Viaje de los Restantes. Autor: Mary Ely Marrero-Pérez

El Gato, traficante de armas y drogas de la Isla San Francisco de Asís, financia el Festival de la Virgen del Rosario cada año desde la llegada del padre José Loyola. El sacerdote se lo agradece muchísimo, aun cuando conoce el origen del dinero que invierte.

—El ataque ocurrirá a las siete de la noche en punto durante el Festival. Nos aseguraremos de que todos tengamos el vaso en la mano. Todos tenemos que beber —me dice El Gato y lo siento penetrándome la sesera con la mirada, como si quisiera auscultarme el pensamiento.

—¿Qué haremos con los niños, los ancianos y los incapacitados? —le pregunto con la actitud más fría que puedo aparentar.

—Les pediremos a los familiares y amigos que los hagan tragar primero. Los habitantes de esta isla no se niegan a las instrucciones cuando salen de la boca del padre José. Lleva casi un mes instruyéndolos sobre el buen proceder de salvación durante este Festival —me responde mientras se ensaliva los dedos cada cinco segundos para el conteo efectivo de los billetes.

—¿Solo cinco vasos? Es po…

—Solo necesitamos cinco vasos libres de veneno. Uno será para ti, pues debo agradecer tu lealtad. Otro se lo darás a Rahab y velarás porque no haya errores con el trago que consuma. El Padre José beberá del buen líquido y me ha pedido que salvemos a su amada María. Beberemos junto a ellas para cuidarlas bien. Tú no tienes mujer para salvar. ¡Cosa rara en San Francisco! Todos los hombres tienen al menos a una mujer, menos tú.

El plan del proyecto Viaje de los Restantes es que la isla quede habitada por nosotros cinco, convertirla en el paraíso anhelado por todos los sacerdotes del mundo para viajar y retozar con sus concubinas y concubinos, para transportar cuerpos deseados en sus fantasías más complicadas: los niños y niñas que pasaban de ser huérfanos a servidores sexuales desde la edad que desean los líderes espirituales. Ya El Gato tiene el plan de operaciones para que su negocio de armas y drogas continúe funcionando.

—Los religiosos son fieles a sus fieles, repite El Gato.

Todas las cocineras de la isla me prestan sus calderos enormes. Procedo a la confección de la bebida. Hago que la mezcla de jugos de toronjas y naranjas se emborrache con vino tinto y coñac. Añado la gaseosa con sabor artificial a limón. Agrego el coctel de frutas: algunas uvas verdes flotan; los trozos de piña, melocotón, pera y manzana se acumulan en el fondo como un montón de cuerpos sin vida. El azúcar cae de golpe e imagino a los franciscanos desplomándose. Pocas gotas de mi sangre caen en el brebaje pues el guayo con que trituro la nuez moscada está muy afilado y se ha desquitado su existencia con la piel de mis dedos cómplices. Me pongo los guantes de látex para añadir el “aldicarb”.

—¡Oh, Madre de piedad, concédenos el consuelo de morir bajo tu protección y en el amor de mi Jesús. Amén —repiten a coro los franciscanos.

—Festejemos que en la vida, hermanos, estamos cubiertos por el santísimo manto de la piedad —dice al micrófono el padre José Loyola mientras alza el vaso repleto de sangría, señal imperativa de tragar, practicada en la misa.

Todos dan de beber a los que no pueden valerse por sí. Luego, hacen lo propio. Es imposible establecer el orden exacto en que caen. Sí recuerdo que Rahab, la amante de El Gato, de desploma primero que él, por lo que él corre tras de mí hasta alcanzarme y me propina un golpe en la nuca con la cruz de madera maciza que cargaba sobre el hombro derecho. Caigo y me pierdo en un viaje paralelo al de la muerte de mis compueblanos.

Despierto y estoy solo acostado en la acera. Mi cuerpo ha quedado entre la peluquería Divina Belleza, donde las mujeres se peinan los sábados para los servicios eclesiásticos de los domingos, y el colmado italiano All’aperto, donde venden los embutidos, quesos y vinos preferidos del padre José . Me levanto del suelo y me percato de un panorama salvaje: la calle Ángel Miguel está repleta de cadáveres. Muy cerca de mí está El Gato. Camino entre los yacidos. Los pateo sutilmente por si puedo provocar que alguno despierte. Es inútil.

La mezcla de hedores me provoca náuseas: sangre, vómito y excremento. Llego a la próxima intersección, donde por lo regular un pordiosero pide limosnas y canta “Cambia, todo cambia”, emulando sin éxito la voz de Mercedes Sosa. Advierto otro detalle terrible: el silencio repleta a la cuidad de vacío. Solo yo estoy haciendo ruido.

Corro hacia la Iglesia San Rafael. Es una estructura vieja y blanca a la que todos los franciscanos suelen avecinarse a diario para la misa de las cinco de la mañana, pues está prohibido iniciar un día sin la ceremonia santa. Padre José está tumbado en el púlpito. Los feligreses están tendidos en el suelo y sobre los bancos de madera. Un pensamiento impertinente se cuela entre mis preocupaciones: “Nunca más tendrán las hostias entre la lengua y el paladar. Ya no podrán tragarlas. No disfrutarán el rastro de la mínima porción del vino”. Me apeno por ellos.

Me domina un escalofrío. Salgo de la iglesia. Continúo el recorrido. En la Plaza Arcángeles Armados, continúa de pie la estatua del Cristo Crucificado. Sus seguidores yacen sobre el cemento helado. Entiendo que un desastre ha jugado al gato y al ratón con los habitantes de mi isla natal: los ha matado y dejado en el suelo como ofrendas al amo.

Me siento en las raíces del ausubo que encara al Cristo. El terreno húmedo y frío me retrata. No fui capaz de cumplir mi asignación. Quise salvarme y deshacerme de todos. Solo dos vasos de sangría quedaron libres de tóxico: el mío y uno de dejé que se pasaran de mano en mano sin interés de saber quién lo tragaría. Estoy seguro de que alguien más vive.

Una cucaracha trepa por mi pierna velluda. No me deshago de ella y le permito que me haga cosquillas. ¡Alguien más vive! Espero que sea una mujer. La cucaracha regresa a la raíz y me abandona. El sol inicia su caída. Lloro al ver el ocaso en soledad por primera vez. ¿Quién será la mujer? ¿Cómo será su rostro, cómo sonará su voz, a qué le olerá el cabello, a qué sabrá su saliva, cómo se sentirán sus senos? Estoy esperanzado.

Continúo el paseo por la isla. Los cuerpos no me son indiferentes. El silencio me abruma, pero el sueño que acompaña a la oscuridad me tranquiliza. La playa… nunca hay silencio en la playa. Me dirijo a la costa. Camino a pesar del dolor que tengo en los pies. El hambre no me conmueve el estómago, pero me debilita las piernas. Me tiendo sobre la arena: luna, estrellas, mar sonoro. ¿Se llamará Magdalena, Ruth, Sara? Quiero soñarla. Me esfuerzo por verla, pero al cerrar los ojos, la escena de una tragedia me acapara la fantasía: vibración de la tierra, explosión de cristales, detonaciones, calles agrietadas, estructuras de cemento desplomadas. La tierra se traga a la gente y yo sigo vivo y solo.

El sol me despierta. Abro los ojos y cinco franciscanos me rodean: dos hombres y tres mujeres. Me mareo un poco. Siento lo que no había dolido: la nuca golpeada por la cruz.

—¿Lo habían visto antes?

—Nunca.

—Debe ser del poblado.

—¿Y si es de los de El Gato?

—¿Cómo te llamas y qué haces aquí?

No puedo distinguir cuáles de los hombres o mujeres hablan. Los oigo vagamente. Me cubro los ojos pues el sol me ciega.

—Soy Jesús, vecino de la Iglesia San Rafael.

—¿Por qué dormiste en la playa? ¿Sabes lo que ocurrió anoche? Tienes que saberlo si vienes del pueblo.

—Todos están muertos, excepto una mujer y yo. La estoy buscando —respondo convencido.

—Nosotros también estamos vivos —añade uno de los hombres.

—Cosa que no comprendo… ¿No fueron al Festival de la Virgen del Rosario?

—Nunca asistimos. No veneramos a los hombres con amigos imaginarios —responde una mujer—. ¿Por qué murieron? ¿Cómo sobreviviste? ¿Quién es la mujer a la que buscas? ¿De veras murieron todos?

Logro incorporarme y sentarme. El dolor de la nuca se hace cada vez más fuerte y siento punzadas que me obligan a cerrar los ojos y fruncir el ceño. Me esfuerzo por responder:

—Le fui infiel al proyecto Viaje de los Restantes.

Les cuento sobre los planes de El Gato y el padre José, sobre mi intervención infiel; incluso, les narro la pesadilla de la explosión apocalíptica que recién tuve. Noto que me miran incrédulos y que entre ellos hay gestos que comunican lo que silencian. No logro descifrarlos. El dolor de cabeza es macabro.

—Tengo hambre y sed —susurro.

Uno de los hombres me levanta y me echa sobre su hombro izquierdo.

—Pesa más que una cruz —alcanzo a escuchar.

—Ya has dormido demasiado. Despierta —es lo próximo que escucho, como si el tiempo se me escapara.

—Toma agua de coco —me ofrece una de las mujeres.

Trago desesperado sin percibir sabores ni olores. Vacío el vaso de una empinada y pido más.

—Te has quejado de dolor y tienes un coágulo notable en la cabeza. Ese golpe fue con mucha saña —dice otra con algo de burla.

—Come —impera el hombre más robusto.

Devoro los panes y los peces como si fuese la última cena. Siete jóvenes a quienes no había visto en la playa, se acercan con frutas y verduras para que coma, un paño tibio que me colocan en la nuca y una palangana con agua y trapos de tela. Intento ponerme de pie, agobiado por tanta atención servicial. El dolor no me lo permite.

—No te esfuerces. Te cuidaremos. Llevas días sin alimentarte bien y ya necesitas un baño —aclara uno de los hombre—. Te quitarán la ropa para bañarte. Iniciarán por los pies para que puedas comer.

Terminan la complacencia del baño, como desaforado, y mi instinto criminal me dice “Jesús, has caído en la trampa. Te están envenenando”. Me arrebato contra ellos. El furor me llena la boca de vómito y siento que caigo.

—Le ha bajado la fiebre y está despertando —escucho a lo lejos.

—Abrió los ojos —oigo muy cerca.

Despierto. Mis últimos días han transcurrido en una fragmentación del tiempo que va de caer rendido y despertar sin saber qué ocurre.

—Encontramos a la mujer que buscabas —dice el joven que me lavó los pies.

La hacen entrar. Es María. Pocos sabemos desde cuándo pasó a ser la querida del padre José. Ella se ofreció para limpiar, planchar y cocinar. Su madre la había enviado a servirle al sacerdote si él la aceptaba. La familia de María era conocida por sus mujeres, servidoras de los curas de la isla. Los veintiséis años de María estaban acompañados por carnes firmes y voluptuosas, y los cincuenta y cuatro del cura, de muchas ganas por esas pieles. Padre José y María guardaban secretos lujuriosos.

La veo acercarse. Sonríe. Le agradece a Dios que uno “de los suyos” está vivo, se persigna, se arrodilla junto a mí y le pide a los costeños que nos dejen solos.

—¿Quiénes son? —me susurra al oído.

—Solo sé que no son ni cristianos ni creyentes. Con algún veneno me han estado alimentando porque el dolor de cabeza se hace cada vez más fuerte y caigo en lapsos de inconsciencia. Creo que me están intoxicando poco a poco.

—Me contaron todo sobre el Viaje de los Restantes. Estoy viva de milagro.

—Dios te dejó viva. Pudo haber sido cualquiera. El vaso te tocó a ti.

Veo a tres Marías por el mareo que me domina. La oigo hablar y no comprendo lo que dice. Me quejo por la punzada que siento en las sienes. Logro enfocar la mirada. María se acerca con un vaso.

—Bebe agua —me pide con aparente ternura.

Me ayuda a sentarme y empina el vaso para hacerme beber. Siento la amargura del agua recorrerme la boca y la garganta. Me pide que sostenga el vaso y se pone de pie. Extiende la mano derecha y me muestra el saco pequeño. Lo tomo y la miro extrañado.

—Esto fue lo que usaste, ¿cierto?

Observo el vaso. Quedan residuos de “aldicarb” en el fondo. Oigo un arrastre de maderos. María toma uno y lo alza.

—Los religiosos son fieles a sus fieles —pronuncia María casi silábicamente.

—¡No! ¡No lo haga! ¡Tenga piedad! —le grita uno de los costeños al entrar a la habitación.

Lo último que siento es el golpe que me propina María en la nuca ensañado contra mí.

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