El viaje. Autor: Sofía Ibarra Trejo

Yo iba rumbo a la capital por negocios. Para estas ocasiones yo solía tomar un autobús, pues era más barato y el recorrido sólo aumentaba una hora o dos en comparación con el avión. Compré mi ticket en mi línea de siempre.

El trayecto en sí transcurrió en su mayor parte sin novedad. A mi lado estaba sentada una viejita que, dormida, roncaba estruendosamente. No era la única. Viajábamos de noche para llegar al mediodía.

En la madrugada hubo un inconveniente. Una de las ruedas se había desinflado. Tuvimos que parar en el siguiente pueblo. Mientras el conductor buscaba ayuda, nos dijo que podíamos bajar y buscar algo de comer, si nos apetecía. Varios descendimos. Yo me dirigí hacia un restaurante de comida rápida que estaba cerca. Necesitaba usar el baño y además quería comprar alguna cosa para el desayuno.

Apenas terminé con mis necesidades, y ya llevaba la bolsa con comida en la mano, caminando hacia el camión, cuando noté que el lugar donde estaba aparcado, ahora se hallaba vacío. Lo primero que pensé es que debía ser alguna mala broma. Di varias vueltas sin dar con el dichoso autobús. Luego pensé que quizás, si había un mecánico en este pueblo, debía de saber algo. Después de todo, el conductor no habría podido reparar o cambiar la llanta él sólo.

Me dirigí hacia el letrero que decía “Gasolinera-Taller mecánico”. Sólo había un empleado trabajando y me aseguró que no había visto ningún camión. Le pedí permiso para usar el teléfono, y desde ahí llamé a la compañía de transportes en la cual viajaba. No me contestó nadie.

Yo estaba desesperado. Tenía que llegar a la capital, de alguna manera u otra, porque mi reunión de negocios estaba programada para la tarde. Le pregunté al empleado de la gasolinera si existía algún sitio donde pudiese alquilar un auto. Me contestó que sí, y hacia allí me dirigí.

El empleado me señaló el camino.Rápidamente estaba de nuevo en la carretera, con el auto alquilado, listo para reemprender el viaje. Se veía un cartel con la indicación: ‘Capital: 300 kilómetros’. Me metí dentro del coche, lo encendí y arranqué. Pronto dejé atrás el pueblo, para adentrarme en un terreno salvaje, árido y desconocido.

Desconocido, al menos, hasta que me encontré con el letrero que señalaba, a lo lejos: ‘Capital: 300 kilómetros’. Pensé que era una especie de error. No podía encontrarme en el mismo punto de partida.

Pero así era. Al continuar avanzando, me encontré con la misma gasolinera que acababa de abandonar. Le reclamé, enojado, al empleado, por no decirme que ese camino estaba equivocado. Sin embargo, me respondió que él no sabía nada de lo que yo estaba diciendo, y que ese camino era el único para ir a la capital.

Volví a intentarlo. Quizás había pasado de largo alguna desviación. Recorrí de nuevo la carretera, sin encontrar ninguna otra indicación, ninguna desviación, nada en absoluto, hasta toparme de nuevo con el cartel de ‘Capital: 300 kilómetros’. Lo intenté otra vez. Y otra. Ya hasta perdí la cuenta.

Desde entonces sigo aquí, intentando salir de este maldito pueblo.

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