Una vuelta por el mundo. Autor: Juan M. Martín Alcaid

       En un pequeño pueblo de los páramos de Castilla y León, cuyos habitantes se dedicaban tradicionalmente a la agricultura  y a la ganadería como medio de existencia, vivía un tal Gumersindo, un tímido soltero de unos cuarenta años de edad, amante de lo sencillo y lo natural. Residía en las afueras de la población en una casa heredada de sus padres, que más de un lugareño envidiaba por sus tierras fértiles y productivas.

Un buen día de otoño, con olor a castañas y boniatos asados, la diosa Fortuna hizo su aparición por aquellos lares, personificada en la figura de un lotero ambulante que solía recorrer los pueblos de la comarca vendiendo ilusiones y también decepciones. El vendedor de sueños hizo su agosto, pues todos los vecinos tiraron la casa por la ventana y compraron Lotería de Navidad. El que menos, llevaba tres decimos; otros se hicieron con un billete.

Cuando llegó el día del sorteo, un nutrido grupo de  vecinos se reunió en el bar del pueblo para seguir la retransmisión en la televisión del establecimiento. Era un acto  más, al igual que tantos otros, en el que el ser humano se vuelve más sociable y necesita  la compañía de sus semejantes para recibir o compartir apoyo, entusiasmo, ánimo y todos esos valores que se precisan en los momentos trascendentales de la vida. Y éste era, o por los menos podía serlo, uno de ellos. Sin embargo, el resultado del juego de azar no dependía para nada  de ese comportamiento.

Las horas pasaban y en el pueblo no había caído ni la pedrea. El “gordo” se hacía rogar. La expectación fue decreciendo y el desánimo empezó a calar entre los asistentes, que veían como se reducían sus posibilidades y se esfumaban sus ilusiones. Quedaba muy poco para la conclusión del sorteo. De repente, un griterío atronador llenó el aire y retumbó por todos los rincones del pueblo. Parecía como si la selección nacional hubiese metido el gol de la victoria en la final de un campeonato del mundo. Acababa de salir el codiciado primer premio. ¡Y les había tocado!

Pasados los primeros días de euforia, de alegría y de celebraciones, una vez cobrado el dinero tocaba hacer realidad los sueños. La Providencia le  había dado un giro inesperado a la vida de aquellas personas. De la noche a  la mañana se habían convertido en nuevos ricos. Ahora gozaban de un buen poder adquisitivo que les permitiría muchos caprichos que no estaban al alcance de los demás mortales. Dispuesto a disfrutar de la vida, uno de los matrimonios afortunados decidió efectuar un viaje  a uno de esos lugares idílicos que había visto en los documentales de la televisión. A esta pareja le siguió  una segunda. Luego,  fue una tercera.  A su  regreso, cada una  describía con todo lujo de detalle los momentos inolvidables vividos y las maravillas que había contemplado. Como si se tratase de una epidemia de sarampión, todos los habitantes del pueblo se fueron contagiando con la pasión de viajar.  Estaban ansiosos por escapar de la vida rutinaria que habían tenido  anteriormente. Además, nadie quería ser menos que su vecino. Se diría que competían por superar el último destino. Si unos habían ido a la Riviera Maya, otros deseaban bañarse en Las Seychelles. La cuestión era  epatar a la galería. Viajar se había convertido casi en un precepto que todo el mundo cumplía. Exactamente todo el mundo, no. La excepción era Gumersindo.

Gumersindo, ajeno a la fiebre que se había desatado, llevaba una vida placentera  en la soledad de su finca. Si los demás la encontraban insulsa él consideraba que la gente se había trastornado con tanto dinero. Sin ser rebelde, no quería mantener un comportamiento borreguil. Además, su actitud no molestaba a nadie. ¿O sí?

Siempre se ha dicho que el hábito no hace al monje. Por mucho dinero que tuviesen ahora, los habitantes no habían podido desprenderse de ciertas costumbres atávicas. Los cuchicheos, las murmuraciones o las críticas seguían  campeando a su aire. Gumersindo  sabía que estaba en boca de todas las vecindonas por ser  el “hombre que nunca viajaba”, por ser un tacaño. Esta condición le granjeó  una pésima fama y, por qué no decirlo, una cierta antipatía. Cuando pasaba a la altura de sus intransigentes conciudadanos, silbaba o canturreaba una canción de la década de los cincuenta titulada “La mala reputación”. La letra decía: “Yo no pienso pues hacer ningún daño queriendo vivir fuera del rebaño; no, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. Todos me miran mal, salvo los ciegos es natural…” Finalmente, harto de tanta presión,  el recalcitrante personaje cedió. Fue pregonando a los cuatro vientos que se marchaba de viaje, que iba a dar una vuelta por el mundo.  Sus paisanos estaban atónitos. No podían creer que el “marginado” fuese a emprender un periplo de tanta envergadura. Pero era  cierto.  El hombre dejó su finca al cuidado del único vecino en el que tenía plena confianza,  cogió su todoterreno y se marchó.

Después de una larga ausencia, Gumersindo regresó a su pueblo. Traía un remolque para  equinos y le acompañaba una pasajera. La noticia corrió como la pólvora: ¡Gumersindo se había casado!  Todos querían conocer a la recién llegada y tener detalles de esa “vuelta por el mundo”. Así que buscaban cualquier pretexto para acercarse a la finca, enterarse y luego cotillear. Orgulloso, y en cierto modo pavoneándose, Gumersindo presentaba  su joven y bella esposa a los curiosos, explicándoles que era venezolana y que se llamaba Yuvi.  No transportaba caballos en el remolque,  sino un par de llamas del Perú. Una con la lana de varias tonalidades y otra de color caramelo con las patas y la cara blancas. Gumersindo advirtió a la concurrencia de que no molestasen a los animales:

—Son mansas, pero no las enfadéis porque entonces  silbarán y os escupirán.

Un listillo trató de comprobar la veracidad de aquellas palabras y  avanzó hacia los camélidos,  haciendo aspavientos y ruidos para asustarlos. La reacción no se hizo esperar; las llamas echaron las orejas hacia atrás en señal  de cólera, silbaron y lanzaron sendos trallazos de saliva a la cara del impertinente vecino.

Gumersindo contó a la gente que había estado en un gran parque natural con muchas especies vegetales endémicas y árboles silvestres en el que vivían águilas, búhos, halcones, buitres cabras montesas, ciervos, muflones, jabalíes, ardillas, peces, anfibios y reptiles. Y que pudo asistir durante varios días al espectáculo increíble de una gran cascada de agua, de más de trescientos metros de altitud, que se producía después de una explosión perceptible a lo largo de todo el valle.

Durante el camino de regreso a casa,  los vecinos hicieron conjeturas sobre el lugar descrito por Gumersindo. Empezaron a hilar fino. «Si la mujer es venezolana—se dijeron—habrá tenido que visitar el Salto Ángel, el más alto del mundo, que se encuentra en el Parque Nacional Canaima de Venezuela.»

—Allí hay serpientes venenosas y plantas carnívoras. Bueno, las plantas sólo  comen insectos —añadió uno.

—Pues si ha traído las llamas  es que  ha viajado al Perú. Seguro que no se ha perdido el Machu Picchu —concluyó otro.

Estaban muy equivocados. Al partir, Gumersindo dejó los páramos de Castilla y León, tomó la carretera en dirección a Madrid,  pero no fue a un aeropuerto para volar al otro lado del Atlántico. Pasó por Aranjuez, atravesó las tierras del ingenioso hidalgo y continuó por  la CM412  de Valdepeñas hasta Riópar, en la provincia de Albacete, después de cruzar la Sierra de Alcaraz. Se alojó en un hotel, que le sirvió de base para realizar excursiones a su verdadero destino: El Parque natural de los Calares del Rio Mundo y de la Sima, en la Sierra de Segura.  El Calar es un anfiteatro  de paredes calizas de más de doscientos metros de altura, con farallones entreverados de color ocre, gris y negro, que forman una herradura. Les contó una mentirijilla  a sus vecinos cuando les anunció que iba a dar una “vuelta por el mundo”, pues les ocultó que se trataba del nacimiento del Río Mundo. Pero eso, a fin de cuenta, era  una “peccata minuta”.

No mintió en lo referente a la fauna y a la flora, ni tampoco en lo tocante a la explosión. Más de cuarenta kilómetros de galerías y de cavernas son las encargadas de captar el agua de lluvia y la procedente de la nieve.  Dicho sistema de túneles forma un sifón que empuja el agua acumulada en el interior, arrojando cien mil litros de agua por segundo durante unas pocas horas. Es hacia finales de febrero, al ceder el hielo que tapona la  salida de la cueva,  cuando se produce “el reventón”, es decir la explosión antes citada. Si las precipitaciones han sido abundantes, puede repetirse el fenómeno  una segunda vez. Es el momento idóneo para admirar los saltos y las cascadas espectaculares, que forma el agua a causa del brusco y enorme caudal de salida. Al final del recorrido se forman pozas llamadas “Las Calderetas”. Gumersindo se quedó extasiado. Estaba satisfecho de haber viajado a tan asombroso lugar; lugar cuya existencia conoció gracias al reportaje de una revista, que  citaba la descripción que hacía el geógrafo andalusí al-Zuhri: “…oyéndose un estruendo desde muy lejos como si fuera el retumbar del trueno”. Pero las sorpresas de nuestro personaje no acabaron ahí.

Después del nacimiento del río Mundo, Gumersindo se trasladó a la capital de la provincia. Quería visitar Albacete, distraerse y planificar el resto del viaje. Se instaló en un buen hotel, y como hacía muchos años que no asistía a un espectáculo circense, aprovechó que había uno en la ciudad  para ir a verlo. Los números se iban sucediendo: trapecistas, acróbatas, payasos, malabaristas, etc…  Tocó la actuación de los caballos, de las cebras y de las llamas, que llamaron la atención de Gumersindo. Mejor dicho,  fue la bella mujer que participaba en las exhibiciones ecuestres quien despertó su interés.  Cuando acabó la función, el hombre  merodeó por la zona para hacerse el encontradizo con la domadora. Se tropezó “sin querer” con ella, que iba camino de la carpa donde se resguardaban  los animales.

Desde el primer momento, simpatizaron. Fue un  auténtico flechazo el que ambos sintieron. Gumersindo no se perdía ninguna  de las actuaciones de la mujer. Pero la situación del circo era delicada. Tenía problemas económicos y poca afluencia de público. Yuvi le confió entonces que estaban tratando  de deshacerse de los animales  y de despedirla, para así disminuir los  gastos.  Gumersindo se lio  la manta a la cabeza. Como estaba coladito por la venezolana, le propuso matrimonio y quedarse con las dos llamas. Tanto ella como  la empresa circense aceptaron. Hicieron lo más rápidamente posible todos los trámites legales que requería la nueva situación y planearon el viaje de novios. Un  viaje un tanto atípico, la verdad sea dicha. No se ve todos los días una pareja partiendo de luna de miel con dos llamas en un remolque. Se fueron a la Región de Murcia,  vergel de frutas, verduras y flores, donde alquilaron una pequeña casa de campo para que las llamas pudiesen pastar a sus anchas. Desde allí hacían escapadas  por la albufera del mar Menor, una laguna salada de forma semicircular separada del mar Mediterráneo por una estrecha franja de arena de veintidós kilómetros de largo. Terminado aquel  dulce periodo, los desposados  regresaron  a los páramos de Castilla y León.

Al principio, Yuvi pareció que se   adaptaba  bien a la vida  del campo, a los vecinos y a la climatología. Claro que al comienzo  todas las cosas parecen bonitas. Luego creemos que han  variado, cuando en realidad somos nosotros los que hemos cambiado. Eso fue lo que le ocurrió a la venezolana. Había nacido en una caravana, pues la madre era contorsionista y el padre malabarista.  Así que desde chica su vida había estado ligada al mundo del espectáculo. En poco tiempo  Yuvi había pasado de una vida nómada por excelencia a una existencia sedentaria y rutinaria.  Gumersindo percibió que la bella Yuvi estaba alicaída. Cuando él quiso saber  qué es lo que le ocurría, ella contestó con su dulce acento caribeño:

—Estoy achantada (triste), mi amor.

—¿Por qué?—preguntó él— ¿Qué te pasa? ¿Es que ya no me quieres?

—Sí, mi amor, claro que te  quiero. Pero hace tanto tiempo que  no siento el calor del público, ni sus aplausos. Tu sabes que los artistas de circo tenemos alma bohemia, espíritu inquieto y los pies ligeros. Nos gusta ir de aquí para allá, hacer giras,  ver mundo, sentirnos vivos.

—¿Me estás diciendo que te aburres aquí y que te gustaría viajar otra vez? —inquirió él.

—¡Oh, sí, mi amor! —contestó ella. Su rostro se había iluminado súbitamente y sus ojos echaban chiribitas—. Como te gustan tanto  las cascadas,  podríamos  ir al famoso Salto Ángel en mi país,  a las cataratas del «agua grande», las del  Iguazú en los límites de Argentina, Brasil y Paraguay,   a las cataratas Victoria en el río Zambese o a las del  Niágara. Te recuerdo que fue después de ver las  del río Mundo cuando nos conocimos. Sería una aventura emocionante  dar la vuelta al mundo contemplando saltos de agua.

—¡De acuerdo! Yo también me estaba poniendo mustio. Y si para que vuelvas a ser feliz hay que viajar, te llevaré al fin del mundo.

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