Maestro de sus venenos. Autor: Mary Ely Marrero-Pérez

Durante la cuarta reunión, el profesor Giftige se percata del nerviosismo de su alumna. Nota que la mujer lo mira y que cuando él le corresponde ella baja la cabeza, se sonroja y sonríe. No es la primera vez que una alumna se interesa por el desde que enseña en el sistema de la Universidad de Puerto Rico; siempre las rechaza. Sin embargo, Akewi lo motivaba a otra posibilidad. De repente, dos años de luto por la viudez le parecen suficientes.

—Necesito hablarte —le dice para detenerla al final de la clase y se percata de que la mujer tiene la mirada anclada en el suelo y las manos sudorosas—. Akewi, ¿sabes lo que significa su nombre? —la pregunta se acompasa al índice izquierdo con el que le alza el rostro sutilmente al tocarle la barbilla.

—Mi abuelo me nombró así en honor a su bisabuela —responde y lo mira directo a los ojos.

—Hoy entregaste un ensayo expositivo al que titulaste  “Sobre la falacia africana en la poesía puertorriqueña” —toma el trabajo y lo hojea—. Solo por el título ya me interesa. Por eso deduzco que eres una mujer inteligente que sabe que su respuesta no se relaciona con mi pregunta.

—Significa poesía y…

—No precisamente —la interrumpe—. Significa “poeta” en lengua yoruba. ¿Eres poeta?

—¿Puedo decir que lo soy si escribo y nadie me ha leído? —sonríe y siente el corazón acelerado.

—Puedes —le toma las manos y le acaricia las palmas—. Me gustaría leerte.

—No vale la pena —responde cuando siente una transmisión eléctrica proveniente del contacto con las manos enormes del profesor.

Giftige la ve partir y se convence de que pronto esa poeta se dejará tocar sin miedos. Finaliza el semestre y tras continuos intercambios de coqueterías mutuas, ella lo invita a cenar a su casa: pasta penne con mantequilla de ajo y camarones, vino blanco y tiramisú.

—Comida italiana de las manos de una puertorriqueña. ¡Interesante! —alza la copa con la mano izquierda y la invita a un choque se vidrios.

La copa de Akewi se rompe al contacto sutil sin que puedan explicarlo. La obliga a soltarla y le pide cuidado para que no se hiera. El hombre fantasea con el vino que le corre por las manos a la alumna. Sin que ella sienta necesidad de evitarlo, el profesor le lame los dedos. Embriagados de deseos, recorren el camino a la habitación sin separar las bocas que se besan por primera vez. La desnuda, la lanza a la cama, se desviste, se recuesta sobre ella, le acaricia la mejilla derecha con la lengua y le dice al oído “Lo sabía”. Escucha el jadeo de Akewi en respuesta y procede a multiplicarlo.

—Los pies te huelen a batata y calabaza —susurra con la imagen de otra mujer en la memoria.

—¿Eso es bueno o malo? —vuelve a sentir la electricidad del primer contacto cuando Giftige le muerde el talón, y no exige una respuesta.

***

Llevan tres meses juntos y él aún no la invita a su casa. Pernocta en el apartamento de Akewi casi cada noche. No son comedidos en el recinto universitario respecto a demostraciones afectuosas, por lo que la relación es un secreto rumorado.

—¿Cincuentón y fijándote en jovencitas? —le dice otro catedrático, en todo punitivo.

—Tiene veintiocho años. No es una niña. Además, la juventud de una mujer no es distinta a la juventud de un hombre. Conozco tus juegos —responde en tono colérico acompañado de un puño contundente sobre el escritorio.

Esa noche, refugia todas sus tensiones en el cuerpo de Akewi. La llena con su eléctrico proceder amatorio y la oye despedirse extenuada. Él no concilia el sueño. Recorre el apartamento. Observa las paredes que ostentan certificados de grado y fotos familiares en enmarcados comprados a bajo costo. Va al baño y luego a la cocina. Nota que el espejo tiene rastros de pasta dental y que quedan tazas sucias de café en el fregadero. No limpia nada. Se sienta en el sofá de la sala, extiende los pies sobre el ottoman y cierra los ojos. Piensa en los pies de Akewi y musita “Batata y calabaza”. A su mente vuelve la otra mujer.

El recuerdo de la muerte de sus padres le cruza tajante por la sesera. Los culpa por la partida tan temprana que lo obligó a hacerse cargo, como buen hermano, de una cuadripléjica. Sonríe cuando la memoria le regala imágenes de su hermana inmóvil. En su prolepsis, entra a la habitación, la desarropa sutilmente, le acaricia los senos, el vientre y la vulva, le separa las piernas, se desnuda, se posa sobre ella, huele en el cuello de la postrada los restos de compota de batata y calabaza con la que a diario la alimenta, la penetra hasta satisfacerse e ignora las lágrimas de la que se ha vencido ante su designio.

Cuando despierta del transe retrospectivo, se halla con una erección. Se dispone a masturbarse recordando el olor dulce de su hermana fusionado al de los pies de su nueva amante, pero el cuaderno sobre el baúl de madera lo distrae por completo. Nunca lo ha visto. Es una libreta rayada repleta de poemas en manuscrito. La deja caer aterrado en cuanto lee el título del primer poema: Stilte. Sabe que la ese trazada como clave de sol es característica de la caligrafía de su alumna. “Es la letra de Akewi”. Curioso, coge la libreta otra vez, la hojea y la cierra abruptamente al leer el título del segundo texto: Ontdek. “¿Cómo sabe?” Stiltees el nombre de su hermana y Ondek el de su esposa, ambas fallecidas.

Se abraza a la libreta, cierra los puños, aprieta las muelas y se sienta nuevamente el sofá. Siente que es la libreta la que late, por lo apretada que la tiene al pecho. Le tiemblan las manos, saltan las letras y se marea levemente. Abre la libreta y procede a leer:

Stilte

Yo te acaricio para que que no sepas

que la vida te abandonó hace mucho.

Yaces dulce sobre la cama.

Eres un cuerpo vivo, inmóvil, muerto.

Padre te regaló a fuerza de plomo.

Madre te abandonó por la ventana.

Eres un hueco que recibe mi soledad.

El cerebro de Giftige hizo un collage de memorias autobiográficas: su hermana y amante, cuadripléjica y olorosa a batata y calabaza desde los catorce años por una paliza bestial a la que la somete el padre tras hallarla en la habitación con un compañero de clase, desnudos ambos; el tiro con el que el padre se atraviesa las sienes, guiado por la culpa de lo que provocó tal furia; el lanzamiento de la madre que prefiere la muerte en caída libre desde la ventana ante las tragedias vividas. Arranca la primera hoja y la hace pedazos.

Regresa a la cocina, desvaría al ver a su madre lavando las tazas de café. Tiembla y corre hacia baño. Siente que enloquece al ver a su padre frente al lavamanos cepillándose los dientes y salpicando el espejo. Regresa a la sala y la imagen de su hermana desnuda acostada en el sofá le provoca náuseas. Se acerca, le toca los senos, el vientre y la vulva. Cae horrorizado al suelo cuando Stilte grita desenfrenada como ya no podía. La ve desaparecer.

Se sienta en el sofá con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Se mece desesperado. “¿Qué está pasando? ¿Por qué Akewi?”, piensa. Recuerda el segundo poema. No quiere leerlo, pero la intriga es poderosa.

Ontdek

Fuiste mi amada innegable

hasta que invadiste mis secretos.

Pasaste de mujer a rata,

tragaste de mí el miedo,

me hiciste despedirme de alguien más

porque el amor no me acuna,

porque el amor no procede

a quedarse cuanto quiero.

Otra diapositiva de recuerdos le azotó la memoria: halla a su esposa llorando en un rincón del cuarto con el sobre en mano y trata de inventar una historia que justifique las fotos que conserva del cuerpo desnudo de Stilte. No la persuade, pues al dorso de cada foto documentaba en versos los orgasmos que logra. Una de las fotos es del día en que la halló muerta, víctima de un paro renal. Los versos evidencian cómo la utilizó antes de llamar a los forenses. “Es de noche y está lloviendo. Si te quieres ir, vete mañana”. Al otro día, la ve empinar una taza del té más amargo y, en silencio, el hombre le dice adiós a su esposa, sabiendo que el veneno para ratas le baja por la garganta a la mujer que ama con un ligero sabor manzanilla y limón.

El profesor Giftige, experto en lenguas africanas y poesía caribeña, siente que la afasia lo domina. Arranca la segunda hoja y la hace pedazos. Hojea la libreta para encontrar más. Solo halla páginas en blanco. La lanza al suelo y se dirige a la habitación. Entra y cierra la puerta con toda la intensión de provocar un estruendo.

—¿Dónde estabas? Ven. Bésame los pies —murmura Akewi.

Se abalanza agresivamente sobre ella. Sus manos encuentran el cuello de la alumna en la oscuridad y, sin que la adormilada pueda defenderse, la entrega a la muerte. Duerme a su lado toda la noche. Durante tres días, llama al Departamento de Literatura Comparada para indicar que está enfermo. Permanece en la cama abrazando el cuerpo de la mujer. “Antes de matarte, debí preguntarte cómo lo supiste”, le susurra al oído y le acaricia la mejilla derecha con la lengua.

***

Es el cuarto día que se ausenta a clases y olvida llamar para excusarse. Despierta, se prepara café y se lo sirve en una de las tazas sucias. Va a su casa. Un vecino le habla, pero no entiende lo que dice. Lo mira y no lo reconoce, por lo que ignora el saludo. Entra a la casa, se mira al espejo que había instalado en la pared de la izquierda para espantar a los malos espíritus y ve que el bolsillo de la camisa blanca que está pintado de azul. Saca el bolígrafo roto y se mancha las manos. Lo coloca en el bolsillo nuevamente y se limpia la tinta con la camisa.

—¿Mucha prisa hoy? ¿Va de viaje? Le aconsejo que se cambie la camisa para que en el aeropuerto no piensen que lleva algo raro en ese bolígrafo —le dice el vecino al verlo salir de la casa arrastrando una maleta.

—La camisa es lo de menos. Voy armado —responde señalando el equipaje y ríe cuando ve la cara confundida del hombre.

De regreso al apartamento de Akewi, las letras de los poemas se le pasean por todas partes. Conduce con dificultad y frena abruptamente cada vez que lo aturden visiones de su padre con los sesos explotados, de la madre con el rostro destrozado por el aterrizaje forzoso, de las lágrimas de Stilte, inmóvil debajo de él, de Ontdek convulsando envenenada… La voz de Akewi le pide cariñosamente “Ven. Bésame los pies” y produce un eco aturdidor.  Llega y siente que todo se mueve más lento como si necesitara observar cada detalle. Toma la maleta del asiento trasero y entra. Va a la sala, ve el cuaderno y lo patea. Saca de la maleta la sierra eléctrica y se dirige a la habitación.

No tiene dificultad para cargarla y depositarla en la bañera. Le besa los pies y recuerda el primer día que le tocó las manos sudorosas. Se lamenta porque ya no degustará vinos servidos en sus dedos. “No debiste ser poeta”. Procede a la carnicería y deja a Akewi, mujer entera, fragmentada en versos. Es meticuloso al echar cada parte en bolsas separadas y al limpiar todo para no dejar rastros. Sin embargo, la casa entera hiede a sangre. Quiere conservar los pies olorosos de su amada, por lo que los guarda en el congelador. Coloca el resto los pedazos de la mujer en el baúl. Se lleva una mochila de cuero vacía. “Vamos de paseo”, dice al volante.

La primera parada es en el Jardín Botánico de Caguas, lugar en que por primera vez la mujer le dijo “Te amo”. Pone la cabeza en la mochila, se apresura al tablado y aprovecha la desolación para arrojarla al lago. Se detiene en un semáforo en rojo. Baja el cristal para preguntarle direcciones a la mujer detenida bajo la lluvia en medio de la carretera.

—Tome la primera salida —responde la deambulante, quien detiene con la mano el ascenso del cristal—. Padre te regaló a fuerza de plomo. Madre te abandonó por la ventana.  Eres un hueco que recibe mi soledad —recitó la mujer.

Acelera aturdido. Se le corta la respiración y siente que el corazón tiembla. Se dirige a Mar Chiquita. “En esta playa crecí”, recuerda el relato de la alumna previo a que se desnudaran sumergidos. Se adentra en el agua, abre la mochila y deja que el mar se lleve las piernas. Se apresura a manejar de vuelta. Escucha la sirena de la patrulla, por lo que se detiene a la derecha de la autopista. No tiene su billetera y teme que al no presentar la licencia de conducir, le revisen el baúl. Por el espejo retrovisor, ve que el guardia se acerca y abre la puerta.

—Lo siento. Sé que iba a exceso de velocidad, pero…

—Mientras más rápido vaya, mejor.

—¿Cómo? ¿Por qué?—cuestionó sorprendido.

—Porque el amor no me acuna, porque el amor no procede a quedarse cuanto quiero—respondió llorando.

Aún con la puerta abierta, acelera el auto. Siente una vibración en el estómago y vomita sobre el asiento del pasajero. Suda, da puños al volante, se muerde los labios hasta sangrarlos. “Enfócate. No has acabado”. Reduce la velocidad y continúa.

Luego de cuarenta minutos, dispone de los brazos en el depósito de basura de un estacionamiento cercano al Centro de Bellas Artes de Santurce. Recuerda a Akewi y la ve llorar por primera vez con la representación de Romeo y Julieta a cargo del Ballet de Moscú. De regreso al auto la obertura de Arif Melikov logra un crescendo apoteósico. Giftige se tapa las orejas con las manos, pero la música se hace cada vez más acosadora. Un grito de “¡Basta!” la detiene.

La última parada es en la Universidad de Puerto Rico, a la que ella llamaba con orgullo alma mater, sin que él comprenda el romanticismo. Ya es de noche, por lo que acercarse a la ceiba pentandra y cavar no es tan complicado. Sabe que los guardias juegan a enviarse vídeos pornográficos al teléfono móvil en el turno nocturno. Ahora, en el espacio que los hizo coincidir, entierra el torso de Akewi.

Una vez más, de regreso al apartamento de Akewi, las letras de los poemas se le pasean por todas partes. Conduce con dificultad y frena abruptamente cada vez que lo aturden visiones de su padre con los sesos explotados, de la madre con el rostro destrozado por el aterrizaje forzoso, de las lágrimas de Stilte, inmóvil debajo de él, de Ontdek convulsando envenenada… La voz de Akewi le pide cariñosamente “Ven. Bésame los pies” y produce un eco aturdidor. Ve todo en rojo como si la retina se le repletara de la sangre de la mujer. Llega y siente otra vez que todo se mueve más lento como si necesitara observar cada detalle. Entra y se lanza exhausto en el sofá. Cierra los ojos y se queda dormido. Lo atacan más imágenes: el revólver, la ventana, la compota de batata y calabaza, las tazas de café en el fregadero, las manchas de pasta de diente en el espejo del baño, la libreta, la sierra, el lago, la playa, el depósito de basura, la ceiba, los ojos repletos de sangre. Despierta con un grito contenido en la garganta. Siente que se ahoga, que se asfixia.

***

La carta de despedida que el profesor Giftige redacta en nombre de Akewi, convence más de lo que él había pensado. La alumna siempre hablaba de irse pronto a Europa y él supo emplear sus querencias como excusa para el exilio. Justifica las ausencias al trabajo con el sufrimiento que le provoca tener que despedirse de una mujer amada. El hombre regresa a su casa, maleta en mano. La abre: ropa, sierra, pies y, para su sorpresa, la libreta. Las imágenes lo atacan otra vez. Saca la ropa y la echa a un lado. Toma la bolsa, la desanuda y acerca en rostro a los pies. Los huele, besa y lame. Los guarda en el congelador para que no se descompongan más. Toma la libreta y se mancha las manos de azul. La abre justo donde marca el bolígrafo roto que está entre las páginas. Se marea al ver el contenido. Es otro poema. Lo lee.

Cabeza

Nadas en la artificialidad de mis aguas

recordando un cuerpo que tuviste,

el que supiste que tenías cuando te dabas a mí.

Los amoríos se vencieron

en tus suspicacias líricas

dejándome sin mejillas para lamer.

Siente un taladrar incesante en las sienes, le sangra la nariz, la boca y los oídos. Lleva días a oscuras, sensitivo a la luz y al ruido. Se atraganta de aspirinas para aliviar el dolor. No funciona. Va de camino a la cocina. Piensa que un café negro y sin azúcar puede ayudar. Sobre el mostrador está la libreta. La abre, arranca la hoja y, cuando se dispone a despedazarla, halla otro poema que puede jurar que hace días no estaba allí. Se hala los cabellos, grita y llora. Regresan las imágenes que le latigan la paz. Pasa la página. Está vacía. Dibuja una raya diagonal para guardar evidencia. Va a la página anterior. Por cinco minutos, se resiste a leer, pero procede:

Piernas

No tienes pies… tú vas flotando.

Se te repletan las carnes de sal.

Ahora sirves de alimento.

Ahora tu fragancia es ninguna.

Ahora vas desnuda del resto.

Ya no nadamos los dos.

Las piernas se le aflojan. El desbalance no le permite estar de pie. Cae. No siente las piernas y se le agudiza el dolor de cabeza. Grita desesperado. Espera que el vecino lo escuche y lo auxilie. Da resultado.

—No se desespere. Tendré que romper una ventana, porque la puerta está cerrada. ¿De acuerdo?

Giftige grita más fuerte aún, por lo que el vecino no espera una respuesta.

***

El hombre despierta. Está acostado en la camilla de un cuarto de hospital. Lo ve todo rojo. Intenta mover las piernas, pero no puede. Siente que la cabeza le retumba. Quiere ponerse las manos en los ojos para tapar la luz. Tampoco puede mover los brazos. Grita exasperado.

—¿Un tranquilizante, doctor? —pregunta la enfermera desde la puerta de la habitación.

—No. Luego. Necesito hablar con él —dijo en medio de un bostezo—. Caballero, tiene que serenarse. Muy bien —prosiguió cuando Giftige guardó silencio—. ¿Recuerda su nombre, fecha de nacimiento, el año actual?

—Aaghaa Giftige, 24 de febrero 1961, 2014.

—Excelente. Mañana le estaremos haciendo estudios para determinar qué le ocurre. Por ahora, descanse. ¿Ha sufrido de alguna caída, padece de alguna enfermedad grave, le han hecho algún diagnóstico reciente?

—Solo he tenido migrañas en estos días y ayer no pude mover las piernas. Ahora tampoco puedo mover los brazos —dice mientras llora—. Tengo hambre.

—Su amigo prometió traerle algo de comer. A esta hora no servimos alimentos. Debe estar por llegar —responde la enfermera.

—¿Amigo?

—¡Vecino! Por fin reaccionó. Me tomé el atrevimiento de entrar de nuevo a su casa para traerle algunas cosas —dice mientras saca un abrigo de la mochila de cuero—. No se preocupe. Tapé con madera la ventana rota —lo desarropa y le pone el abrigo—. Se lo tiro así por encima para no moverlo y estropearlo. Hace frío aquí. Le traje de la ropa limpia que encontré. Y mire: comida. Tiene cara de hambriento. Mi esposa le preparó una sopita de batata y calabaza. Le quedan riquísimas. Como usted está así que no se puede ni mover, yo le voy a dar la comida. También le traje su libreta, por si acaso quiere que le lea. Las dos veces que han hospitalizado a mi hijo soy yo quien se queda en el hospital con él y cuando no puede dormir, le leo y se queda rendido.

Giftige está perturbado. Dagritos histéricos que llevan a la enfermera a inyectarlo con sedantes.

—No se angustie. Duerma. Yo le leo. Tiene una caligrafía bonita. A mí no se me entiende lo que escribo —el vecino acerca el asiento a la camilla y declama:

Brazos

¿Querías ser prima ballerina?

Las poetas bailan en versos.

Los escenarios son hojas de papel.

Ahora los gusanos te degustan los dedos.

Ni bailaste, ni escribiste…

Ni ondeaste para decir adiós.

Escucha los versos a lo lejos y se va adentrando en una pesadilla atroz. Es niño y su madre le encarga una libra de carne de res. El carnicero de Togo le advierte que no puede pagar con dinero, que solo intercambia carne por poemas. “Y los poemas están aquí”, escucha del carnicero y siente como le traspasa el pecho con la mano y le arranca el corazón.

***

Lo dan de alta tras una semana. Los estudios médicos no arrojan ninguna anomalía física, pero no puede moverse.

—Usted ha sido muy bueno conmigo —le agradece al vecino todas sus atenciones.

—No agradezca. Es mi deber. Oiga, ¿cómo es la palabra? ¿Exhusto? ¿Exhausto? Sí, me digo que significaba ‘cansado’—lo ve negar con la cabeza—. Sí. ¿No se acuerda? Usted me dictó y yo lo escribí lo mejor que pude. —Mire —le acerca la libreta—. Dígame qué corrijo.

Giftige lee en voz baja y no puede contener las lágrimas.

Torso

Te habitaba un corazón exhusto/exhausto, ¿recuerdas?

Te habitaban poemas que nunca me mostraste.

Me juraste que los habías escrito

con las entrañas asomándose adoloridas.

Los escondiste y ni el intercambio apasionado

te motivó a recitármelos.

Yo también soy poeta, no olvides…

Sé perfectamente que ocultar versos

enloquece al alma y pudre el corazón.

—Déjeme solo. Quiero que se vaya.

—No puedo hacer eso. Usted necesita ayuda.

—¡Que me deje solo, le digo! ¡No vuelva! ¡Dígale a la estúpida de su esposa que no quiero más sus porquerías de sopas! ¡Entienda que me molesta su compañía! ¡Sepa que si pudiera moverme ya lo hubiese matado a golpes después de torturar a toda su familia! —grita hasta que se le acumula la sangre en el rostro y ve al vecino huir despavorido.

***

—¿Quién anda ahí? —grita Giftige al escuchar voces, pero nadie lo oye—. ¿Por qué apesta a podrido aquí?—intenta comunicarse sin éxito.

—Posiblemente fue un ataque al corazón. Es difícil determinarlo ahora. Por el estado de descomposición, debe haber muerto hace una semana. Yo diría que más, por la cantidad de gusanos, pero el vecino y el médico aseguran que hace una semana estaba vivo —argumenta el médico forense—. Lo sorprendente es que las ratas que comieron de él están muertas… como si estuvieran envenenadas. ¿A quién le pertenecerán estos pies? Parecen de mujer. ¿Por qué estará abrazado a ellos? Las ratas ni los tocaron.

—Lo último que escribió en el cuaderno tiene la fecha de hace exactamente una semana —dice el investigador, quien sostiene y hojea el cuaderno.

—Quizás escribió un cuento de terror y por eso le dio el ataque al corazón. Dicen que hay escritores que se creen sus propias historias —dijo entre risas el policía.

—No. Parece un poema—le entrega la libreta al policía.

El hombre siente que lo alzan. Sabe que está muerto. Se concentra en escuchar los versos que lee el policía casi silábicamente, como un niño aprendiz.

Venganza

Pensaste que solo tú te habitabas, maestro.

Nosotras, dolores encarnados del desamor,

nos miramos en tu espejo,

ese que espanta a los malos espíritus.

Tu entrada es tu salida, poeta.

Al enloquecido profesor Aaghaa Giftige, lo repletan las imágenes que tanto lo atormentan. Grita, pero nadie lo escucha. Siente el dolor del fuego que lo abrasa. Deshecho el cuerpo, su alma da alaridos en busca de un cuerpo que escriba “Akewi”, su último poema, pero nadie lo recibe. Su alma vaga exhausta. Está envenenada y se le pudren los versos.

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