Viaje al entre siglo. Autor: Rosa Margarita Hernández

El trasatlántico salió del puerto lleno a capacidad. Era como si una representación de la humanidad entera hubiera querido hacer el viaje para celebrar la entrada del siglo. EI lujo de los inmensos salones y los pasillos que los conectaban, invitaban a vivir. Tiempo de vivir gritó la sirena del barco cuando salimos del puerto. Tiempo de vivir, parecían gritar desde las paredes los hermosos cuadros, que cada tarde iban a subasta. Tiempo de vivir, gritaba el mar azul en las mañanas, y en las noches, enfundados en lujosas ropas, eran los pasajeros los que parecían gritar tiempo de vivir cuando entraban al lujoso comedor a cenar, y más tarde al espectáculo nocturno.

El ambiente era alegre, pero sin rayar en lo vulgar o chabacano; al contrario, las hermosas mujeres, los hombres, parecían haber sido escogidos de un catálogo de modelos ricos y famosos. Algunos rostros tenían aire conocido, realeza quizás; artistas, no sé. Me maravillaba el haber ganado el concurso que me permitía recibir el nuevo siglo en tan distinguida compañía. Es tiempo de vivir, me repetía. Pellizcándome para asegurarme que no era un sueño, que no estaba de Cenicienta en mi casa, que me había convertido en Cinderella, la hermosa Cinderella, la de las zapatillas plateadas con las que cada noche bailaba.

Era tiempo de vivir, de finalizar un siglo y de comenzar otro. Una vida nueva que emprendía rodeada de lujo y belleza con el imponente, inmenso e interminable mar alrededor del buque.

La noche de fin de año los hombres entraron al comedor vestidos de etiqueta, las mujeres lucían sus mejores galas, el champagne fluía de una inmensa fuente tallada en hielo; la comida se desbordaba de las gigantescas fuentes de plata. Postres deliciosamente tentadores adornaban las mesas centrales.

La alegría era una corriente eléctrica que parecía polarizamos a todos, creando un campo magnético alrededor de cada uno de nosotros, visible en forma de auras doradas que funcionaban como magnetos. Una vez nos acercábamos a alguien, podíamos sentir 1a atracción ejercida por el imán en que nos habíamos convertido.

De la cena pasamos al salón de espectáculos, y luego a la enorme sala de baile que había sido decorada con inmensas bombillas translucientes semejando estalactitas. En aquella inmensa y lujosa cueva de hielo iridiscente, el campo magnético de nuestras auras pareció cobrar fuerza. El champagne que corría a borbotones ya había hecho su efecto, y eran incontrolables las risas de las parejas que bailaban y que eran atraídas de un lado a otro por el imán que proyectaban sus cuerpos.

Al dar las doce, la sirena del barco tronó, y comenzaron los fuegos artificiales. Desbocados, borrachos de champagne y de alegría, salimos a la borda para ver la deslumbrante belleza de las miles de luces que con sonidos explosivos encendían el cielo nocturno llenándolo de estrellas multicolores. Era como si la nave también estuviera rodeada de un aura inmensa, gigante, dorada, imantada, que nos llevaba cada vez mas aprisa en una desbocada carrera sobre las olas que comenzaban a alzarse violentas zarandeando la embarcación, como si quisieran formar parte de aquel espectáculo único. La sirena del barco con cada silbato parecía gritar, es tiempo para vivir.   De pronto de la oscuridad, surgió un eco estruendoso que pareció repetir es tiempo para vivir.

Y ese momento volvió a repetirse, y volvió a repetirse, y aún se repite, y la sirena anuncia que es tiempo para vivir y el eco repite que es tiempo para vivir mientras los que dicen que saben dijeron, y ya todos lo repetimos, que ese instante continuará repitiéndose mientras el barco, gigantesco imán, esté atrapado en el campo magnético de la dimensión espacial que se crea al cruzar el umbral del entre siglo en el exacto instante en que este comienza. Y día a día en el eterno repetir de la sirena y el eco del grito, tiempo para vivir, sentimos como desfallecemos en una celebración que nunca termina, acercándonos cada vez más al tiempo para morir. (671).

 

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