16-10-1982 (Extraído de pies de fotos). Autor: José Ramón Morant Cardona

04:00, ¡riiing! Último madrugón. Viajamos hasta la ribera del río donde embarcamos, aún de noche. Estamos en Benarés, la más santa de las ciudades sagradas de la India, y en pleno Ganges, el río divino por excelencia: Ganga-ma. Apenas amanece y los fieles ya están purificándose en las obscuras aguas. Empiezan a llenarse los ghats. Nuestra guía nos desvela (un poquito) con maestría la religión de este pueblo, verdadera filosofía de vida. Aquí convergen tres ríos: el Ganges celeste, el Ganges terreno y el Ganges invisible. La peregrinación a Benarés es objetivo de todo hinduista; su meta más anhelada: que su cadáver sea quemado junto al Ganges y sus cenizas esparcidas en él.

La bruma va disipándose, comienza un nuevo día en Benarés. Flores y luminarias flotan mansamente sobre las aguas divinas. También una vaca muerta: los brahmanes, los niños y las vacas son seres puros, sus cuerpos son arrojados al río. Ahora divisamos los lavanderos del Ganges: atareados en la orilla, con cantidad de ropa en el talud. Cobran 55 rupias (600 pesetas) por lavar a mano 100 prendas (cualquier tamaño y color). Los ghats están rebosantes de gente. Mogollón continuo, movida diaria. Toda una humanidad vibrando como una onda multicolor sobre esa escalinata hasta sumergirse en las aguas donde se lavan, hacen abluciones, llenan recipientes… es indescriptible. La higiene (¿?) unida a lo místico. Ganges, crisol de sexo, edad y condición.

Nos acercamos al Ghat Manikarnika: la leña es leña, el fuego es fuego, pero lo que arde… Muda expectación en la lancha: la pira y… todo su entorno (¡impresionante!).

Desembarcamos y nos dirigimos hacia el Templo de Vishwanath por callejas que tienen de todo: cabras, vacas, mendigos, vendedores de flores, de perfumes, de comida,… y cadáveres esperando turno. Pasamos por una plazuela enlosada; hay un mercadillo con ofrendas para llevar al templo. Lo más vistoso es la gente y los puestos de colorantes en polvo: desde el rojo al amarillo pasando por todos los ocres (¡espectacular!). Nos impacta la imagen de un viejo adusto, frente despejada y blanquísimos bigote, barba, cejas y melena, que nos ofrece una flor. Accedemos a un piso desde cuya terraza vemos la riada de gente enfervorizada que acude al Templo Dorado con su cacharrito lleno de agua del Ganges. Espectáculo que sobrecoge y que da un poco de… respeto. Erguidas, sencillas pero elegantes, la mirada alta, arcos iris andantes, con un recipiente o una diya, en la mano: mujeres hindúes.

Regreso al hotel. Nuestro pequeño autocar navega por un mar humano. La muchedumbre se mueve a pie, empujando carretas, en bicicleta, motocicleta, motocarro,… No nos cansamos de mirar y observar: todos los colores del mundo, todos los timbres y bocinas del mundo… De repente, una rickshaw como otras, pero los pasajeros son un hombre y… un cuerpo (sudario blanco con trazos rojos); destino el Ganges.

Ya tarde, volando rumbo a España, todavía paladeamos Benarés, suculento postre de nuestro viaje a la India.

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