Whisky, Edimburgo y la suma de éstos dos. Autor: Andoni Aldasoro

La capital escocesa, bella y misteriosa, inspira a los afortunados que la visitan a cometer actos de grandeza. El destilado de malta, bebida orgullosamente local, también. ¿Qué pasa cuando un individuo no destinado a la gloria combina estos dos elementos?

No podría precisar cuánto tiempo llevo corriendo, ignoraba que Princess Street fuera tan larga. Para cuando llego al puente gris entre edificios también grises de Calton Street, Lust for Life sigue sonando en mis audífonos. No aparece sorpresivamente ningún coche. Miro de reojo hacia atrás, nadie me persigue. Lo único que me hace seguir corriendo es el whisky, evaporándose ahora a golpe de sobresalto, y los tamborazos. Las piernas, desde mi perspectiva, han alcanzado una velocidad sobrehumana. No hay nada que podría detenerme.

Edimburgo es, a todas vistas, una ciudad inspiradora. A escritores los ha impulsado a dedicarle tomos enteros; a músicos y compositores, a inmortalizar sus calles mediante notas y compases; a pintores, a retratar sus paisajes a través de pinceladas. Al resto de nosotros, hombres comunes y corrientes, nos puede inspirar a cometer actos más mundanos. Y éstos, alentados por alguna bebida espirituosa, pueden devenir, como hemos podido leer, en correr emulando una película de culto de los 90.

La página whiskyfacts.com destaca algunos de los efectos negativos de la ingesta de esta bebida, rocío montañés, como lo llaman los escoceses. Algunos de los más comunes son: deterioro del juicio, toma arriesgada o ilógica de decisiones, pérdida del sentido del miedo y comportamiento agresivo. Pero poco o nada de esto importa cuando se está en Edimburgo.

Old Town, New Town

Los orígenes de la ciudad se antojan tan difusos como la neblina marítima, aquí llamada haar, característica de estas regiones. La capital escocesa, o el territorio que ésta ocupa en la actualidad, ha sido habitada por miles de años. Existen registros de la Edad Media que constatan la presencia de un fuerte edificado sobre el montículo que después ocuparía el Castillo de Edimburgo, punto de partida de todo primer recorrido por la ciudad.

Basta con salir de la estación Waverley, principal estación ferroviaria de la ciudad, para encontrarse cerca del centro del Casco Viejo de Edimburgo. El nombre de la estación proviene de la novela homónima del poeta Walter Scott, y es que el amor y el respeto que dedican los escoceses hacia sus libros y sus autores es evidenciado en las esculturas, nombres de calles, museos y librerías esparcidas por toda la ciudad.

En este mismo tenor, a pocos pasos de Waverley, caminando Market Street y torciendo un poco a la izquierda guiados por las murallas del castillo, encontramos el Writers´ Museum, recinto dedicado a plumas escocesas de la talla de Robert Burns y Robert Louis Stevenson.

El centro de Edimburgo está dividido principalmente en dos: el Old Town y el New Town. El Old Town es, como su nombre claramente lo indica, la parte vieja, decadente y misteriosa de la ciudad. En éste, el Castillo de Edimburgo con sus pasadizos, calabozos y torres, es la estrella principal. Vale la pena apuntarse a alguno de los varios tours que llevan a todo visitante curioso a recorrer los pasajes del Old Town, especialmente los llamados closes, callejones subterráneos, oscuros y húmedos, habitados, naturalmente, por fantasmas.

El New Town es todo lo que el Old Town no es: ordenado, espacioso, lleno de luz y lleno de parques. Las grandes avenidas como George Street, Queen Street y Princess Street son un claro ejemplo tanto de lujo como de buena planeación urbanística. En esta zona se puede visitar la National Portrait Gallery. Si los retratos no son lo nuestro, visitar el edificio gótico cubierto de piedra caliza de tintes ocre que los contiene bien vale la caminata.

Bañándonos de rocío montañés

Empaparse de la cultura escocesa podría ser más fácil de lo que parece, y hay pocas cosas que el visitante puede hacer para darle a entender a los lugareños más reacios que éste viene en son de paz. Situemos la escena en uno de los tantos pubs. No cometamos el error de vestir una kilt (falda) o tratar de imitar el acento del inglés local (inimitable), mucho menos hagamos alarde de haber probado el infame haggis (la mayoría de los escoceses de Edimburgo no lo ha probado) dejemos atrás estos estereotipos simplones para adoptar otros más interesantes. Lo primero debería ser portar bajo el brazo un libro de algún escritor local, (cualquier tomo de Harry Potter no estará tan bien, cualquier libro de Robert Burns estará perfecto) lo segundo será concordar y lamentar la mala fortuna que la selección escocesa ha tenido a lo largo de su historia (hagamos especial hincapié en que los futbolistas poco han tenido de responsabilidad) y lo tercero es pedir whisky (prácticamente cualquier whisky en Escocia es igual o mejor que cualquier whisky en cualquier parte del mundo). Si queremos ganarnos el afecto de los alegres parroquianos, siempre podemos hablar mal de los ingleses. Con eso bastará.

No dejemos esta escena en un pub imaginario. Hagámosla real en Deacons Brodie´s Tavern. Una de las public houses más conocida y con más historia de Edimburgo. La leyenda cuenta que William Brodie, un respetado ciudadano de conducta ejemplar y amable, cayó en desgracia por culpa de los excesos, tanto del juego como del whisky (¿deterioro del juicio? ¿toma ilógica de decisiones? ¿a alguien le suena?). Sucede que pronto se gastó toda su fortuna en la vida frívola que la noche de Edimburgo proveía, y se vio orillado a robar y cometer toda serie de crímenes para pagar sus deudas. Inspirado en este personaje fue que Robert Louis Stevenson creó la personalidad dividida más famosa del mundo: Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Después de un tiempo incierto salimos a las calles de un Edimburgo anochecido. High Street, que forma parte de Royal Mile, aparece ahora como un gusano largo y dormido. Coches compactos nos recuerdan que no podemos caminar por el centro de la calle. Doblando a la izquierda y tras pasar la estación Waverley llegamos a la línea divisoria del Old con el New Town: Princess Street.

La llovizna y su consecuente neblina hacen acto de presencia. Debe ser el whisky o el simple hecho de estar en Edimburgo lo que hace que no se sienta el frío nocturno. Me pongo los audífonos, guardo el iPod en el bolsillo del rompevientos. Subo el cierre del bolsillo. Iggy Pop a grito de “Here comes Johnny Yen again!” da el banderazo inicial. Mis piernas empiezan a correr. ¿Cuántas cuadras llevo? ¿será que alguien me está persiguiendo? Miro de reojo y nadie viene detrás. Sonrío de una forma tan poco inteligente que me hace pensar que si esto no es el mejor ejemplo de deterioro del jucio, no sé cuál pueda ser.

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