El viaje. Autor: Carlos Marcelo Ovejero

La ventana entreabierta dejaba filtrar una suave y gélida corriente de aire que le obligaba a usar un suéter dentro de la habitación. Sus ágiles dedos, gracias a años de práctica, escribían el último párrafo de la carta a su amada.

“Si solamente estuvieras aquí conmigo, o yo allí contigo, si pudiéramos compartir este mundo como antes, todo seria maravilloso. Pero no desesperes, como te lo comente hace unos días, estaré por ahí pronto, haciéndote reír nuevamente y compartiendo contigo mis días y noches. Te amo como siempre. Carlos”

Su rostro dibujo una sonrisa al ver terminada su esquela, doblo el papel y lo acomodo suavemente dentro del sobre para luego cerrarlo usando su lengua para mojar la goma. El amargo sabor le hizo hacer una mueca instintiva de disgusto. Firmo el reverso del sobre y lo colocó en el escritorio.

Se levantó de la silla acojinada sobre la que estuvo sentado la ultima hora y media y deambulo un poco por su habitación. Sus piernas estaban algo dormidas, quizás por haber adoptado una mala posición mientras escribía, o quizás era solo miedo. Había viajado bastante en su vida, pero nunca tan lejos como ahora, pero sabía que era la única forma de ser feliz nuevamente. Desde que ella tuvo que marcharse sus días se volvían cada vez más vacíos, grises, inertes. Ya no disfrutaba de las reuniones con sus amigos, ni de ver una buena película o leer un libro, todas esas cosas carecían de sentido sin ella a su lado. No, no había forma de postergar este viaje, no si quería recobrar su felicidad.

Tomó la carta y la colocó en el bolsillo trasero de su Jean gastado, se dirigió al armario y extrajo una cajita de madera pequeña y con ella en manos abandonó la habitación.

Manejó un largo rato, sin prestar atención al transito que de todas maneras era muy poco, hasta llegar a una entrada de rejas de metal gris oscuro. La atravesó sin prestar atención a las inscripciones en el marco superior del gran portal, había venido varias veces en el último mes y ya sabia de memoria lo que allí decía, incluso sabía que la letra “R” estaba un poco caída hacia la derecha. Manejo unos metros, detuvo el coche y descendió con la cajita de madera.

Recorrió unos veinte metros por un sendero angosto hasta llegar a una construcción con una pequeña puerta de metal que abrió con una llave de su llavero. La puerta daba a una escalera que descendía al interior de la pequeña recamara. Bajó uno a uno los peldaños, extrajo el sobre y lo colocó sobre el ataúd de madera de roble lustrado. En la pared había una pequeña placa que rezaba “Julia, mi niña, mi compañera, mi amada, mi todo”

Apoyó la cajita sobre el ataúd y la abrió, para quedarse contemplando el arma cargada. Una lágrima rodó por su mejilla…

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