Viajes. Autor: MRM People

Mi abuela siempre me decía que la vida era un viaje, en el que había que estar dispuestos a ganar y a perder, pero sobre todo a aprender.

“Todo cuanto te rodea enriquece tu alma” solía decirme cuando lloraba por algo, “Y aunque hoy estés triste y llores, mañana serás más sabia, más fuerte, y más comprensiva”.

Sus palabras y enseñanzas marcaron mi camino, gracias a ellas soy la mujer que soy ahora y por ellas cruzo el Atlántico.

Cuando abrí la puerta me chocó el inmenso olor a flores frescas que había en la sala y al fijarme vi los grandes ramos de flores que había por todas partes. Me detuve a los pies de la cama. Estaba tan hermosa como siempre. Con sus largos cabellos plateados esparcidos por la almohada y esa piel de porcelana… nadie habría averiguado su edad…

– ¿Qué tal ha ido el viaje? –susurró con los ojos aún cerrados.

–Muy bien abuela, nos pusieron una película y fue entretenido. –Ella me miró y sonrió, no quise decir nada más, seguía intentando asumir la situación.

–Sabes que estoy a punto de emprender mi último viaje, ¿verdad?

–Si abuela, pero ojalá no tuvieras que hacerlo… me gustaría que estuvieras conmigo en mi nuevo camino…

–Lo estaré aunque no puedas verme.

–Todo lo que soy es gracias a ti… me has enseñado tanto… te voy a echar muchísimo de menos. –Se me había formado un nudo en la garganta que me impedía hablar con normalidad.

Me tumbe y la abracé, como ella me abrazaba a mí en las noches de tormenta, y puso sus suaves y frágiles manos sobre mí ya abultado vientre.

–Vas a ser una madre maravillosa.

–Solo porque voy a enseñarle todo lo que tú me has enseñado a mí… nos quedaremos contigo hasta que tengas que irte.

No sé el tiempo que pasó, segundos, minutos, horas… sé que la enfermera entró un par de veces a revisar los monitores sin decir nada. Supongo que entendió lo importante de aquel momento y no quiso interrumpir el silencio. Me sentía tan bien con ella en mis brazos que mi mente se perdió en los recuerdos, en las noches que pasamos en el campo contando historias sobre las estrellas. Ahora ella formaría parte de aquel cielo y eso me alegró.

Un pitido constante y lineal me trajo de vuela a la camilla del hospital… se fue…

–Te quiero abuela, buen viaje. –Llevaba mucho preparándome para ese momento, pero aun así no pude contener las lágrimas. Sabía que su alma seguiría conmigo para siempre, pero ya no tendría el calor de sus abrazos, la ternura de sus caricias ni su hermosa sonrisa.

Quise correr hacia el pasillo para avisar a los médicos, pero ella había firmado la orden de no reanimar… estaba cansada y quería descansar… yo no podía faltar a sus deseos. La miré por última vez, parecía dormida.

En el velatorio no me sorprendió ver la cantidad de gente que vino a despedirla, era una mujer maravillosa y no me extrañaba que la gente la quisiera tantísimo, pero me llamó la atención un señor de pelo canoso y muy delgado que tenía una expresión distinta a las demás visitas. Tenía un dolor más profundo en sus ojos. Era bastante mayor, pero caminaba con agilidad. Se acercó al cristal y lo acarició como si a través de él pudiera tocarla a ella. Desde mi sillón vi como decía algo en voz muy baja, luego agachó la cabeza y se fue despacio. Le seguí.

–Disculpe… –me miró con una sonrisa triste– ¿quiere tomar algo?, no lo veo bien…

–Gracias, no rechazaría un buen café. –Su voz era juvenil.

Fuimos a un bar cerca del tanatorio, pero lo suficientemente lejos de aquellas salas llenas de tristeza.

– ¿De qué conocía usted a mi abuela? –le pregunté cuando el camarero trajo los cafés. Él miró el suyo y mientras lo removía con la cucharilla sus ojos se perdieron en los recuerdos.

–Conocí a tu abuela hace 50 años, en un viaje… el mejor viaje de toda mi vida.

» Me habían contratado para que trabajara de camarero en el SS Raffaello, el último transatlántico construido en aquella época. El 10 de Julio de 1965 hizo su viaje inaugural saliendo de la histórica Stazione Maritima de Génova, para un crucero por el Mediterráneo; y allí la conocí. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, llevaba un vestido blanco de tirantes muy finos, con sus largos cabellos recogidos en una trenza y unos elegantes guantes blancos.

En la cara de aquel hombre se dibujó una gran sonrisa, como si la estuviese viendo en ese momento, como si el tiempo no hubiera pasado.

–Creo que me enamoré de ella en ese instante –dijo casi en un susurro y me miró otra vez con aquella sonrisa triste.

Sentí una ternura inmensa por aquel hombre. Quería que me contara su historia pero no quería ser inoportuna, y esperé que él quisiera contármela.

–La observé durante muchas horas –continuó–, tenía una elegancia natural a la hora de andar y de moverse, como una gran dama, aunque reía como una niña. Buscaba cualquier excusa para hablar con ella.

» Me contó que odiaba los barcos pero que era periodista y tenía que cubrir la travesía porque entre los pasajeros estaba Cesare Merzagora, el presidente del senado italiano. Pensé que era la chica perfecta, hermosa, divertida, inteligente… lo que cualquier hombre desearía tener a su lado… lo que cualquier hombre lo suficientemente listo lucharía por tener… yo no lo fui.

Aunque los ojos de aquel hombre estaban puestos en mí, sabía que no me estaba viendo, era como si sus ojos estuvieran viendo todos aquellos recuerdos. Y se iba sumergiendo cada vez más en la nostalgia.

–Yo le gustaba –siguió–, poco a poco pasamos de hablar en las zonas de servicio, cuando quería tomar algo, a citarnos en los pasillos en mis horas de descanso, con ella podía hablar de cualquier cosa.

» Una noche cuando salía de mi turno en las cocinas, la vi tirada en el suelo en la cubierta del barco, sola y sin moverse. Me asusté y corrí hacia ella. No le había pasado nada, solo se había mareado, ya me había dicho que los barcos no le gustaban. Aquella noche me armé de valor y la bese. Me dijo que era viuda y que tenía una niña pequeña, que su vida era ella… me quedé mirándola un rato. Debí haberle pedido en ese momento que se casara conmigo, debí decirle que viviría para hacerla feliz y que cuidaría de su hija como si fuese mí…, pero no lo hice. Recuerdo que me miró con tristeza y sonrió, me besó y se fue.

» El viaje llegó a su fin y con ello la oportunidad de decirle a esa maravillosa mujer que fuera mi esposa. La dejé ir y no volví a verla.

–Valla. –Estaba sorprendida– Mi abuela nunca me habló de usted.

–No me extraña –me dijo agachando la mirada–, fueron apenas unos días, en los que estoy seguro de que notó mi talento nato a la hora de huir de las cosas difíciles. Tardé mucho en darme cuenta de que en esta vida hay que luchar por las cosas que uno quiere por muy difícil que parezca el camino, la lucha siempre merecerá la pena… la busqué durante muchos años, pero no la encontré.

–Lo siento… es una historia triste…

–Lo es, la encontré demasiado tarde  –Me miró y en sus ojos ya no vi tristeza, si no esperanza–; pero ya sé dónde está, y no tardaré en volver a verla y cuando eso pase, no dudaré en decirle todo lo que debí haberle dicho en aquel viaje de Julio de 1965. –Se levantó, se acercó a mí y me tomo la mano– Es usted la viva imagen de su abuela, ha sido un honor conocerla.

–El honor ha sido mío. Me alegra que haya compartido conmigo su historia, ha sido enriquecedora. –Me besó el dorso de la mano, se alejó calle abajo y desapareció.

Guardé aquella historia en lo más profundo de mi corazón. Aquel hombre me había enseñado en muy poco tiempo que jamás debía quedarme con algo que decir o algo que hacer, que debía luchar e intentarlo todo por muy difícil que pareciera la situación. Aprendí que había que vivir sin reservas y que no debía tener miedo a ser feliz… a fin y al cabo, la vida es un viaje y hay que disfrutarlo.

 

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Un Comentario

  1. Pilar

    hacia tiempo que una pequeña historia no me emocionaba tanto, la vida misma….. el valor de luchar no todo el mundo lo tiene, y este viaje en el que nos encontramos todos… a veces no es muy largo.
    Felicidades, tus palabras emocionan

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