Treinta y Una Cartas. Autor: Juan Andrés Moya Montañez

«¿Qué me queda de ti?» –se preguntaba Virginia. Sentada en el interior del compartimento, observaba el discurrir de las pálidas montañas al otro lado de la ventana, asfixiadas bajo la calima amarillenta del verano. Espantados por el traqueteo del tren, los árboles sacudían sus copas puntiagudas. Los campos habían sido aniquilados por el sol y los cubría ahora una hierba erizada, pajiza. «¿Qué me queda, salvo estas letras?»

Con qué fruición había esperado cada mañana la voz áspera del cartero anunciando el correo y, sujetándose las faldas, había corrido escaleras abajo con el pecho incendiado y una sonrisa por todo rostro. Las cartas eran siempre escuetas pero elegantes, vestidas de una belleza sucinta. Leía las palabras como saboreándolas en el paladar y en cada giro de cada vocablo presentía el aroma del escritor; en los puntos y las interrogaciones, encontraba los hoyuelos de sus mejillas. «Queridísimo Frank. Amantísimo prometido».

Cuando la guerra y sus falacias vinieron a llevárselo de su lado, sujetó firmemente Virginia sus manos de niño grande y, mirándole a los ojos, le suplicó que escribiera. «Cada día» –juró él-. «No lo dudes, mi amor; cada día».

La primera de las cartas, fechada el uno de julio, llegó la segunda semana de agosto. Describía Frank en ella el camino a través de Italia, el olor de las campiñas del norte y la cualidad tornasolada de la luz. Poetizaba sobre el amor, la agonía tan lejos de sus ojos, y Virginia se estremecía al albor del sufrimiento distante. Pero la segunda de las cartas, fechada el día dos, le procuró una cierta esperanza y el orgullo de saberse añorada, rememorada entre pinares y viñedos. Así un día tras otro durante los treinta y uno del mes de julio. Cada mañana las traía el cartero y cada tarde lloriqueaba ella extasiada.

«Todos los días» –pensaba ahora Virginia, mientras el tren atravesaba los campos macilentos-, «todos y cada uno de ellos».

A finales de septiembre, cuando a Londres le tiritaban los primeros fríos y una neblina sucia pintaba las calles de gris, el correo se retrasó. Contemplaba ella desde la ventana el alargarse de las sombras hasta la llegada del cenit con el aliento en los labios, pero después se le ahuecaba el alma en un silencio inoportuno. Una mañana tras otra, una tercera tras la segunda. Al cuarto día comenzó a desesperarse. «¿Por qué no me escribes, Frank?»  – se preguntaba-. «¿Qué te lo impide?»

El tiempo deambuló arrastrando su túnica nefasta sobre las aceras y el vecindario batió los párpados cariacontecido. Octubre pasó de largo enmudecido y noviembre no tuvo voz alguna con la que romper la rutina. Cuando las nieves de diciembre cegaron los cielos tras un fulgor blanco y mortecino, Virginia se temió lo peor.

Con el tambaleo del ferrocarril se sacudían las hojas combadas en las esquinas. Apoyadas en su regazo, las leía una y otra vez, como queriendo encontrar en ellas una realidad que hubiera desatendido, tratando de recuperar la voz de Frank tras los párrafos inacabados. La carta del día quince mostraba una panza especialmente rugosa, tal vez porque en aquellos versos halló con frecuencia consuelo Virginia. Y la del día veintitrés tenía una mancha descolorida allá donde una lágrima corroyera su estoicismo. Porque, «¿no hubo en ella una cierta desazón?» –pensó Virginia- «¿No hubo en ella tristeza?»

Tras la frialdad de febrero, emergieron las cantinelas fugaces de la primavera. Luego brotó el otoño y a éste le siguió un nuevo invierno. Así un año tras otro, con calores tempranos o fríos tardíos.  Por fin, a través de los periódicos supo del final de la guerra. Regresaron como de entre los escombros los que a ella sobrevivieron: mutilados algunos, vacíos los más. Pero Frank no volvió.

La perennidad de aquel silencio, unilateral e impuesto, le carcomía la tibieza, y en aras del desasosiego tomó una decisión. Con apenas una maleta y treinta y una cartas manoseadas se hizo al continente lo mismo que lo hiciera el amado. A él le instó la contienda. A ella, un corazón desolado.

Recorrió ciudades derruidas y persiguió el rastro de la muerte anhelando hallar del otro extremo la vida. Lo vieron por última vez en Montecassino. Después nada se supo de él.

Con las ojeras soliviantadas, volvía a leer Virginia las epístolas, lo mismo que el viejo rememora los besos robados, igual que el moribundo revisa las últimas alegrías. En esos renglones habían quedado encerradas sus ilusiones, pintadas sus esperanzas con una caligrafía irregular. Sus abrazos postreros, sus caricias nocturnas, sus promesas…construidos en puntos y comas.

«¿Y si de ti no quedan sino estas notas?» –le preguntó al compartimento vacío- «¿Y si no eres más que un puñado de letras?».

Observaba a través de la ventana la claridad ambarina de la mañana. ¿Habría sido aquella misma luz la que describiera Frank en su primera carta? ¿Fue igual a sus ojos la campiña italiana? Cuando el tren se detuvo tras un chirriar de frenos, tomó Virginia los legajos y los apretó fuertemente contra el pecho.

Una brisa veraniega serpenteó por entre sus bucles rojizos al bajar del vagón, y en ella intuyó el aroma de las verdades inmisericordes.

Con el rostro desvencijado acudió a unos e interrogó a otros, mendigó cierta compasión comprometiendo hasta la compostura. No sabían; no recordaban; no querían contar. Por fin se asomó alguien a su congoja y dijo:

– Te llevaré hasta él.

El silencio le devoró el corazón a las puertas del camposanto. Cayó de rodillas ante el montículo desalmado. Sólo un nombre, sólo una fecha. Frank Meldon; 1 de Agosto de 1916.

Cuando el cielo perdió lisura, volvió desvalida a la estación. Sentada en el tren se aferró a las hojas sucias como el que se aferra a la vida. Portaba un corazón quebrado y treinta y una cartas de un amor inconcluso.

– Esto es todo lo que me queda de ti –le dijo a la tarde-. Déjame leerte una vez más.

Y la tristeza se volvió de cristal.

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