Éxodo al descenso. Autor: Mary Ely Marrero-Pérez

Vacantía muere a causa de la pigritia cardiorespiratoria que padece hacía diez años. Llega al caelum, una especie de nirvana prometido por los mirabilianos, en el que, tras la muerte, las almas humanas se despiden de sus cuerpos, se elevan y hallan, de ser aceptados, un espacio de regocijo para vivir eternamente. Aunque en vida Vacantía dudaba de los dogmas impuestos en la tierra, se encuentra a punto de ser confrontado por la diosa. Sabe que según los mirabilianos, todas las almas ascienden al caelum, independientemente de sus procederes en la vida, por lo que ahora le preocupa su devenir. Ve a lo lejos a Magnanimitas, diosa del ascenso perenne, sentada en su trono de oro para hacer juicios sobre cada alma y determinar cuáles merecían una eternidad gozosa y a cuáles debía castigar con el ínferus por sus pecados. Ahora que sabe que el caelum existe, no duda del ínferus, lugar en que las almas viven eternamente torturadas con la pena que la diosa decida de acuerdo con los yerros cometidos. Es el penúltimo de una fila de cien que aguardan por el decreto.

—¿Vas para el ínferus? —le pregunta a quien encabeza la fila paralela a la suya que se forma en retroceso.

—Sí. Magnanimitas no me perdonó haber matado a mi primo. Me ha impuesto latigazos en la espalda. Una vez acabe el éxodo al descenso, el látigo vivirá ambicionando mi piel infinitamente —responde el alma entristecida de un hombre, eco de las palabras de la diosa.

—¿Mataste a tu primo? Pero, ¿qué hizo para que lo mataras? —muestra sorpresa.

—Mató a mi único hijo. Seguramente, la diosa le impondrá un castigo mayor —supone satisfecho.

Cuando Vacantía al alma de una mujer ve regresar y pararse detrás del asesino, le pregunta con curiosidad:

—¿Qué te hizo merecedora del éxodo al descenso?

—Muchas necesidades monetarias. Con los bolsillos vacíos y hambre, es difícil no robar comida. Para evitar hurtar, hice trueques que tampoco se me han perdonado: sexo por dinero. Para dejar de prostituirme, transporté heroína de un punto de la cuidad a otro. Magnanimitas no me ha perdonado nada. Es como si huir de un pecado te dirigiera al próximo. El hambre me hubiese salvado aunque me matara —explica sin despegar la mirada del suelo.

—¿Cuál castigo te ha impuesto? —pregunta el asesino.

—Caminaré por carbón encendido para siempre. El éxodo al descenso me quemará eternamente los pies.

—A mí me ha impuesto la horca. La soga nunca apretará lo suficiente y permaneceré por siempre colgado luchando por respirar —cuenta el alma anciana que ocupa el tercer lugar de la fila.

—Será horrible —advierte el alma hambrienta—. ¿Cuán grave fue tu falta?

—Estuve triste por demasiado tiempo. Nada me alegraba, ni mis hijos podían hacerme sonreír. Tragué muchas píldoras calmantes con ginebra para ascender.

—Morirías pronto, anciana. Pudiste haber esperado —argumenta Vacantía.

—Cuando vives desconsolada, cada segundo es un mes de agonía —susurra la suicida.

—Viene otro —indica el asesino.

—¿Qué no te han perdonado y cómo te han castigado? —pregunta el alma hambrienta al alma de hombre que se acerca.

—No me indulta por haber maltratado a mi esposa. No volvió a ser la misma después del embarazo. La gordura anuló a la mujer de la que me enamoré. Según Magnanimitas, amenazarla con irme con otra si no recuperaba su belleza es un pecado que merece el ínferus.

—Deben haber sido muchas las lágrimas que derramó —comenta la suicida.

—Nadie entenderá el asco que me provocaba —se justifica y escupe el suelo.

Vacantía lleva cinco horas esperando de pie y Magnanimitas apenas ha evaluado cuatro casos. Está cansado. Cuando intenta sentarse para hacer la fila más cómodo, se acercan los messatges para obligarlo a ponerse de pie.

—Ustedes se desplazan volando. ¡No comprenden el cansancio que siento! —les grita a las criaturas aladas tras ocho horas de espera en que ha escuchado los testimonios de otras tres almas.

—Sé paciente. Aquí se te juzga e impone la pena si es que la mereces. De lo contrario, permanecerás en gozoso descanso con nosotros —explica uno de los messatges alados.

—¿Es cierto que si llegamos al ínferus nos otorgan el cuerpo de un leproso para que nos duela? —pregunta la sexta alma de la fila en retroceso, castigada con el arranque constante de piel por provocarse abortos y deshacerse de los fetos en los zafacones más cercanos a los puentes bajo los que vivía.

—A quienes les toca el éxodo al descenso, tienen que esperar cien veces más para recibir el castigo. Mientras, experimentan de golpe todas las dolencias sentidas en vida: físicas y emocionales. Adversarius, dios del ínferus, es morboso. Les provocará tanto dolor, que las piernas no les permitirán sostenerse sobre ellas. Los malestares cesan al recibir el castigo. La pena impuesta es menos dolorosa que la espera —añade un messatges antes de emprender el vuelo.

—¿Crees que permanecerás en el caelum? —le pregunta el alma joven que ocupa el séptimo lugar de la fila paralela.

—Morí a causa de una pigritia cardiorespiratoria que…

—Falta de acción, compañeros, por eso enfermó —interrumpe la novena alma, la de un médico castigado con el eterno tormento de ingestión agua por recetarles placebos a sus clientes con el fin enriquecerse.

—Te vas a quedar en el caelum seguramente —la suicida intenta consolarlo.

—Me lo merezco. La enfermedad me postró —dice Vacantía recostándose del alma del hombre maltratante.

—¡Quítate! —le grita y lo empuja.

—¿Has matado, robado, mentido sin piedad? —le cuestiona el alma de una niña, quinta en la espera del éxodo al descenso por odiar a la madre que se deshizo de su progenitor, ascendidas ambas debido al fuego que inició la pequeña.

—¡Jamás! Y mis mentiras han sido bastante inocentes.

—Te vas a quedar en el caelum seguramente —repite la suicida.

—Si has muerto por estar enfermo, te quedas —asegura el asesino.

—Murió por falta de acción, compañeros —insiste el médico.

Pasan catorce horas y no se añade ni un alma a la fila para el éxodo al descenso. Vacantía ya ha sido amonestado veinte veces por los messatges. Se tambalea como un péndulo lento pues el cansancio lo domina. Extraña el sofá reclinable de la sala, el control remoto del televisor y las siestas y meriendas intermitentes que hacía durante todo el día. Mira hacia atrás y nota que la fila del juicio se multiplica. No quiere calcular la cantidad de almas que han sido perdonadas y aceptadas en el caelum, pero supone que han sido muchas.

—En treinta segundos comenzará el éxodo al descenso de la primera jordana. Prepárense para que les duela mientras esperan por sus eternidades inmersas en el castigo asignado. Podrán arrepentirse ahora, pero el éxodo al descenso es inevitable. Magnanimitas no se equivoca. Nuestra diosa es justa y sabia —notifica un messatges.

Vacantía aprovecha que todos los que aguardan por juicios y descensos se exasperan por el anuncio y que los messatges están ocupados sermoneando a los indisciplinados. Se coloca en la fila de los condenados.

—Te vas a quedar en el caelum, imbécil. Vuelve a tu fila —murmura la suicida.

—Murió por falta de acción, compañeros —reitera el médico.

—Regresa a la fila; no te van a castigar —dicen a coro por lo bajo algunos de los que aguardan por el juicio.

—En el ínferus experimentarás de golpe todas las dolencias sentidas en vida. No quieres eso —la hambrienta intenta persuadirlo.

—Y quizás ese sea por siempre tu castigo, pues Magnanimitas no te ha asignado ninguno —infiere el asesino.

—Te dolerá tanto que no podrás ni mantenerte de pie —le recuerda la niña.

—Que me lancen. ¡Que me lance ya! El éxodo al descenso me hará sufrir, pero al menos, Adversarius sí nos permite hacer la fila sentados.

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