Amesegënallô Meki. Autor: Jon Martín Rincón

Siempre había soñado con viajar a África, la África profunda, la África negra. De niño lograba teletransportarme mentalmente a través de los libros de aventuras hacia sus contextos exóticos y selváticos. Sentía verdadera admiración por el carácter alegre y luchador de sus gentes. Y de no tan niño, comencé a descubrir las enormes desigualdades a las que el mundo está sometido. Así que sabía que algún día llegaría el momento de partir para conocer, descubrir, sufrir y disfrutar de la África real.

Primeros de agosto del verano de 2012. La decisión estaba tomada. Partía junto con mi mejor amiga y pareja, Shandra, y mi mejor amigo, Aritz. A lo largo del viaje iríamos conociendo a los demás compañeros de expedición, a día de hoy buenos amigos con los que formaríamos aquel grupo de voluntarios rumbo a Meki, una localidad situada en la región etíope de la Oromía, a unos 130 Km. de la capital Addis Ababa. Rumbo a lo desconocido para la mayoría, en dirección a un mundo totalmente diferente al de la burbuja en la que vivimos inmersos.

Un viaje con origen en el mundo del “tener”, donde hemos sido modelados y manipulados para concebir que la felicidad radica en tener el máximo posible de propiedades y posesiones- Y, ¿Qué ocurrirá cuándo éstas desaparezcan?. Un viaje con destino al mundo del “sentir”, compartir y experimentar sentimientos, alegrías y penas: un cúmulo de sensaciones que hacen del término “felicidad” un concepto mucho más amplio. Una aventura en dirección al desaprendizaje de lo aprendido para comenzar a aprender las valiosas cosas que los habitantes de ese otro mundo nos enseñan sin ninguna intención de hacerlo.

Cuando partes, lo haces con tu mochila a reventar, la cual retorna semivacía puesto que tus pertenencias personales han sido entregadas en forma de regalo a amigos que despides entre lágrimas sabiendo que pasará bastante tiempo si consigues volver a verlos. Portamos además otras maletas enormes con todo el material posible a facturar en su interior, donado por gente que no ha podido emprender este viaje aunque igualmente volcada con la causa. Viajas con la esperanza de ayudar en todo lo posible, de colaborar y exprimirte al máximo, incluso de enseñar todo aquello que puedas. Sin embargo, uno pronto percibe que no estamos donde creíamos que íbamos a estar. Es repentino el choque directo contra una puerta desconocida, la de un mundo absolutamente distinto; una puerta que una vez abierta y traspasada te sitúa frente a valores en desuso en nuestro mundo: la amabilidad, la hospitalidad y el agradecimiento. Amor en su máximo exponente. En conclusión, eres tú el que debe estar preparado para aprender.

En Barajas íbamos a conocer a otra pareja, Pepa y Jaime. Compusimos un quinteto que por afinidades y caracteres muy parecidos enseguida iba a congeniar, un vínculo de amistad fuerte y duradero. Rumbo a Addis Abeba y con escala en Estambul, pronto experimentamos ese cambio de mundos al aterrizar en la capital etíope, más aún esperando a que nuestro equipaje apareciese en la cinta transportadora. Pasamos de los lujos del avión de la compañía aérea turca de moda, con pantallas y mandos en todas las partes traseras de los reposacabezas a fin de amenizar el vuelo con variada música, juegos y un sin fin de películas, a la pérdida de dos maletas, en concreto las mochilas personales de Shandra y Jaime. Tras varias horas de espera y reclamaciones nos intentaron tranquilizar comentándonos que estos extravíos eran algo habitual y que seguramente al día siguiente recuperaríamos esas mochilas ya que se habrían quedado en Estambul en el momento del transbordo. Así que nos citaron a esa misma hora de la noche del día siguiente para recuperarlas, lo cual no nos suponía inconveniente alguno puesto que así aprovechábamos y recibíamos al resto de compañeros que llegaban un día más tarde.

El día siguiente a nuestro aterrizaje en tierras etíopes lo pasamos “pateando” por Addis Ababa, tras pasar la noche en un convento de monjas (sisters) tal y como nos habían concertado desde la organización de Living Meki. Addis Abeba (Flor Nueva, traducido al amárico) es caos. Envuelta en un manto de humo gris derivado de la polución y transitada por la gigantesca cantidad de tráfico tanto de vehículos como de peatones, son constantes los gritos de los vendedores ambulantes así como los bocinazos. Existen los semáforos o las señales como los “stop” o de giros prohibidos pero sólo como elementos decorativos de una ciudad llena de contrastes, puesto que cohabitan los edificios modernos contrapuestos y situados junto a las barriadas de chabolas o construcciones que intuimos llevaban un lento ritmo de edificación con andamios de maderas, ramas, troncos y cuerdas dignos de ser observados.

Enseguida descubrimos una de las principales cervezas nacionales, la Saint George´s, mientras nos aventuramos a probar en una tasca donde nos convertimos en la atracción del día, el símbolo de la comida típica etíope: la injera. La injera es un plato enorme que supone una gran miscelanea de distintos alimentos como pueden ser habas, lentejas, arroz, maíces, verduras, carne, etc. dispuestos en secciones sobre una especie de crepê que es la propia injera y que da el nombre al plato. La injera es agria, con un sabor parecido al limón, de ahí que Jaime la rebautizara como “panlimón”, aderezada en su conjunto con diferentes salsas, condimentos y especias. Fieles a las costumbres etíopes, la degustamos con las manos. La comida la culminamos con nuestro primer café etíope (café arábica), santo y seña etíope y base de su economía nacional. Una primera prueba para nuestros occidentales estómagos.

Aunque lo realmente difícil de digerir fueron diversas imágenes que íbamos divisando mientras paseábamos. Pobreza en todas las calles y sobre todo una jungla urbana en la que el objetivo diario de cualquiera es la supervivencia.

Tras una sencilla cena, desde luego más ligera que la comida, llamamos a Henok, el taxista del día anterior, un muy buen tipo que nos había facilitado su número de teléfono y que nos volvió a acercar al aeropuerto en busca de las mochilas a recuperar y a recibir a nuestros, hasta entonces desconocidos y restantes compañeros de la aventura que suponía el proyecto “Living Meki”.

Las mochilas de Shandra y de Jaime aparecieron en la cinta transportadora de las primeras; habíamos puesto toda nuestra fe en que ello sucedería y lo celebramos por todo lo alto en forma de piña. Además, enseguida asomaron nuestros compañeros por las puertas de llegada. Nos presentamos y les ayudamos en la recogida de sus maletas. Afortunadamente, en esta casión, ninguna de ellas había quedado retenida en Estambul.

Invitamos a nuestros nuevos amigos Rocío, Sandra, Pedro, Laura y al bueno de Marcos (al que ya habíamos conocido previamente en Madrid un día antes de partir) a salir al exterior del aeropuerto para coger el taxi que Henok buenamente nos había negociado, tal y como nos había prometido que haría. Así que nos estaba esperando él mismo con su taxi, que se trataba de un coche, junto con otro taxista que circulaba con una furgoneta a un precio mínimamente superior, éste último para los recién aterrizados. Una vez repartidas todas las mochilas y maletas en las bacas de los techos de ambos vehículos amarradas con cuerdas, rezamos para que ninguna se cayese en el trayecto desde el aeropuerto al convento en el que pasaríamos la última noche en Addis.

A la mañana siguiente, cuando sonó el despertador, la ilusión por saber que aquel era el día que todos habíamos estado esperando, y en el que partíamos por fin a Meki, quebraba cualquier atisbo de cansancio o pereza. Brother Alemu y Sister Sarah, profesores del Meki Catholic School en el que conviviríamos durante unas dos semanas, ya estaban de camino y no tardarían en llegar para recogernos y trasladarnos a Meki. Los “brothers” que nos habían preparado el desayuno y con los que tuvimos el placer de compartirlo nos dijeron que acababan de llamar y que estaban al caer.

Recogimos las habitaciones y bajamos todas las maletas al patio de entrada del convento. No tardo en aparecer una furgoneta. Un conductor, un copiloto, brother Alemu – el brazo derecho del director del colegio al que nos dirigíamos- sister Sarah – profesora que en nuestra estancia nos enteramos de que ya no era sister- Pepa, Rocío, Shandra, Sandra, Laura, Pedro, Jaime, Marcos, Aritz y yo, más todas nuestras pertenencias pretendíamos encajar en aquel vehículo y plantarnos en aproximadamente cinco horas, a pesar de los “solamente” 135 kilómetros de distancia, en Meki.

Tan pronto como partíamos, percibimos que aquel trayecto iba a suponer otra aventura digna de recordar. Y es que saliendo de Addis nos paraban un par de policías con los que brother Alemu y el chófer estuvieron unos veinte minutos dialogando en amárico, mientras Pepa amenizaba la espera con sus curiosas “traducciones” al castellano. La discusión acabó con la entrega de una de las matrículas de la furgoneta a uno de los guardias, supusimos como depósito a una posible multa por desconocido motivo sin mucha importancia (si tuviéramos en cuenta la mentalidad etíope) o, quizás, por el exceso de carga, tanto material como de pasajeros (pensando a la “europea”). El caso es que no sabíamos la causa ni siquiera si fue devuelta tal matrícula o si, por el contrario, aquella furgoneta sigue circulando sin ella por Etiopía.

Dejar atrás la capital Addis supuso circular hasta Meki por carreteras poco asfaltadas, con adelantamientos que provocaban subidones de adrenalina y las ovaciones al conductor de los allí presentes, que sorteaba con destreza los carromatos tirados por escuálidos caballos, rebaños de diferentes animales como los cebús, parecidas a las vacas pero con joroba y una cornamenta muy peculiar que Jaime se apresuró a nombrarlas como “vabras”, mitad vacas mitad cabras. Disfrutamos del trayecto y de los verdes paisajes que muchos no esperábamos, derivados de la época de lluvias en la que nos encontrábamos y la proximidad a los lagos Koka y Ziway.

Varias horas más tarde nos encontrábamos entrando en Meki. Desde su calle principal, donde hierve el bullicio junto con el trajín de la vida diaria, comenzamos a sentirnos observados por la gente que va y viene de los mercados. Pronto giraríamos a la izquierda hacia la calle del Meki Catholic School. Una calle como la gran mayoría, sin asfaltar,  sin aceras, sin desagües ni alcantarillados, embarrada y encharcada por los chaparrones mañaneros habituales casi a diario en agosto, el mes de las lluvias.

Los habitantes de esas calles se encontraban trabajando en sus distintos gremios o simplemente contemplando, descalzos y expuestos al fuerte sol que apretaba a esas horas de la tarde. Los niños comenzaron a perseguir nuestra furgoneta, corriendo tras ella y al son de sus gritos “You! You! You!…” que hacían de la llegada y el recibimiento algo muy especial. Unos cincuenta niños se apilaron en la puerta principal del colegio, con sus penetrantes miradas y enormes sonrisas que no dejaban de transmitirnos su alegría. Las buenas vibraciones se apoderaron de nosotros desde aquel instante.

No dejaron pasar a los niños más allá de los límites del “Compound” donde nos íbamos a alojar y los emplazaron a volver en dos horas para conocernos. Allí nos esperaban el resto del equipo ya que habían llegado unos días antes como avanzadilla Pablo, Lucía, Silvia, Alba, Paloma y Félix.

El “Compound” era una zona acotada por unas tapias dentro del propio colegio, compuesto por un habitáculo con unas duchas que rara vez funcionaban. Mejor dicho, nunca. Esto hacía del “momento ducha” algo muy especial, puesto que ésta nos la dábamos valiéndonos de dos o tres botellas de litro y medio para cada uno, rellenas con una manguera de agua no potable por Wendi, uno de los guardas. Rápidamente aprendimos a dosificarla, como bien preciado que se trataba. Había otro habitáculo con una cocina y salón-comedor y un último edificio, el más grande, que era nuestro albergue, con sus habitaciones con literas… y nuestras amigas las pulgas.

 

Este pequeño complejo, durante el año escolar dispuesto para alojar a niñas huérfanas, abandonadas o con serios problemas familiares, supuso el alojamiento de los voluntarios durante aquellas semanas de agosto. Un lugar donde estrechamos fuertes lazos no sólo entre los voluntarios sino también con las chicas que pasaban allí junto a nosotros esos días de verano; nuestras amigas Minilu, Ainalem, Masai, Bushi y Tatana nos cuidaban preparándonos a diario desayuno, comida y cena, tras la cual bailábamos, jugábamos, intercambiábamos palabras en amárico y castellano o, simplemente, reíamos hasta marcharnos a nuestras camas a dormir. Eran mujeres coraje, empleadas por la organización, que durante el año se alojaban en el “Compound” debido a problemas a los que la vida las había expuesto y habían sabido superar.

Tras instalarnos teníamos unas ganas enormes de salir al patio e ir conociendo a los niños con los que conviviríamos esas semanas. Salir del “compound” a esas horas de la tarde implica verte rodeado en décimas de segundo de unos cien niños que quieren tocarte, conocerte, preguntarte, saber tu nombre y, lo más importante, que hayas memorizado sus nombres. Sus hipnotizantes miradas e inquebrantables sonrisas hacían más difícil concentrarte en aprender nombres como Cefu, Takali, Ermias, Eyerus, Fkadu, Kya, Talem, Wendemagen, Sunkara, etc. Con el paso de los días nos iríamos conociendo; unos días estabas más con unos que con otros y con los que más tratabas era con aquellos a los que impartías clases de English por las mañanas, en mi caso los niños y niñas de 9, 10 y 11 años. De los “You! You! You!” pasábamos a escuchar nuestros nombres un sin fin de veces a diario. Fue algo inolvidable, muy difícil de explicar y relatar.

Sensaciones de inmensa felicidad y riqueza personal, contrapuestas a una pena o tristeza difícil de describir: por un lado, desde nuestra óptica occidental podríamos pensar en su pobreza material y lamentarnos; pero vista y vivida la felicidad de esos niños y sus gentes con tan poquita cosa, es tan triste o más ver con qué cosas nos enfadamos a diario por nuestros lares, el egoísmo en que nos envolvemos, las ambiciones de querer más y más… y, quizás, lo poco que nos centramos en cuidar y disfrutar las “pequeñas cosas” o aquellas que ya tenemos y que sabemos que jamás desaparecerán o que nunca nos fallarán.

Aquellos niños nos estaban impartiendo lecciones maestras de cómo alcanzar la felicidad. Estaba claro que vivían en unas muy duras condiciones de vida pero no se torturaban con ello. En medio de la pobreza material, impactaba la enorme riqueza personal y espiritual, eran ricos en alegría y multimillonarios en sonrisas. Sus casas no tenían nada aparentemente pero, realmente, estaban repletas de su esencia. Se tenían los unos a los otros y esto hacía que se tuvieran a ellos mismos.

Disfrutábamos tremendamente con ellos y, pienso, que también ellos con nosotros puesto que así lo demostraban sus transparentes miradas. Sentíamos que aprendíamos de ellos; te acariciaban, abrazaban, se columpiaban de nuestras espaldas y les encantaba que les sacases fotos para posteriormente verse en ellas. En alguna ocasión me obsequiaron, al igual que a otros compañeros, con una medalla de campeón: una chapa dorada de coca-cola aplastada con un agujero para colar un grueso hilo que hacia de colgante. Otras veces recibíamos cariñosas cartas o dibujos, incluso invitaciones verbales a sus casas para sendas ceremonias del café o “coffee´s ceremonies”.

Solíamos acudir a estas ceremonias tras las clases de inglés de la mañana, previamente a las visitas que realizábamos a familias según un listado facilitado por la organización de “Living Meki” para entrevistarlas, conocerlas y ver en las condiciones en que vivían para filtrar y elaborar otra lista con los futuros y próximos apadrinamientos desde España. No obstante, la mayoría de las veces, solíamos citarnos para después de las actividades de ocio y deporte de las tardes, sobre las seis y media o siete.

En muchas ocasones, el simple hecho de citarnos a una hora determinada suponía una auténtica odisea por los malentendidos que surgían entre la hora europea en Etiopía y la propia peculiar de los etíopes, con seis horas de diferencia. Recuerdo la tristeza en los ojos de Kya una tarde en la que creíamos haber quedado a las siete con él y nos estuvo esperando en la puerta del colegio, donde teníamos por costumbre citarnos, a la una de la tarde. Dar tu palabra de acudir a una ceremonia del café y no aparecer es algo muy mal visto, pero Kya finalmente entendió que se había tratado de un error debido a las diferencias horarias y nos emplazamos para después de los partidos del torneo de fútbol que habíamos organizado. Por cierto, éste causó un gran furor y congregó a una bonita cantidad de personas alrededor del campo que con palos habíamos marcado sobre la tierra del patio, haciendo de porterías las piedras más grandes que habíamos encontrado.

Acudir a una “Coffee´s Ceremony” era un honor y una experiencia distinta y atractiva a disfrutar para nosotros, pero para los anfitriones suponía un acontecimiento familiar tan importante como su nombre indica. A las ceremonias del café en las casas de los niños que nos habían invitado nos acompañaban alguno de los chicos de último o penúltimo curso previos a la Universidad, con los que también forjamos una grandísima amistad por el trato del día a día. Ellos eran Bekele, Bekalu, Addis, George, Melkamu y Ashe. Al igual que muchos otros niños y niñas, pero en mayor medida debido a su edad y mayor grado de inquietudes, nos hacían montones de preguntas sobre Occidente. Nos guiaban por Meki, no sólo a los lugares donde celebrábamos las ceremonias del café, también a distintos lugares del pueblo donde podíamos tomarnos una reconfortante cerveza tras un enérgico día, al fresco anochecer, donde siempre tocaba bailar al son de los ritmos musicales africanos. Ellos nos hacían de guías en su propio pueblo y lo hacían encantados.

Las ceremonias del café consistían en presentarnos a las familias que nos habían invitado, agradeciéndoselo por supuesto, y sintiendo su agradecimiento por haber aceptado su invitación. Nos íbamos conociendo mientras una de las hijas tostaba los granos de café y su particular y agradable aroma nos iba impregnando. En ocasiones nos llegamos a congregar hasta veinte personas en una pequeña casa, incluyendo tíos, primos, abuelos, vecinos y padres del niño o niña anfitrión. Ninguna de las casas tenía absolutamente nada que ver con las casas de un “país desarrollado”, aunque dentro de la pobreza hemos podido distinguir casas de distinto rango en función de la capacidad adquisitiva de la familia: desde chabolas de adobe con techo de paja en forma de cono hasta casas con varios habitáculos, establos para animales y pequeños huertos en la minoría de los casos.

Los granos tostados se muelen a golpetazos en una especie de mortero gigante y, una vez molido el café, se prepara en forma de infusión en una cafetera de barro calentada en una brasa hasta su hervor. Cuando recibes la primera taza de este auténtico café se genera un momento mágico de incertidumbre en el que entonando un “ameseguënallô” (gracias, en el idioma amárico) e intentando reflejar con tu mirada y sonrisa un sincero agradecimiento, todos los allí presentes no te quitan el ojo hasta el momento después de darle el primer sorbo al recién preparado café; fue, y sigue siéndolo aún, el mejor café que he tomado en mi vida. Nada que ver con el café diario de nuestras vidas, ni siquiera con aquel primer café que degustamos en Addis. Conseguíamos, además, un plus de energía para las noches en el “compound” puesto que las reglas no escritas de las ceremonias del café indicaban que había que degustar, por lo menos, tres tazas. Tomar una cantidad menor reflejaba que no había sido de tu agrado, lo cual suponía una decepción para toda aquella familia que había estado durante todo el evento pendiente de ti. Las ceremonias solían culminar con juegos, cánticos e intentos de imitaciones de bailes etíopes por nuestra parte, siempre entre las risotadas de todos.

Inevitablemente nos dábamos cuenta que iba llegando el día de la despedida de las gentes de Meki que tanto nos dieron durante nuestra estancia y de la que tanto aprendimos. Está claro que ésta despedida física no tuvo más remedio que producirse. Intentamos dejar allí la mayor cantidad de pertenencias posible, como símbolo de que, aunque nos íbamos, parte de nuestras almas se quedaban con ellos. Asimismo, recibimos amuletos, pulseras o collares artesanales por su parte, y llevándolas y mirándolas, recordamos todavía hoy que ellos también siguen con nosotros, que la despedida realmente no se produjo; que jamás podremos despedirnos de todo lo vivido, experimentado, sentido y aprendido durante aquellas semanas.

Al regresar de la última ceremonia del café, transportados por un taxista de un tuc-tuc por las calles de Meki, en el interior de aquel curioso vehículo, me puse a recordar aquel jueves que acudimos al gran mercado. Un mercado que conseguía hacerte viajar en el tiempo siglos atrás. Los alimentos, las especias, los animales, el jaleo y el trajín: un espectáculo. Nos perdimos con Bekalu entre el gentío por querer comprar unas cafeteras de barro (como las de las ceremonias) y nos fue imposible encontrar a Ashe, Minilu y Tetena. Aritz y yo estábamos muy apurados puesto que las chicas nos habían pedido a Ashe, Bekalu y a nosotros dos que les acompañásemos para ayudar a cargar las compras para la cena de despedida. Así que volvimos en tuc-tuc al colegio, avergonzados, por si los demás ya habían regresado. Afortunadamente no se nos habían adelantado y nos decidimos a volver para tratar de encontrarlos. Esta vez, nos subimos a un “Gary”, un carro-taxi tirado por un caballo bastante desnutrido “pilotado”, en aquel caso, por un gracioso niño de unos once años, lo que nos hacía alucinar y disfrutar más de la situación. Ya de vuelta en el mercado, tras unos pocos minutos buscando, Bekalu distinguió entre la muchedumbre a Ashe, aún no sabemos cómo. Y a pocos metros de Ashe estaban las chicas. Lo habíamos logrado. Les contamos nuestra aventura y reían a carcajadas. Volvimos a la escuela en otros dos “garys”: unos con los pollos bien amarrados y las verduras compradas; y nosotros con la cabra que habíamos adquirido para cenar, que no dejaba de patalear mientras Bekalu se mofaba de aquellos dos “farenjis” (extranjeros) que jamás se habían visto en una situación similar.

El final de este genial recuerdo coincidía con el final del trayecto en tuc-tuc que nos dejaba en las puertas del Meki Catholic School, pero inevitablemente coincidía también con el final, a la mañana siguiente, de nuestra estancia allí. Aquella última cena serviría para resumir nuestros días en Meki: disfrutamos con intensidad de todo, de aquellos espectaculares guisos de las chicas y bailamos dando el máximo.

Disfrutar con intensidad cada instante y de lo que realmente tenemos, una de las lecciones aprendidas. Ameseguënallô Meki.

 

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