No me trajo antes. Autor: Mary Ely Marrero-Pérez

Esperanza piensa que se lanzará al vacío. Fantasea con que la caída libre le inutilizará el cuerpo para la vida gracias a la altura en la que cree estar. Se balancea en el borde de madera, extiende los brazos ulcerados en forma de cruz para apresurarse al vuelo. Dilata la caída. Reflexiona respecto al rostro. Desea que todo el que la vea yacida sepa que al fin es feliz, por lo que descarta un lanzamiento frontal. Gira para caer sobre sus espaldas. Se ve reflejada y el susto le desploma los brazos sobre las caderas.

—Podrida —susurra y se arquea por las náuseas.

La dosis de genoktonía (1) no le permite percatarse de que está parada sobre el gavetero de la habitación y que la imagen a la que le ha hablado es la suya en el espejo.

(1) Genoktonía: Es la droga que se obtiene de la flor louloudi prasina, planta anual de la familia de las Papaveráceas angiospermas dicotiledóneas, con flores y semillas verdes. Nace en los sembrados y los infesta. De tal flor se extrae un jugo verde, acre, de olor fétido, sudorífico y calmante. La genoktonía más potente se obtiene de los sembradíos sin estípulas. Los pétalos se mezclan con el fruto capsular sin descartar semillas menudas, oleaginosas y de albumen carnoso que contienen repleto de savia, mediante un molino para extraer el líquido inyectable que sirve como depresor del sistema nervioso central.  Los efectos de la droga se resumen en los siguientes: dependencia, depresión, alucinaciones, histeria, sangrados, nauseas, vómitos, vértigo, sedación, asfixia temporera, diarreas, trimetilamina, úlceras, gangrena, flebitis, osteomielitis y necrosis. En el año 2024, se comienza a mercadear ilegalmente la genoktonía en el Estado de la Ciudad del Vaticano con el aval principal de la Iglesia Católica. Nombran a la iniciativa Proyecto de Control Poblacional Moral (PCPM). El objetivo principal es erradicar de las calles el gran número de prostitutas que ofrecen sus servicios cerca de las iglesias y de los centros educativos de las grandes ciudades. El proyecto inicia contra las mujeres. Luego atenta contra los hombres.  A quienes mercadean en estos espacios se les nombra Grupo P1. El PCPM no atenta contra las P2: prostitutas y prostitutos que ofrecen servicios a domicilio a los religiosos, políticos o ejecutivos de clases media y alta. En menos de dos años, otras denominaciones cristianas protestantes se unen al proyecto. Crean laboratorios subterráneos para la elaboración de la droga y carteles de distribución mundial. Hombres cristianos se infiltran en el mundo de la prostitución y les ofrecen a los integrantes del Grupo P1 ser sus monitores a cambio de mejores condiciones de vida: techo, alimento, clientela constante, protección y droga. A estos hombres les llama los ‘jefes’. No intiman sexualmente con el Grupo P1. Su función es introducir al P1 al consumo de la genoktonía, proveerles las dosis adecuadas para lograr la dependencia e iniciar a los clientes al consumo de la droga tras una investigación del compromiso de los clientes con las contribuciones económicas a los círculos religiosos. Los servidores sexuales reciben un 10% de las tarifas estipuladas. Las iglesias retienen el 90%. En todos los países que acceden al PCPM, los miembros del Grupo P2 están identificados y protegidos. En el 2027, se introdujo la genektonía en Puerto Rico, República Dominicana y Haití. Son los últimos países de América en unirse al PCPM. Con el fin de minimizar los gastos de inversión, en estos tres espacios, la genoktonía se mezcla con el pesticida estricnina, proveniente del género de las strychnos toxifera. Esta combinación provoca que los efectos mortales de la droga se aceleren. Los usuarios de la droga pura tienen un margen de vida entre tres y cuatro años. Este tiempo garantiza que el 90% de las ganancias obtenidas de los intercambios cubra el costo de la droga y que ofrezca un 50% de ganancias limpias para las iglesias. Con la modificación de la droga, los usuarios pasan a un margen de vida de uno a dos años, lo cual ocasiona un déficit en la implementación del PCPM  en Puerto Rico, República Dominicana y Haití.

Ausculta con la mirada a la mujer reflejada: lipomas verdes y amarillos repletos de pus, cuya peste le recuerda a la esquina del Quiosco 8 de la Plaza del Mercado de Río Piedras, donde se acumulaban las tripas de bacalao. El calor intenso del día las descomponía y la noche castigaba a las chicas de la calle menos afortunadas con un trueque sexual muy cerca de la esquina maloliente. Cierra los ojos y recuerda el zumbido de las moscas, el sonido de la cremallera de un cliente, la fetidez del 8, el titilar del único poste eléctrico que alumbraba el espacio, las manos sudadas del hombre que pagaba el intercambio, el agarre de glúteos que el comprador le hacía para penetrarla y el sabor metálico que le invadía la boca constantemente.

—Me das asco, le dice a la mujer del espejo al abrir los ojos.

Esperanza se arrodilla y sonríe. Ve que a la mujer le quedan cuatro dientes dispersos y negros. Son insignificantes respecto a las ampollas de sangre que le cubren los labios. No solloza, pero las lágrimas brotan y ruedan sobre la piel escamada que ya no le permite lucir de veintisiete años. Se limpia las lágrimas y los mocos sangrientos con la palma derecha. Se mira las manos y se percata de que le faltan ocho uñas y que las dos que le restan penden de un hilo muy fino de piel. Se las arranca y las guarda en el bolsillo del pantalón harapiento que viste.

Mira nuevamente al espejo. Su reflejo se desabotona la camisa roída. Dos bolsas de carnes supuradas le cuelgan del pecho. No son ni el recuerdo de los senos que fueron.

—Estás muriendo, le habla entristecida a la imagen.

Tiembla y se percata de que tampoco lleva la camisa. Tirita y se cobija con los brazos. Un ardor insostenible detiene el frío. Suda copiosamente, se seca la cabeza con el antebrazo izquierdo, en el que se quedan adheridos parte de los pocos cabellos blondos que le quedan. Solloza, se golpea el rostro y los muslos.

—¡Me voy de aquí, me voy! —grita repetidas veces.

Cesa el arrebato. Del bolsillo del pantalón se asoma la aguja. La saca. Se la acerca y percibe el olor a genoktonía que aún reside en la jeringuilla indesechable.

—Esperanza, ven —escucha decir a la mujer.

—¿Tienes? —le pregunta al mostrarle la jeringuilla vacía.

—Ven —repite mientras extiende los brazos purulentos.

Ella también los extiende. Entrelazan los dedos. La mujer la hala con fuerza y Esperanza cae dentro del espejo. Siente el aire del descenso azotándole la cara. Cae de espaldas como lo deseaba. Sonríe y abre los ojos. Ve a la imagen sentada sobre su vientre, punzándose la cavidad articular con un vidrio para luego succionar con la boca el líquido espeso y pestífero de la pústula. Grita, la empuja con los brazos y vomita. La efigie desaparece.

“¿He muerto?”, piensa al mirar a su alrededor y ver que ha caído en un hueco oscuro que se ilumina a lo alto. Le regresa el frío al cuerpo. Se sienta en el centro del pozo y se acurruca las piernas con los brazos. Se mira los pies negros, repletos de hematomas, llagas y bulas infectadas. Recuerda que la primera vez que la inyectaron con genoktonía fue entre el pulgar y el índice del pie derecho. “Es mejor esconder las marcas”, le explicó su jefe. Sintió que el alma se le alzó del cuerpo y que se sostuvo del techo de la habitación. Ese día, el jefe le gestionó el trueque con cinco clientes que se avecinaron cada tres horas. Esperanza no recuerda el rostro de ninguno. Ese día se distanció del hedor a alcohol, de las nauseas que le provocaba la intimidad con los compradores. Supo que esa droga le curaba la tristeza del intercambio y que le borraba de la memoria a los machos que la repletaban de golpes y semen. Pronto, también le canceló la conciencia de ocultar las marcas de la droga. Se convirtió en un mapa de evidencia.

—Ven ahora. Ven —escuchó a lo lejos.

La mujer estaba levitando en el techo del hueco negro. Esperanza siente el líquido caliente recorriéndole el cuello y delira con su última dosis en soledad. El éxtasis evocado la alza y queda muy cerca y de cara a la efigie.

—Somos idénticas, dicen al unísono. Se abrazan. Esperanza siente un cosquilleo en el pecho, quiere saber a qué se debe, pero la mujer la oprime cada vez más. Los gusanos le trepan el cuello y pululan hacia el rostro. Aprieta los ojos, grita y se contorsiona abruptamente.

—Tranquila, escucha al sentirse liberada del abrazo.

Abre los ojos y se halla frente la fuente de luz, una ventana ovalada. Al otro lado ve una cama blanca con edredones, cojines y dosel rosados. “Es mi cuarto”. Ve a la niña Esperanza acercarse al espejo, sacar el cepillo de una gaveta y deshacerse de los risos rubios. Sonríen.

—Pera, Perita, ¿dónde estás?

Oyen la voz del tío Klifot. Cuando la niña se tapa las orejas con las manos, Esperanza le grita:

—Pera, escóndete bajo la cama, por favor, Perita.

Como la niña no reacciona a los gritos, golpea fuertemente el cristal. La mezcla de sangre y pus de las ampollas rotas de las muñecas le corre por los brazos.

—Escóndete, por favor, escóndete bajo la cama, en el armario… donde puedas. Avanza.

Por más que grita, el tío Klifot se acerca a Pera, le rebasa el vestido para tocarle las carnes inocentes, la carga, la lanza a la cama y le quita las bragas de algodón.

—¡No! Grita, Pera, grita. No te quedes callada. ¡Grita! —continúa con sus alaridos impotentes.

Se tapa los ojos y escucha un ‘Te quiero’ en medio de los jadeos del tío y el llanto tímido de la niña seguido del choque de una puerta. Se atreve a mirar: la niña sigue en la cama y Klifot se ha marchado. Lloran ambas.

—Pudo haber gritado y no quiso —le susurra la imagen que de repente ha regresado y la abraza nuevamente.

—Tenía miedo. De niña, siempre tenía miedo —argumenta.

—¿Miedo? ¿Miedo? ¿Miedo? —grita el reflejo.

Esperanza siente que el abrazo la oprime ante cada repetición de la pregunta.

—Quien teme no hace eso —la efigie grita más alto—. Observa bien.

Ve a la niña ponerse de pie, quitarse el vestido y crecer a cada paso que da hacia el espejo. Pasa de los siete a los quince años en ocho pasos. Se sienta frente al espejo, saca una navaja de la gaveta y se corta levemente el antebrazo en una línea paralela a las cicatrices que tiene.

—¡No! No lo hagas. No fue tu culpa. Eras una niña. Cúbrete. Se acerca alguien.

La joven Esperanza se quita la diadema de tela y con ella se hace una pulsera que oprime y cubre la herida. Se lanza a la cama y aparecen entre las sábanas dos que se besan y abrazan y que la invitan al acto. Al percatarse de que son Nina y Azariel, sabe que se trata de su cumpleaños número veintidós, día en que el alcohol y los psicotrópicos la llevaron a compartir sus ansias lascivas con esos dos que eran sus primos y quienes, a su vez, eran hermanos.

—Murieron y te dejaron en manos de ese hombre —escucha de la mujer del espejo, quien le besa el cuello.

Esperanza observa al trío sobre la cama y se desinhibe guiada por el coraje por la muerte de sus padres, episodio que la pone en manos de un tío que gusta de devorar infancias. Se extasía con el contacto accedido sin que medien fuerzas para disfrutar en el lecho. Siente que la lengua de la imagen se detiene en la nuca, justo en la úlcera que más le duele y que, a mayor roce, experimenta más placer. Acto seguido, se le dificulta respirar. Se ve asediada por las manos de la mujer que le sostienen la cabeza mientras le traspasa la tráquea con la lengua. Lucha brutalmente contra ella, se libera y siente el chorro de bilis brotarle del hueco.

Tose, se cubre el agujero con las manos y teme por la asfixia. No ocurre, aunque está cada vez más débil. Se acerca al óvalo y se percata de que alguien convulsa sobre la cama.

—Un frasco no fue suficiente —escucha la voz burlona de la mujer.

—No regreses. Muere. No vale la pena —le ruega a la Esperanza de veinticinco años que se ha intoxicado con alprazolam, pues sabe que en breve entrarán los paramédicos y le permitirán salvarse del dolor.

El cuarto de oscurece. Esperanza tiembla y suda. Aguarda por la mujer del espejo y se prepara para el horror. Percibe el olor del cigarrillo. Abre la boca y espira el humo. Se enciende la luz. No reconoce la habitación que le muestra el óvalo. Puede ser cualquiera los cuartos del Roxy, hotelucho riopedrense de encuentros furtivos. Entra la Esperanza destruida, quien a ocho meses de la primera dosis de genoktonía ha perdido la juventud. Se desnuda y se sienta en el borde de la cama con las piernas abiertas. Es una exhibición de llagas, contusiones y lipomas purulentos. Invita al cliente a acercarse y despojarse de los trapos que le cubren el cuerpo putrefacto.

—Arrodíllate, dicen a coro la mujer del espejo y las Esperanzas de dentro y fuera del óvalo.

La prostituta zanjada saca la jeringuilla, inyecta un poco del líquido en el brazo hombre, extrae la aguja, le lame el punto de sangre que brota, se caza un pezón entre índice y pulgar y se clava la jeringa. El resto del líquido la hace volar hacia el techo y olvidar su pena expuesta como una metáfora en cada rostro de hombre que compra sus servicios.

El cuarto se oscurece nuevamente. Escucha los chillidos de los roedores y siente que las colas le rozan los pies. Hiede a excremento y orín. Oye el tránsito de automóviles. Reconoce el lugar. Es el puente de la Avenida Gándara. Se le alternan en el cuerpo el frío y calor.

—Abre la boca —dicen un hombre y la mujer del espejo.

Esperanza obedece. Un cúmulo leve le repleta la boca. Sabe que debe degustarlo. En pocos minutos, le corre el líquido caliente por la garganta.

—Ponte de pie y voltéate, dicen otro hombre y la mujer del espejo.

—Pera, Perita es mi nombre. Dime así. Dime que me quieres.

—¡Cállate! —gritan todas las Esperanzas.

Se enciende la luz. No hay habitación. El óvalo muestra otro pozo negro paralelo en el que flota la cama blanca con edredones, cojines y dosel rosados.

—Pera, Perita es mi nombre. Dime así. Dime que me quieres —solloza la efigie.

Esperanza se voltea, mira a la mujer y le extiende las manos. La acerca y la abraza hasta que la imagen se convierte en un líquido verde que la baña, le cura la tristeza y le borra la memoria. Por horas, se mantiene de pie, encorvada frente al espejo.

—Pera, Perita es mi nombre. Dime así. Dime que me quieres —oye una coral de voces femeninas.

Reacciona. La cama aún flota en el pozo negro. La niña sale de debajo de cama y corre hacia el óvalo.

—Escóndeme, por favor. Escóndeme en el espejo, avanza —ruega mientras de tapa las orejas.

Esperanza se mira las manos podridas y vacila de acercársele, pero la cercanía de la voz de Klifot la obliga a halar a la niña y lanzarla al hueco negro. Desaparece la cama, la luz y el óvalo.

De nuevo se le alternan en el cuerpo el frío y calor. Se desvanece y cae. En posición fetal, se abraza las rodillas. Mientras más tiembla, más se oprime las piernas contra el pecho, hasta convertirse en un líquido verde que levita hasta el techo y llueve en el pozo oscuro. Se elevan todas las Esperanzas: la del puente, la del hotelucho, la suicida, la de la primera dosis, la de la plaza del mercado, la del incesto, la automutiladora, la violada. Se detiene la lluvia verde. Todas se abrazan, sollozan y se despiden:

—Que no te llamen Pera, ni Perita. Tu nombre es Esperanza.

—Pera, Perita, ¿dónde estás? —la niña oye la voz del tío Klifot.

Se enciende la luz del óvalo. Regresa la habitación. Sabe que está ansioso, buscándola entre las sábanas, en el armario y debajo de la cama. Lo ve acercarse, abrir la gaveta, sacar el cepillo lleno de cabellos rubios, y lamerlo mientras jadea:

—Te quiero, Pera. ¿Dónde estás, Perita?

La niña grita y golpea enérgicamente el espejo hasta hacerlo pedazos. Le sangran las muñecas, pero las heridas se cierran rápidamente. Se mira las manos. Tiene todas las uñas. Se apaga la luz del óvalo. Desaparece la habitación. En el pozo oscuro que la aleja de la cama, la niña se repite:

—Mi nombre es Esperanza. No voy a volver. No vale la pena. No es mi culpa. Tenía miedo. De niña, siempre tenía miedo y mi futuro no me trajo antes al pozo detrás del espejo.

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