Camboya y la leyenda de la abuela Mauw. Autor: Andrés Fornells Fayos

En Phnom Penh alquilé una motocicleta, como medio de transporte para desplazarme por este maravilloso país llamado Camboya. La moto era vieja. La alquilaba un simpático e incansablemente risueño camboyano que apenas me llegaba al hombro y era tan moreno de cara como quedaba yo, de muy joven, al final del verano de tanto tomar el sol playero de Marbella. Con franqueza le expuse mis dudas sobre su buen funcionamiento y él me aseguró, sin perder la sonrisa, convencido y convincente, que a pesar de no tener un aspecto maravilloso, la motocicleta aquella funcionaba mejor que una nueva. Porque él me cayó bien, y porque poseer un espíritu aventurero significa tener una importante vocación a buscarte complicaciones y correr riesgos, se la alquilé justo es decir que por casi nada.

Aquel deslucido vehículo de dos ruedas, que habría dado la mitad de la explotada existencia que le quedaba por una piadosa capa de pintura, poseía un motor que no diré, por el estruendoso ruido que escapaba de su apolillado tubo de escape que petardeaba, sino que cañoneaba. Igual que burra vieja avanzaba despacito, jadeando y gimiendo cada vez que por un descuido mío sus parcheadas ruedas entraban en contacto con un bache o con su hermano mayor el socavón.

Mi destino de ese día era Sihanoukville, una especie de paradisiaco complejo turístico, lugar ideal para nadar, bucear, tostarse al sol, alojarse en una casa de huéspedes junto a la playa, hacerse gourmet de los numerosos tenderetes callejeros con comida exótica y, si no estaba harto de ver tantos templos, podría admirar alguno más (todo lo que acabo de exponer sobre Sihanoukville, llegado su momento, debo adelantar que resultó ser totalmente cierto, para gozo de mi cuerpo, mi vista y de mi paladar).

Bueno, a lo que iba, pues es mi intención escribir aquí sólo una anécdota y no un libro de viajes. A unos ciento veinte kilómetros de mi meta, Sihanoukville, vi a algunos personas paradas lavando sus coches con el agua de una fuente y decidí darles un pequeño descanso al motor de la motocicleta que empezaba a quejarse muy sospechosamente, y a mis nalgas maltratadas por el duro asiento que tenía tres o cuatro agujeros por los que asomaban sus tripas de espuma verde.

Y no me resultó difícil dirigirle la palabra al primer camboyano que me mostró su amistosa sonrisa.  Pero no fue hasta la cuarta sonrisa que encontré a un nativo que chapurreaba el suficiente francés (es la segunda lengua de este país gracias al prolongado dominio colonial galo) para explicarme que el agua de la fuente que estaba empleando toda aquella gente era sagrada.

—¿Y por qué es sagrada? —le peguntó el viajero curioso, indiscreto y entrometido que albergo dentro de mí.

—Porque allí se encuentra el altar de la venerada abuela Mauw —me señaló mi informador.

Me acerqué al altar que acababa de serme indicado y descubrí, para sorpresa mía, reunidos en él una gran cantidad de penes de madera, sobre todo, y también alguno de otro material y varias personas alrededor de aquel extraño altar charlando animadamente.  Como es lógico, quise saber qué simbolizaba aquella chocante colección de falos artificiales y le pregunté a un anciano que resultó conocer bien la lengua gabacha, qué significaba lo expuesto allí en el altar, y él tuvo la amabilidad de contarme la leyenda de la abuela Mauw.

Se llamaba así una antigua heroína camboyana que alcanzó gran celebridad luchando contra los invasores tailandeses. Según la leyenda, al morir en una batalla el jefe que comandaba a los camboyanos le propusieron a Mauw, que se había destacado por su valor e inteligencia, que tomara ella el mando de los combatientes nacionales. Mauw, demostrando admirable modestia, se negó a aceptar tan alto cargo por no considerarlo apropiado para una mujer. Entonces para mostrar incondicional acatamiento a su persona, los guerreros se cercenaron sus miembros y se los ofrecieron simbolizando con esta bárbara acción que ahora ella poseí todos los símbolos de autoridad masculina.

La comandante Mauw combatió a partir de aquel día, con admirable arrojo junto a sus hombres derrotando a sus enemigos. Después de su muerte se construyó un altar en el sitio donde nos encontrábamos y éste quedó convertido en centro de culto al que acude la gente a pedir, a la que llaman cariñosamente abuela Mauw, ayuda para la impotencia, para la infecundidad, y al lavar sus coches con el agua sagrada de su fuente, a que los preserve de sufrir averías y accidentes.

El jefe de este centro religioso, quizás pensando en obtener algún beneficio extra, había dicho en varias ocasiones que se le había aparecido el espíritu de la abuela Mauw y le había dicho que ella estaría más contenta si sus devotos en lugar de penes de madera, le dejaran algo de dinero. La gente, maliciosa por naturaleza, creía que aquellos sueños se los inventaba el hombre que cuida del altar para enriquecerse con este ardid.

No soy persona descreída que se burla ni que desprecia las supersticiones, así que sacando un pañuelo de mi bolsillo lo mojé con el agua de la fuente sagrada y le quité con él todo el polvo que pude a la baqueteada motocicleta que llevaba y, el que quiera creerme que me crea y el que no es muy libre de dudarlo, aquel tronado artilugio mecánico me funcionó como si fuera nuevo los siete días que hice buen uso de él.

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