05-10-1982 (Extraído de pies de fotos). Autor: José Ramón Morant Cardona

Madrugón. Un té rápido para entonarnos y saltamos a nuestra shikara. Apenas una luz lechosa cubría las aguas del lago Dal. Solo vimos dos embarcaciones hasta aproximarnos al mercado flotante. Allí, progresivamente, se reunieron un montón de ellas con frutas, hortalizas y, alguna, con cacharros domésticos. Aunque menor que el que conocimos en Tailandia, resultaba más vivo, todo era dinamismo, nadie esperaba, quien no compraba o intercambiaba ofrecía: resultó un estimulante espectáculo para comenzar el día.

Mientras el crepúsculo se diluía, las tonalidades del agua iban variando, desde un gris plomo hasta un azul claro, como el abanico de un muestrario de tapicería. Fue un espléndido amanecer donde, ya alejados del mercado, la vista se potenciaba con un silencio solemne, transmitiendo una paz tal que deseabas que el barquero ralentizara al máximo su función.

Tomamos algo sólido y continuamos. Nuestra shikara se abría paso surcando alfombras de nenúfares. Podíamos ver las casas-barco para turistas, también otras más humildes pero llenas de vida: abiertas al agua mostraban toda la actividad familiar o comercial, en el caso de tiendas o pequeños restaurantes. Asimismo los campos flotantes de hortalizas. La paleta del pintor se había prodigado aquí. El tráfico lacustre era intenso. Las embarcaciones tripuladas por hombres llevaban un pequeño infernillo con brasas y la sempiterna narguile (té y tabaco). En otras una mujer remaba desde la popa; en un caso la mujer, también en cuclillas, bogaba en la proa con un niño pegado al pecho que se anclaba con sus bracitos al cuello de la madre. Con esa tierna imagen colmamos nuestra retina.

 

Más tarde enfilamos hacia el este del lago para visitar los jardines de Nishat Bagh (de la felicidad). Fueron diseñados y construidos por Asif Khan, pariente del emperador, en el siglo XVII. La cultura musulmana llegó con el pueblo mogol, que dominaba el arte de la jardinería y la ingeniería hidráulica. Aquí dejaron una muestra: aprovechando la ladera de una colina, escalonaron toda una sinfonía de color y sonido (árboles, flores, canales, fuentes, cascadas…) en doce terrazas (signos del zodíaco) hasta la orilla del Dal. Impresionante.

Por la tarde visitamos el centro de Srinagar. Deambular por aquellas calles fue zambullirse en una actividad frenética. Cantidad de gente que iba y venía, a pie cargando fardos, empujando carritos, en bicicleta, los menos en motocicleta. Abundaban los comercios (compramos un precioso chal), pequeños talleres, tiendas de todo tipo,… Junto al río se levantaban humildes edificios de madera, con uno o dos pisos, que albergaban viviendas y oficinas, sobre plantas bajas dedicadas a servicios (un sij se afanaba con una plancha de carbón sobre la barbacana del otro lado de la calle).

Comenzó a anochecer y nos encaminamos hacia nuestra casa-barco. Charlábamos sobre el curioso origen de esos habitáculos (sortear la prohibición de construir en tierra firme a los extranjeros). La obscura carretera sugirió el tema de la seguridad (sin problemas) y la buena convivencia entre musulmanes (mayoría de la población) e hinduistas. (¡Profetas, nosotros!).

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