12-09-2002 (Por Bretaña en furgoneta). Autor: José Ramón Morant Cardona

Salimos temprano de Saint-Méloir-des-Ondes, pero bien desayunados (Madame Bunouf nos mimaba bien). Cruzamos el estuario del Rance, por la D168, pasando sobre las instalaciones de la central mareomotriz que íbamos a conocer. Llegamos a Dinard, en la margen izquierda, y fuimos a la Oficina de Turismo a comprar las entradas para la visita pero… la temporada había finalizado (¡mierda de página de EDF!). Menos mal que siempre teníamos un plan B.

Dinard conservaba cierto aire británico, como anunciaba la guía, pero sin exagerar. Caminamos por el paseo que bordea la costa, junto a los cantiles entre playas; saludamos a Hitchcock, subido al pedestal con los cuervos sobre sus hombros; fuimos al mercado (jueves), vistoso a tope: fruta, verdura, pescado, marisco, quesos, embutidos, dulces,… aparte de ropa muy curiosa.

Después remontamos la margen izquierda del Rance, deteniéndonos en algunos parajes: Punta Grognet, cala Jouvente, punta Crapaud, las ruinas de Fosse-Mort… Algunos espectaculares, otros más recónditos mezclaban la belleza con una gran paz: realmente gratificante. Llegamos a Port-Saint-Hubert, donde el río se estrecha y lo cruzamos por el viejo puente (la D366) para alcanzar Port-Saint-Jean en la otra margen. Almorzamos en un simpático restaurante donde, al principio, nos tuvieron cierta prevención pero acabaron por prepararnos una mesa circular para los siete y degustamos el suculento menú del día (¡con marisco!).

Con las pilas cargadas, enfilamos hacia Vicomté-sur-Rance por la D29 en busca de cierto molino de marea. Antes de llegar al núcleo urbano, aparcamos en el inicio del camino previsto y cubrimos en agradable paseo (bosque a la izquierda y marjal a la derecha) el kilómetro escaso que nos separaba del río. Allí estaba, dominante y romántico, en el extremo sur del dique, el molino del Prat. “¡Buen día!”, saludamos, y un hombre nos salió al paso y se convirtió en nuestro guía. Con esmero y placer nos enseñó la reconstrucción realizada, lo que faltaba, la rueda metálica localizada bajo cuatro metros de fango, la historia manifiesta en una pequeña exposición (cantidad de documentos, planos, croquis, fotografías antiguas y menos antiguas,…). Nos amplió nuestros conocimientos sobre el funcionamiento de un molino de marea y, con orgullo, nos detalló que en aquel lugar, a 12 km. del océano, la marea podía subir ¡5 metros! De repente, los obreros que trabajaban allí corrieron hasta la orilla del río, ¿qué pasaba? “Es una pequeña foca que nos visita a menudo”. Allí la vimos, divertida y simpatiquísima, y yo pregunté si acudía a comer. “Nooo, solo a jugar”.

De regreso hacia “casa” todavía nos quedaba alguna placentera parada por esta ribera del Rance. La de Saint-Suliac fue con derecho a café: pasear por aquellas callejas medievales, las floridas ventanas, las redes de pesca colgando de las fachadas, el paisaje costero,… ¿Uno de los pueblos más bonitos de Francia?… bien pudiera serlo.

Después de una ducha, la patrona nos recomendó un “bistrot” en Saint-Benoît, apenas cuatro kilómetros: “Tienen que probar las ostras de Cancale”. Siempre nos aconsejó bien, Madame Bunouf.

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