Viaje al centro del infierno. Autor: Rosa Margarita Hernández

Desde lo más profundo de esta caverna, sacada del infierno de Dante, se oye un pum pum que en las noches nos aturde, y nos desvela. No somos muchos, pocos logramos sobrevivir al cataclismo final. Son más los niños que los adultos.   Extraños los designios de la naturaleza. Diría de Dios, pero en estos días he oído tantas maldiciones y blasfemias, que temo decir su nombre.   Quisiera pensar que hay alguna razón para que nuestro pequeño grupo sobreviviera, pero presiento que la muerte nos asecha, y en ese caso sólo habremos sufrido un poco más que los que ya se fueron para siempre.

Durante la noche, siento a los más pequeños llorar de frío y hambre. Los adultos callamos, pero las miradas sin brillo que brotan de cuencas casi huecas, rodeadas por oscuras sombras, producto del hambre y de las noches insomnes, nos transmiten lo que los labios se niegan a decir. No hay esperanza ya.   Sobrevivimos sólo para morir en las profundidades de la tierra.

Apenas nos queda gas para mantener las mechas encendidas, y el único sonido que hace eco a nuestros pasos es el pum pum que aturde, y que amenaza con llevar a algunos a la locura. Han llegado a hablar de la necesidad de sacrificar a unos para la supervivencia de los otros. A quién o quiénes no sé, pero supongo que un sacerdote es presa fácil, y no pienso defenderme. Al menos mi fe, que ha flaqueado en ocasiones durante este viaje infernal, debo confesarlo, me da la confianza que al cruzar el puente encontraré a mi Dios, y el descanso para mi atribulada alma. Ya no cuestiono nuestro sufrimiento.

Parecemos fantasmas en la noche, sombras reflejadas en la pared, que son la realidad, porque nosotros estamos muertos. El pum pum es ensordecedor, ha ido aumentado en decibeles a medida que nos acercamos a lo que parece ser el centro del planeta.

Hoy han muerto dos de los pequeños. Los enterramos, nadie hubiera tenido el valor para otra cosa, y casi todos hemos llorado amargamente porque para ellos, por fin, terminó la lucha. La nuestra aún continúa.

Me han dejado ser líder, no sé si es porque piensan que Dios será más benévolo si voy primero, o porque verdaderamente creen que mi fe nos salvará. Los pies se me hunden en una superficie suave, blanda, y me doblo y la examino.   Los demás se han arremolinado a mi alrededor, porque hemos entendido que es de ese pedazo de la tierra, que se contrae y se expande, que nace el sonido que nos está enloqueciendo. Y alguien murmura, “es el corazón del planeta”, y estoy de acuerdo.   Pero ¿puede tener corazón quien nos quita la vida? Miro a lo alto, para pedirle a Dios que ponga fin a nuestra angustia, y veo en la pared de la caverna una piedra blanca, como un arco, que parece una luna, que alumbra nuestra oscuridad. De él comienza a manar un líquido blanco y cremoso, primero en pequeñas gotas, y luego como manantial, que va formando un río que corre a nuestros pies. Y lo pruebo, y es leche. El corazón de la tierra, desde una luna, nos regala un río de leche. (545)

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