sabe qué año es, pero se ve con la misma expresión con la que se ve en alguno de los cuatro espejos que tiene en su casa: las mismas cejas levantadas, las pupilas intentando encontrar su mirada, aunque ésta se le escape en la porosidad irregular de su cara, como si ya hubiera aceptado —al menos eso parece— su forma de ser. Emiliano mira el ruido del agua haciendo afirmaciones axiomáticas para sí mismo. Emiliano odia las comparaciones y las generalizaciones, sin embargo no puede dejar de pensar en que todos tenemos nostalgia y envidia de un momento maravilloso que no hemos podido vivir. Sin que se dé cuenta, una canción aparece de repente en sus labios como si quisiera explotar a través de las cuerdas vocales.

Un destello, probablemente por algún faro mal reflejado, hace que se perciban mucho mejor sus rasgos faciales. Ahora él se da cuenta de que tiene mucho más que veinticinco años: al menos veinte años más, unos cuarenta y cinco. No sabemos si la expresión —mental— con la que se vio fue la misma que la física porque no estamos mirándolo junto a los que festejan con él, esperando a que piense sus tres deseos, pero sí podemos estar seguros de que el vacío que suprimió su corazón, al notar que ya era un hombre mayor dando estrepitosos pasos hacia el inexorable encuentro de la muerte, le estrujó las costillas tanto como para hacerlo volver a la realidad de la fiesta.

Pensó: “¿A quién le debo el placer de culpar por soñar despierto?”.

Ante la impaciente mirada de sus amigos, en su mente, distinguía sentir el peso del tiempo en sus pies, en las rodillas que comenzaron a temblar, en la mente y en esas lagunas inexplicables, en la punta de su dedo izquierdo donde los nervios le hacían cosquillas como una lamparita con poca tensión eléctrica. ¿Cómo había llegado a esa playa? ¿Adónde estaban los demás? ¿Recordaba los últimos acontecimientos de sus años? ¿Era la misma playa? “¿Por qué estoy desnudo?”

¿Podemos imaginar un presente para ese Emiliano en la playa? ¿Qué estaba haciendo Emiliano en aquel lugar? ¿Qué está esperando? La primera hipótesis que podemos manejar es que está, finalmente, cumpliendo la tradición de su bisabuelo Genaro; incluso sosteniendo el “mejor tarde que nunca” de Roberto —¿Es un axioma que funciona para todos los rangos de la vida? —, y que está renaciendo en las costas de lo que parece ser una nueva vida. La segunda hipótesis que nos hace pensar es que está intentando dejar atrás a Paula: su pasado; tan simple y complicado a la vez. No sería descabellado también pensar que está aceptando su unión con la naturaleza: aceptar la soledad, su soledad con el universo, aceptar que la energía del universo es la suya, y viceversa. Que es su vida y que vino a aprender de los demás aunque jamás pueda conseguir profundizar en ninguna relación después de que Paula lo abandonara. Y no: incluso no nos es descabellado pensar que, tranquilamente, podría estar a punto de seguir los pasos de Alfonsina Storni, a pesar de saber que jamás ha leído alguno de sus poemas.

El Emiliano de la playa, de unos aproximados cuarenta y tres años, ya sin cabello y sin pelo en la espalda agachó la cabeza. Se puso a mirar el ya notable paso del tiempo en su cuerpo, como si una línea rizomática fuera marcando los hitos de su vida con el movimiento de sus venas y las cicatrices que esta se había empecinado en dejarle: la operación de menisco, la cicatriz por el alambre de púa cuando se quiso hacer el valiente ante la atenta mirada de Cecilia a los once años o el hueso del codo levemente salido al intentar subir al árbol más alto del parque Chacabuco cuando cursaba cuarto año del secundario. Después de inspeccionarse y recordar su vida en un flash, Emiliano dejó que el ritmo de su corazón se mimetice con la pasión entre la luna y el mar. Cerró los ojos. Comenzó a sentir el latir en todas sus ramificaciones nerviosas, millones de latidos transportados por sus venas a los diferentes puntos cardinales de su cuerpo. Sentía la sangre recorrerlo, sentía cómo cada célula llevaba marcado el caos del inconsciente, el inconsciente de su corazón; podía ver los distintos puñales —incluso aquellos producidos de sus propios engaños— que había soportado su ya cansado músculo circulatorio, el mismo que sostenía dejaría de latir por esas malditas extrasístoles ventriculares aisladas, monomorfas y poco frecuentes; porque si el amor no lo había matado después de veinte años, ya nadie lo haría.

¿Ya aprendió a ser, a estar? ¿Cómo se hace para aprender a convivir con la culpa, propia y/o ajena, con el enojo constante consigo mismo por ser débil de carácter?

¿Está a tiempo Emiliano todavía de arremedarse? ¿Sí? ¿Cuál de los dos?

El mismo viento que amagó con apagar las velas fue el que alargó las olas hasta sus pies de treinta y ocho centímetros de largo sintiendo el frío del mundo; Emiliano sentía que las velas no se consumirían nunca y, mientras cerraba los ojos para terminar con esa absurda realidad, en la playa, Emiliano veía la borrosa imagen de Jimena que cada vez parecía hacerse más clara a través de las nubes. Le habría gustado escribir todas sus fantasías en una hoja de papel: robarle un beso en la mitad de la calle, que lo abrace mientras espera ser atendido en el supermercado, un café en invierno, una propuesta de matrimonio medio loco medio borracho medio en chiste medio en serio. O simplemente desaparecer del mundo, estar abrazado a Jimena horas y horas, ponerse apodos, discutir sobre el color de ojos que tendrían sus hijos; compartir una playa, otra playa, esta misma playa.

Lo que no quedará claro —en teoría— es si extraña a una mujer que existió o si extraña algo que jamás sucederá. Si extraña, no como suponemos, lo que debería ser, sino lo que no es.

“No digas los deseos así se cumplen” gritó su madre, entre aplausos “¿Aplausos por qué logro?”, pensó Emiliano.

Emiliano prometió no buscar la playa; como si se tratase de una pesadilla, era mejor callar para que no se convierta en realidad. Nunca. La cárcel que existe en su cabeza no es más que el vivo reflejo de la persona en la que es capaz de convertirse: frío, calculador, acorazado.

Si le echamos la culpa al inconsciente cuando soñamos algo feo. ¿A quién debemos el placer de culpar cuando se hace despierto?

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